Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, enero 21, 2012

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Esa mañana de primavera Silvana estaba sola y un poco nostálgica. El viento del sur todavía traía fresco en sus oleadas, agitando los durazneros en flor, poblando de pétalos rosados la quinta de su padre. Añoraba su presencia y su compañerismo, pero al mismo tiempo sabía que debería abrirse camino con firmeza por las etapas de la vida que tenía por delante.
No se encontraba muy entusiasmada, menos convencida de aceptar la invitación que su prima Genoveva, quien tal vez para levantarle el ánimo le había propuesto. Si bien el mar no le desagradaba hubiese preferido viajar al Norte del país; Volver a la Quebrada de Humahuaca en Jujuy, disfrutar de su colorido mineral de las montañas, de a ratos rojas con vetas amarillas o marrones con reflejos azules, dorados y verdes. Un arcoiris en las piedras.
Y, tal vez se animaría a cantar una zamba, acompañada por un buen vino de Cafayate en medio de una Peña Folklórica en donde a nadie conocería. Seguro sería una pieza de su juventud.
***
Con su “nido vacío” y sin su padre veía con tranquila dolencia discurrir la vida. Silvana era una mujer hermosa, firme y decidida, luchadora y servicial, siempre tratando de ayudar al prójimo. Sus almendrados ojos marrones iluminaban su rostro y despertaban suspiros aún.
Pensando en la invitación de su prima Genoveva, imaginando sus gestos y ademanes argumentales, su cotorreo insostenible, se dio por vencida antes de presentar batalla. Iría a la costa.
***
En una cabaña confortable próxima a la playa, ambas se alojaron. El mar en primavera es frío pero los primeros soles de octubre eran tibios para estar en la arena hasta el mediodía, antes que se levantara el viento que la vuela en transparentes remolinos, haciendo incómoda la permanencia.
Con sus sendas reposeras, sus sombreros de sol y sus libros, Silvana y Genoveva partieron hacia la playa. Muy cerca del lugar donde se ubicaron, un anciano leía el diario “La Nación”. El mar, primer protagonista del espectáculo, verdoso-azulado de “La Costa” rompía en olas pequeñas y se levantaba en múltiples picos blancos multiplicados hasta el horizonte, “mare mosso” pensó Silvana en italiano y continuó leyendo la última novela de Ángela Becerra. Arribado el mediodía la hora trajo consigo al viento, primero suave y luego cada vez más fuerte. Su fuerza invisible se llevó la gorra que cubría la cabeza del anciano que leía el diario.
Silvana reaccionó rápidamente y corrió tras ella. Pronto se agitó y disminuyó la velocidad impresa a la carrera. La gorra jugueteaba con el viento en la extensa playa cayéndose, volando y levantándose por momentos sin detenerse.
De repente, un hombre de pelo casi blanco pero en mejor estado físico que la corredora, en dos zancadas alcanzó el objeto volador. Lo que sucedió después de atrapar la gorra fue una historia impensada.
***
 Alberto, hijo del anciano que leía, era un médico en la última etapa de su carrera, divorciado, con dos hijos grandes y su padre a cargo. Después de quedar solo no se permitiría llevarlo a un asilo de ancianos, pero en la gran metrópolis el viejito, acotaba su vida. Alberto no quería continuar viviendo en medio de tanto trajín y buscaba un lugar para quedarse, no muy lejano, ya que todavía debería viajar tres veces por semana a la Capital.
