El Asesor



Capítulo I
  
Aquella mañana Ricardo se había despertado malhumorado. Todavía sentía el gusto amargo y seco en su boca, producto de esa pastillita rosa que, según su médico reduciría a largo plazo el colesterol de su sangre. Eso no dejaba de preocuparlo. Tomó a grandes sorbos un dulce café instantáneo mientras se mojaba el pelo y se lo peinaba.
Se miró en el espejo, estaba un poco delgado. Ya tenía insinuadas las típicas ojeras de la edad y las patas de gallo que lo acompañaron desde los treinta y cinco años, bien marcadas. Nunca se había decidido a quitarse esa mancha de nacimiento, roja, que asomaba detrás de su oreja izquierda. Su abuelo y su padre también la tenían. Era la marca de la familia, decían, bromeando en antiguos almuerzos de domingo. No encontraba tiempo para ir al gimnasio como le sugería su esposa.  Sin embargo, le sobraban fuerzas para iniciar su “día a día” desde su lugar de trabajo, en una Asesoría Letrada en el Interior de la Provincia.

Siempre llegaba veinte minutos antes de las ocho para estar atento al orden laboral del día.
Frente al teléfono, en un viejo escritorio de chapa gris, Ana,  prolijamente maquillada, recogía y solicitaba al bar los distintos pedidos de los empleados, ya que no todos alcanzaban a desayunar en su casa.
- ¿Lo de siempre Doctor? Preguntó con amabilidad, dirigiéndose a su jefe.
- Sí Ana, pero hoy sin medias lunas, respondió, mientras el joven pasante colocaba sobre su escritorio una parva de expedientes con las audiencias del día.
Poco a poco, la oficina se pobló de gente. Llegaron las dos empleadas que faltaban, el policía que custodiaba el edificio y el ordenanza quienes habían salido hasta el Banco para pagar unas facturas personales, ya que ambos, por reglamento, ingresaban una hora antes y, última como siempre, con el maquillaje a medias, la Pro-secretaria, refulgente por el color rojizo de su última tintura.
- ¡Ay, Richard! ¿Puede creer que me quedé dormida?
 Anoche me acosté pensando en “Castro contra Varela”. ¿Qué casitos este mes, no? Se apuró a decir en tono de justificación.
- Buenos días, Mercedes… contestó parcamente, el Asesor y siguió enfrascado en el expediente que leía. La Pro, como la llamaban los empleados, cerró despacito la puerta del despacho de Ricardo y asomándose a la oficina, vaticinó:
- ¡Chicos! a ponerse las pilas, que hoy “el horno no está para bollos”.
- ¡María Paula! comunicate con Superintendencia para reiterar el pedido del pasante que me prometieron y si es varón… ¡mejor!
- ¡Jorge! llevá los expedientes al Juzgado, personalmente.
- Y vos Clarita vení a mi despacho que te voy a dictar el auto interlocutorio en  “Amaño”, refiriéndose al nombre del actor* en una acción de Paternidad - a ver si al Doctor le gusta… ah!... pero antes pedile el libro de Bossert a la Dra. Freytes, por favor.

Así, se iniciaba una típica jornada laboral en la Asesoría Letrada de aquellos Tribunales del Interior.

El edificio donde, la reforma político-judicial de la Provincia había instalado estos Juzgados, era alquilado y su propietario, el abogado más rico de la zona, no se cansaba de declamar promesas de arreglos de herrajes, vidrios, puertas, paredes y de pinturas ausentes.

En aquel lugar, todavía podían verse algunos paisanos llegando a caballo, como cuando bajaban de las sierras para pedirle al Juez que les anotara el hijo que ya era mayorcito y como eran “pobres de solemnidad” no podían pagarse un abogado, por lo que el Asesor terminaba patrocinándolos en la Sumaria respectiva.

Ni que hablar cuando éste reunía a los Jueces de Paz legos de las pedanías de la jurisdicción, haciendo siempre de intermediario del Juez, para quien los “legos” constituían un error inexcusable de la Ley. Que ellos de alguna manera la manejasen, era para S.S* una verdadera afrenta a la Justicia.
Ricardo no pensaba igual. “Hay que capacitarlos, Arturo”, replicaba.
Casi todos arribaban en buenos automóviles, porque evidentemente este brazo extendido de la Justicia, no vivía en forma exclusiva del magro sueldo resultante de uno de los últimos lugares del escalafón judicial.
Sin embargo, uno de ellos, lo hacía siempre en su tobiano* flaco. Y por ahí, lo acompañaba el ayudante policía, también a caballo.

La ciudad, distante de la modernidad, tenía vida propia. Comparada con las formas y estilos doctos de la gran orbe, los contrastes pueblerinos le daban una impronta particular.
La globalización la había alcanzado. La instalación de Internet en las oficinas, allá por el año 1996 le valió al Asesor el reconocimiento de todos. Fue una conquista suya, producto de su incansable búsqueda de perfeccionamiento y de la influencia ostensible que tenía sobre la Dirección de Superintendencia de  Tribunales de la Capital, en donde trabajaban muchos de sus ex compañeros de la Facultad de Derecho.
Se instalaron cinco computadoras bastantes modernas: dos para el Juzgado multi-fuero, una para el Juzgado Penal, otra para la Fiscalía,  y la quinta para el Asesor. En su oficina, todos querían usarla, así que la Pro-Secretaria tuvo que establecer un riguroso  orden de acceso a la PC.



Capítulo  II

Ese día, Ricardo había tenido varias denuncias, algunas por malos tratos, otras por el acostumbrado incumplimiento a los deberes de asistencia familiar y también tuvo que tomar participación como representante promiscuo de los menores en un caso que lo dejó pensativo y preocupado, a tal punto que se retiró media hora antes.
_ Mañana, no vengo Mercedes, ¿recuerda?
_ Sí, Doctor,  quédese tranquilo. No fijé audiencias.
_ Y… ¿va a hablar con la Directora por el traslado?
_ No sé Mercedes, no sé… creo que todavía no es prudente, después le cuento.    Ya estaba casi en la puerta de la oficina. La saludó con un gesto, salió a la calle y subió apresurado al Ford metalizado que lo esperaba.
_ Tardaste un poco en venir, Isabel.
_ Vine en cuanto me llamaste. Y cruzaron un beso.
_ Sí, sí, está bien,…es que estoy un poco aturdido.
_ Pero,… ¿te pasa algo…? La mujer de pelo rubio no terminó la pregunta.
La frenada la descolocó. Una Eco sport azul oscuro, se le vino encima por la izquierda, se le adelantó y la obligó a frenar bruscamente.
_ Qué bárbaro…gritó la conductora.
_ Creo que fue intencionado, sentenció Ricardo, mientras se bajaba del Ford y tomaba el volante para continuar el viaje.

Al día siguiente, el Asesor abordó el primer ómnibus para la capital y antes de hacer dos o tres llamados a la misma persona desde su celular pasó dos horas en el bufette  de unos amigos.

_ Hola, viejo, tanto tiempo sin verte, dijo con signos de verdadera alegría el hombre canoso y obeso que lo abrazó.
Ricardo y su amigo se fueron caminando, bajo un cielo plomizo, por la calle repleta de abogados apresurados hasta llegar a un Café, rebosante de clientes y profesionales de todos los sexos. Pasaron un largo rato en el lugar.
_ ¿Estás seguro que es Martha? preguntó el amigo con asombro.
_ ¡Sí, Eduardo, es ella,  con veintipico de años más! exaltó Ricardo y continuó su argumentación frente a quien lo escuchaba con atención:
_No sé cómo voy a llevar adelante el caso, ni menos cómo decidir en el Dictamen, yo no me fijo mucho en los sellos de los abogados, leo los escritos y si me convencen, entonces indago con más detalles en el expediente. No me gusta que ella intervenga en causa propia, no me gusta nada, para colmo no puedo hacer evidente la amistad íntima que mantuve con Martha ni alegar enemistad, sin arriesgarme a develar intimidades de mi vida. No tengo razón legal para excusarme y ella tampoco la tiene para recusarme.
_ Y, el caso es sencillo o se viene grosso, preguntó Eduardo.
_ Creo que será complicado, porque se trata. . . El Asesor, no pudo terminar la frase. Rápidamente, sacó del bolsillo trasero de su pantalón un pañuelo celeste y secó el café que se había derramado sobre su traje. Un joven rubio, de fuerte contextura le había propinado un codazo que determinó el cimbrón y el derrame  del poco líquido que, afortunadamente, restaba de la segunda taza de café compartida con su amigo.
_ ¡Pero ese tipo te empujó a sabiendas, viejo! Exclamó Eduardo.
Al día siguiente, Ricardo despertó sobresaltado. Temía que se hubiese quedado dormido, ya que recién al amanecer pudo conciliar el sueño. Sin embargo, era la hora de siempre. Llegó con normalidad a su oficina con su preocupación a cuestas, anticipándosele en el rostro.
Mercedes le anunció temprano que el Juez reclamaba su presencia en su despacho porque a las diez, tenían una audiencia complicada que no estaba agendada.
_ Buen día Arturo, saludó Ricardo al Juez Multifuero desde su interno y preguntó:
_ ¿De qué se trata esa audiencia de las 10, que no me notificaste?
_ Pero, querido, si tuvimos que fijarla ayer y notificamos a las partes a través de sus abogados.  Es ese caso de la abuela, si no la concedíamos, salíamos en la televisión, fue la respuesta de Arturo.
_ Sí, claro, ahora recuerdo que Mercedes me comentó anoche por el móvil, contestó Ricardo, anunciando que ya partía para el despacho de SS*.
Respiró hondo y se dejó caer en el hueco profundo de un mullido sillón de cuero azul, comprado por Isabel, exclusivamente para él.

