Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, septiembre 29, 2012

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La bandeja redonda, repleta de tazas de té y pocillos de café y en medio, un jarro con asa de vidrio transparentando firuletes de chocolate en el que se había servido el capuccino ocupaba el primer plano. En armonioso equilibrio, Félix la portaba hacia la mesa del grupo de turistas aparentemente norteamericanos. Atrás, Flavio el camarero más joven, recién incorporado al staf del café del Parque hacía lo suyo. Servía las copitas con soda helada y acomodaba las porciones de croissant y tortas de crema. Todo, era luego trasladado a su bandeja, también redonda, con el mismo destino que la de Félix. Sólo un largo delantal negro sobre los pantalones,  sujeto a la gruesa cintura de Félix, los diferenciaba. A Vivian le encantó el chocolate y quedó prendada de la piel oscura y de los ojos marrones del joven camarero. La atracción la ejercía el color de la piel de Flavio. Oscura amarronada, casi como el chocolate bebido, si se la comparaba con la nívea de la observadora. Su pelo, rabiosamente lacio, recogido en su nuca con un lazo de cuero,  y su esbelta estatura, sumada a una ancha musculatura, aseguraban su origen tehuelche con muy poca mezcla de sangre europea, más, sabiendo que había arribado a la ciudad capital desde un perdido pueblito de la austral Provincia de Santa Cruz. Indudablemente, se trataba de un descendiente aborigen. Las turistas conversaban sin aliento y sin medir el tiempo libre del que notoriamente disponían. Vivian se levantó y se ausentó por unos minutos, seguramente con dirección a la toilette. En su camino hacia el lugar, pasó muy próxima a Flavio y con desenvoltura americana le acurrucó un trozo de servilleta en la mano. El joven y apuesto camarero, lo estiró a solas y leyó el texto: Hotel Hamilton, 22 horas, I likedo you. Vivian
Los ventanales abiertos de la habitación dejaban ondular las finas cortinas de voile blanco. El cuerpo de símil porcelana de la californiana se refugiaba ansioso en el oscuro y fuerte del joven de pelo lacio. Mientras, ella recordaba las palabras que una vez leyera de Dumont d'Urville  a quien le impactó: “. . . 'su enorme ancho de las espaldas, su cabeza ancha y gruesa y sus miembros macizos y vigorosos' destacando que 'constituye una bella raza de hombre, plenos de fuerza y vigor. . .” en sus referencias a los tehuelches o patagones, primitivos habitantes de la Patagonia argentina.
La luna de abril pasó silenciosa por la ventana llevándose el secreto de la noche pasional.

2012

martes, septiembre 25, 2012

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Dirigía la orquesta con inusual maestría.Viéndolo de espaldas, semejaba a un ave en posición de remontar vuelo. Supuse alas en sus brazos, mientras su batuta mágica despertaba la novena sinfonía de Beethoven.
Escuchar esa música arrancaba emociones latentes en el auditorio. Mi alma danzaba liberada y trepaba hasta el escenario, vibrando junto con las notas musicales que inundaban, luminosas, el entorno de los instrumentos formando un arco iris musical, al que veía sin ver. Mi rango en la familia me había hecho partícipe de los beneficios que otorgaba esa pertenencia y desde la primera fila seguí el espectáculo tal como si me desplazara en una nube melodiosa. El último acorde, síntesis perfecta del autor, marcó el final de la actuación y de mi embrujo. Un bullicioso aplauso general estalló en el teatrino. Me acerqué lentamente, apoyada en mis muletas, convertidas en parte de mi pobre cuerpo. Me acerqué lo más que pude al escenario y le entregué la rosa que había llevado para él. Como siempre, se acercó gentilmente para tomarla y agradeció con una mueca, parecida a la sonrisa de los que no sonríen nunca. Una vez más, me topaba con esos increíbles ojos celestes. Fue suficiente. Mi ego estaba satisfecho. Ésta, como las veces anteriores y seguramente las que sucederían me contarían la misma historia.


