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Mostrando entradas de 2012

Plan "A"

Esas vacaciones habían sido un poco forzadas. Pero, el llamado del mar pudo más que nuestros desencuentros. Volviendo, entre las ciudades chilenas de  San Felipe y Los Andes, los ojos se me llenaron de verdes. El cerro a un costado y los viñedos y flores y árboles a la vera de la carretera ponían un tinte pintoresco y a la vez angustiante al viaje. Faltaba poco para llegar a Los Andes y el contraste del angosto y antiguo camino de dos carriles con las modernas autopistas y autovías que dejamos atrás, me distrajo. De pronto, me identifiqué con un cerro cubierto de cactus erguidos con sus brazos elevados hacia el cielo celeste puro, sin nubes, pidiendo, clamando, tal vez por una lluvia renovadora que no llegaba. Los maizales verdes y las parras a la espera de que sus uvas fueran cortadas para ser llevadas a la mesa familiar y varias casitas de adobe me trajeron recuerdos de mi infancia y volé con mis pensamientos hasta un tiempo, también de verano, de tardecitas que se prestaban para ju…

Vigilante

Muy cerca del cielo deambulaba como nutriéndose de las corrientes de aire y del sol. Era lugareño y conocía a la perfección el entorno que lo rodeaba. Podía reconocer cada recoveco del río y las sendas de las cabras perdidas en la montaña. Sabía perfectamente cuando había extraños y entonces se volvía loco. La tarde avanzaba sobre los cerros reverdecidos con la lluvia. Las formaciones geológicas propias del terciario parecían vigías de altura, sobresaliendo en la extensa pampa serrana a cientos de metros de altitud. El automóvil de los desconocidos se detuvo, prácticamente en medio de la ruta de ripio poco transitada. El lugareño revisó la escena con su aguda mirada. Se quedó tranquilo y partió raudo hacia su morada cuando ya todo entraba en penumbras y el sol apenas se veía, recortando con sus tenues rayos el perfil de las Sierras Grandes. En el quieto silencio del atardecer, uno de los pasajeros que acababa de descender para estirar sus cansadas piernas, gritó: ¡Un cóndor!


2012

En Navidad

Guillermina Diciembre, último mes del año. Navidad. Año Nuevo. Llegan las fiestas, los compromisos, los deseos por satisfacer y las expectativas por cubrir. Sin embargo, Guillermina, aquella niña huérfana, criada por su tía Margarita con escasos recursos, siempre esperaba poco o nada. “Este año no habría de ser distinto”, era el pensamiento de ella y su tía. Vivían a la vera del camino secundario que comunicaba la villa con la ciudad, más allá de las afueras, en una casita de piedra con un gran parque bien cuidado, herencia de su padre. Su tía le había anunciado que no recibiría nada, que eran pobres y no habría regalos esta Navidad. Pero, la huerfanita no perdía la esperanza. Su deseo era, tener un oso de peluche grande como si fuera de verdad y dormir abrazada a él. Acababa de cumplir siete añitos y a pesar del ambiente rígido y austero en el que había crecido, era generosa, alegre y servicial. De vez en cuando su tía la halagaba con un mínimo cumplido.“Sigue así, Guillermina que alg…

Despedida

La apretó muy cerca de él, como el tango dulzón y nostálgico lo indicaba. En el pasional encuentro de sus piernas y brazos, las palabras se esfumaron y la cadencia del dos por cuatro, encendió la llama del percal arremolinado en una cama de Lugano. La radio de la mañana sonaba y sonaba, alardeando noticias de toda índole. La botella rodando en el suelo entablonado del sucio cuarto, lo trajo a la realidad. La noche anterior se había llevado su último tango.

2012

Un oso

A los ocho meses de un embarazo feliz recibió la noticia del accidente de Héctor. Sin el padre de su hija, tuvo que encontrar las fuerzas que le faltaban, en cualquier lugar: su hogar,  la oficina, la casa de la abuela, el departamento de mamá viuda, el consultorio de su psiquiatra y luego el más reconfortante, el de su psicóloga. Todo era menester para criar a la niña. Afortunadamente, si bien no había superado aún la tamaña pérdida, poco a poco, pensando siempre en su hija, se había ido recuperando. Era diciembre y los cinco años que se habían diluido en el tiempo convencional no habían quitado el luto de su corazón. Esa tarde, Anabel quedaría con su abuela y podría salir de compras para Navidad. El centro comercial era un infierno y todavía restaban cinco días para la fiesta.  Marcela iba  decidida a conseguir un peluche enorme que remedaba al Oso Barney, el de los dibujitos animados, que su pequeña veía sin entender sus historias.
Recorrió galerías y el Shopping de la ciudad, pero e…