Ya frente al Juez, intercambiaron algunas estrategias de la próxima audiencia, mientras esperaban a las partes, en la denuncia de la abuelita.
_ Y ya que está, te comento Ricardo, expresó Arturo mirando por el ventanal hacia una calle pueblerina casi sin gente, que otro caso que se viene difícil es el de la  tenencia esa,  no recuerdo la carátula, acotó y continuó:
_ Para colmo la patrocinante es también la  actora. Por el esposo vienen dos abogados de la Capital. Ante todo tuve que fijar una audiencia de conciliación previa para tratar de llegar a algún acuerdo. Veremos. . . terminó.
Ricardo se restregó los ojos, contestó con un monosílabo y despejó el tema invitando a SS a tomar un café, mientras lo seducía con sus comentarios sobre el fútbol del fin de semana.



Capítulo III

El día de la audiencia con Martha había llegado. El sol tibio de mayo se colaba entre las cortinas del despacho. La Pro entró, respetuosa, anunciando que la Dra. Soler solicitaba hablar con el Asesor.

_ Hola, Ricardo, dijo dulcemente la mujer, luciendo un sentador trajecito gris y el pelo negro cayendo sobre sus hombros. Esas dos palabras, bastaron para transportar al Asesor hasta un mundo y un tiempo, a duras penas  mantenidos en el olvido por su propia voluntad.

De pronto, se encontró en la Biblioteca Mayor de la Facultad de Derecho, sumido en la lectura de la vieja colección de Derecho Procesal Civil de Hugo Alsina, una edición de 1956 a la que siempre recurría para refrescar sus conocimientos.
Una joven de oscuros cabellos largos y ondulados se presentó frente a él. Hizo ruido al descargar la pila de libros sobre la larga mesa y aún más, al apoyar en ella, una rústica cartera de cuero con tachas, las que resonaron con estrépito cuando inevitablemente, chocaron contra el vidrio que cubría la fina madera. Ricardo se sobresaltó. Entonces, sus miradas se cruzaron. Ella se disculpó y al hacerlo, la pila cayó al suelo y por detrás su cartera, con el consecuente desparramo de elementos femeninos en el antiguo piso.
Sonrojada, Martha pidió disculpas nuevamente. Ricardo la miró por sobre sus lentes de leer  y esbozando una tenue sonrisa, siguió con lo suyo.
Al cabo de unos interminables y forzosos minutos en silencio, la joven se retiró, ostensiblemente molesta y abochornada por el desliz. Él se quedó un rato más. Cuando se agachó para levantar la bufanda gris, que se había deslizado de su cuello, vio una pequeña agenda en el suelo y la tomó.
Aquel hallazgo fue fatal en la vida de Ricardo.

_ Buenos días Dra. Soler, adelante, tome asiento por favor, dijo el Asesor, con amabilidad laboralmente cimentada, desde su escritorio.
_ No me trates de Ud. por Dios, Ricardo. Solamente el azar me trajo a estos Tribunales porque mi ex marido fijó su domicilio aquí, hace un año.
Disculpá, no quise ofenderte, es mi estilo con los profesionales, argumentó él, y la invitó a sentarse. Mirándola a la cara, confesó: Yo también estoy nervioso.
Una vida indeseada e infeliz  cruzó, por unos instantes, ante sus ojos y se pegó a sus oídos, a través de las palabras pergeñadas en el relato de Martha. Pudo  imaginar la terrible soledad que la embargaba y sintió vergüenza de él mismo. Su corazón, su estómago, su pecho, todo su cuerpo se conmocionó. “¡Pobre Martha!” pensó, Martha, su amor tardío, su locura impensada, su recuerdo permanente en horas de secreta nostalgia. Todo eso y más, a pesar de Isabel. El dolor y desasosiego de esta mujer formada, derramado en palabras y gestos frente a su escritorio, inimaginable escena, le impidió a Ricardo preguntar por el hijo varón, situación que seguramente incomodaría a su madre. No quiso remover más el pasado de aquella joven que a estas alturas de su vida buscaba su ayuda.
_ Lo peor, Ricardo, es que sospecha de vos, agregó la Martha. Bueno, no sólo de vos sino de todos  los funcionarios judiciales con los que traté. Hace años, no sé cómo, ni con quién,  supongo que contrató a un investigador, logró averiguar, todas, -va. . . fueron pocas en realidad - las relaciones que tuve anteriores a él, pero no obtuvo un nombre concreto, sabe que fue con alguien importante del Palacio de Justicia*, por lo menos es lo que me dijo.que la relación que tuve anterior a él, fue con alguien importante del Palacio de Justicia, por lo menos es lo que me dijo. ¡Tengo miedo! concluyó.

Martha había conocido a Alejandro Araujo en los pasillos de Tribunales, cuando apuesto y elegante, la detuvo gentilmente,  para preguntarle si estaba bien encaminado hacia la oficina de Notificadores, porque allí,  había quedado en encontrarse con su abogado. Todo lo que sucedió después fue vertiginoso. Su complacencia con Pablito, su pequeño hijo de dos años, la conquistó.
Sus atenciones, su educación, su buen pasar no lo hacían desechable. Su corazón no decía mucho. Tampoco lo escuchó.
Al poco tiempo,  Alejandro apuró la boda y se casaron. Después de algunos años, llegaron los  hijos: Dos niñas hermosas, de rubios cabellos y de ojos azul-celeste como los del padre, verdaderos causantes del contraste con Pablito, cuyos ojos y pelo imitaban a los de su madre. 
Si no hubiese sido por la implacable y progresiva indiferencia puesta de manifiesto por Alejandro hacia el pequeño, y que lejos de lo esperado por Martha, no se ocupaba en disimular, podría decirse que la vida matrimonial de los primeros años en Bahía*, fue normal y sin mayores zozobras, no obstante las diferencias culturales, entre ellas el idioma, un portugués brasilero mucho más cerrado que en el sur del enorme país.
Cuando Martha se embarazó, comenzaron los problemas. El pedido de su mujer de retornar a la Argentina, luego de severas discusiones, hubo de trastornar a Alejandro. Tuvo que dar un paso al costado cuando ella lo amenazó con volver sola.
A partir de ese momento, Martha pasó mucho tiempo sin su esposo.
Alejandro, viajaba constantemente a Brasil y a Bolivia por sus empresas y cuando permanecía a su lado se transformaba en un ansioso, malhumorado y parco compañero, a quién no le gustaba dar ninguna información sobre sus actividades.
_Soy abogada, Alejandro, confiá en mí, por favor. Te veo preocupado, si tenés algún problema, tal vez yo te pueda ayudar, solía reclamarle.

La presencia y compañía de Pablito evitó que cayera en una probable depresión durante su embarazo. Ésa, no era la vida que ella había imaginado junto a Alejandro. Llegó hasta a arrepentirse de haberse casado con aquél apuesto joven que la había conquistado unos años atrás, mientras caminaba por los ahora, poco visitados pasillos del Palacio*.

Cuando Mariana alumbró, su papá no había regresado aún del exterior, a pesar de las magnánimas promesas de estar presente, junto a su esposa. Alejandro habría de llegar al país recién tres días después del parto, comenzando a romper con su actitud, poco a poco, el corazón de Martha. Una semana más tarde, partió, dejándola con la única compañía de su mucama y sus dos hijos.
Sin embargo, nunca les hizo faltar nada material, consuelo de tontos, para quien las comodidades y soltura económica no eran parámetros de la felicidad.
Casi dos años después, llegó Paulina, portadora supuesta de anhelados cambios en el hogar. Sin embargo, salvo las vacaciones en la costa argentina o en el Norte de Brasil, que resultaron extendidas a un mes, no hubo otra modificación en la vida familiar.
Años más tarde, la debacle económica-financiera del país, tocó también, como ocurrió con casi todos los hogares de la clase media argentina, a su puerta, la  de los Soler-Araujo: La excusa perfecta para desatar entre ellos  tormentas de intolerancia y resentimiento sin que el apagado amor que los unía pudiera siquiera disimularlo.



Capítulo IV

La Pro-Secretaria golpeó despacio, preocupada por el excesivo tiempo, que aquella desconocida abogada le había insumido al Asesor.
_ Disculpe, Doctor pero ya casi es la hora.
Martha se levantó de improviso y sonriendo a Mercedes, quien la miraba de arriba a abajo, se despidió protocolarmente.

La audiencia conciliatoria pasó a un cuarto intermedio con el consentimiento de todos los intervinientes, para el siguiente martes.
Ricardo respiró con alivio. Tenía unos días más para elaborar sus argumentos en defensa de sus representados que en este caso eran las dos hijas de Martha, a quienes el padre había retirado un mes atrás del hogar materno sin ninguna intención de restituirlas. La separación de hecho rondaba el año y medio y la conducta de Alejandro respecto del régimen de visitas pactado verbalmente con Martha había sido reiterativa. Nunca cumplía ni plazos ni horarios. Sin embargo el incumplimiento jamás se había extendido tanto como hasta ahora. Las niñas sufrían la separación de su madre y se exponían a los daños que la situación les causaba. Seguramente perderían el año escolar.

