Amor del Tucumán


Homenaje al 9 de julio de 1816, día de la declaración de nuestra Independencia Nacional


En tiempos en que corría el año 1816, en las lejanas tierras del sur de la América hispana, el Coronel Bernabé Araoz, hombre entusiasta de la causa de la independencia y dueño de una importante fortuna personal, era gobernador del Tucumán, con asiento en la bonita San Miguel, lugar donde se había instalado, en el mes de marzo de ese año, el  congreso de diputados representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Previamente, se había buscado un lugar adecuado para su funcionamiento. La mayoría de las casas de esa época (siglo XVIII y XIX) tenían una sola planta, varios patios, árboles frutales y de sombra, una huerta en el fondo y muchas flores,  que la perfumaban. La de la flia. Bazán estaba bien ubicada a sólo tres cuadras de la iglesia y de la plaza. Su estilo barroco se destacaba en las columnas torsadas que acompañaban a la maciza puerta principal de entrada. A ambos lados, las ventanas que daban sobre la calle de tierra, con rejas “voladas” donde alguna vez, Francisco se había recostado para fumar un cigarro de chala. Techos altos y tejas rojas, paredes blancas y gruesas: Así la había pensado seguramente y mandado, en consecuencia a construir, más de cien años antes, el alcalde Diego Bazán y Figueroa, a cuya muerte, pasaría  a pertenecer en propiedad, a Doña Francisca Bazán, esposa de Miguel Laguna, ya viuda para ese entonces. Así fue como a principios del año 1816, su casa fue elegida por el Gobernador Aráoz para servir a las sesiones del Congreso. Doña Francisca prestó la casa con ese fin, sin sospechar que años más tarde, en 1874, un tucumano que llegó a gobernar la Nación, Don Nicolás Avellaneda, la compraría, con la recomendación de que se conservara el "antiguo salón de la jura de la Independencia".  Pero, para ese tiempo, Francisco y Magdalena ya no estarían para contar su historia.


La casa sufrió una primera transformación para adecuarla a las necesidades del Congreso. Con vista al patio central, se unieron dos habitaciones paralelas ubicadas al frente, para formar la sala de reuniones donde los congresales deberían cumplir con su cometido: declarar la independencia de España y establecer un definitivo régimen de gobierno.


 Pasados largos meses de tratativas y análisis de las distintas posiciones, el 9 de julio de 1816,  los diputados la aprobaron por aclamación. Afuera, y agolpado en patios y pasillos de la señorial casa, el pueblo celebraba. Terminada la sesión, se realizaron diversos festejos públicos y las familias ricas y pobres de San Miguel se mezclaron en gestos de júbilo, en toda su adyacencia. Al día siguiente, y desde temprano, comenzaron los festejos en el templo de San Francisco para principiar, culminando en el gran baile que dio el gobernador Aráoz en su casa, al que asistió mucha gente de la sociedad tucumana: militares, comerciantes, abogados, eclesiásticos y políticos.


Mientras tanto,  esa mañana del 10 de julio de 1816, Magdalena, había acompañado a su tía Asunción de Gramajo, pariente lejana del gobernador y, antigua enamorada del Gral. Belgrano, hasta la Iglesia para escuchar, si la muchedumbre se lo permitía, el sermón que daría el sacerdote y político Pedro Ignacio Castro Barros.


En la plaza, la gente del pueblo iba y venía engalanada lo mejor posible para la ocasión en medio de una notable algarabía.


Magdalena vivía cerca de la casa de Doña Francisca Bazán  y junto con su tía solían pasar por su frente, cuando iban de visitas o a la Iglesia. Precisamente allí, lo había descubierto.


Una tarde de agobiante verano norteño no pudo menos que ruborizarse al encontrar su mirada con la de ese gaucho alto, de tez bronceada y blanca dentadura, apoyado en la reja de la ventana, como esperando algo. Aquellos ojos azabaches la habían penetrado y esa forma de mirar, arrogante y dulce a la vez, la hubo de poseer desde ese momento.


Esa fresca mañana posterior al día de la Declaración de la Independencia, se habían mirado nuevamente, como otras tantas veces en el mismo lugar o en los puestos de venta de maíz, huevos o frutas. Ahora, resguardándose entre la plebe, la música y las salvas, habían rozado sus manos al pasar cerca. Más tarde, cuando su tía se entretuvo hablando, con una antigua conocida, caída en desgracia económica, Francisco pasó muy cerca, apretando, en señal de sentimiento, su mano blanca y sedosa escondida entre los frunces de sus faldones y acercándose mucho le había susurrado: “Esta noche, en el baile”


Con el corazón galopante y el rostro enrojecido, Magdalena, se aferró al brazo de su tía pidiéndole que siguieran viaje. Sorprendida, Asunción, hubo de complacerla. Ambas asistieron al gran baile y rindieron sus saludos al Gobernador Aráoz y a su esposa, dueños de una situación recordada a través de los años. En la mixtura propia del acontecimiento, desfilaban ante los ojos celestes de Magdalena, elegantes caballeros, lucientes uniformados, imberbes niñas enfundadas en magníficos vestidos que imponía la moda de la época. Todo era luz y color, alegría y triunfo, seducción y dominación.


Pasadas algunas horas, se acercó hasta ella su prima segunda, Juana Rosa Ordoñez para reclamarle que no estuviese con “vejestorios” y que se acercara al salón de baile a divertirse un poco. Prometiendo ir enseguida se sacó de encima a la joven y hablándole al oído a su tía, jovialmente  encantadora en medio de un grupo de intelectuales, Magdalena llegó al jardín. La oscuridad de la noche apenas atenuada por los faroles de aceite, fue su cómplice. Marchó hacia la puerta de entrada donde sólo había unos peones pasados en copas que no la conocían. Tapó su cara con la mantilla de  encaje y se aproximó a la calle.


Una ráfaga negra y reluciente se presentó como salida de la noche misma, un brazo fuerte la sujetó por la cintura y la elevó por el aire, acomodándola en el costado delantero del caballo, desapareciendo en la oscuridad. Nadie notó la ausencia hasta pasada la media noche.


El corcel galopó sin cesar hasta la primera posta, dejando atrás una nube de polvo. Jinete y doncella iban en silencio. Cuando acamparon para reponerse y cambiar de animal, recién hablaron: Francisco. . .dijo ella. . . ¿Qué has hecho? Él no le contestó, sólo la abrazó y, retirando un bucle rubio de su rostro, la besó largamente.

Cuando Asunción Gramajo tuvo que enfrentar la situación en el salón de los Aráoz, hábilmente disculpó a Magdalena, argumentando que al otro día debería viajar a Buenos Aires porque sus padres la reclamaban.

Nunca más se supo de Magdalena Balcarse, nadie preguntó nada, menos de Francisco. Todos estaban muy ocupados en la formación de las milicias, en las noticias de la guerra intestina, en fin, en el crecimiento de la Patria.

Años más tarde, de regreso de unas vacaciones en Córdoba, tal vez las últimas para Asunción Gramajo, mandó colgar en la sala de su casa, la pintura que había ordenado hacer de unos sobrinos nietos cordobeses, según ella decía.

Hermosos niños de tez morena y dulces ojos celestes.
2011
Cuento de ficción basado en datos y hechos históricos.



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