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Mostrando entradas de marzo, 2012

Maniquí

IV Silvia Lainez, estaba realmente sorprendida cuando vio llegar a Lisandro, su esposo portandolivianos maniquíes bajo sus brazos. En ese momento no quiso revelar los temores que le producían esos extraños seres que cobraban vida ante ella.
_ Los dejo sólo por hoy, en el altillo, querida, mañana los cargo en el auto y los llevo. Tengo prisa en entregarlos. _ Sí, Lisandro, pero sólo quedan dos estantes vacíos. Necesitarás escaleras, sentenció Silvia, tratando  de disuadir a su esposo de alguna forma. Sin embargo, el podría acomodarlos, su talla se lo permitiría. La mujer, se resignó y sólo atinó a asentir amablemente, casi sin poder respirar. No iba a plantearle ninguna cuestión a su esposo, debido a esa confusión de su mente que,  la había hecho padecer en ocasiones pasadas. Pero indiscutiblemente sabía que la guerra entre los maniquíes  y ella estaba declarada, pues ahora, ya no se trataba de una batalla fuera de su casa. Ahora, habían tomado posición en su propio terreno. Un cruel pre…

Maniquí

III Silvia Lainez, a pesar de sus temores no revelados, a pesar de la confusión de sus pensamientos, había decidido acompañar una vez más a su esposo en su nuevo viaje de negocios. Ninguno de ambos había hablado acerca de los últimos acontecimientos, pero cada quien, tenía su estrategia planteada y pensaba ponerla en práctica, en cuanto hubieran de separarse. La mujer, no entendía cómo su esposo parecía no advertir su sufrimiento. Se sintió sola. Había pensado en ir a la peluquería más cercana de los comercios que visitaría su esposo y lo más próximo, casualmente, era un shopping. Afortunadamente, Lisandro se proponía visitar a dos clientes allí, así que, contentos ambos, por la coincidencia y el alivio no expresado de sus propios temores, se separaron, frente a un moderno y confortable local de peluquería. Lisandro tenía para un largo rato, ya que las vicisitudes financieras que se vivían, requerían de un mayor esfuerzo en su propósito de convencer y vender. Silvia entró al Salón y pr…

Maniquí

II Silvia Lainez había viajado nuevamente con su esposo, esta vez y a su pedido, con un plan bien acordado: Lisandro haría las entrevistas a sus clientes más temprano y no regresarían de noche. Bajo esas condiciones propuestas por la esposa, iniciaron el recorrido. Ya casi estaba terminado el trabajo de la jornada y el mediodía sugería un descanso reparador, para lo cual, nada mejor que un fresco y liviano almuerzo en un paquete restaurante vegetariano.  Sólo restaba un cliente y Lisandro habría de visitarlo a la siesta, como era costumbre hacerlo con él, ya que a esa hora el trabajo menguaba. Llegaron al lugar y el ruido atronador de una tormenta de verano acuciaba sobre los árboles. El desplome de un rayo a lo lejos y luego la lluvia refrescante, motivó a Silvia a apoltronarse, como era su costumbre, en el asiento del acompañante. Miraba correr la lluvia por el parabrisas y recorría desde abajo hacia arriba, los árboles que se bamboleaban con el viento. El cielo se oscureció aún más,…

Maniquí

I
Silvia Lainez había viajado con su esposo sin mucha ilusión en ese derrotero de clientes a convencer, pero igualmente, conociendo que se cansaría, decidió acompañarlo. Llegaron al lugar de la última visita y se apoltronó en el asiento finamente tapizado del coche nuevo, imprescindible para el trabajo de su marido. _Me demoraré un rato, Silvia, ¿No quieres bajarte y tomar un café?  Preguntó él, con tono cansado, presuponiendo que su esposa no lo haría.

_No, no te preocupes, yo estoy bien en el auto y si me aburro sigo leyendo el Libro que traje, contestó Silvia, tranquilizándolo. Primero atinó a quedarse en silencio, con los ojos cerrados, pero pronto los abrió y contempló la calle casi desierta, los pocos transeúntes que quedaban y se detuvo en la vidriera de una casa de Modas, frente a la cual habían estacionado. El escaparate ostentaba una colección de maniquíes luciendo ropas magníficas, pero no llevaban pelucas como la generalidad. Silvia sintió como si las estatuas flexibles dirigi…

Mestizaje

Desde el filo de un cerro, en el cordón de las Sierras Chicas de Córdoba de la Nueva Andalucía, la que fundara en 1573 aquel andaluz nacido en Sevilla, generoso y pacífico llamado Don Jerónimo Luis de Cabrera, un aborigen* moreno, alto y espigado, vistiendo una especie de rústica camiseta larga, la había divisado lavando unas ropas en el estrecho arroyo. Ella no lo advirtió esa vez. La vegetación enmarañada, propia de los valles cordobeses fue testigo de una de tantas historias que comenzaron a repetirse entre los pobladores naturales de estas tierras y los colonizadores, algunos y conquistadores otros, que llegaron desde Europa. Todos los días a la misma hora, él la contemplaba con su ojo avezado sin ser visto y ella canturreaba en español, pero el hombre de barba oscura, rasgo típico de esta etnia, no alcanzaba a escucharla. Ese día él decidió bajar abriéndose paso entre los arbustos como un puma silencioso. Llegó hasta muy cerca sin ser oído ni visto desde la otra orilla del cauce …