Ojos azules

Parecía perplejo, atónito, deslumbrado, cuando nuestras miradas se cruzaron encontrándose, en esa tibia tarde de primavera. Valían la pena esos ojos, azules y seductores como pocos, que me recorrían de arriba abajo, dominándome.  No podía  avanzar.  Como momificada, esperaba. Daba la impresión que ninguno de los dos sabría qué hacer cuando la recíproca y envolvente mirada terminase. Ya me había dicho Clara, que era atento, servicial y cariñoso y además, para rematar, complaciente. Sin embargo, inmediatamente recordé que también me dijo, que solía ser un poco testarudo, algo orgulloso y bastante independiente. No me preocuparon las opiniones. El feed-back entre los dos permaneció indemne, en los escasos segundos que duró. Debo haber parecido una pobre tonta enamorada, al punto que,  no fui capaz de escuchar a la empleada que me decía:" Pase, pase por favor señorita, es un Husky siberiano, no le va a hacer nada, es bueno. . ."

2011

Allá. . .

En el fin del mundo hace frío, aunque con el cambio climático y estando en otoño se soporta maravillosamente. Una bahía celeste, un cielo casi siempre gris, un canal dónde por suerte se reproducen las centollas, bellas, rosadas, exquisitas. Más allá, los hielos eternos de la Antártida. Todo blanco. En Ushuaia,  una mixtura de gentes que por momentos te trasladan al bullanguero Río do Janeiro, o a la populosa Buenos Aires,  y por otros, ni que estuvieras en un tour por Europa. El chocolate es bueno, la merluza negra, única y el cordero patagónico, un deleite. En el Bar Ideal  se escriben historias de amor al conjuro de una cerveza. ¡Cómo iba a adivinar Yo, que dónde el planeta dice basta, te encontraría!


2012

Elena Torralba

Elena Torralba no era mujer de ocultar ningún sentimiento a pesar de sus escasos años. Había creído en el amor y construido sueños, pero la vida con aquel hombre le resultó una cachetada: humillada con palabras, torturada con hechos, asediada con miradas y pensamientos, así, pasaba sus días. En suma, una mujer maltratada sin el porqué resuelto. La violencia la había acompañado desde pequeña, pero la soportada con Él, ya no tenía límites. Todas sus vecinas lo sabían y le aconsejaban que hiciera las denuncias correspondientes. Ella siempre aseguraba que las formularía pero nunca se animaba. Sin embargo, una mañana acudió a un Centro de asistencia, en el barrio mismo, que se ocupaba de la mujer víctima del delito y siguió algunos consejos recibidos de la Psicóloga y de la Trabajadora social.  Volvió varias veces y más tarde decayó otra vez. Una de sus vecinas, se preocupó realmente, ya que sus facciones, su carácter y expresión denotaban un gran sufrimiento. A duras penas, presa del terro…

Tres hijos

Si los hubiese visto antes, tal vez no estarían en el estado en  que los descubrí. Una madre sola poco puede hacer. El señor padre, un ejemplar de alta sociedad, bien distinguido, sin penurias de ningún tipo, recorriendo las calles de Lagoa, orondo, con su traje impecable de color canela. La madre, delgada, de grandes ojos verdes, sencillamente ataviada, hacía lo que podía por criar a sus pequeños hijos, dos de ojos celestes por herencia paterna. Los miré con amor y creo que lo advirtieron. No entendieron mi lengua. Ellos eran brasileños. Pedí permiso a su madre y les tomé unas fotografías. Nada más.

2012




¡Pobrecito!

Pasaba por el frente del local, cuando escuché una voz femenina que sollozante gritaba: "¡Asesino! ¡Pobrecito, pobre angelito, lo has matado!" Angustiada, con miedo, pero decididamente curiosa, sin nadie a la vista que me acompañase, entré a la tienda.
Ningún cliente. Sólo la mujer entrada en años, aparentemente propietaria del lugar, acuclillada sobre el piso de  antiguo parquet  donde yacía un hunter muerto y, junto a ella, un perro cocker spaniel de lánguidos ojos marrones que la miraba sin entender sus exabruptos llorosos.