***
Don Juan jugaba muy bien a los naipes y a cualquier juego de mesa no muy moderno, por supuesto. Se lo veía muy animado con Silvana y Genoveva frecuentando su cabaña por las tardecitas. Silvana lo atendía como a un padre. Una tarde, él le dijo:
_ Sabes Silvana, siempre quise tener una hija mujer, pero tuvimos un solo hijo, Alberto y la hija prestada que tuve no resultó.
 Su hijo médico no participaba de las tertulias, se quedaba a leer y seguramente a pensar. Sin embargo, la última mañana de playa, los cuatro conversaron mucho. Surgió entonces la pregunta:
_Silvana, ¿Qué tal es tu pueblo para que nos vayamos a vivir con mi padre? ¿A cuántos Km. está de Buenos Aires? Silvana, notablemente sorprendida y a la vez avasallada por una desconocida u olvidada sensación, respondió presurosa:
_ No son muchos, Alberto, sólo 170 Km.
_ Y viven en la gloria, acotó Genoveva que escuchaba intrigada.
_ Es una ciudad del interior de la Provincia, con algunas calles empedradas y las últimas, pavimentadas. Todavía en las afueras quedan algunas de tierra arenosa. El centro comercial está concentrado en dos calles paralelas y es atractivo y barato. La gente es tranquila. La terrible inseguridad todavía no nos ha alcanzado. Fíjate que dejan las motos y bicicletas sin seguro alguno en la calle, concluyó.
_ ¡Listo! Confirmó Alberto. ¿Qué te parece papá si vamos a conocer ese paraíso donde vive Silvana?
_ Ni una palabra más, ¡Nos vamos! sentenció Don Juan.
***
Y se fueron. Pararon en un acogedor hotel recomendado por Genoveva. Luego de alojarse, padre e hijo se dedicaron a recorrer el casco céntrico, caminaron por la plaza tradicional, con farolas antiguas, bancos de hierro y asientos de madera, con un mástil en el centro, desafiando en altura a los ejemplares de lapacho que daban en esa época sus flores rosadas. El hijo quiso conocer la oferta médica del lugar y visitaron una de las dos clínicas que había y el Hospital con sus años a cuestas, pero bien conservado y recientemente pintado  que denotaba la arquitectura de fines del siglo XIX al igual que la sucursal del Banco de la Provincia, descollante por su fachada, ocupando una de las esquinas frente a la plaza principal. Les gustó el pueblo: sencillo, limpio, humano.
***
Se vieron con Silvana casi todas las tardes. Genoveva se quedaría sólo unos pocos días en casa de su prima y luego regresaría a su ciudad.
Había llegado el momento de la pregunta final:
“Silvana, ¿Me recomendarías un lugar para alquilar y a alguien, una señora o enfermera que pudiese cuidar a mi padre aquí? No quiere volver a la Capital. Está empecinado en quedarse” rezongó Alberto.
La respuesta de Silvana fue sorprendente y emotiva. Los ojos de Juan y los de su hijo se humedecieron y el anciano se abrazó a la mujer. Alberto le tomó la mano con afecto y la cubrió con una mirada tierna de agradecimiento que al detenerse en sus ojos, la estremeció. Silvana no la olvidaría.
“¡Gracias!” atinó a responder Él. No hizo falta decir más.
Un día después, Alberto se marchaba a la gran metrópolis, mientras Don Juan y Silvana después de haber cenado, veían juntos la TV.
 2010