2011

sábado, septiembre 22, 2012

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Pensó que luego de la tormenta, según el dicho popular, aparecería el sol. Se equivocó. A esa noche lluviosa acunada por el tronar de las nubes develadas por los relámpagos, continuaron cinco más, encadenadas a los días grises y húmedos que se enlazaban entre sí. Las rosas, espléndidas, que habían florecido antes de la lluvia, se deshojaron, creando un manto gelatinoso en su alquimia con la tierra empapada. Todo el jardín se tiñó de color pastel y alguna tonalidad rosada. ¡No tendría rosas! No, no podría formar el ramo de rosas blancas y amarillas, con alguna roja que siempre escaseaba, tarea habitual de los sábados antes de marchar a la clase de catequesis. ¡A su edad! Obligado por su abuela paterna y su madre habría de prepararse para tomar su primera comunión. Sin embargo, Jeremías, encontró la razón, ajena a las creencias y credos de sus ascendientes para cumplir con el cometido. Con sus quince años, había aprendido que las flores encantan a las mujeres. Ciertamente lo pudo comprobar durante todos los sábados en los que entregó su ramo, sencillo y natural. Pero,  lamentándolo en el alma, ese día, no hubo flores y su joven maestra catequista, sinceramente las extrañó.

2012

martes, septiembre 18, 2012

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Esa mañana, como tantas, mientras tomabas el café humeante, te miraba. Yo estaba del otro lado de la barra, secando tazas y pocillos de buena porcelana. De tanto en tanto, alzaba la vista para contemplarte,   para deleitarme en ver cómo sorbías, cómo te rascabas la cabeza, tal vez por el calor de los radiadores o retirabas la bufanda gris del cuello. La calefacción estaba alta. Un cortado fuerte con una medialuna me desplazó de la contemplación. La puerta vaivén con gruesos herrajes de bronce adheridos a los vidrios fuertes de sus hojas, dejó entrar el frío húmedo de junio. Me estremecí. Una mujer rubia, delgada y  esbelta, entró, sentándose a tu lado. Abrió un maletín de cuero negro, colgó su cartera valiosa, también de cuero en la silla e inició una conversación  inaudita parte, mientras tú le regalabas la más hermosa expresión de credulidad. Se levantaron y tú la tomaste por la cintura, un poco desdibujada por el grueso sacón que el invierno imponía. Ya en la vereda humedecida por la neblina matinal, la besaste y no pude ver más. Restregándome las manos dejé encerrada mi fantasía en la máquina de café Express hasta el otro día.


2011

sábado, septiembre 15, 2012

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La discusión entre Gerardo y Sonia había comenzado durante el trayecto que recorrían casi todos los días, con un despropósito de Él. Lejos de admitir su error buscaba atenuantes y culpables para excusarse. Sonia trataba de hacerle entender que analizara su conducta, para no pasar por situaciones desagradables gratuitamente, que terminaban por desgastar la relación entre  ambos. Gerardo, serio, enojado, tal vez consigo mismo, conducía con la mirada fija en el camino flanqueado por campos y árboles autóctonos, exuberantes por la lluvia del verano. De repente, con gesto adusto, se volvió hacia su compañera y con tono subido cortó la expresión de sus argumentos, diciéndole:
_ ¡Basta! No empieces con “la matraca”*.
_ ¡Qué  grosero! Contestó Sonia y calló sus palabras.
La palabra “matraca” le resonaba punzante en su cabeza. La agresiva respuesta de su esposo a sus explicaciones  y opinión, la hicieron enmudecer. Callada y mirando por la ventanilla el paisaje que mediaba entre su casa y la ciudad, dejó aflorar en su rostro una casi imperceptible sonrisa. Recordó las palabras de su Maestro de Balancing, y se propuso internalizarlas: “Cada quien es co-creador de una realidad que nos une. Nunca podremos entrar en la mente del otro para modificarla. Debemos hacernos cargo de nuestros propios pensamientos y acciones. Yo no puedo saber qué está pasando en el interior de otro Ser y menos lo puedo modificar. Sólo Yo, puedo cambiar”. . . y al evocar la enseñanza, Sonia reflexionó en silencio: Debo hacerme cargo de mis propias elecciones. No me tiene que afectar la palabra “Matraca”, “Matraca”, pensó y repitió varias veces hasta que de tanto pensar, su pensamiento retrocedió en el tiempo y se vio, a los nueve años, en casa de sus abuelos, engalanada y perfumada, esperando a sus tíos que la llevarían a  “Los Corsos”. Lista para disfrutar del  Carnaval  veraniego, con una bolsita de papel picado en una mano y con una matraca de madera en la otra, algo que su memoria había asociado con un hecho agradable de su infancia.
Cuando llegaron a la ciudad, Sonia y Gerardo se miraron al descender del coche. Una sonrisa iluminada y amplia los unió. Un beso tierno y rápido fue el colofón. Se encaminaron juntos hacia el Supermercado. Ella, siguió pensando en la palabra “matraca” con la que se había sentido agraviada, pero que sin embargo, había sido la llave que le permitió traer al presente, un dulce recuerdo del pasado. Él, vaya a saber uno, en qué pensaría. . .

