Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

miércoles, octubre 31, 2012

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Pasaba por la calle de la tristeza enfundado en el recuerdo de otras horas, caminaba despacio, meditabundo, extraño, perdido en el objetivo que no lograba perfilar. De pronto, vio la belleza en sus ojos; la dulzura arreboló sus mejillas y la simpleza dibujó su sonrisa, exactamente cuando sus miradas se encontraron. Sintió una débil alegría circulando sin prisa por sus venas y arterias en un suave entrar y salir de su palpitante corazón. Se detuvo. La brisa vespertina alzó su bufanda a rayas y tapó su rostro. La vida pasó a su lado y no pudo verla, menos detenerla. Apretó bajo su brazo el bastidor de madera que contenía el óleo con el retrato de una mujer y continuó su marcha implacable. Luego, cayó la noche.

2012


sábado, octubre 27, 2012

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Desde mi ventana podía ver el cúmulo de nubes grises que avanzaban desde el sur. No soplaba ninguna brisa, menos viento. Una tranquilidad pasmosa me ponía nerviosa. La cama era un nido acogedor en medio de una habitación de paredes altas, pintadas de rosa. Él tal vez no vendría, menos pasaría a mi habitación, pero yo siempre le imaginaba en el marco de la puerta. Sumida en mis cavilaciones tempraneras, me sobresalté cuando Rosa abrió bruscamente la puerta de mi habitación para alertarme que el médico acababa de llegar. El Dr. Quesada ya estaba viejito y casi no podía conducir. Su pierna lo mortificaba y tenía que pedirle a su único hijo varón que condujeran el viejo Ford por las rutas arenosas del campo. A solas, el médico me revisó de pies a cabeza, sin encontrar rastros de ninguna enfermedad. Para colmo, en ese momento no tenía síntoma alguno. Luego, llamó a mamá y,  habló largo rato con ella en la salita en la que terminaba el pasillo de distribución de las habitaciones.  Al cabo de unos pocos minutos, eternos para mí, ambos entraron nuevamente en mi cuarto. El Doctor, se despidió amable, me recetó un tónico y aconsejó que me levantara al otro día para seguir con mi vida normal. A mamá le preocupaba que en los últimos tres meses yo no me sintiera bien y tuviésemos que llamar al médico. Prometió llevarme a un especialista de la ciudad, pero sus quehaceres, seguramente frenaban su decisión. Apenas ce cerró la puerta tras el doctor Quesada, salté de la cama y fui hasta la ventana. A través del voile color blanco lo vi: Alto, erguido, parado como un soldado al lado del automóvil, esperando a su padre. Desde que lo conocí en aquella kermese en beneficio de la biblioteca pública, a la que habíamos asistido con mis padres, no podía olvidarlo. Moví mi mano en señal de saludo. Él llevó la suya a su boca y la estiró mucho, hacia lo alto, como para que el beso que me enviaba en el gesto llegara hasta el ventanal. Mi corazón se desbocó y volví a la cama, justo a tiempo para que mi madre me encontrara ovillada en ella.
_ ¿Qué te dijo el Dr. Quesada, mamá?, pregunté ansiosa.
_ No tienes nada, hijita, como siempre, te pasan cosas. . . de la edad. . .
Con un resoplido contenido respondí, resaltando mi preocupación:
_ Mientras no sea nada malo, mamá, a lo que ella me consoló besando mi frente.
_ No te preocupes, Elisita, no es nada grave. . .sólo que te estás haciendo señorita.
Recuerdo que ese día dormí mucho, mientras escuchaba el retumbar de la lluvia sobre el techo de zinc y atrapaba con mi mente aquel beso al aire, lanzado por quien sería mi primer amor.

2012

jueves, octubre 25, 2012

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Pasó rápido, casi como una estela en la noche clara, por eso la vi. Me sentí bien y me ovillé en la puerta del zaguán, aferrado a mi botella de tinto, que en ese entonces era mi única compañera. Hoy, en este cubículo blanco en el que estoy, advertí que quizás, más vertiginosamente que la primera vez, pasó muy cerca de mí, esa bruma luminosa; sin embargo, la enfermera me respondió cuando le pregunté si ella la había visto: "No, pero no se preocupe Señor, es el efecto de los medicamentos". No le creí, sigo pensando que fue un ángel.


2012



sábado, octubre 20, 2012

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Fedra estaba sola otra vez, sentada a la mesa de siempre junto al escaparate de los dulces. De su lustroso bolso de cuero ecológico, entiéndase plástico fino, sacó su carpeta roja y su lapicera Parker,  mientras Omar, el mozo que le servía todas las mañanas su desayuno, le acercaba una humeante taza de café con leche y las facturas de su gusto. Junto a una de sus habituales sonrisas mañaneras, en la que a pesar de sus años, podía aún lucir una hilera completa de piezas blancas, brillantes, a puro cepillado con bicarbonato de sodio, según le confesara a Fedra hacía algunos meses atrás, la acostumbrada pregunta: “ ¿Escribiendo a su hijo otra vez, Fedra?” Interrogó Omar con cierta confianza adquirida entre cafés y horas de bar. Ella levantó su mirada sobre la taza asintiendo sin definir nada. Para Omar el secreto se había develado. En señal de respeto, el empleado se retiró no sin antes consultarle: ¿Quiere que ponga a Piazzola, hoy? Fedra volvió a asentir con su cabeza mientras saboreaba su desayuno favorito.
Ahora sí, Omar se retiró silenciosamente.