Dedicado a Silvana

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sábado, enero 14, 2012

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Antonia estaba sola y cabizbaja con un papel entre sus manos, el que,  aparentemente acababa de leer. Sus ojos oscuros y humedecidos por lágrimas destiladas entre resignación y rabia, lanzaban un mensaje elocuente. El placero la observaba desde un lugar, donde el cúmulo de arbustos le aseguraba no ser visto, detrás de los “siempreverde”,  mientras, regaba con una vieja manguera a rayas, las petunias recién plantadas. Ésa era su Plaza y todo lo que ocurría en ella, era de su incumbencia: desde un banco que se rompía, o  las  hortensias que se secaban o el pequeño que quedaba llorando en las sendas embaldosadas, cuando caía de su bicicleta o patineta, hasta la historia de amor más turbulenta o el chisme más sabroso que se gestara bajo sus sombras, al amparo de hermosos ejemplares autóctonos.

Unos niños que jugaban una competencia con sus bicicletas, casi aplastan a la mujer de mediana edad, quien pudo esquivar el encontronazo, gracias a su agitada intervención que los alertó a gritos. Sobresaltada por el superado incidente, supervisó el entorno que la rodeaba con una abarcativa mirada sin detectar al Placero.

“¿Por qué, Dios, por qué me pasa esto?” preguntaba, “No sabes lo que sufro por esta  indeseada decisión”  afirmaba a su invisible interlocutor.


Estiró su mano y alcanzando su cartera de cuero negro, metió dentro de ella, el papel arrugado cuyas letras  leyera  momentos antes. Sacó a la luz su celular de avanzada tecnología y palpando su pantalla digital, escribió y escribió ante los preocupados ojos de Fermín, el Placero. El estado de angustia en el que se sumía la mujer que escribía y leía, leía y contestaba los innumerables mensajes de texto que, como vertiginosos rayos de energía iban y venían por el espacio azul-celeste  en su rol de testigos inmutables de la trama que tejían, casi determinó al Placero, a acercarse hasta Antonia para ofrecerle “algo”. No sabía qué, pero “algo” que la ayudase en tal trance. Al fin, su prudencia lo detuvo. Antonia había recibido en respuesta a sus mensajes de texto, otros que sólo contenían dos palabras: ¿Por qué? Repetidas, hasta agotar la posibilidad que ofrecía el cupo de caracteres en cada uno de ellos. Su cabeza continuaba gacha y su pelo negro y lacio le cubría el rostro. Con desgano miró su reloj pulsera y dio un brinco, levantándose del acogedor banco de madera y hierro, haciendo con sus manos, una señal.

Embargada por su confusión interna inició “el camino a casa”, precedida por los niños en bicicleta, rojos, de tanto dar vueltas.

Bajo la sombra cómplice de los ligustros, aromos y palmas que bordeaban las avenidas pavimentadas de la secular plaza, fue sorteando los espacios del sol refulgente y vertical del mediodía. Los niños transpirados y alegres se adelantaban y marcaban la ruta de escape hacia su cotidiano mundo.

_ ¿Cómo está Señora?, preguntó el Placero con voz amable, cuando la mujer angustiada pasó a su lado, observando sin mirar las casi ahogadas petunias de rojos colores.

_ Bien, bien gracias, respondió la mujer, bajando los ojos que tanto habían llorado en silencio, y siguió con paso apurado.

_ Dele mis saludos al Ingeniero, por favor, agregó el Placero con una sonrisa. Él apreciaba mucho a quien durante muchos años fuera su patrón.

_ Se los daré a mi esposo, agradeció Antonia, perdiéndose en las curvas de la senda que cruzaba de N a S, la Plaza.


En el banco que ocupara la mujer, quedó  olvidado por el descuido, su celular. Fermín se acercó a él y tomándolo con prisa, impulsado por la avidez de su curiosidad y resguardado en su conquistado “derecho a saber”, trató de hacerlo funcionar. Lo logró. Pudo leer los últimos mensajes de texto no eliminados. Con gesto brusco lo arrojó al piso de lajas casi negras y aplicando sobre el aparato, sus borcegos* de trabajo, lo aplastó bajo su pies hasta reducirlo a una masa informe de elementos electrónicos que se hicieron añicos. Recogió lo que quedaba del celular  y lo arrojó a uno de los tantos cestos de basura que servían en la Plaza.

Volviéndose al cantero de petunias pasó el riego a las hortensias, que este año estaban hermosas. Meneando la cabeza de un lado a otro, murmuró con satisfacción: ¡Mejor así!