Cuando la audiencia hubo terminado, cada cual siguió por su lado. Ricardo saludó al Juez quien, con mirada seria y en señal de fastidio, le contestó el saludo. Bajó las escaleras hacia su oficina, rápidamente, cuando casi tropieza con el hombre elegante que abajo, lo esperaba.
_Yo sé todo de Ud., Doctor, Ud. se tendría que haber excusado de actuar;  pero quédese tranquilo que no les he dicho nada a mis abogados. Quiero ver hasta dónde llega, dijo amenazante Alejandro Araujo.
Ricardo no contestó.
Inmediatamente, impartió las directivas a Mercedes para que la Psicóloga y la Asistente Social del hospital de la zona pudieran estar presentes en la continuación de la audiencia y solicitó al Juez entrevistas psicológicas y socio-ambientales a todos los miembros de la desmembrada familia.
Ricardo se quedó pensando en la fría mirada del demandado y en la mueca insincera de su boca.
Esos ojos celestes de hielo lo acompañarían de día y de noche hasta el próximo martes.

Se fue temprano a su casa. El silencio de una familia de dos lo recibió al abrir la puerta de entrada. Isabel no estaba pero había una vianda sobre la mesa de la cocina. No comió y se dejó caer abatido sobre su cama. Se durmió.
Cuando despertó, en su celular había varios mensajes de texto que revelaban un hostigamiento casi infantil.

Con su Pro-Secretaria no podría hablar porque le temía a su locuacidad. Se sentía abrumado. Al Juez no le iba a llevar un problema de índole personal de antigua data. Con Isabel menos que menos podría desahogarse, y hablar con Martha lo descolocaba aún más porque cada día que pasaba deseaba verla desesperadamente. Pobre, Ricardo estaba ciertamente metido en un gran embrollo y terriblemente solo.
Desde la capital, su consultor y amigo, Eduardo, lo llamaba de vez en cuando para analizar los sucedáneos.

Los cuartos intermedios se sucedieron durante tres semanas.
El Juez esperaba una composición de intereses entre ambos progenitores, ya que, no había en el pleito prueba alguna que descalificara a la madre como titular de la Guarda de sus hijas. Sin embargo, el demandado presentaba pelea, a sabiendas, reclamando la tenencia de las menores, sin apartarse de su íntima convicción, según la cual, ni las niñas lo aceptarían,  ni él sería capaz de hacerse cargo de ellas. En realidad, sólo pretendía lastimar a Martha Soler, simplemente, porque había dejado de amarlo, como ella, tranquila y con toda cautela le explicara. Buceando en su interior profundo, Alejandro había descubierto, que nunca pudo estar seguro de su amor.

Los argumentos del Asesor vertidos en la contestación de una vista que le fuera corrida, hicieron galas de un estudio pormenorizado de la situación de hecho y de un concienzudo estudio jurisprudencial afín, amén de fundarse como siempre lo hacía en el “superior interés de sus representados…”, invocando la Convención de los Derechos del Niño, de raigambre constitucional.  El dictamen resultó abrumador y hasta sobrecargado para la ocasión procesal en la que se encontraba la causa. Decididamente terminó por enloquecer a Alejandro Araujo.
“No me provoque Doctor”, fue el texto del mensaje que recibió Ricardo en su celular.
“Este hombre no va a dejarme en paz, ¡Dios mío! murmuró para sí, mientras contemplaba atónito las cuatro gomas pinchadas de su automóvil y el grueso rayón que se extendía de puerta a puerta, el que junto a las cubiertas y los faros hundidos daban un aspecto desolador al Ford que ese día había pedido prestado a Isabel porque saldría tarde de Tribunales. Pensó en hacer la denuncia ante el Fiscal, reuniendo los hechos que hablaban de un hostigamiento amenazante, si bien penalmente discutible, pero no quiso entorpecer, ni demorar la causa de la que deseaba deshacerse lo más pronto posible. Aceptó su razonada cobardía.

A la mañana siguiente viajaría a la Capital para entrevistarse con la Directora de Superintendencia. Su propósito lo abrumaba. Iba a acelerar su pedido de traslado. Se sentía un cobarde por ello, pero en realidad, Ricardo no vislumbraba cómo salir de la situación, a la cual, la parte oculta de su historia personal lo había llevado.  Su desempeño en el caso Soler-Araujo se desarrollaba con brillantez hasta el momento. Sin embargo, era presa fácil de sus propios remordimientos y fantasmas del pasado que le impedían disfrutar sus actuales logros profesionales. Nadie sabía, nadie sospechaba siquiera, que él, un caballero de la Justicia y de la vida hubiese tenido sólo por unos meses una única e irrepetible experiencia fuera de su matrimonio, que lo convertiría, lisa y llanamente, en un hombre infiel. Tal condición, para su forma de pensar era impensable. Nadie, ni en su ambiente laboral, ni entre sus conocidos, ni en el círculo de su familia extensa, nadie, lo supo ni lo sabría. Sólo Eduardo conoció algo, pero nunca todo.
Nadie imaginaba tampoco que desde tres meses atrás venía siendo amenazado a través de mensajes o llamadas telefónicas, menos, que muchas veces fue asediado a distancia.
Su discreción casi lo vuelve loco.
Pero si se apartaba del expediente, Martha no se lo perdonaría jamás. Y eso no lo soportaría.



Capítulo V

En los pasillos de Tribunales, se encontró con un viejo compañero de trabajo, cuando ambos, eran todavía “pinches” *en la jerga judicial y se desempeñaban en una Fiscalía como escribientes, épocas en las que se pagaba el renombrado “derecho de piso”. Rubén era  hoy, Fiscal de Instrucción, con una reconocida trayectoria tribunalicia.  Se saludaron afectuosamente y luego de una charla de índole personal, abordaron el tema laboral. Surgió así y por la mera casualidad, de comentarse los casos actuales, el nombre de Alejandro Araujo.
_ Ojo, con ese tipo, Ricardo, parece que se enredó con uno que anda en la pesada. Lo estamos investigando desde hace algún tiempo, pero es un secuaz de baja jerarquía. Creo que está al caer, nos falta acreditar unos hechos y lo detenemos, sentenció el Fiscal. Ricardo se quedó perplejo. No hubiese deseado conocer nada más de ese hombre, pero ya estaba involucrado profesionalmente. Disimulando arduamente su nerviosismo que le sacudía el cuerpo por dentro, expresó:
Fijate vos Rubén, yo pensaba que era un empresario importante.
La “cosa” era peor de lo que suponía y Martha estaba en medio del dilema, expuesta a quién sabe qué peligros.

Sin ninguna panacea que calmara el stress creciente que lo invadía, Ricardo emprendió el regreso hacia el Interior. Perdió su mirada en la nada, bajo el amparo de sus gafas oscuras y acomodado en su butaca del mini-bus, recordó:

Esa tarde, casi veinticinco años atrás, había abierto la agenda y buscado los datos personales de su joven dueña. Le propuso encontrarse en un bar cercano al Foro para entregarle su pertenencia.
Cuando ella vino a su encuentro, Ricardo pensó que todos los que como él, eran habitué del pequeño bar en ese entonces, se esconderían tras el humo espeso de sus cigarrillos para no verlos. Su fantasía, era una forma de calmar su desasosiego.
Ésa y las noches que vinieron, ninguno pudo conciliar rápidamente el sueño: Había nacido entre ambos una relación de aparente amistad profesional, si bien cada uno, se encontraba a un lado y otro de la “barandilla”*
Las charlas de aquél carácter, se entremezclaban con chistes de abogados, comentarios sobre colegas, destinos de viajes irrealizados y con alguno que otro comentario político. El ya era Jefe de Despacho y ella estaba haciendo sus primeras armas como abogada independiente. Ambos compartían el gusto por las bibliotecas y el afán de superación dentro y fuera de la Justicia. Ella estaba haciendo un curso de post-grado en Derecho Procesal Civil y él la ayudaba en algunas lagunas que la práctica suplía. Ambos esperaban las mismas cosas de la vida.

Ricardo se había casado hacía tres años atrás con una joven bonita y pudiente de la sociedad capitalina, a quien ni la Justicia ni el Derecho interesaban. Isabel era hija de un acaudalado chacarero del sur de la provincia. Ricardo resultaba un buen partido para muchas al tiempo de casarse ya que el trabajar en  Tribunales avalaba un pasar tranquilo y seguro. Sin embargo, escapó mucho tiempo del matrimonio. No por la institución en sí, sino porque anhelaba alcanzar muchos objetivos combativos en su carrera. El acceso a la Justicia, la capacitación de sus miembros, las reformas en el procedimiento, especialmente en el fuero de menores, eran sólo algunos de los temas que ocupaban todo su proyecto de vida.
Sus padres lo hubieron de presionar indirectamente para que diese el gran paso. Ricardo nunca se enteró de tales apetencias.

Martha, era la segunda de seis hermanos de una típica familia de clase media y la primera recibida en el nivel universitario. Era de pocos amigos y por el momento se encontraba bien sola, sin compromisos que fijaran límites. Soñaba con ingresar a la planta del Poder Judicial para cambiar desde adentro lo que criticaba desde afuera. Atesoraba pocos logros y muchas ilusiones. Soñaba también con su estudio propio, con formar un verdadero “buffet”*.
Esa tarde de junio, Ricardo le ofreció llevarla en automóvil hasta su casa porque lloviznaba mucho. Los encuentros de tinte amistoso de los jueves, terminaban cada vez más tarde.
Martha, accedió.
Vivía en una parte alta de la ciudad y verla desde allí, como una galaxia en la oscuridad del firmamento, era algo inusual para Ricardo.
Esa noche, Martha rozó casi, sus labios, cuando le dio en su mejilla, el beso amistoso de la despedida.
Él, la retuvo por la cintura y hundió su boca húmeda en la de ella.
Ya nada sería igual para ambos.