2011

Catamarca

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La imponencia de la Sierra de Ancasti, casi rozando el cielo, se desplaza hacia un valle multicolor, extenso, apacible, cuna de “La morenita” como suelen apodar a la Virgen del Valle, patrona de  Catamarca, movilizadora de almas de distintos lugares y dueña de una historia que se pierde en los misterios de la evangelización de los pueblos originarios que habitaron esta zona de la Argentina. Desde la cuesta del Portezuelo, mirando abajo parece un sueño. . .Y era cierto: “Un pueblito aquí, otro más allá, y un camino largo que baja y se pierde. . .” Efectivamente, como dice la canción: “Paisajes de Catamarca” de Polo Giménez, contemplar desde la Cuesta del Portezuelo, el valle, es realmente un sueño.
Subí a la traffic y me llevé en los ojos los mil verdes del valle. Mi asiento estaba del lado del pasillo del vehículo, así que me dormí en las primeras curvas del descenso. A la mañana siguiente, ya repuesta, decidí visitar los Museos de San Fernando del Valle* y comencé por el Antropológico …

Noticia

La joven mujer estaba parada con los brazos en jarra, mirando desde el ventanal de su Oficina, un horizonte no pensado, un futuro incierto, un camino insospechado. Su cuerpo robusto pero esbelto se perfilaba, de espaldas, alentador. Su falda  a la rodilla tenía un tajo que mostraba parte de sus sensuales piernas. Corrió suavemente el vidrio enmarcado en aluminio y el aire húmedo y frío de junio entró en sus pulmones en un suspiro profundo, tajante como un cuchillo. Unos papeles blancos que se apoyaban en su escritorio cayeron al suelo movidos por la brisa. Se agachó a recogerlos presurosa, cuando un compañero de trabajo le anunció la hora de salida. Agradeció el aviso, se puso su chaqueta y colgó de su hombro izquierdo la cartera, no sin antes guardar en ella los papeles recogidos que lentamente metió en un sobre. Sus ojos verdes estaban enrojecidos, una lágrima resbaló de uno de ellos, mojando el sobre, justo cerca del membrete donde podía leerse: "Laboratorio". Ese día, La…

En el aeropuerto

El vuelo le había resultado largo, tal vez, el más largo de su vida. En Ezeiza, la cabeza ya le giraba en derredor y su estómago se le encogía, casi doblándola. Evelyn viajaría a Toulouse ese fin de semana, luego de pasar unos días con Sebastiana,  su tía abuela,  en Madrid. Rebeca Spillman se lo había pedido por tercera vez, quería presentarla en su grupo de amigos y parientes para terminar de definir una situación clandestina llevándola a la luz de las opiniones. Ello significaba blanquear la relación entre ambas y por supuesto le originaba un miedo disimulado y le planteaba mil interrogantes. ¿Estaba ella preparada para enfrentar tamaño conflicto? ¿Podría dar el paso ante gente conocida sólo a través de algunos videos caseros sin haber ahondado en sus creencias? ¿Se evaluaba realmente madura para la ocasión? Muchas preguntas y pocas respuestas, en torno suyo. Rebeca no claudicaría como en otras ocasiones, estaba totalmente decidida.  Evelyn tomó desde Barajas el vuelo de Air France …

Jacarandaes

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Micros motivados con la palabra: Jacarandá




Ha terminado noviembre y casi no quedan flores azules de jacarandá* en las calles y veredas de mi ciudad.

Me gusta caminar a la siesta cuando no hay nadie que pase, para zambullirme, sola, en el mar azul-índigo-liláceo de las flores del jacarandá.
Las flores del jacarandá son celestes, algunas pueden verse casi azules y otras casi lilas, como un colchón en las veredas y jardines.
Me traen recuerdos de la adolescencia, cuando al amparo de su sombra, entre fábulas y esperanzas, jugábamos a ser grandes, junto al jacarandá del patio de la escuela.
Son hermosas las calles de mi ciudad vestidas de azul en octubre y noviembre con su tinte azul primaveral del jacarandá, atrayendo los recuerdos.
Hoy me siento tan joven como ayer cuando veo en la vereda del colegio secundario, otro jacarandá, añoso, de grueso tronco oscuro, cubriendo con su lluvia azul-celeste, la calle y la gente.Y pienso en la belleza de este árbol, duradera, imperturbable, tanto como la d…