2011




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sábado, enero 07, 2012

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I
En un minúsculo baño de un restaurante de medio pelo, en Valparaíso, cuyo muro no dividía totalmente entre el destinado a las damas y el propio de los caballeros, ya que no llegaba hasta el techo, pude escuchar una voz varonil que canturreaba: “Dame fuego, dame, dame, fuego, dame el fuego de tu amor”. Inmediatamente mi corazón se aceleró y reconocí el tema: Era de Sandro, Sandro de América, como se lo llamaba al afamado cantante argentino, recientemente fallecido por una larga dolencia que tenía mucho que ver con su obstinado vicio de fumar. Terminé de arreglarme, apurada, poniéndome un poco de brillo en los labios y salí presurosa en busca de mi mesa. Durante el almuerzo traté de reconocer a la persona que cantaba, pero muchos estaban de espaldas a mí, asimismo el lugar estaba repleto de gente, hombre solos, mujeres solas, parejas, turistas jóvenes y maduros, todos tras el precio económico que ofertaba el bodegón y la deliciosa comida que se publicaba en una pizarra expuesta en la vereda: Una entrada de jaiba con palta o guacamole, un caldillo de mariscos y un congrio frito con “agregado” como dicen los chilenos y que casi siempre es arroz blanco. También había gente vestida de oficinista que aprovechaba la hora del refrigerio para venir a comer y distenderse un rato. Comí poco, me puse indescriptiblemente nerviosa. Mis pensamientos retrocedieron años, a velocidad de la luz, depositando mi mente en etapas del pasado, ya casi olvidadas. Pero, recordé: Aquél año, (1972) después de mucho esfuerzo había logrado juntar la cantidad necesaria para costearme el viaje a Buenos Aires y la entrada al primer Recital de Sandro en el Luna Park, el famoso Stadium de espectáculos ubicado en el micro-centro porteño, donde nunca antes había cantado un artista argentino. Había ido con dos amigas, a pesar que eran más rockeras que melódicas. Mientras esperábamos el inicio de la función, escuchamos y observamos un grupo de jóvenes que hablaban con tonada parecida a la mendocina, pero sin ser el mismo acento. Eran cuatro muchachos, todos bullangueros y con largas patillas, como la moda de la época imponía; sus camisas eran de cuello en punta, algunas sobrias, otras estridentes y sus pantalones bastante ajustados al estilo del Divo que veríamos esa noche. El espectáculo estaba por comenzar. Junto a mi butaca se sentó uno, ya calificado como el más guapo de los turistas. Noté, de reojo que me miraba, también de reojo. Era tal la expectativa que no podía distinguir si la emoción caliente que me apretaba la garganta, provenía del extraño fan de Sandro o de la presentación de éste mismo. Él inició la conversación a la que no pude resistirme. Resultamos ser ambos, fanáticos del artista. Una de mis amigas nos llamo a la reflexión porque la ovación del auditorio, anunciaba la llegada al escenario del sensual cantante, calzando unos pantalones de cuero negro extremadamente ajustados, una chaqueta corta también de cuero, luciendo sus largas patillas, su nariz perfecta y sus terriblemente atrapadores ojos negros.
II                                           
Mientras pagaba la cuenta de la comida, apurada, recordé: En aquél momento, el ambiente se embriagó de romanticismo y los espíritus se unieron, no hubo una mente en cada uno, sino que podía sentir, sin ver, una enorme nube transparente que presentía, soberana, sobre todos los espectadores, conteniendo nuestras sensaciones y emociones. Una psiquis única, grupal, dominante, que nos cobijaba a todos. Mi compañero chileno, del que para entonces, ya conocía parte de su vida, sabía la letra de todas las canciones y las cantaba, mirándome con tal ternura que parecía dedicármelas. Así nació una atracción fulminante, que se transformó, luego, en una necesidad de no separarnos. A la salida del espectáculo que fue un suceso total, los siete, mis dos amigas y yo, junto con los turistas chilenos, salimos a comer algo, buscando un lugar acogedor por esas callecitas de Buenos Aires. Amanecimos en la costanera mirando brillar las oscuras aguas del Río de la Plata con la salida del sol en su horizonte.
 III                                           
Mientras caminaba hasta la pintoresca calle Condell para tomar el minibús que me llevaría de regreso al apartamento de una habitación, me preguntaba:
“¿Cómo puede cambiar la historia de las personas en un segundo?” A partir del momento en que crucé la primera mirada con ese chileno arrollador no hice otra cosa que pensar en él.  Me quedé un día más en la gran Capital, sólo para estar con él.  Ya cada uno en su lugar, si escuchaba los discos de Sandro, todos sus temas me lo recordaban a él.  Lisa y llanamente: Nos enamoramos. No podíamos separarnos y tuvimos que hacerlo, en la mejor edad.
Nos escribimos durante dos años. Eran tiempos en los que no cualquiera viajaba al exterior a menos que el Gobierno de entonces, de uno u otro lado de la Cordillera, nos exiliaran. Así, el tiempo que todo lo puede, fue debilitando una relación esencialmente epistolar. Aquél amor de juventud quedó guardado en un rincón del corazón para siempre. Las cartas se espaciaron. Aníbal tuvo que cambiar de residencia por su trabajo.
Yo encaminé mi vida hacia el estudio. Sandro, siguió su camino y sus canciones no dejaron de recordarme el embrujo de aquélla noche de verano del 72.
                                            