Abrió la puerta de su casa y arrojó su maletín sobre el sillón de pana rosa - nunca había entendido ese color para un sillón - mientras se sacaba el saco, apurado por llegar al baño por una ducha reconfortante. Isabel se había ido a pasar una semana a la estancia de sus padres, no sin antes dejarle una larga lista de recomendaciones sujeta por un imán en la heladera.
Los recuerdos, a “contrario sensu”* del tango,  le habían hecho bien*. Se sentía con veinte años menos y con ganas de enfrentar la vida, aunque fuera por un rato.
Ya relajado por el baño, sin titubeos, tomó el celular y la llamó.
Cuando escuchó aquella voz ronca y dulcemente cautivadora, desfilaron ante sus ojos escenas irrepetibles del pasado que acababa de resucitar:
Martha, desnuda con toda su juventud explotando en su cuerpo. Sus senos casi cubiertos por su ensortijado cabello oscuro y esa sonrisa que lo atrapaba. Martha, envuelta en las sábanas blancas de los hoteles-alojamientos que frecuentaron durante más de seis meses. Martha, cocinándole unos “spaghetti” en una cabaña andina.  Martha, con el pelo mojado por la lluvia volviendo del entierro de su padre. Martha, con los ojos marrones y rasgados, hinchados de tanto llorar cuando aquella noche de verano, él le planteó la ruptura (Isabel esperaba un hijo). Martha, tomándole el rostro entre sus pequeñas manos, con una sonrisa apenas esbozada, el día de la despedida.
En aquél momento de soledad individual, sin hijos, sin Isabel, Ricardo cortó y lloró. No pudo hablarle. Un cuestionamiento impensado de su existencia lo abrumó. Se durmió abrazado a su almohada, soñando que Martha lo arropaba.



Capítulo VI

_ ¡Doctor, buen día, qué temprano! Saludó el custodio del edificio cuando lo vio llegar a Tribunales.
La mañana se presentaba ajetreada. La Pro llegó temprano ese día.
_ ¡Ay! Richard, estamos sobrepasados, hoy va a tener que dedicarme un tiempito porque tengo varias consultas, reclamó Mercedes, desde la altura de unos tacos aguja impresionantes, moda que ella se encargaba en sostener.
_ Está bien Mercedes, dijo lacónicamente el Asesor. Pero ella continuó:
_ ¿Y, cómo  le fue ayer? ¿Lo pudo ver al Vocal o al Dr. Casas, por lo menos?
_ Venga Mercedes, venga, que hablaremos en mi despacho, le murmuró el Asesor, mientras la Pro-Secretaria se acercaba impartiendo órdenes a diestra y siniestra.

El Juez estaba contento. Algo se había avanzado en el caso Soler-Araujo. Por lo menos la Mediación había dado sus frutos al aceptarse una Tenencia compartida por tres meses, de tal forma que las niñas permanecían un fin de semana de por medio con la madre y el resto del tiempo vivían con el padre. Cuando el Asesor dejaba el despacho del Juez, después de acabar una audiencia de guarda pre-adoptiva, se cruzó en el pasillo con Martha. Le pareció más atractiva que nunca. El avance de la edad la colocaba en ese pedestal que alcanzan las mujeres cuando franquean los cincuenta años.
_ Martha, ¿cómo estás? Atinó a decir.
Ella no contestó a su pregunta, pero inquirió:
_ Anoche me llamaste y cortaste, ¿por qué?
No pudo responderle. El saludo afortunado de un abogado que vino a su encuentro lo liberó de tamaña situación.
Isabel había regresado esa mañana y lo esperaba a almorzar con su acostumbrada especialidad. No era experta en la cocina y siempre que volvía de sus frecuentes escapadas a la estancia paterna, le preparaba lomo al oporto. 

_ Hola querida,  ¿Cómo te fue? ¿Qué tal tu familia? ¿Y los sobrinos? saludó preguntando amablemente Ricardo
Con una fría sonrisa ella lo recibió abrazándolo e inició el monólogo habitual .
_ ¡Ah! Ricardo, ya me estaba olvidando de comentarte, tenés que prometerme que este año vamos a Viña del Mar* con mi hermana, pero en enero, porque ellos ya están planeando sus vacaciones y ¡nos invitaron!
_ ¿En enero? Respondió Ricardo indiferente.
 _ Sólo pueden en enero, pero si  vos te quedás en la Feria, podría irme sola, arriesgó, y con finura extravagante sirvió el menú.

Isabel, ajena a las preocupaciones laborales de Ricardo, vivía su propia vida, cada vez más independiente.
Mientras la observaba sirviendo con soltura, Ricardo recordó:

_ Mi amor, creo que esta vez es en serio, acabo de venir del ginecólogo y me aseguró que el nuevo tratamiento va a dar resultados, lo sorprendió, cuando él regresaba de su trabajo.
_ ¡Qué bueno, Isabel, seguro que lo lograremos! La esperanzó, cargando una pesada culpa.
Ricardo ya había escuchado en los últimos tres años argumentos similares. Fundado en ellos, tres meses más tarde, ese jueves de diciembre, muy próximo a Navidad, no fue muy convencido a retirar los análisis del Laboratorio de la prima de Isabel que, para el caso, era el más confiable.
Una mezcla de desconcierto, dolor, alegría, disgusto y ansiedad se apoderó de su cuerpo y de su alma, cuando leyeron juntos el resultado positivo de aquel examen.
Lejos de pensar en la posibilidad de un hijo, su pensamiento voló hasta Martha. No podía ser que aquello estuviera ocurriendo, justamente cuando la idea de la separación había madurado lo suficiente como para enfrentar a Isabel.
Un mes más tarde, en pleno enero, mientras él trabajaba en la  Feria, Isabel perdía su primer y único embarazo.
El distanciamiento con Martha, largamente conversado en siestas estivales apenas ostentaba diez días, sin embargo, el tiempo corría mucho más veloz para  Ricardo.
No le quedaba otra cosa por hacer que consolar y acompañar a Isabel en ese duro trance.

Durante los cinco años siguientes esperaron resultados que nunca llegaron. La idea de adoptar no convenció a Isabel y así, el tiempo que todo lo cura, acabó por enterrar en el mundo de lo imposible, esas ideas sobre la familia que Ricardo tuvo alguna vez. No obstante, de vez en cuando recurría a la fantasía de verse junto a Martha rodeado de pequeños saltando a su alrededor.

_ ¿Cómo está el lomo Ricardo? ¿Te gusta? Indagó Isabel ante el silencio de su esposo. La pregunta lo sacó de sus recuerdos.
_ ¡Está muy rico, Isabel, gracias! respondió.
Los años juntos la habían acostumbrado a esas lagunas de silencio de su marido en las que parecía desaparecer.
Ya casi no la afectaban. Tenía otros intereses en los que Ricardo no aparecía involucrado.



Capítulo VII

Como todas las mañanas, el despacho del Asesor estaba abarrotado de expedientes. Ese día se quedaría hasta sacar todo lo atrasado y le pediría a Clarita, su empleada preferida, que hiciera horas extras.
Cuando la jornada laboral casi llegaba a su fin, Jorge, tímido y educado, entró y consultó al Asesor:
_Dr. está una abogada que lo quiere hablar, pero ya estamos cerrando la barandilla, es la del caso Soler c/. Araujo, dijo el empleado y consultó ¿La va a atender?
_ Si, Jorge, yo me quedo después de hora con Clarita, hacela pasar, por favor.
De pronto, irrumpió la Pro, y temerosa de quedarse, pero a la vez deseosa de controlar la situación con esta abogada tan especial, preguntó:
_ ¿Quiere que me quede Richard?
_ No, Mercedes, gracias, Ud. ya tenía concedido el permiso de salir antes, vaya, vaya y por favor dígale a Ana que puede retirarse, también, respondió el Asesor, algo inquieto.

Martha y su perfume ocuparon todo el espacio, los sentidos y los pensamientos de Ricardo. Vestida esta vez, con un tapado rojo que resaltaba su pelo oscuro, se sentó frente a él por dos horas.
La pobre Clarita no sabía qué hacer: si golpear a la puerta del despacho de su jefe o irse. En el preciso momento de su planteo, el Asesor salió de su oficina acompañando a la abogada hasta afuera, ignorando a su fiel empleada.
Luego de la despedida cordial, se volvió hacia ella y le ordenó:
Andate, Clarita, gracias, yo sigo solo, se hizo muy tarde para vos.
Ricardo se quedó pensativo, mirando fijo la parva de expedientes que semejando una torre inclinada esperaba por él. No sabía de dónde surgieron las palabras con las que explicó a Martha que aquél hijo que los había separado, no llegó nunca.
La sorpresa y el estupor fluyeron por sus ojos rasgados.  Un caudal retenido  de reproches endureció su rostro.
Ricardo, recordó:
Cuando Arturo Abal le propuso que rindiera para el cargo de Asesor letrado porque se iban a producir algunas vacantes en el interior de la provincia, Ricardo se sintió feliz. Y no se equivocó. El cargo de Asesor llenó su vida y el contacto con los menores siempre le recordó que llevaba un padre, muy adentro de su alma, que no pudo ser.


