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Mostrando entradas de septiembre, 2012

Secreto de Turista. . .

La bandeja redonda, repleta de tazas de té y pocillos de café y en medio, un jarro con asa de vidrio transparentando firuletes de chocolate en el que se había servido el capuccino ocupaba el primer plano. En armonioso equilibrio, Félix la portaba hacia la mesa del grupo de turistas aparentemente norteamericanos. Atrás, Flavio el camarero más joven, recién incorporado al staf del café del Parque hacía lo suyo. Servía las copitas con soda helada y acomodaba las porciones de croissant y tortas de crema. Todo, era luego trasladado a su bandeja, también redonda, con el mismo destino que la de Félix. Sólo un largo delantal negro sobre los pantalones,  sujeto a la gruesa cintura de Félix, los diferenciaba. A Vivian le encantó el chocolate y quedó prendada de la piel oscura y de los ojos marrones del joven camarero. La atracción la ejercía el color de la piel de Flavio. Oscura amarronada, casi como el chocolate bebido, si se la comparaba con la nívea de la observadora. Su pelo, rabiosamente l…

El Director

Dirigía la orquesta con inusual maestría.Viéndolo de espaldas, semejaba a un ave en posición de remontar vuelo. Supuse alas en sus brazos, mientras su batuta mágica despertaba la novena sinfonía de Beethoven.
Escuchar esa música arrancaba emociones latentes en el auditorio. Mi alma danzaba liberada y trepaba hasta el escenario, vibrando junto con las notas musicales que inundaban, luminosas, el entorno de los instrumentos formando un arco iris musical, al que veía sin ver. Mi rango en la familia me había hecho partícipe de los beneficios que otorgaba esa pertenencia y desde la primera fila seguí el espectáculo tal como si me desplazara en una nube melodiosa. El último acorde, síntesis perfecta del autor, marcó el final de la actuación y de mi embrujo. Un bullicioso aplauso general estalló en el teatrino. Me acerqué lentamente, apoyada en mis muletas, convertidas en parte de mi pobre cuerpo. Me acerqué lo más que pude al escenario y le entregué la rosa que había llevado para él. Como si…

Lluvia

Pensó que luego de la tormenta, según el dicho popular, aparecería el sol. Se equivocó. A esa noche lluviosa acunada por el tronar de las nubes develadas por los relámpagos, continuaron cinco más, encadenadas a los días grises y húmedos que se enlazaban entre sí. Las rosas, espléndidas, que habían florecido antes de la lluvia, se deshojaron, creando un manto gelatinoso en su alquimia con la tierra empapada. Todo el jardín se tiñó de color pastel y alguna tonalidad rosada. ¡No tendría rosas! No, no podría formar el ramo de rosas blancas y amarillas, con alguna roja que siempre escaseaba, tarea habitual de los sábados antes de marchar a la clase de catequesis. ¡A su edad! Obligado por su abuela paterna y su madre habría de prepararse para tomar su primera comunión. Sin embargo, Jeremías, encontró la razón, ajena a las creencias y credos de sus ascendientes para cumplir con el cometido. Con sus quince años, había aprendido que las flores encantan a las mujeres. Ciertamente lo pudo compro…

Si supieras

Esa mañana, como tantas, mientras tomabas el café humeante, te miraba. Yo estaba del otro lado de la barra, secando tazas y pocillos de buena porcelana. De tanto en tanto, alzaba la vista para contemplarte,   para deleitarme en ver cómo sorbías, cómo te rascabas la cabeza, tal vez por el calor de los radiadores o retirabas la bufanda gris del cuello. La calefacción estaba alta. Un cortado fuerte con una medialuna me desplazó de la contemplación. La puerta vaivén con gruesos herrajes de bronce adheridos a los vidrios fuertes de sus hojas, dejó entrar el frío húmedo de junio. Me estremecí. Una mujer rubia, delgada y  esbelta, entró, sentándose a tu lado. Abrió un maletín de cuero negro, colgó su cartera valiosa, también de cuero en la silla e inició una conversación  inaudita parte, mientras tú le regalabas la más hermosa expresión de credulidad. Se levantaron y tú la tomaste por la cintura, un poco desdibujada por el grueso sacón que el invierno imponía. Ya en la vereda humedecida por …