 IV
Ahora, mientras esperaba en la parada de la sinuosa calle comercial de Valparaíso, sentía una opresión en mi pecho. No era para menos. Al recordar aquel fugaz pero verdadero romance, no pude dejar de pensar en mi matrimonio que expirara desafortunadamente después de 15 años, sin sospechar que ello ocurriría a petición de mi gentil esposo. Tampoco ignoré los dos hijos que tuve, hoy ya casados y con su vida propia. Y al mismo tiempo desfilaron en la sinopsis del recuerdo, los cinco novios, parejas, amantes o como se les llame, que no lograron anclarme en un nuevo hogar. Mi mundo fue siempre el de mis hijos y el de mi profesión. Pero después de treinta años, me había animado a crecer.
Uno crece cuando se impone desafíos, da ejemplos, cumple con su labor, concreta sus sueños. Imposible atravesar la vida sin que algo salga mal, sin sufrir una decepción, sin cometer un error, sin que duela un amor que se va, que nos deja.
Uno crece cuando acepta la realidad y tiene aplomo para vivirla, cuando acepta su destino y tiene voluntad para cambiarlo.
Uno crece asimilando lo que tiene por detrás y construyendo lo que tiene por delante. Crece cuando abre caminos y puertas cerradas. El estar en Chile a más de treinta años de aquel significativo episodio, era todo un desafío que me había impuesto sin ninguna esperanza. Hoy era capaz de abrir una puerta.
 V
El minibús se demoraba y el sol era abrasador a la hora de la siesta de este nuevo febrero.  Cuando ya estaba por tomar un taxi, apareció el colorido mini-colectivo y con él me fui soñando con mis ideas alocadas hasta Con-Con, donde el Resort, me esperaba.
El canturreo de aquél hombre en el baño del restaurante, me había llenado la cabeza de interrogantes. Todos concluían en una sola pregunta: ¿y si era él?
Pero, las probabilidades eran remotas y no quería hacerme ninguna ilusión. Esa noche comenzaba el festival de Viña y era mi penúltima de vacaciones.
Mi entrada estaba reservada desde largo tiempo atrás e iba a darme un gusto muy ansiado desde largos años. Mientras, enfrascada en mis pensamientos aguardaba el inicio del espectáculo en la hermosa Quinta Vergara, un susurro de voz varonil con la letra y melodía que ese día había escuchado me volvió a la realidad, sólo para matar mis ilusiones, sólo para sentir que no había esperanza. Atrás de mi asiento un joven de no más de 25 años, abrazaba a su novia y le cantaba bajito: “Dame fuego, dame, dame fuego, dame el fuego de tu amor...” 
Tan poco disimulado fue el giro de mi cabeza y de mi cuerpo hacia la pareja, que ambos se quedaron expectantes, esperando que yo les dijera algo. Por supuesto, la canción había cesado intempestivamente.
“Disculpen”,   atiné a decir vergonzosamente y volví hacia delante, sin saber qué hacer.

