La Matraca


La discusión entre Gerardo y Sonia había comenzado durante el trayecto que recorrían casi todos los días, con un despropósito de Él. Lejos de admitir su error buscaba atenuantes y culpables para excusarse. Sonia trataba de hacerle entender que analizara su conducta, para no pasar por situaciones desagradables gratuitamente, que terminaban por desgastar la relación entre  ambos. Gerardo, serio, enojado, tal vez consigo mismo, conducía con la mirada fija en el camino flanqueado por campos y árboles autóctonos, exuberantes por la lluvia del verano. De repente, con gesto adusto, se volvió hacia su compañera y con tono subido cortó la expresión de sus argumentos, diciéndole:
_ ¡Basta! No empieces con “la matraca”*.
_ ¡Qué  grosero! Contestó Sonia y calló sus palabras.
La palabra “matraca” le resonaba punzante en su cabeza. La agresiva respuesta de su esposo a sus explicaciones  y opinión, la hicieron enmudecer. Callada y mirando por la ventanilla el paisaje que mediaba entre su casa y la ciudad, dejó aflorar en su rostro una casi imperceptible sonrisa. Recordó las palabras de su Maestro de Balancing, y se propuso internalizarlas: “Cada quien es co-creador de una realidad que nos une. Nunca podremos entrar en la mente del otro para modificarla. Debemos hacernos cargo de nuestros propios pensamientos y acciones. Yo no puedo saber qué está pasando en el interior de otro Ser y menos lo puedo modificar. Sólo Yo, puedo cambiar”. . . y al evocar la enseñanza, Sonia reflexionó en silencio: Debo hacerme cargo de mis propias elecciones. No me tiene que afectar la palabra “Matraca”, “Matraca”, pensó y repitió varias veces hasta que de tanto pensar, su pensamiento retrocedió en el tiempo y se vio, a los nueve años, en casa de sus abuelos, engalanada y perfumada, esperando a sus tíos que la llevarían a  “Los Corsos”. Lista para disfrutar del  Carnaval  veraniego, con una bolsita de papel picado en una mano y con una matraca de madera en la otra, algo que su memoria había asociado con un hecho agradable de su infancia.
Cuando llegaron a la ciudad, Sonia y Gerardo se miraron al descender del coche. Una sonrisa iluminada y amplia los unió. Un beso tierno y rápido fue el colofón. Se encaminaron juntos hacia el Supermercado. Ella, siguió pensando en la palabra “matraca” con la que se había sentido agraviada, pero que sin embargo, había sido la llave que le permitió traer al presente, un dulce recuerdo del pasado. Él, vaya a saber uno, en qué pensaría. . .

2011
Matraca: Seegún la RAE. . .



(Del ár. hisp. maráqa, y este del ár. clás. miraqah, martillo).


1. f. Rueda de tablas fijas en forma de aspa, entre las que cuelgan mazos que al girar ella producen ruido grande y desapacible. Se usa en algunos conventos para convocar a maitines, y en Semana Santa en lugar de campanas.
2. f. Instrumento de madera compuesto de un tablero y una o más aldabas o mazos, que, al sacudirlo, produce ruido desapacible.
3. f. coloq. Burla y chasco con que se zahiere o reprende. Dar la matraca.
4. f. coloq. Importunación, insistencia molesta en un tema o pretensión.



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