Dos secretos



“No me dejes ir” gritaban en silencio los ojos verdes del muchacho universitario. Ella, ensimismada con su lectura, no había levantado la vista del grueso volumen. A Pablo se le terminaba el tiempo y tendría que marcharse. En pocos minutos más comenzaría su clase. Era la tercera vez que la encontraba en la biblioteca, en el mismo lugar y desde la primera, le fue difícil quitar de su memoria la imagen de mujer intelectual. La había descubierto en el bar de la Facultad, departiendo con presuntos colegas. Sus ojos, cuyo color no había descubierto aún se escondían tras unas modernas y enormes gafas con marco color Bordeaux que resaltaban su tez blanca. Su pelo castaño claro, brillante, lo llevaba recogido en la nuca. Las connotaciones de esta mujer confluían en el tipo femenino que atraía al joven. Ese día comenzaba el segundo semestre de una de las últimas materias y no llegaría tarde. A pesar de la ostensible diferencia de edades, la mujer de la biblioteca lo subyugaba. Nunca le gustaron las chiquilinas menores o de igual edad a la suya y, sin embargo, construía desde poco más de un mes una relación amorosa con una joven estudiante que le agradaba sobremanera, poseedora de unos hermosos ojos color de miel, a los que sí había divisado, en una noche, al finalizar el primer semestre, cuando tuvo que alcanzarla hasta su casa en su viejo Renault, ya que no pasaba ningún taxi.

Cumplido el plazo sin recompensa alguna, se retiró despaciosamente y encalma. Miró por última vez el brillo de esa larga mesa de nogal, lugar de recogimiento mental y de reflexión y se dirigió de prisa hacia la puerta enorme, con vidrios facetados, que indicaba la salida. No se sentía culpable. No creía hacer nada prohibido con desear a esa mujer que poco más, podría ser su madre. De Arabella todavía no se había enamorado se fue pensando. . . o sí, aún no lo sabía.
Al poco tiempo, la mujer lectora consultó su reloj y rápidamente cerró el libraco recogiendo sus pertenencias, encaminándose hacia el mismo punto por donde había salido Pablo.

Cuando el joven llegó al aula anfiteatro abarcó las filas de asientos con su mirada y sólo divisó un lugar en la cuarta, bastante cerca del piso, que gentilmente le había sido reservado. Un aleteo de manos lo orientó y terminó sentándose junto a Arabella, a quien dirigió una sonrisa tomándole la mano. Miró su reloj pulsera y, preguntó:
_ ¿Están retrasados o me parece a mí?
_ Creo que hay cambio de profesor, así comentaron más temprano en Bedelía, contestó la muchacha. Efectivamente, un cambio fue anunciado por el Bedel en ese instante. Debido a un problema de salud del titular, habría de hacerse cargo un suplente, mientras durase su convalecencia.
En medio del murmullo que desató la noticia, Arabella se le acercó y le comentó:
_ No le digas a nadie todavía, Pablo, pero el que viene es pariente mío.
_ ¡No me digas!, exclamó el joven, y me lo tenías escondido ¿no? ¿Quiénes?  preguntó, queriendo saber, ya que un pensamiento acosador, remotamente probable, le cruzó por su cabeza en ese momento, acelerándole el corazón, producto de una inexplicable culpa. Pero, la comunicación entre ambos se interrumpió.
El aula quedó en silencio de repente. Un elegante caballero de pelo gris ingresó y tomando su lugar frente a la clase, se presentó, dispuesto a iniciarla.
Los ojos verdes del estudiante se entrecerraron recordando a la mujer de la biblioteca fugazmente. Se sintió aliviado. La duda lo intrigó, y volviéndose hacia su compañera, le consultó:
_ ¿Él, es tu pariente?
_ Sí, es mi papá, respondió la joven con una sonrisa enorme, mientras su interlocutor se estremecía con un frío interior desconocido.

Pablo no volvió a ver a aquella mujer de perfil intelectual, a pesar que frecuentó la biblioteca más que nunca, puesto que su vínculo con Arabella le exigía un compromiso de estudio, mayor al acostumbrado. No le diría a nadie lo que había experimentado con la presencia de  Ella. Pero le había gustado. Sería su “secreto” de joven que prontamente pasaría a ser un Licenciado formal en una comunidad formal, en la que tales situaciones no se digerían aún.

En su pequeño escritorio, la mujer intelectual y madura, tomaba café y charlaba con una amiga muy íntima.
_ ¿No viste más al muchacho de la biblioteca, Matilde?
_ No, tampoco volví, porque su mirada insistente llegó a perturbarme. Te lo he dicho antes, creo.
_  Sí, ¿Quién diría, amiga, que eres una conquista corazones a los 58 años?
_ Y, ¿Por qué no? Contestó Matilde, sonriendo. Te juro que el muchacho me atrapó. Me sentí joven otra vez, recordé esas épocas de estudiantes y estudiantinas.
_ Pero, Roberto es apuesto y se conserva muy bien, replicó la amiga.
_ Por supuesto, es mi esposo y lo amo, pero. . . querida, a esta edad, una tiene el derecho de tener estos “secretitos del corazón”.


2011

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