Septiembre había llegado como nunca en las sierras. Todo parecía más límpido y los colores de una anticipada primavera brillaban en los espinillos. Los verdes serranos y el cielo celeste de la mañana temprana hacían imperdible su disfrute. Enfundado en su abrigo de tweed, el Asesor marchaba a su trabajo con una alegría juvenil.
Ese día se vencía el término de Prueba sin que los Abogados de Alejandro Araujo hubiesen presentado, escrito alguno.
Ni de ellos ni de su cliente se tenía noticia en el Tribunal desde hacía quince días.
A las nueve y media de la mañana le avisaron del Juzgado que había novedades en el caso Soler-Araujo.
Subió las escaleras tan rápido como sus piernas le permitieron. La respiración se le entrecortaba, entonces recordó que Isabel le había enseñado una forma de respirar para armonizarse y desacelerar la angustia que aprendió de su profesora de yoga y de inmediato comenzó a inspirar por la fosa nasal derecha y a exhalar por la izquierda, logrando tranquilizarse un poco para llegar al despacho del Juez.
Mirá si son desconcertantes estos abogados,  acaban de presentar un escrito de renuncia al patrocinio de Araujo, con quien perdieron todo contacto, comentó, S.S.
_ ¿Y ahora, qué? Preguntó Ricardo, visiblemente perturbado, ante la situación en que quedaba el proceso y más aún por la que el Juez ignoraba.
_ No sé, no sé, caviló,  y  al cabo de unos segundos, convencido afirmó: Corresponde que resuelva urgente.
En ese momento entró la Secretaria del Juzgado, con varios expedientes y dirigiéndose al Juez le acercó uno que estaba abierto en una hoja, recomendando:
_ Firme, Doctor, es el decreto de clausura del término de prueba en Soler c/. Araujo, así corre el término.
_ Si, tiene razón Estela, respondió el Juez, con un gesto de preocupación dibujado en su cara. Menos mal que las nenas están con su progenitora, pensó el Magistrado.
Efectivamente, Mariana y Paulina debían ser restituidas al hogar paterno ese lunes a las diecinueve horas. Cuando Martha llamó a la puerta de la casa de Alejandro, una de las más bonitas de la zona alta de la ciudad donde parecía que el cielo estaba al alcance de la mano, nadie respondió. Después de la insistencia reiterada, las tres regresaron  contentas.
De inmediato, la madre y abogada trató de comunicarse en vano con el Asesor. A la mañana siguiente, muy temprano, arribó a  Tribunales y se topó con la sorpresa procesal.

_ Buen día, Doctora, la estábamos esperando, fueron las palabras de la Secretaria que salió a su encuentro.
Alejandro Araujo se había esfumado. Nadie sabía nada de él.

Pasado un mes y medio desde el último escrito, uno de sus abogados se presentó, para pedir la regulación de sus honorarios y comentó en barandilla que su ex cliente no estaba en el país, pero sabía que sus padres y hermanos contratarían una empresa de investigaciones para ubicarlo, ya que no se había comunicado con ellos hasta el momento.




Capítulo VIII

La noticia que recibió el Asesor esa mañana lo sobresaltó. Rápidamente tomó el teléfono de su oficina y se comunicó con su amigo Rubén, el Fiscal que meses atrás le había formulado aquella advertencia con respecto a Alejandro Araujo.
Según el funcionario, Araujo junto con el pez gordo lograron despistarlos increíblemente, cuando ya tenían todo listo para librar orden de detención. “No tan increíble” pensó con resignación, el Asesor.
Esa mañana, tenía que ir al Banco a extraer un dinero de su caja de ahorros para efectuar el pago de una Netbook que Isabel le insistió en comprar para su uso personal. Al recordar la situación en la que él aceptó la propuesta de su esposa, Ricardo sonrió. Siempre le daba con los gustos, no obstante  saber que aquella compra no era más que uno de sus caprichos. Al fin y al cabo prefería adquirirla él y no que se la regalasen sus suegros como resultaría si se oponía.
“Vuelvo en media hora, Mercedes” avisó a la Pro quien contestó con un gesto de asentimiento, pues estaba enseñando a María Paula cómo se tomaba una audiencia testimonial en una sumaria información.
Mientras caminaba apurado rumbo al centro de la ciudad, pensó que a pesar del suave calorcito que insinuaba octubre, la mañana estaba fresca y no le vendría mal si tomaba un café en el bar de la esquina de la plaza. Entró sin mirar a su alrededor, tomó el diario que algún parroquiano ya había leído y se sentó en una mesa sobre la ventana para disfrutar de los canteros llenos de petunias, alisos chinitas que adornaban el paseo central.
Nunca imaginó que Martha podría encontrarse en el lugar.
Con el pelo recogido, un traje de sarga liviana color rosa y el portafolio moderno colgando de su hombro, la vio a acercarse.
_ Qué sorpresa Ricardo, iba a verte a tu oficina. ¿Cómo estás? dijo a manera de saludo cortés.
Él se quedó mudo, embelesado mirándola, mientras su ajetreado corazón palpitaba aceleradamente, como si estuviera en su primera cita de la adolescencia. Pensó en la noticia de primera hora pero no quiso comentarla con ella. La apartó de su mente.
_ ¿Puedo sentarme? preguntó Martha.  
_ Preferiría que no, Martha, contestó el Asesor, visiblemente emocionado y nervioso. No corresponde en horario de trabajo. No corresponde, repitió  levantándose de su silla. Como en otro mundo,   marchó preocupado rumbo a su destino, dejando a la abogada en el desamparo del bar.
Ella, perpleja, percibió ese cúmulo de sentimientos que confundía a Ricardo y sin poder contenerse, lo alcanzó y rogó:
_ ¿Podemos hablar, Ricardo?
_ Bueno, está bien, ¿Estás en tu automóvil? Insinuándole que se retiraran de aquel lugar.

El Asesor avisó a Mercedes que no regresaría a la oficina y la dejó a cargo de la misma, situación que agradó a la funcionaria. El Asesor no llegó al Banco esa mañana. 

Ambos necesitaban hablar mucho, del presente, del pasado y tal vez de un futuro que se insinuaba irremediablemente, pero debían hacerlo con soltura, sin límites, liberados de las formalidades del trabajo. Salieron sin rumbo fijo. A él no le gustaba  la idea de exponerse en a ciudad pues cuidaba al detalle su relación social y su concepto de funcionario correcto, de pocas palabras y vida discreta. Pero en ese momento nada le importó. Dieron vueltas por las afueras, contemplando el paisaje serrano que se extendía en el horizonte, abandonando los colores ocres del invierno que se resistían en las partes más altas de los cerros. Llegaron hasta una pequeña gruta que los fieles habían preservado, donde seguramente formulaban sus pedidos a la virgen que la habitaba.
Se perdieron en un camino sinuoso y bajo un molle inmenso, Martha detuvo su Megane bordeau. No hubo palabras. Sólo miradas profundas y el fogonazo de un beso postergado, requerido, soñado, casi brutal.
Ahora sí, el desafío de un futuro incierto se les plantaba delante.

Por suerte, encontró la casa sola cuando llegó esa tarde. Isabel tenía sesión de Pilates y luego, peluquería, según rezaba el mensaje de texto que acababa de recibir.
La sonrisa no se le había apartado de los labios. Era como vivir de nuevo. No entendía nada. Estaba alegre, estaba melancólico, estaba totalmente enamorado, como antes, como nunca dejó de estarlo en silencio y en secreto.
Se dio un baño y salió. Se dirigió derecho a la farmacia y compró el multi-vitamínico que su médico le recetara meses atrás.
Quería estar bien, sentirse bien, verse bien. No sabía qué iba a suceder mañana. El hoy abarcaba toda su existencia.
Después de muchos años se sintió realmente feliz.


Capítulo IX

Cuando llegado el estadio procesal oportuno, el Asesor debía formular su dictamen final,  argumentar sobre la Patria Potestad, lo sedujo. Hablar de un tema tan teórico para él, lo hizo dedicar más que en otros casos  largas horas de biblioteca. Su frustrada paternidad no le impedía alegar sobre los derechos y deberes de un buen padre de familia. Él estaba convencido que el conjunto de derechos y obligaciones que constituyen la Patria Potestad cumplen una verdadera función social encomendada por la ley a los progenitores, quienes tienen el deber de velar por el desarrollo integral de sus hijos. Había leído diferentes autores sobre el tema y reconocía que el psiquismo del niño requiere de ambos padres para lograr su adecuada estabilidad y equilibrio emocional. Los escritos y numerosos informes psicológicos daban cuenta de una relación conflictiva entre ambos progenitores que condujo a la jerarquización  afectiva de la madre, desarrollando en las hijas un sentimiento de mayor pertenencia al hogar materno y de integración con su  hermano varón.
En sus consideraciones, el Asesor destacó que las hijas de Martha Soler y Alejandro Araujo crecieron en una ausencia casi permanente del padre y con una fuerte presencia materna, ostensible desde el comienzo de la contienda. Del primogénito poco pudo decir, sólo que los hermanos, aunque fueran de distinto padre biológico, deberían vivir los tres en el mismo hogar, junto a su madre, para que de esa forma pudieran afianzarse los vínculos no sólo materno-filiales, sino también los fraternales, injustamente resentidos por los adultos.
Sostenía que la figura de la Patria Potestad exige un ejercicio responsable y coherente, que facilite la existencia y desarrollo de un vínculo fluido y natural entre padres e hijos, de tal forma que éstos puedan insertarse sin mayores dificultades en la sociedad a la que pertenecen. Para él, los padres son los únicos y verdaderos protagonistas que deben coadyuvar en forma conjunta a la sana formación física y psíquica de sus hijos. En este caso, uno había fallado, delegando tácitamente toda la responsabilidad en el otro. Recomendaba que, más allá de los argumentos vertidos y las pruebas aportadas, los hechos eran los mejores avales para que la Tenencia de Mariana y Paulina correspondiese a su  madre, Martha Soler.
La ausencia injustificada de Alejandro Araujo y el abandono del juicio por su parte, tiraban por la borda todas sus pretensiones.
Hubo de replegarse en sus afirmaciones más de una vez, mientras escribía. Hubo de olvidarse de Ricardo para ser únicamente: el Asesor. Sus sentimientos no podían traicionarlo. Debía primar su sana reflexión y su fría inteligencia.
Arturo Abal había prometido sacar la Sentencia urgentemente porque el caso lo ameritaba y así lo hizo. Justamente ese día, dictó sentencia.