2011
Matraca: Seegún la RAE. . .


martes, septiembre 11, 2012

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Luciana escuchaba el silencio, vivía en un mundo especial, tenía dieciséis años cuando la conocí. Ella regaba unas margaritas de su jardín  y rápidamente me percibió cuando entramos con mi tía, de visitas. Nuestros ojos se encontraron y el hilo conductor brilló sin luz real.
"Éste es mi sobrino, que hacía mucho que no venía por aquí. Ya está en la Universidad, Zulema", dijo oronda mi tía a la madre de Luciana.
 "Y va a ser médico", remató para mi disgusto.
"¡Qué bueno! Qué no daría yo para que Luciana pudiese estudiar algo", respondió la mujer, acostumbrada a acongojarse.
En ese instante, entró su hija, bella, con sus bucles rubios recogidos en su nuca perfecta y una sonrisa de ángel, buena y dulce, dirigida a mi persona. Desde ese momento supe cuál sería mi destino. Más allá de lo concreto y  de lo abstracto, ella era poseedora de una calidez humana inigualable y un reprimido deseo de participar en la realidad que co-creaba a través de su mirada. Luciana era sorda. La amé, a pesar de mil advertencias. Yo lucharía en contra de su resistido aislamiento. Me prometí entonces, que mis estudios se orientarían a ayudarla.

2011

sábado, septiembre 08, 2012

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Horacio había aceptado  el puesto vacante de médico generalista en el moderno Hospital Regional de Concepción del Uruguay, importante e histórica ciudad entrerriana, cuna del Gral. Justo José de Urquiza, uno de los próceres más destacados de la Historia argentina, descollante en los años anteriores a la Constitución Nacional. Él, como buen nativo de la provincia siempre había tenido una simpatía singular por el prócer y para mejor, su lugar de trabajo llevaba su nombre. No lo olvidaría. Sabía que en su destino entraría en contacto con parte de esa historia, en sus ratos libres. Antes de viajar, había releído algunos pasajes de aquélla, los que fueran objeto de estudio en sus años adolescentes, por ejemplo el nombre de la ciudad que había conjugado la palabra Uruguay proveniente de la lengua guaraní, cuyo significado más aceptado, pero no consensuado, es el que la traduce como río de los pájaros, con la segunda parte del nombre, que hace referencia al dogma católico de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
Pero, “todo cambio exige adaptación”, pensaba. Sin embargo no iba hacia el fin del mundo y comprendía que, en unos quince días recorrería nuevamente la ruta para volver a Nogoyá. Se acomodó más rápido de lo que imaginaba en la ciudad, en las proximidades de la Plaza Ramírez, hermosa por sus tipas*blancas y negras, altas y frondosas. Todo le quedaba cerca, los museos, el primer colegio secundario del país de carácter laico y gratuito, creado en 1849 por Urquiza, la casa de éste, la imponente Basílica de Nuestra Señora de la Concepción, menos su lugar de trabajo. Pero eso no importaba. No tendría compromisos que cumplir, más que consigo mismo. Cuando arribó a la ciudad, era domingo y durante el trayecto lluvioso, tentado estuvo de entrar al Palacio San José, el que años atrás visitara con su esposa, no por los recuerdos precisamente, sino por su interés histórico, ya que pendientes, quedaron muchos, en aquella visita guiada, rodeado de turistas extranjeros que poco entendían de la muerte cruel que tuvo el General Urquiza. Prometió volver, ahora más que nunca. Seguramente tendría más tiempo libre. Ésa fue una de las razones por las que hubo de aceptar el ofrecimiento laboral, en la otra orilla, en Concepción, recostada sobre el majestuoso río Uruguay, mucho más transparente que su amado, revuelto y marrón río Paraná, al occidente.

