Maniquí


II
Silvia Lainez había viajado nuevamente con su esposo, esta vez y a su pedido, con un plan bien acordado: Lisandro haría las entrevistas a sus clientes más temprano y no regresarían de noche. Bajo esas condiciones propuestas por la esposa, iniciaron el recorrido. Ya casi estaba terminado el trabajo de la jornada y el mediodía sugería un descanso reparador, para lo cual, nada mejor que un fresco y liviano almuerzo en un paquete restaurante vegetariano.  Sólo restaba un cliente y Lisandro habría de visitarlo a la siesta, como era costumbre hacerlo con él, ya que a esa hora el trabajo menguaba. Llegaron al lugar y el ruido atronador de una tormenta de verano acuciaba sobre los árboles. El desplome de un rayo a lo lejos y luego la lluvia refrescante, motivó a Silvia a apoltronarse, como era su costumbre, en el asiento del acompañante. Miraba correr la lluvia por el parabrisas y recorría desde abajo hacia arriba, los árboles que se bamboleaban con el viento. El cielo se oscureció aún más, por gruesas nubes grises.
Cuando giró su cabeza hacia la vereda de enfrente descubrió una inmensa vidriera, esta vez con maniquíes sin brazos.
_ ¡Qué mal gusto!, pensó Silvia Lainez. Su marido había prometido regresar pronto, pero la mujer sabía que ésa, era una promesa siempre incumplida. Contaba con tiempo a favor, decidió entonces, disfrutar del momento bajo la lluvia. Sus ojos se fueron cerrando lentamente en un revoleo hacia las gotas que golpeaban las ventanillas, cada vez más frecuentes. De pronto, un ruido estruendoso, parecido a una explosión la hizo sobresaltar:
_ ¿Y eso qué fue? se preguntó. Agazapada en el asiento, se incorporó despacito. Vio todo, calle y lluvia por medio: un hombre de apariencia joven se retorcía en el suelo. Una mujer rubia de espaldas, lo miraba indiferente, sin prestarle ayuda alguna. Silvia hubiese jurado que su aspecto se parecía mucho al de los maniquíes de la primera vez. Sin embargo, su cabellera mojada y blonda la disuadió en ese momento. En su mano, aún humeante, un pequeño revólver. La vereda estaba desierta, no había movimiento ni de personas ni de automóviles, sólo los maniquíes sin brazos miraban horrorizados el charco que se iba agrandando con el fluir de la sangre, debajo de la cabeza del hombre. La mujer rubia se retiró, se fue caminando, perdiéndose en la cortina gris de la lluvia de verano, arrojando al pavimento la peluca gris que la cubría. Silvia no vio ese gesto y preocupada, pensó rápidamente en pedir ayuda. Sigilosa, se bajó del coche. Corrió hasta dónde estaba el hombre, lo tomó con cautela por sus hombros, manchándose las manos con sangre y lo habló: Nada, le cerró los ojos claros desorbitados y gritó:
_ ¡Ayuda, ayuda, por favor!, sollozando y con el corazón acelerado. Golpeó varias veces la vidriera fuertemente.
_ ¡Qué alguien me escuche, por favor, que alguien me escuche: han matado a un hombre!
 Los maniquíes sin brazos la miraban compasivos, pero con una mueca burlona. Desesperada, Silvia seguía golpeando.
 _Silvia, Silvia ¿No quieres bajarte y tomar un refresco? ¡Hace tanto calor! Le llegó la voz de su marido, con tono susurrante y abriendo de golpe los ojos se abrazó a Él.
_ ¿Escuchaste, Lisandro? ¿Escucharon? Preguntó aferrada y temerosa.
_ ¿Qué cosa? contestó el hombre.
_ Mi pedido de auxilio, una explosión. . .
_ No querida, no escuchamos nada, es hora de siesta y lluvia, habrá sido un rayo a lo lejos, completó Lisandro, sin darle mucha importancia.
_ ¡No, No!, mataron a un hombre recién, una mujer rubia lo hizo y se murió, pobrecito, nadie vino a ayudarlo, enfrente, enfrente. . . ya casi sin voz, explicaba Silvia, ante la mirada indolente de su esposo.
_ No, querida has soñado otra vez, no hay nada en la vereda.
_ Pero yo lo vi, me había dormido y me desperté, estaba ahí en medio de un charco de sangre ¡Por Dios! Son esos malditos maniquíes.
_ ¡Lisandro!, exclamó, ¡Lisandro gritó! ¿Qué han hecho? El hombre con gesto de resignación le propuso:
_Vamos,  Silvia, vamos a ver, repitió.
Se pararon en la acera todavía mojada por el agua de lluvia, limpia, a pesar del revuelo de hojas caídas. Desde la vidriera los maniquíes parecían sonreír.
_ ¿Ves, querida? no hay nada, nada, tuviste una pesadilla por dormirte en el auto. Otra vez te bajas conmigo, le reprochó.
Lisandro observó sobre el cristal de la vidriera restos de sangre. No dijo nada y volvieron al automóvil. Estaban por irse, empujados por el intenso calor que sobrevino a la lluvia de la siesta. Casi suben al vehículo, cuando de la nada emergió, raudo, un patrullero. Un agente policial se bajó y preguntó:
_ Recibimos una llamada de auxilio, pero no pudieron precisar la altura de la calle, sólo que había una gran vidriera. ¿Saben algo Uds.?
_ No, nada agente, no somos de este barrio y ya nos íbamos.
Lisandro condujo en silencio. Silvia lo acompaño con los ojos bien abiertos, mientras se miraba y restregaba las manos, una y otra vez. . .

2010

Comentarios

  1. Cuando la ficción, los sueños y la realidad se mezclan en un mismo cóctel, el resultado suele ser adictivo.
    Me ha gustado leerte de nuevo, mucho.

    Un abrazo

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  2. Gracias!!mi Paloma libre. Una alegría que estés.Un abrazo.

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