_ Buen día Doctor, saludó Clarita, mientras depositaba en el escritorio del Asesor, varios expedientes, con vistas y traslados urgentes.
_ Buen día Clarita, ¿sabés algo de Soler c/. Araujo? Preguntó ansioso.
_ Sí, Doctor, me dijo una de las pasantes que estaban por protocolizarlo, respondió la empleada para tranquilizarlo, aunque no estaba segura de su afirmación.
_ Entonces, la Sentencia ya salió murmuró el Asesor, mientras firmaba. Voy arriba a hablar con el Juez. Por favor, Clarita, avisale a la Pro-Secretaria.
_ Enseguida, Doctor, contestó la empleada, con una esbozada sonrisa y fue derechito hasta el despacho de Mercedes, quien discutía con Ana sobre el vencimiento de un plazo.          

El fallo del Juez fue justo. Martha Soler había ganado el pleito y por el momento la batalla final.
El día que vino a notificarse de la Sentencia, trajo a Mariana y Paulina, para que se despidieran de todos los funcionarios que las habían ayudado a estar con su mamá.
Desde sus tiernos años, las niñas agradecieron. Cuando se despidieron con un beso del Asesor, Mariana, la mayor, se acercó y con la inocencia a flor de piel, le dijo:
_ Venga a visitarnos algún día, Doctor. Ricardo, emocionado, le respondió:
_ Con gusto Mariana, con gusto… Y mirando fijamente a Martha, la saludó con un apretón de manos, bajo la mirada abarcativa de sus empleados. Mercedes miraba la escena estirándose su camperita corta de símil cuero blanco que se le había arrugado de tanto estar sentada. Los empleados estaban emocionados y a Clarita se le escapó una lágrima. Jorge, desde su inexperiencia laboral, musitó:
_ Los que trabajamos en Tribunales, somos humanos también…
_ Bueno, bueno, yo las acompaño, sentenció el Asesor, poniendo fin a la despedida y señalando el pasillo de salida hacia la calle.
Un sol brillante y un calor húmedo anticipaban un Diciembre lluvioso. La gente iba sonriente por la calle. Ya llegaba Navidad y fin de año. Hasta los abogados sonreían al entrar a Tribunales.
A mitad de cuadra estaba estacionado el Megane bordeau que las esperaba. Desde la puerta del viejo edificio reciclado, el  Asesor, preguntó nervioso:
_ ¿Quién las espera?
_ Nuestro hermano, respondió Paulina, rápidamente.
_ Si, está Pablito contestó Martha,  hoy nos acompañó, agregó.
_ Bueno, yo las dejo aquí y vuelvo a mi oficina dijo Ricardo a quien no le gustaba, muy en su interior, que todo terminara.
Nada habían proyectado con Martha. El final llegó tan rápido que ni se dio cuenta que ya no tendría excusa para verla, escucharla, esperarla, sentirla. Sus pensamientos se abarrotaron de tanto buscar caminos de salida.
_ No, Doctor, dijo Martha Soler en rol de abogada triunfante, por favor, espere un minuto que le presento al hermano de las nenas.
Ricardo se sumergió en unos ojos oscuros, profundos y buenos como los de su madre, cuando apretó la mano del joven que presto y educado descendió del auto para saludarlo.
Cumplido el acto de presentación, todo terminó. Las niñas subieron atrás y Martha adelante, acompañando al conductor. Ricardo se quedó parado en la vereda esperando que el vehículo arrancara.

Un sudor helado le corrió por la frente. Sintió que el mundo se desvanecía bajo sus pies. El cielo celeste y límpido del medio día giró sobre su cabeza. Las piernas le flaquearon. La boca se le quedó sin saliva y la respiración se le cortó. Su corazón se detuvo. Sólo tuvo fuerzas para levantar su fláccida mano en señal de adiós, cuando Mariana y Paulina lo saludaban por la ventanilla de atrás del auto, mientras se alejaban hasta perderse de vista.
Luego sobrevino la oscuridad.



Capítulo X

“Es que para él, este caso le tocó el corazón. Trabajó mucho” comentaba Mercedes a los transeúntes y empleados que se reunieron en el lugar, atraídos por el ulular de las sirenas de un servicio de emergencias de la ciudad.
El paramédico que auscultaba al Asesor ordenó ascender la camilla a la ambulancia marchándose velozmente rumbo al Hospital.
En lo que restaba del día laboral, tanto en la Asesoría como en las demás oficinas, sólo se habló del Asesor y su descompostura en plena calle.

El sol del atardecer penetraba tímido por la ventana abierta. La cortina de voile flameaba con la suave brisa vespertina. Isabel no estaba. Recién pudieron ubicarla a la tarde en la Capital y prometió llegar urgente.
Nadie lo acompañaba cuando despertó en la habitación en penumbras de la Clínica. Grabada a fuego, la mancha roja que aparecía tras la oreja izquierda de Pablito persistía en su  retina. La vio cuando el joven al volante, arrancó el automóvil. Esa era la única imagen que recordaba. Nada más ocupaba su pensamiento. Esa mancha roja de nacimiento lo había desplomado.

El infarto condujo a Ricardo a un estado de depresión silenciosa. Todos adjudicaban la crisis al exceso de trabajo. Por su parte, los médicos forenses no lo autorizaban a reintegrarse a sus tareas y extendieron su licencia por precaución, si bien él no lo aceptaba así. Él necesitaba volver a trabajar, volver a estudiar, proyectar y discutir, si no se volvería loco, pensó muchas veces.
Isabel, si bien preocupada, no era muy buena ni como enfermera, ni como acompañante. Después del mes, comenzó a quejarse que perdía sus clases de cerámica y que estaba dura porque había dejado yoga y que él no ponía empeño en superarse y se negaba a recibir terapia psicológica.
Poco a poco se fue desentendiendo de la atención de su esposo y fue retomando el ritmo narcisista de su vida.
La relación explotó una tarde. Ella se marchó por unos días a la capital, a la casa de sus padres, pidiéndole que reflexionara porque estaba harta de la monotonía del matrimonio.
_ Me voy por una semana o dos, Ricardo, para que estés tranquilo y puedas pensar qué vas a hacer con tu vida. Yo… te anticipo, Rich, que estoy muy cansada de esta forma de vivir a tu lado. Además, mis padres se van por ocho meses a Barcelona a visitar a mi hermana y recorrer desde allí Europa. Me han invitado, sabés, porque me ven muy sola y nerviosa, dijo con tono decidido y educado.
_ Está bien, respondió Ricardo, con tono extraviado e indiferente, como si nada le importara.

Los días de soledad aclararon las ideas del Asesor. Pensó que lo mejor era enfrentar la situación para lo cual decidió seguir las indicaciones de su médico de cabecera al pie de la letra.
Había transcurrido un mes y medio desde el episodio y nada había sabido de Martha.
Todos los días pensó en ella y en Pablo. Tenía que verla, hablar, pedirle explicaciones. Quería saber. . .
Esa noche después del baño, puso su música preferida, se preparó un té de manzanilla y se apoltronó en el sillón de pana azul. Pensó en Isabel. También tenía que hablar con ella, pero todavía no había reunido las fuerzas suficientes. Necesitaba reponerse aún más. En la mañana siguiente pediría turno con el psicólogo de la capital que le recomendó el forense.
No era muy tarde. No tenía ganas de leer ni de ver televisión. Se metió en la cama y cuando se aprestaba a lidiar con el insomnio, sonó su celular que siempre dejaba sobre su mesa de luz.
_ ¿Ricardo? Murmuró esa voz dulce y ronca, esa voz tan recordada, tan añorada, preguntando por él. Sus pupilas se desbordaron. Encendió la lámpara y de un salto se sentó.
_ ¡Si,  soy yo, deseaba tanto escucharte!
_ Ricardo, ¿puedo hablar? ¿No es inapropiado? Interrogó Martha.
Ante la negativa de Ricardo que le advirtió que estaba solo, ella continuó: Hoy me enteré de tu episodio. Fui al Juzgado y allí me contaron. Por  Dios, Ricardo, ¿cómo estás? Tengo algo muy importante que decirte, concluyó.

La noticia que Martha Soler pretendía darle había salido en los medios de comunicación del día. En Ciudad del Este, Paraguay, cerca del puente fronterizo "De la Amistad" habían encontrado un automóvil abandonado con el cuerpo de un hombre sin vida en su interior. Tenía las manos atadas a la espalda y un tiro en la nuca. Los diarios hablaron de un ajuste de cuentas. La tercera ciudad en el mundo que goza de una zona franca de libre comercio, después de Miami y Hong Kong había sido testigo de una de las tantas muertes que en ella se producen. Una zona aledaña a la gran ciudad, conocida por ser refugio de gente peligrosa, a la que llaman la Triple Frontera, ya que allí confluyen en sus límites: Argentina, Brasil y Paraguay.