Después de su impensada separación, quedó solo. Menos mal que de esa unión no habían quedado hijos. Era como ser soltero nuevamente, pero con una daga incrustada en el corazón. En Nogoyá estaban sus padres, hermanos y sus irremediables recuerdos.

La radio del auto bajaba y aumentaba su volumen según el punto cardinal que tomara la ruta. Ya casi anochecía y el alerta meteorológico anunciaba una importante tormenta eléctrica con posibilidad de fuerte granizo. Horacio decidió ganarle al meteoro y apuró el velocímetro aprovechando que la lluvia no llegaba y  pensando en sobrepasar el peligro. Desafortunadamente, al cabo de unos cuarenta kilómetros recorridos, las descargas eléctricas que iluminaba el cielo gris desplomándose sobre el campo ya oscuro y el retumbar de los truenos, lo llamaron a la prevención. Así fue que decidió detenerse en una vieja estación de servicios YPF en un pueblo no muy iluminado, ubicado sobre la ruta. Las descargas eléctricas habían afectado un transformador en la línea de media tensión que alimentaba a la población y por esa razón había sólo un sector con energía, le comentó un parroquiano que salía del bar. La mujer que lo atendía estaba presta a cerrarlo concluyendo su jornada laboral, adelantada por la tormenta que ya se desataba. Horacio le imploró que lo atendiera y dejara guarecerse en el lugar. La empleada se negó alegando que no le estaba permitido extender el horario, pero, como aliciente le indicó: “Mire, acaba de llegar la hija del dueño, pídale a ella, tal vez lo atienda”.
La joven, agitaba un manojo de llaves entre sus dedos y con cara de pocos amigos se acercó hasta donde estaba el médico. El chasquido de un rayo cercano y el retumbar del cielo a los siete segundos justos, la hizo sobresaltar. Horacio también se sobresaltó. Una sonrisa fue inevitable y suficiente. El pueblo se llamaba Basavilbaso. Blanca Stolerman escribía en una revista local sobre la historia de su ciudad.
Con esos temas, siempre muy cerca del pasado de la provincia en que vivía, Horacio  había iniciado  su conversación, estimulando a su interlocutora, frente a una humeante taza de café Express, mientras esperaban  que la tormenta amainase.
_ Mi padre me ha comentado haber leído que  Basavilbaso fue durante el siglo XIX un importante punto de  vigilancia y observación, de las milicias entrerrianas, por encontrarse en la cima de la cuchilla Grande, a unos 70msnm. ¿Es así, Blanca? Preguntó.
_ Efectivamente, así es, confirmó Blanca, y animada agregó otra información: Sabes, Horacio, a comienzos del siglo XX, se constituyó aquí, casi donde hoy se emplaza el ejido urbano de Basavilbaso, uno de los asentamientos de inmigrantes judíos  más importantes del país, de hecho nosotros somos descendientes de un pionero, pero para entonces ya existían pequeños grupos poblacionales dispersos, algunos eran italianos que vinieron a fines del siglo XIX, 1880 por ahí, a construir el ferrocarril y se quedaron. Luego llegaron alemanes del Volga y rusos, formando distintas colonias. También estaba, en lo que hoy es el casco céntrico de la ciudad, la Estancia de Don Manuel Basavilbaso.
_ Ah, respondió Horacio y re-preguntó con el último sorbo de café a la luz de un tenue relámpago: ¿y la ciudad lleva el nombre por Manuel Basavilbaso?
_ No precisamente, se apuró a decir Blanca, subiéndose el cierre de su chaqueta hasta el cuello, Manuel fue un bravo militar entrerriano nacido en Gualeguay y acérrimo seguidor y amigo del Gral. Urquiza. Él murió en 1866. Cuando se crea el nudo ferroviario (1887) del que saldrían ramales hacia los cuatro puntos cardinales: Paraná, Villaguay, Concordia y Rosario del Tala, Concepción y Gualeguaychú, a la altura de,  no recuerdo ahora el kilómetro, aclaró Blanca, ante la mirada expectante de Horacio, allí surge la Estación Gobernador Basavilbaso, en honor a quien se desempeñaba por entonces como gobernador de Entre Ríos (1887-1891), Clemente Basavilbaso, hijo de Manuel.
“Gracias” respondió Horacio, mirando a su interlocutora profundamente a los ojos en agradecimiento a su hospitalidad. Ella presurosa y algo incómoda al salirse de su contexto histórico, que a todas luces le apasionaba, puso fin a la conversación y prometió contarle al viajero algo más de la historia de Basavilbaso en otra oportunidad. La comunidad de intereses los había acercado, más que la ruidosa tormenta, la que para entonces marchaba rumbo al NE y la noche resplandeciente de estrellas, asomadas entre algunos nubarrones, invitaba a continuar el viaje hacia Concepción del Uruguay.
Luego de esa parada impuesta por el clima y trazada por el destino, siguieron otras, con días claros y tardecitas luminosas.