Esquela

La mujer no era joven, tampoco vieja, pero contaba unos cuantos años. Poco a poco dejó de hablar hasta que quedó muda. Llegó el día en que no pudo decir ni un sí ni un no. Su esposo comenzó a preocuparse y la llevó al médico. Se sintió defraudado por el profesional, ya que nada le encontró. Sin embargo la había derivado a un especialista y así comenzó el derrotero en busca de una solución a la mudez de su esposa. Los resultados se presentaban casi siempre con tintes negativos, hasta que siguiendo la última recomendación, terminaron en el consultorio de un psicoanalista. El prestigioso profesional de importantes honorarios que perturbaban aún más al hombre, comenzó a tratar a la mujer no permitiendo la participación de su marido durante las sesiones, hasta que él lo creyese conveniente y necesario. Luego, la paciente acudiría a la entrevista  semanal, sola, aunque su esposo, ofuscado la aguardase en el auto, a pocos metros de la Institución. Una de las veces se cansó y subió hasta la s…

Mujer

Pasaba por la calle de la tristeza enfundado en el recuerdo de otras horas, caminaba despacio, meditabundo, extraño, perdido en el objetivo que no lograba perfilar. De pronto, vio la belleza en sus ojos; la dulzura arreboló sus mejillas y la simpleza dibujó su sonrisa, exactamente cuando sus miradas se encontraron. Sintió una débil alegría circulando sin prisa por sus venas y arterias en un suave entrar y salir de su palpitante corazón. Se detuvo. La brisa vespertina alzó su bufanda a rayas y tapó su rostro. La vida pasó a su lado y no pudo verla, menos detenerla. Apretó bajo su brazo el bastidor de madera que contenía el óleo con el retrato de una mujer y continuó su marcha implacable. Luego, cayó la noche.

2012


Mujercita

Desde mi ventana podía ver el cúmulo de nubes grises que avanzaban desde el sur. No soplaba ninguna brisa, menos viento. Una tranquilidad pasmosa me ponía nerviosa. La cama era un nido acogedor en medio de una habitación de paredes altas, pintadas de rosa. Él tal vez no vendría, menos pasaría a mi habitación, pero yo siempre le imaginaba en el marco de la puerta. Sumida en mis cavilaciones tempraneras, me sobresalté cuando Rosa abrió bruscamente la puerta de mi habitación para alertarme que el médico acababa de llegar. El Dr. Quesada ya estaba viejito y casi no podía conducir. Su pierna lo mortificaba y tenía que pedirle a su único hijo varón que condujeran el viejo Ford por las rutas arenosas del campo. A solas, el médico me revisó de pies a cabeza, sin encontrar rastros de ninguna enfermedad. Para colmo, en ese momento no tenía síntoma alguno. Luego, llamó a mamá y,  habló largo rato con ella en la salita en la que terminaba el pasillo de distribución de las habitaciones.  Al cabo d…

Seguro. . .

Pasó rápido, casi como una estela en la noche clara, por eso la vi. Me sentí bien y me ovillé en la puerta del zaguán, aferrado a mi botella de tinto, que en ese entonces era mi única compañera. Hoy, en este cubículo blanco en el que estoy, advertí que quizás, más vertiginosamente que la primera vez, pasó muy cerca de mí, esa bruma luminosa; sin embargo, la enfermera me respondió cuando le pregunté si ella la había visto: "No, pero no se preocupe Señor, es el efecto de los medicamentos". No le creí, sigo pensando que fue un ángel.


2012



Omar

Fedra estaba sola otra vez, sentada a la mesa de siempre junto al escaparate de los dulces. De su lustroso bolso de cuero ecológico, entiéndase plástico fino, sacó su carpeta roja y su lapicera Parker,  mientras Omar, el mozo que le servía todas las mañanas su desayuno, le acercaba una humeante taza de café con leche y las facturas de su gusto. Junto a una de sus habituales sonrisas mañaneras, en la que a pesar de sus años, podía aún lucir una hilera completa de piezas blancas, brillantes, a puro cepillado con bicarbonato de sodio, según le confesara a Fedra hacía algunos meses atrás, la acostumbrada pregunta: “ ¿Escribiendo a su hijo otra vez, Fedra?” Interrogó Omar con cierta confianza adquirida entre cafés y horas de bar. Ella levantó su mirada sobre la taza asintiendo sin definir nada. Para Omar el secreto se había develado. En señal de respeto, el empleado se retiró no sin antes consultarle: ¿Quiere que ponga a Piazzola, hoy? Fedra volvió a asentir con su cabeza mientras saboreab…

Novedad

Llovía y él estaba solo, estudiando. Un suave golpe en la puerta lo alarmó. Era ella que regresaba a hora inesperada. En su mano traía un papel. Se lo entregó casi llorando. Después de leerlo, el joven preparó dos copas de buen Merlot (era el varietal preferido de ambos). Brindaron y se abrazaron. Nacería en marzo. La felicidad los embargó.
Este micro participó en el “IV Concurso de Micro-relatos y Reflexiones Felices Martín Berdugo” (mayo de 2011)