El cadáver fue identificado con el nombre de Alejandro Ismael Araujo.
El círculo se cerraba: El demandado rebelde, el padre desaparecido, el esposo ausente, el cliente en viaje, el hijo empresario. Alejandro Araujo había terminado como muchos lo habían imaginado y nunca dicho.



Capítulo XI

La ausencia de Isabel duró quince días. Cuando regresó, encontró a un Ricardo cambiado pero más indiferente que antes, todavía con licencia pero mucho más saludable. No obstante, ella tenía bien claros sus objetivos y con total displicencia y encanto anunció su viaje a Barcelona en familia.
La charla entre ambos requería de tiempo y ausencia, según Isabel, aunque en el fondo tenía muy claro que su relación con Ricardo estaba terminada. Por su parte, él aceptó hablar a su regreso sabiendo de antemano cual sería su decisión.

Una vez más, el tiempo que todo lo cura, dejó en el olvido los episodios pasados. El Asesor se reintegró apenas la Junta Médica forense lo autorizó y pospuso el mes de feria para más adelante. La oficina volvió a ser la de antes. La Pro, vuelta a su antiguo color de pelo, recibió a su jefe con sincera alegría. Los empleados estaban contentos. Ricardo, también.
Ansioso, dedicó esa mañana de marzo a charlar con sus compañeros de trabajo y al primero que visitó, fue al Juez Abal. Nadie sabría nunca el verdadero detonante de su enfermedad.

_ ¿Doctor, mañana viajará a la capital? Preguntó Clarita.
_ Sí, Clarita, ya tengo todo planificado. ¿Necesitarás algo de Superintendencia? Preguntó respondiendo el Asesor. La joven empleada le pidió que le llevara un sobre para la Directora porque participaría en unas jornadas de capacitación y necesitaba unos datos estadísticos difíciles de conseguir, explicó a su jefe. Sabía que si él llevaba el sobre ya tenía el cincuenta por ciento de la autorización concedida, dada la especial simpatía que la Directora de Superintendencia ostentaba hacia el Asesor.

El viaje le resultó un suspiro. No sólo estaba feliz por el motivo del mismo sino porque se encontraría con Martha en una confitería nueva, ubicada sobre una de las calles circundantes de Tribunales, la que prometía un ambiente reservado para el encuentro. Seguramente, las nenas ya estarían mejor y Martha habría concluido con los trámites derivados del traslado del cuerpo de Alejandro y todas sus consecuencias.

Muchas veces se preguntó, por qué una mujer como ella se habría enamorado de un hombre como Alejandro. ¿O es que acaso nunca se enamoró de él? ¿O tal vez vivió siempre engañada? Pero terminaba apartando esos pensamientos que lo hacían sufrir.
Al llegar, tal cual lo prometido a Eduardo, pasó por su estudio y tuvieron una charla breve pero profunda.
“Cómo cambian las cosas los años…” tarareó Eduardo al ritmo de tango, mientras llevaba del brazo a un Ricardo completamente renovado hacia la salida del edificio.
_ ¡Quién diría, Richi! Hace un año atrás ni soñarías con esto…
Se dieron un apretón de manos, un abrazo de hermanos y un beso en la mejilla.
Manteneme al tanto, Ricardo y contá conmigo para lo que haga falta, aseguró el amigo.
_ Sí, Eduardo, lo descuento y se marchó a ritmo acelerado rumbo a Tribunales.

La boca cuidadosamente delineada y pintada, el pelo en suave movimiento, dorado y sujeto en la nuca, los ojos verdes relampagueantes. Una figura perfecta a pesar de los años y el mismo medallón de siempre colgando de su cuello impecable. La Directora de Superintendencia se levantó de su escritorio para recibir al Asesor.
“Tengo buenas noticias de su traslado, Doctor”, dijo con énfasis. Efectivamente, con la reforma de la ley jubilatoria, muchos funcionarios dejarían sus puestos y la posibilidad de volver a la Capital sería cierta esta vez.
Su traslado era cuestión de unos pocos meses. Ricardo rebosaba alegría. Con la sonrisa dibujada en su cara salió de Tribunales, bajando la escalinata de mármol a paso ligero rumbo al encuentro con Martha.

Las horas que estuvieron juntos resultaron pocas, para decirse, preguntarse, contestarse, imaginarse, proyectarse en un futuro no tan lejano. Tanta deuda de silencio no podía pagarse de una sola vez. Los besos robados, las caricias disimuladas, los cuerpos contenidos y aprisionados en las sillas del bar, también ocuparon su espacio, al amparo de una  penumbra tenue surgida de las lámparas, con el saxo de Fausto Papetti de fondo.
Ricardo no había requerido hasta el momento, razón alguna sobre la existencia de Pablito. Su respeto hacia la intimidad de Martha no se lo hubiese permitido a menos que ella tomase la delantera y confesara.
En los escasos encuentros que mantuvieron, durante la tramitación del juicio, Martha eludió tratar el tema de su hijo. Ricardo ya no podía resistirse a conocer la historia de tamaña importancia para su vida. A partir del día de su descompostura, la explicación habría de ocupar permanentemente sus pensamientos. Ahora había llegado el momento.
Él quería saber todo.
Ella le haría saber todo.



Capítulo XII (Penúltimo)

Aquella incipiente noche de verano, más de veinte años atrás, se amaron con los ojos cerrados y abiertos. Martha nunca hubiese imaginado que esa noche sería la última que pasaría junto a Ricardo. Era, irremediablemente, la despedida. Cuando con lágrimas en los ojos y voz entrecortada, abrazándola muy fuerte, Ricardo le dijo que Isabel esperaba un hijo y que por él aquella relación debía terminar, Martha creyó morir y renegó en silencio de no haberse embarazado antes ella sin sospechar siquiera que acababa de hacerlo.

Un mes más tarde, lo confirmaba su médica ginecóloga y ella recibía la noticia sumida en un raro sentimiento, mezcla de tristeza y alegría.
_ ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no me llamaste? Inquirió Ricardo visiblemente emocionado ante el relato.
_ Era tarde, mi amor, no podía, alcanzó a contestar Martha, sollozando.
Un futuro alentador se abría paso. Recuperar el tiempo perdido, era el objetivo de Ricardo y Martha. Pero, primero tendrían que hablar con Pablo.
_ Yo lo haré Ricardo, yo lo conozco, yo sé cómo prepararlo. A mi me va a escuchar con el corazón aunque no me lo perdone.
_ Está bien, creo que es lo mejor murmuró Ricardo, henchido por un amor paternal reprimido desde mucho tiempo atrás.

En la fiesta de despedida que le organizara para todos los amigos de Tribunales, su Pro-secretaria, Isabel estuvo ausente. Todavía no había regresado de Barcelona. Mercedes lo lamentó mucho, porque se había esmerado en conseguir el salón de fiestas de la Delegación del Colegio de Abogados y de paso aprovechó para invitar a la Comisión en pleno. Como lo imaginaba, fueron casi todos los letrados con sus esposas, vestidas según el último grito de la moda, ya que oportunidades como ésas no se daban a menudo en la ciudad. Ella misma se había comprado un trajecito negro brillante, muy brillante y había aclarado aún más su pelo. Le hubiese encantado que la esposa del Asesor estuviese presente, disfrutando de tanta gala. Toda su oficina estaba triste pero a la vez entendían los anhelos de progreso de su jefe. Desde la capital él seguiría en contacto, bregando por el mejoramiento del Interior. Lo iban a extrañar, eso estaba plasmado en los rostros de todos.

Hasta que volviese Isabel, él tendría que mantener la casa armada y se daría una vuelta cada tanto por la ciudad para controlarla. Por suerte la esposa de un ordenanza que acababa de jubilarse la mantendría limpia. Confiaba en Blanca y a ella le dejaría las llaves.
Pero aún faltaba lo más pesado. Debía resolver su situación conyugal.
Sin embargo, no le costó mucho. Ya instalado en la gran orbe, una mañana fría de agosto recibió la llamada de sus suegros, invitándolo a almorzar al día siguiente. Estaban de regreso. El corazón se le aceleró. Trató de contenerse. A todo el mundo le da temor enfrentarse con situaciones no deseadas, que todos desean nunca pasen.
“Ricardo, tenemos que contarte muchas cosas y traemos una carta de Isabel” dijo dulce su suegra que era una mujer cautelosa y muy educada.