A los requerimientos telefónicos que muy temprano lo despertaban, todos los lunes, Horacio respondía con el mismo mensaje “Estoy demorado en Basavilbaso”


2012


martes, septiembre 04, 2012

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Nubes pasajeras cubrían una parte del estrecho cielo que desde su ventana podía divisar. Una paloma en arrumacos con su par, casi tapó todo el rectángulo. Desde su camastro, cerró los ojos, recordó a Mariela y echó a volar.


2012



sábado, septiembre 01, 2012

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Caminaba con la cabeza gacha por la acera húmeda, en medio de un concierto de ringtones que apabullaban el sonido del celular propio. Ernesto había sido un buen jefe de área; tal vez, ligeramente olvidadizo, pero eficiente y respetable en su rol. La había distinguido entre otras oficinistas con la mejor manera de probar sus aptitudes según él, o lo que es lo mismo, adjudicándole trabajo extra, delicado y concienzudo. De esa forma quedó obligada a quedarse horas extras tres veces por semana para cumplir con la "prueba"; pero también tuvo que aceptar, en algunas ocasiones, las invitaciones de su Jefe a tomar un café, cuando terminaba su labor. En la primera, grande fue su sorpresa cuando no advirtió ningún gesto amoroso de parte del hombre, como se había imaginado. Conversaron tranquila y mesuradamente, bebieron el café y ya repuestos del cansancio laboral, cada uno se marchó por su lado. En medio de la magia de los Cafés, las citas se repitieron con la misma tónica. Ese día, a primera hora, todos los empleados que venían cumpliendo horas extras, recibieron la noticia que quedaban suspendidas hasta nuevo aviso.
Si bien es cierto que su Jefe nunca se insinuó con ella, su pensamiento la había llevado a interpretar a un hombre especial, que no se animaba a declararle su amor, lo cual le generaba dudas y cuestionamientos. Cuando salió  de la Empresa, desde la puerta del ascensor, lo vio bajar a buen ritmo por las escaleras y salir a la calle. Se apuró disimuladamente y ya en la acera corrió. Comprobó de inmediato que Ernesto se dirigía hacia el mismo Café al que habían frecuentado hasta la semana anterior, siempre en una relación intrigante y distinta, de jefe a empleada.
Casi sobre sus talones Sofía se detuvo en la vidriera del Bar cuando él entró.  Con los ojos muy abiertos y el corazón palpitante observó la escena: Un hombre un poco mayor acababa de abrazar a Ernesto y éste de zamparle un beso en la boca. Llevó su mano derecha sobre su rostro en señal de desconcierto y retomó su marcha hacia el destino acostumbrado. En el camino, recordó algunas palabras de su psicóloga: “Nunca tendremos la plena y total seguridad de lo que pasa en la mente del otro”.  


2012
 


No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

Barcos de Quinquela Martín

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Reconocimiento I


Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

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Candela por la Paz

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Quien escribe

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Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

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Capturando la vida

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"He mirado las rosas y me he acordado de ti"

Juan Ramón Jiménez,

escritor y poeta español, (1881-1958)


Rosas, rosas

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Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

Escribiendo con el pensamiento desde el alma

Pintando la vida

Antigua como la humanidad misma, la Pintura, responde a un impulso innato en el hombre de comunicación.

Recogiendo los frutos

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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