La Matraca

La discusión entre Gerardo y Sonia había comenzado durante el trayecto que recorrían casi todos los días, con un despropósito de Él. Lejos de admitir su error buscaba atenuantes y culpables para excusarse. Sonia trataba de hacerle entender que analizara su conducta, para no pasar por situaciones desagradables gratuitamente, que terminaban por desgastar la relación entre  ambos. Gerardo, serio, enojado, tal vez consigo mismo, conducía con la mirada fija en el camino flanqueado por campos y árboles autóctonos, exuberantes por la lluvia del verano. De repente, con gesto adusto, se volvió hacia su compañera y con tono subido cortó la expresión de sus argumentos, diciéndole: _ ¡Basta! No empieces con “la matraca”*. _ ¡Qué  grosero! Contestó Sonia y calló sus palabras. La palabra “matraca” le resonaba punzante en su cabeza. La agresiva respuesta de su esposo a sus explicaciones  y opinión, la hicieron enmudecer. Callada y mirando por la ventanilla el paisaje que mediaba entre su casa y la ciud…

Luciana

Luciana escuchaba el silencio, vivía en un mundo especial, tenía dieciséis años cuando la conocí. Ella regaba unas margaritas de su jardín  y rápidamente me percibió cuando entramos con mi tía, de visitas. Nuestros ojos se encontraron y el hilo conductor brilló sin luz real. "Éste es mi sobrino, que hacía mucho que no venía por aquí. Ya está en la Universidad, Zulema", dijo oronda mi tía a la madre de Luciana.
 "Y va a ser médico", remató para mi disgusto. "¡Qué bueno! Qué no daría yo para que Luciana pudiese estudiar algo", respondió la mujer, acostumbrada a acongojarse. En ese instante, entró su hija, bella, con sus bucles rubios recogidos en su nuca perfecta y una sonrisa de ángel, buena y dulce, dirigida a mi persona. Desde ese momento supe cuál sería mi destino. Más allá de lo concreto y  de lo abstracto, ella era poseedora de una calidez humana inigualable y un reprimido deseo de participar en la realidad que co-creaba a través de su mirada. Luciana era…

Demorado en Basavilbaso

Horacio había aceptado  el puesto vacante de médico generalista en el moderno Hospital Regional de Concepción del Uruguay, importante e histórica ciudad entrerriana, cuna del Gral. Justo José de Urquiza, uno de los próceres más destacados de la Historia argentina, descollante en los años anteriores a la Constitución Nacional. Él, como buen nativo de la provincia siempre había tenido una simpatía singular por el prócer y para mejor, su lugar de trabajo llevaba su nombre. No lo olvidaría. Sabía que en su destino entraría en contacto con parte de esa historia, en sus ratos libres. Antes de viajar, había releído algunos pasajes de aquélla, los que fueran objeto de estudio en sus años adolescentes, por ejemplo el nombre de la ciudad que había conjugado la palabra Uruguay proveniente de la lengua guaraní, cuyo significado más aceptado, pero no consensuado, es el que la traduce como río de los pájaros, con la segunda parte del nombre, que hace referencia al dogma católico de la Inmaculada Co…

Última mirada. . .

Nubes pasajeras cubrían una parte del estrecho cielo que desde su ventana podía divisar. Una paloma en arrumacos con su par, casi tapó todo el rectángulo. Desde su camastro, cerró los ojos, recordó a Mariela y echó a volar.


2012


Suponer. . .

Caminaba con la cabeza gacha por la acera húmeda, en medio de un concierto de ringtones que apabullaban el sonido del celular propio. Ernesto había sido un buen jefe de área; tal vez, ligeramente olvidadizo, pero eficiente y respetable en su rol. La había distinguido entre otras oficinistas con la mejor manera de probar sus aptitudes según él, o lo que es lo mismo, adjudicándole trabajo extra, delicado y concienzudo. De esa forma quedó obligada a quedarse horas extras tres veces por semana para cumplir con la "prueba"; pero también tuvo que aceptar, en algunas ocasiones, las invitaciones de su Jefe a tomar un café, cuando terminaba su labor. En la primera, grande fue su sorpresa cuando no advirtió ningún gesto amoroso de parte del hombre, como se había imaginado. Conversaron tranquila y mesuradamente, bebieron el café y ya repuestos del cansancio laboral, cada uno se marchó por su lado. En medio de la magia de los Cafés, las citas se repitieron con la misma tónica. Ese día, …