Volver

“Sol errabundo, que te asomas en un lugar y te pierdes por otro, dónde estás. . .” se preguntaba la pasajera que acababa de alojarse en uno de los hoteles más recomendados de la ciudad. Había abandonado sobre la cama, su cartera y sus bolsos de equipaje.  Luego de tomar un baño reconfortante, se acomodó en el casi balcón orientado al SO  desde, con congoja por tantos años de ausencia, contempló sus orígenes.
“¿Dónde están Sol, los que te adoraron en el Cuzco* y más allá aún, centinelas de la Cordillera?, insistió con sus mudas preguntas. “¿Dónde están, los que recorrieron el camino derramando su sangre en la montaña, para construir fuertes y regadíos?”, continuó, con nostalgia. “¿Y la voz de la Madre Tierra clamando en las piedras que se llevó el viento, dónde se habrá refugiado? En su viaje había reconocido los montículos en forma de pila piramidal hechos con piedras, generalmente cantos rodados de los ríos y arroyos que bajan de la Sierra de Ancasti,* mirando al cielo, por doquier, pidi…

Caminos

Amelita

Amelita estaba compungida. No era propio de ella no hablar y menos dejar comida en el plato.  Los sábados siempre contaba con el permiso para ir a jugar con sus amigas, o salir a tomar un helado o para dar unas vueltas en la calesita instalada desde décadas en la plaza de la ciudad. A la pregunta con tono de preocupación de su madre, la niña le contestó que “no pasaba nada”.
_Hum. . .,expresó la madre, insistiendo ¿Tal vez estás enojada con tus amiguitas? _ No, mami, no. Lo pasamos muy lindo en la calesita, repuso la niña y se marchó a dormir para madrugar al día siguiente y llegar temprano a la misa de 9. Así le habían enseñado sus padres. La madre, esperó un rato mientras acomodaba con sigilo, tratando de no hacer ruido, la cocina y con la excusa de las “Buenas Noches” pasó por el cuarto de Amelita, portando un vaso de leche caliente con canela y miel, augurando que si lo bebía, tendría dulces sueños. La niña estaba aún despierta y sentada en la cama con su largo camisón de franela y …

El Jardín azul

Ilusionada con visitar a su tía Manuela, en Pontejos,  debería llegar antes del 27 de julio, porque en esa fecha se celebra el día de San Pantaleón, patrono de la ciudad y de quien, su única pariente, era devota. Hizo todos los arreglos posibles, organizando trabajo, esposo e hijos, y partió sola, rumbo a la Cantabria. En San Sebastián, última escala del bus, el corazón le recordó su obsesión juvenil por aprender el euskera, y la “sardinada” pública, gratuita y deliciosa que se celebraba en aquel pueblito pescador cuyo nombre no recordaba, pero al cual, de niña, su padre la había llevado. Ahora, el destino la ponía a prueba. El pasajero que subió allí,  se sentó en el asiento vacío a su lado y luego de intercambiar un saludo cordial, inexplicablemente, se generó entre ellos un feed-back abrumador. La charla fue amena y el viaje, corto. Quedaron en encontrarse. El compañero de asiento resultó ser un apasionado de la fotografía, con la misión de tomar muestras de los famosos Jardines Se…

Secreto de Turista. . .

La bandeja redonda, repleta de tazas de té y pocillos de café y en medio, un jarro con asa de vidrio transparentando firuletes de chocolate en el que se había servido el capuccino ocupaba el primer plano. En armonioso equilibrio, Félix la portaba hacia la mesa del grupo de turistas aparentemente norteamericanos. Atrás, Flavio el camarero más joven, recién incorporado al staf del café del Parque hacía lo suyo. Servía las copitas con soda helada y acomodaba las porciones de croissant y tortas de crema. Todo, era luego trasladado a su bandeja, también redonda, con el mismo destino que la de Félix. Sólo un largo delantal negro sobre los pantalones,  sujeto a la gruesa cintura de Félix, los diferenciaba. A Vivian le encantó el chocolate y quedó prendada de la piel oscura y de los ojos marrones del joven camarero. La atracción la ejercía el color de la piel de Flavio. Oscura amarronada, casi como el chocolate bebido, si se la comparaba con la nívea de la observadora. Su pelo, rabiosamente l…