La carta no era una carta. Contenía en forma previa tres hojas con la prolija descripción del desarrollo urbanístico de la ciudad de Barcelona, el cual según Isabel había partido desde la zona portuaria hacia el área meridional, destacando el núcleo medieval y el conjunto desordenado de la ciudad vieja.
Luego detallaba lugares y monumentos típicos desde las famosas Ramblas que comunican con la plaza de Cataluña, el monumento a Cristóbal Colón, el Puerto, pasando por los más emblemáticos de la Edad Media como el Ayuntamiento, la Catedral de Santa María del Mar y varios Palacios entre otros el de la Generalitat, hasta las expresiones de la época moderna, verdaderas joyas del modernismo, resaltaba Isabel, como el Palau de la Música, la Pedrera y la Sagrada Familia hasta la Villa Olímpica de fines de los 80 para concluir con las construcciones actuales, producto de la arquitectura española contemporánea, como la torre Calatrava de comunicaciones.
Su apasionada descripción sacaba a la luz una frustrada profesional. A Isabel siempre le hubiese gustado ser arquitecta o diseñadora de interiores, de muebles, de ropas, de algo… Sin embargo, su comodidad le impidió estudiar regularmente a pesar de sus condiciones naturales que, como en este caso fluían a flor de piel.
Se quejaba de la carencia de espacios verdes en la ciudad y de su descontrolado crecimiento poblacional que la caracterizaban como una de las ciudades europeas con mayor densidad de población.
Y, declamaba estar completamente enamorada de Barcelona, razón por la que había alquilado un piso en el barrio gótico, próximo al famoso Arco de Triunfo y siendo la ciudad española comercial e industrial por excelencia, había decidido dedicarse al negocio de las telas al que hubo de llegar a través de un comerciante madrileño, amigo de su hermana.
Sólo unos pocos renglones de la carta dedicó Isabel, para explicarle que la separación era lo mejor para ambos y que enviaba un poder al Dr. Raúl Castellanos para que se pusieran de acuerdo en iniciar el divorcio. Los caminos de la vida se le abrían impensadamente. No desperdiciaría la oportunidad. Si bien ese no había sido el final imaginado cuando se casó con Isabel.

Por su formación, aspiraba a un hogar con muchos hijos, una esposa solícita y una vida tranquila hasta el fin de los días. El Divorcio no encajaba en su estructura moral, tampoco la Infidelidad, hasta que conoció a Martha y descubrió en ella el verdadero amor. Desde ese momento siempre la imaginó a su lado, contra todo principio.
Hacía algún tiempo, durante las tardes solitarias de su recuperación, había tomado la decisión de divorciarse y esperaba el retorno de Isabel para conversarlo con ella, pero para su bien, en aquella carta su esposa se le había adelantado y lo había liberado de la engorrosa iniciativa.
Ricardo permaneció callado un rato, saludó amablemente a sus suegros y se marchó.
Todavía restaba mucho por hacer.



Capítulo XIII (Último)

La presentación de Pablito como hijo y viceversa de Ricardo como padre sería determinante para la vida en común. Martha, con la ayuda de una profesional amiga especializada en relaciones de familia había preparado todo al detalle. La adecuación de Pablito y las nenas a la nueva situación fue lenta y sostenida a diario muy sutilmente. Durante ese lapso, Ricardo no los podía visitar. Sólo sus encuentros con Martha, lo sacaban de sus preocupaciones. En los espacios de soledad, alejado de la vorágine del trabajo diario, su mente se atormentaba con preguntas y respuestas sobre ese hijo tan soñado y nunca vivido. Sus temores al rechazo de Pablo se disipaban cuando estaba con Martha y ella lo convencía de lo contrario.
Él, que había vivido prácticamente solo todos estos años, ahora tendría que convertirse en jefe de un hogar con tres hijos. ¡Tenía mucho que aprender!

La casa, ubicada en un elegante barrio céntrico de la ciudad no era muy grande, pero sí estrechamente cómoda y confortable, con buena arquitectura y bien mantenida. Al fin y al cabo, los hijos con sus disímiles ocupaciones y estudios les dejarían el hogar para ellos solos a corto plazo. Cuidadosamente, Martha y Ricardo la habían elegido en secreto. El alquiler era elevado pero podrían pagarlo.
La mudanza fue toda una aventura. Ricardo tenía expresamente prohibido participar. Él no debía aparecer todavía y nunca ante Mariana y Paulina,  hasta el gran día.

A Pablo y a las nenas les gustó mucho la nueva casa. Otra etapa se iniciaría en ella. Sin Alejandro, sin ausencias, sin miedos ni desconfianza, unidos por el amor de una infatigable madre.
Más tarde la presencia de Ricardo terminaría de sellar la impronta de esta nueva familia.
A escasos dos meses, sus habitantes ya se habían adaptado a la casa y al barrio que por su ubicación les quedaba mucho más cómodo para sus estudios y actividades.
La empresa de formar un hogar común donde pudieran insertarse los cinco, habría de mantener muy unidos a Ricardo y Martha. Vivían un sueño que nunca pensaron se haría realidad.
Pablo era el colaborador inmediato de su madre en temas de gustos y decoración. Ricardo que visitaba la casa sólo en ausencia de las nenas hasta que llegase el día del ensamble, debía velar por el buen funcionamiento de todo, según la asignación recibida de Martha.
Varias veces, padre e hijo se habían encontrado. Era parte de la estrategia para el acercamiento filial.
Pero la “verdad”, todavía no se develaba.
El trato entre ambos fue pasando de respetuoso y trivial a cálido y poco convencional como el de dos amigos. La simpatía era mutua y la camaradería crecía día a día.
También planeados, fueron los encuentros de Ricardo con Martha y las nenas en el patio de comidas de un shopping. De allí pasaron a dos o tres funciones de cine al mes y luego compartieron diversas actividades al aire libre.
El acercamiento prosperaba.

Esa noche, Martha llevaba el pelo recogido y lucía un conjunto de pantalón y chaqueta de gasa negra que le sentaba muy bien. Mariana y Paulina vestían informales, pero se notaba que estaban de estreno. Sus cabelleras rubias se sostenían por graciosas hebillitas. Pablo, que alardeaba de sus veintidós años, era todo un hombre, elegante como su padre, pero a diferencia de éste, su pelo ensortijado y semi-largo le daba un aspecto menos formal.
La mesa se engalanaba con lo mejor de la vajilla y los lugares estaban cuidadosamente dispuestos. Un adorno floral sencillo hacía de centro de mesa.

Primero, hubieron de encontrarse en la pequeña sala de la casa, Ricardo y Pablo, sólo ellos dos.  
Se miraron, se abrazaron. No pudieron hablar. Un sollozo mudo brotó de los corazones sufridos de ambos. Un abrazo profundo y prolongado insinuó la recuperación de más de veinte años de separación. Una historia raramente entrelazada los acababa de reunir. El tiempo pareció detenerse para Ricardo y sintió a su hijo como a un pequeño recién nacido al que debía cuidar y ayudar a crecer.
Luego, pasaron a la mesa. Las nenas estaban contentas. Aquél hombre que conocieron en trance tan amargo y que las había ayudado, según su propia convicción, durante el juicio, les parecía bueno. Sentían una especie de admiración por Ricardo.

Cenaron en silencio. En la sobremesa conversaron de temas triviales. Más tarde, Pablito se retiró para salir con sus amigos, mientras que Mariana y Paulina se fueron a dormir.
Martha puso un CD de Gal Costa, con su canción preferida: “Día de domingo” y más feliz que nunca le susurró al oído en portugués: “Eu preciso te falar”.

Aquel amor perdido cobraba vigencia y fuerza. La pareja, sentada en un cómodo sillón tapizado en cretona de colores ocres, se tomó de las manos, disponiéndose a escuchar varios temas musicales y hasta cantaron en portugués. . . La noche abría sus brazos para acogerlos.
Cuando los trámites de ambos estuviesen terminados, se casarían.

El próximo lunes, la Asesoría Letrada N° 10 de la Capital, recibiría al Asesor recientemente trasladado. Si bien el cargo era el mismo, quien habría de ejercerlo sería un Asesor distinto,  un hombre a quien, la vida le sonreía al fin.

2009

Publicado en este Blog durante el mes de junio de 2011 en capítulos separados cada dos o tres días, los que han sido suprimidos.



Aclaración de la autora:

Muchos de los verbos que figuran en este texto están conjugados en español argentino. Años atrás sólo se usaba en el lenguaje coloquial, pero luego pasó a usarse en la lengua escrita.

*SS abreviatura de Su Señoría (tratamiento dirigido a los Jueces)
*actor: demandante(persona física 0 ideal que inicia un juicio o proceso judicial)
*Tobiano, caballo que sobre el fondo blanco de su pelo presenta manchas de diferente tamaño y color. Nuestros tobianos tienen generalmente manchas marrones y grandes.
*Palacio de Justicia se le llama a los Tribunales centrales de una Provincia, donde tiene su sede el Tribunal Superior de Justicia de la misma.


*Pinches: se les dice así, a los empleados de la parte administrativa del Poder Judicial cuando ingresan a la misma.
*Barandilla: mostrador en el cual se atiende a las personas, principalmente abogados cuando consultan o controlan el movimiento de un expediente judicial.
*Buffet: lugar físico donde atienden los abogados a sus clientes.
*Contrario sensu: en latín, en sentido contrario.
*El tango dice: . . .los recuerdos me han hecho mal. . .(tango)
*Viña del Mar: ciudad chilena sobre el Océano Pacífico.

Nota: Las palabras escritas en bastardilla corresponden a palabras nuevas, extranjeras o bien a verbos conjugados en español argentino, ya que la historia transcurre en algún lugar y entre personajes, de mi país. 


2010 con correcciones 2011

Comentarios

  1. Hola, el Blog de la revista Xpresate, que promueve a jóvenes escritores, fotógrafos, etc en Santiago de Compostela está interesado en intercambiar links con usted, sólo indíquenos su conformidad enviando un mail a revistaxpresate@hotmail.com. Asimismo, decir que desde nuestra web http://revista-xpresate.blogspot.com/ podéis participar en concursos y enviar vuestro material para salir en la revista impresa (que tiene una tirada de 2000 ejemplares) o en el blog.
    Visítanos!!
    Gracias.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Mi agradecimiento por tu conexión.

Entradas populares de este blog

Rosas

Enamorándonos

Rumbo al Sur