Dame fuego. . .

I
En un minúsculo baño de un restaurante de medio pelo, en Valparaíso, cuyo muro no dividía totalmente entre el destinado a las damas y el propio de los caballeros, ya que no llegaba hasta el techo, pude escuchar una voz varonil que canturreaba: “Dame fuego, dame, dame, fuego, dame el fuego de tu amor”. Inmediatamente mi corazón se aceleró y reconocí el tema: Era de Sandro, Sandro de América, como se lo llamaba al afamado cantante argentino, recientemente fallecido por una larga dolencia que tenía mucho que ver con su obstinado vicio de fumar. Terminé de arreglarme, apurada, poniéndome un poco de brillo en los labios y salí presurosa en busca de mi mesa. Durante el almuerzo traté de reconocer a la persona que cantaba, pero muchos estaban de espaldas a mí, asimismo el lugar estaba repleto de gente, hombre solos, mujeres solas, parejas, turistas jóvenes y maduros, todos tras el precio económico que ofertaba el bodegón y la deliciosa comida que se publicaba en una pizarra expuesta en la vereda: Una entrada de jaiba con palta o guacamole, un caldillo de mariscos y un congrio frito con “agregado” como dicen los chilenos y que casi siempre es arroz blanco. También había gente vestida de oficinista que aprovechaba la hora del refrigerio para venir a comer y distenderse un rato. Comí poco, me puse indescriptiblemente nerviosa. Mis pensamientos retrocedieron años, a velocidad de la luz, depositando mi mente en etapas del pasado, ya casi olvidadas. Pero, recordé: Aquél año, (1972) después de mucho esfuerzo había logrado juntar la cantidad necesaria para costearme el viaje a Buenos Aires y la entrada al primer Recital de Sandro en el Luna Park, el famoso Stadium de espectáculos ubicado en el micro-centro porteño, donde nunca antes había cantado un artista argentino. Había ido con dos amigas, a pesar que eran más rockeras que melódicas. Mientras esperábamos el inicio de la función, escuchamos y observamos un grupo de jóvenes que hablaban con tonada parecida a la mendocina, pero sin ser el mismo acento. Eran cuatro muchachos, todos bullangueros y con largas patillas, como la moda de la época imponía; sus camisas eran de cuello en punta, algunas sobrias, otras estridentes y sus pantalones bastante ajustados al estilo del Divo que veríamos esa noche. El espectáculo estaba por comenzar. Junto a mi butaca se sentó uno, ya calificado como el más guapo de los turistas. Noté, de reojo que me miraba, también de reojo. Era tal la expectativa que no podía distinguir si la emoción caliente que me apretaba la garganta, provenía del extraño fan de Sandro o de la presentación de éste mismo. Él inició la conversación a la que no pude resistirme. Resultamos ser ambos, fanáticos del artista. Una de mis amigas nos llamo a la reflexión porque la ovación del auditorio, anunciaba la llegada al escenario del sensual cantante, calzando unos pantalones de cuero negro extremadamente ajustados, una chaqueta corta también de cuero, luciendo sus largas patillas, su nariz perfecta y sus terriblemente atrapadores ojos negros.
II                                           
Mientras pagaba la cuenta de la comida, apurada, recordé: En aquél momento, el ambiente se embriagó de romanticismo y los espíritus se unieron, no hubo una mente en cada uno, sino que podía sentir, sin ver, una enorme nube transparente que presentía, soberana, sobre todos los espectadores, conteniendo nuestras sensaciones y emociones. Una psiquis única, grupal, dominante, que nos cobijaba a todos. Mi compañero chileno, del que para entonces, ya conocía parte de su vida, sabía la letra de todas las canciones y las cantaba, mirándome con tal ternura que parecía dedicármelas. Así nació una atracción fulminante, que se transformó, luego, en una necesidad de no separarnos. A la salida del espectáculo que fue un suceso total, los siete, mis dos amigas y yo, junto con los turistas chilenos, salimos a comer algo, buscando un lugar acogedor por esas callecitas de Buenos Aires. Amanecimos en la costanera mirando brillar las oscuras aguas del Río de la Plata con la salida del sol en su horizonte.
 III                                           
Mientras caminaba hasta la pintoresca calle Condell para tomar el minibús que me llevaría de regreso al apartamento de una habitación, me preguntaba:
“¿Cómo puede cambiar la historia de las personas en un segundo?” A partir del momento en que crucé la primera mirada con ese chileno arrollador no hice otra cosa que pensar en él.  Me quedé un día más en la gran Capital, sólo para estar con él.  Ya cada uno en su lugar, si escuchaba los discos de Sandro, todos sus temas me lo recordaban a él.  Lisa y llanamente: Nos enamoramos. No podíamos separarnos y tuvimos que hacerlo, en la mejor edad.
Nos escribimos durante dos años. Eran tiempos en los que no cualquiera viajaba al exterior a menos que el Gobierno de entonces, de uno u otro lado de la Cordillera, nos exiliaran. Así, el tiempo que todo lo puede, fue debilitando una relación esencialmente epistolar. Aquél amor de juventud quedó guardado en un rincón del corazón para siempre. Las cartas se espaciaron. Aníbal tuvo que cambiar de residencia por su trabajo.
Yo encaminé mi vida hacia el estudio. Sandro, siguió su camino y sus canciones no dejaron de recordarme el embrujo de aquélla noche de verano del 72.
                                            