 VI
El último día de mis vacaciones estuve nerviosa y sólo me dediqué a comprar unos recuerdos en los puestos de artesanías del Ascensor Artillería. Sólo me calmó la vista hacia la inmensa bahía que podía apreciar en el Mirador del Paseo 21 de mayo, desde donde se veían hasta las costas de Concón, pasando por las de Reñaca.
Pero, obstinada, volví al mismo restaurante de Valparaíso, con un menú parecido en su pizarra. Fui al baño automáticamente a lavarme las manos, pero esta vez no escuché nada. Ningún caballero se encontraba en el baño contiguo y menos cantando. Comí apesadumbrada y casi sin terminar, me marché rápidamente a preparar mis valijas. Pasaba por el estacionamiento rumbo a mi minibús, cuando mis oídos estallaron de emoción, el viento cercano al mar que ese día soplaba con más fuerza, me trajo las letras simples de la canción: “Dame fuego,...
Como enloquecida, retrocedí hasta escuchar de dónde llegaba el murmullo musical. La localicé en una camioneta Nissan y vi que provenía del conductor que maniobraba para salir. Corrí hasta él. Lo detuve con una vergüenza adolescente, pero firme.
Después de la sorpresa del joven, todo se aclaró. Era la misma persona que estuvo sentada con su novia la noche anterior en el Festival de Viña. Comencé a contarle mi historia y bajándose del vehículo, me invitó a un Bar de mejor nivel, próximo a la Plaza Victoria para escuchar lo que yo tenía que decir y para él preguntar, tal vez. Evidentemente me había ubicado como una mujer mayor, que podría ser su madre y seguramente le di lástima, a tal punto que propuso la conversación y reiteró la invitación.

 VII
Una de mis preguntas, fue:
_ ¿Por qué cantas esa canción, si no está de moda? ¿Quién te la enseñó?
_ No la canto siempre. Lo que ocurre es que he estado para las fiestas de fin de año con mi padre y se me pegó, porque él sí la canta como una “muletilla”. La aprendí de pequeño, escuchándolo cuando vivíamos en familia.
Otra, que me apretó el corazón, pero la dije:
_ ¿Pasó algo con tu madre?
_ No, afortunadamente, no señora. Mis padres se separaron cuando yo terminé la secundaria. Ella se quedó conmigo y él vive en Uruguay.
_ Bueno, disculpa la pregunta, son cosas de familia que yo no tengo porque saber.
_ No, señora, yo le quise contar.
Entre el joven y yo se había establecido un vínculo que parecía existir desde largo tiempo. Así, pude suponer sin saber, que aquel hombre que yo no había olvidado nunca, cuyo recuerdo guardaba, dulcemente asociado a las “cosas” de la juventud, podría ser el padre de este amable joven. Ilusión. Audacia. Curiosidad. Resolución. Sinceridad. Son sentimientos que experimenté cuando no me explico aún, cómo, logré preguntarle:
_ ¿Me darías la dirección de tu padre? Con todo respeto, para develar este ingenuo misterio de saber si tu padre es el mismo chileno que conocí en mi país. ¡Ya somos grandes! Podemos darnos estos lujos ¿No te parece, Camilo?
_ ¡Claro! Contestó el muchacho agregando:
_ ¡Al tiro, se lo doy, Señora! Y le doy también mi correo así me cuenta qué pasó y si quiere el de mi novia también. ¡A ella le va a encantar esta historia!
                                          
 VIII
Desde la cima de la Avenida Con-Con-Reñaca, viajando en el minibús rumbo a la Estación Terminal de Viña, en busca del ómnibus que me regresaría a mi país, miré y saludé el mar azul oscuro.
                                         

Hoy, dubitativa, frente a mi Notebook, no sé cómo comenzar este e-mail en el que se me va la vida.
2010


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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

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Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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