 IV
Ahora, mientras esperaba en la parada de la sinuosa calle comercial de Valparaíso, sentía una opresión en mi pecho. No era para menos. Al recordar aquel fugaz pero verdadero romance, no pude dejar de pensar en mi matrimonio que expirara desafortunadamente después de 15 años, sin sospechar que ello ocurriría a petición de mi gentil esposo. Tampoco ignoré los dos hijos que tuve, hoy ya casados y con su vida propia. Y al mismo tiempo desfilaron en la sinopsis del recuerdo, los cinco novios, parejas, amantes o como se les llame, que no lograron anclarme en un nuevo hogar. Mi mundo fue siempre el de mis hijos y el de mi profesión. Pero después de treinta años, me había animado a crecer.
Uno crece cuando se impone desafíos, da ejemplos, cumple con su labor, concreta sus sueños. Imposible atravesar la vida sin que algo salga mal, sin sufrir una decepción, sin cometer un error, sin que duela un amor que se va, que nos deja.
Uno crece cuando acepta la realidad y tiene aplomo para vivirla, cuando acepta su destino y tiene voluntad para cambiarlo.
Uno crece asimilando lo que tiene por detrás y construyendo lo que tiene por delante. Crece cuando abre caminos y puertas cerradas. El estar en Chile a más de treinta años de aquel significativo episodio, era todo un desafío que me había impuesto sin ninguna esperanza. Hoy era capaz de abrir una puerta.
 V
El minibús se demoraba y el sol era abrasador a la hora de la siesta de este nuevo febrero.  Cuando ya estaba por tomar un taxi, apareció el colorido mini-colectivo y con él me fui soñando con mis ideas alocadas hasta Con-Con, donde el Resort, me esperaba.
El canturreo de aquél hombre en el baño del restaurante, me había llenado la cabeza de interrogantes. Todos concluían en una sola pregunta: ¿y si era él?
Pero, las probabilidades eran remotas y no quería hacerme ninguna ilusión. Esa noche comenzaba el festival de Viña y era mi penúltima de vacaciones.
Mi entrada estaba reservada desde largo tiempo atrás e iba a darme un gusto muy ansiado desde largos años. Mientras, enfrascada en mis pensamientos aguardaba el inicio del espectáculo en la hermosa Quinta Vergara, un susurro de voz varonil con la letra y melodía que ese día había escuchado me volvió a la realidad, sólo para matar mis ilusiones, sólo para sentir que no había esperanza. Atrás de mi asiento un joven de no más de 25 años, abrazaba a su novia y le cantaba bajito: “Dame fuego, dame, dame fuego, dame el fuego de tu amor...” 
Tan poco disimulado fue el giro de mi cabeza y de mi cuerpo hacia la pareja, que ambos se quedaron expectantes, esperando que yo les dijera algo. Por supuesto, la canción había cesado intempestivamente.
“Disculpen”,   atiné a decir vergonzosamente y volví hacia delante, sin saber qué hacer.

 VI
El último día de mis vacaciones estuve nerviosa y sólo me dediqué a comprar unos recuerdos en los puestos de artesanías del Ascensor Artillería. Sólo me calmó la vista hacia la inmensa bahía que podía apreciar en el Mirador del Paseo 21 de mayo, desde donde se veían hasta las costas de Concón, pasando por las de Reñaca.
Pero, obstinada, volví al mismo restaurante de Valparaíso, con un menú parecido en su pizarra. Fui al baño automáticamente a lavarme las manos, pero esta vez no escuché nada. Ningún caballero se encontraba en el baño contiguo y menos cantando. Comí apesadumbrada y casi sin terminar, me marché rápidamente a preparar mis valijas. Pasaba por el estacionamiento rumbo a mi minibús, cuando mis oídos estallaron de emoción, el viento cercano al mar que ese día soplaba con más fuerza, me trajo las letras simples de la canción: “Dame fuego,...
Como enloquecida, retrocedí hasta escuchar de dónde llegaba el murmullo musical. La localicé en una camioneta Nissan y vi que provenía del conductor que maniobraba para salir. Corrí hasta él. Lo detuve con una vergüenza adolescente, pero firme.
Después de la sorpresa del joven, todo se aclaró. Era la misma persona que estuvo sentada con su novia la noche anterior en el Festival de Viña. Comencé a contarle mi historia y bajándose del vehículo, me invitó a un Bar de mejor nivel, próximo a la Plaza Victoria para escuchar lo que yo tenía que decir y para él preguntar, tal vez. Evidentemente me había ubicado como una mujer mayor, que podría ser su madre y seguramente le di lástima, a tal punto que propuso la conversación y reiteró la invitación.

 VII
Una de mis preguntas, fue:
_ ¿Por qué cantas esa canción, si no está de moda? ¿Quién te la enseñó?
_ No la canto siempre. Lo que ocurre es que he estado para las fiestas de fin de año con mi padre y se me pegó, porque él sí la canta como una “muletilla”. La aprendí de pequeño, escuchándolo cuando vivíamos en familia.
Otra, que me apretó el corazón, pero la dije:
_ ¿Pasó algo con tu madre?
_ No, afortunadamente, no señora. Mis padres se separaron cuando yo terminé la secundaria. Ella se quedó conmigo y él vive en Uruguay.
_ Bueno, disculpa la pregunta, son cosas de familia que yo no tengo porque saber.
_ No, señora, yo le quise contar.
Entre el joven y yo se había establecido un vínculo que parecía existir desde largo tiempo. Así, pude suponer sin saber, que aquel hombre que yo no había olvidado nunca, cuyo recuerdo guardaba, dulcemente asociado a las “cosas” de la juventud, podría ser el padre de este amable joven. Ilusión. Audacia. Curiosidad. Resolución. Sinceridad. Son sentimientos que experimenté cuando no me explico aún, cómo, logré preguntarle:
_ ¿Me darías la dirección de tu padre? Con todo respeto, para develar este ingenuo misterio de saber si tu padre es el mismo chileno que conocí en mi país. ¡Ya somos grandes! Podemos darnos estos lujos ¿No te parece, Camilo?
_ ¡Claro! Contestó el muchacho agregando:
_ ¡Al tiro, se lo doy, Señora! Y le doy también mi correo así me cuenta qué pasó y si quiere el de mi novia también. ¡A ella le va a encantar esta historia!
                                          
 VIII
Desde la cima de la Avenida Con-Con-Reñaca, viajando en el minibús rumbo a la Estación Terminal de Viña, en busca del ómnibus que me regresaría a mi país, miré y saludé el mar azul oscuro.
                                         

Hoy, dubitativa, frente a mi Notebook, no sé cómo comenzar este e-mail en el que se me va la vida.
2010


Comentarios

  1. miles de gracias querida amiga y admirada escritora por deleitarnos con la belleza y fluidez de tus letras, muchos besinos con todo mi cariño.

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  2. Precioso. Una joya. Lo he sentido; y me he dejado llevar por mis propios recuerdos de un viaje a Chile.
    Un abrazo.

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  3. Gracias,Pilar un gusto que estés aquí. Un abrazo.

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  4. HOLA AMIGA
    INTERESANTE TRAMA. NOS DEJAS PENSANDO EN ALGUNOS FRAGMENTOS SOBRE NUESTRA VIDA Y EL CRECIMIENTO INTERIOR. PALABRAS MUY CERTERAS.

    BESOS
    ERES EXCELENTE ESCRITORA DE NARRATIVA.

    UN ABRAZO FUERTE.

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  5. Gracias,Luján. Por tu visita y tus estimulantes opiniones.Un abrazo, dulce amiga.

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