Fedra escribió como todos los días. Según Omar, cartas a su hijo, ese joven aventurero con el corazón roto por su fracaso matrimonial, quien vivía en la Bretaña francesa, muy cerca del mítico Castillo del Mont Saint Michel. Desde la barra, Omar la contemplaba discretamente, simulando que leía el diario. Tenía aspecto de mujer madura, pero tal vez no lo fuera tanto, pensaba.
“Es una intelectual” afirmaba. Le dispensaba respeto porque ella se lo inspiraba y hasta se imaginaba haber establecido con Fedra una tácita amistad.

Siempre elegante. Siempre sola, de pocas palabras, al fin de cuentas una habitué intrigante y agradable del Bar Garufa. Omar, adivinaba su viudez. “No podía ser de otra forma, si tiene un hijo”, razonaba dentro de sus parámetros culturales. Promediando la mañana el Bar se llenaba de estudiantes de abogacía, parlanchines y sabiondos que ocupaban su tiempo libre entre curso y curso, tomando un café y comentando a gritos sus experiencias del día. Apenas llegaron, Fedra se marchó, apurada.
El cajero del bar, un joven ingresado hacía pocos meses al negocio, pero de gran confianza por ser pariente del dueño, se carcomía por saber más de la vida de la intrigante mujer, y sometía a preguntas insistentes a Omar. Pretendía saber desde cuando concurría con asiduidad todas las mañanas, dónde vivía y a quien le escribía, ya que solía pasar más de dos horas haciéndolo en el bar. “Si me animo voy a entablar una conversación profunda con ella, algún día de estos”, pensaba Omar.
Aquella mañana primaveral con un sol radiante que atravesaba las vidrieras sin respetar cortinaje alguno,  Fedra estaba demorada. No llegaba en su horario habitual. Omar se preocupó.
Apenas el cajero terminó su tarea con otros mozos que le traían sus tickets, llamó a Omar con una seña de cabeza y hablándole al oído le entregó una carpeta roja. “La guardé en mi cajón, ayer, cuando me lo dieron unos muchachos después que esa mujer se marchara” Luego me olvidé de comentarte y quedó aquí, bajo llave. “¿Quién te lo dio?” Le requirió Omar. “Me lo trajo uno de los estudiantes que estuvieron en la misma mesa. Estaba sobre una silla contigua a la que ella había usado”. Omar se retiró de la barra y se encerró en el baño con la roja carpeta a cuestas. La hojeó y no encontró ninguna carta. Pero había hojas en blanco y hojas escritas. La letra era ilegible o él ya no veía tan bien. Parecía que se trataba de una narración, no entendía mucho, al punto que llegó a exclamar en voz alta “¡Pero qué escribe esta mujer!” Dado el lugar reducido en el que se encontraba, seguramente su exclamación sobrepasó las paredes y la puerta de madera barata, porque un compañero preguntó “¿Estás bien Omar?”
En ese momento se dio cuenta que debía permanecer callado. Prosiguió ávidamente con su lectura, hoja tras hoja, salteando tachaduras y frases inexplicables. Algunas anotaciones estaban sueltas pero numeradas. “Esto es todo un reclamo de amor” entendía el mozo, “Pero esta mujer está hablando de ella de su soledad, de su nostalgia ¡Ay, Dios mío! ¡No entiendo nada! ¿Quién será Luis? El hijo, el amante, ¿Era casada o viuda?” Rápidamente llegó hasta la última hoja escrita ya de manera más nítida con una caligrafía calma y hasta inteligible para Omar. Fedra amenazaba con suicidarse esa noche presa de una brutal depresión sobrevenida después de la ruptura con su esposo. “Por fin se van aclarando las cosas, pensó Omar” y continuó leyendo. . . Pero no sufriría afirmaba la mujer, abriría la llave del gas natural y dejaría inundar su bello departamento por la etérea sustancia, según describía. . .No leyó más, salió despavorido del baño, acomodándose el cinturón de su pantalones y apretando fuertemente la carpeta roja sobre su pecho, se dirigió hacia la acera donde se apostaban cada mañana dos taxi metristas a la espera de clientes apurados. Omar, se acercó al que hacía el delivery de desayunos de  los domingos ya que entre los clientes había comprobado con el conserje que figuraba Fedra. Sin decir nada a nadie abandonó su lugar de trabajo rumbo al edificio en que vivía la mujer, según los datos proporcionados por el taxista. Descendió veloz del rodado y pulsó el timbre de la  iluminada y señorial entrada, propia de aquel tradicional edificio de mediados del siglo XX, ostentoso por su Art Decó estampado en sus molduras, dinteles y frentes. Desde adentro y electrónicamente le abrieron. Cuando el encargado lo atendió, Omar irrumpió en un torrente de avasallantes preguntas, recibiendo una lacónica respuesta: “La Sra. Fedra Elizalde no se encuentra” Ante los azorados ojos de Omar, el encargado agregó, para darle consuelo: “Acaba de retirarse”. El camarero respiró aliviado, reiteró su relación con la mujer y le explicó que luego habría de hablar con ella. Rogó que no le dijese nada. Su sinceridad conmovió al empleado del edificio, si bien Omar nada había dicho sobre sus sospechas. Cuando ya se marchaba a paso lento, como vencido, el hombre que seguía sus pasos con la mirada, dejó su lugar en el mostrador de entrada, lo alcanzó y emocionado y rebosante de participación le comento: “¿Sabía Ud. que hoy le entregan a la Sra. Fedra un premio en La casa de la Cultura,  por su destacada obra literaria  que se especializa en bares, cafés y confiterías de la ciudad?” Omar agradeció el gesto y,  profundamente para su interior, la información y con un “Gracias” abordó el automóvil que lo esperaba afuera. Tenía la sensación de tener un sable atravesado en su tórax. Un tránsito abrumador, característico de la media mañana, demoró aún más su regreso  hasta su lugar de trabajo.
Ahora debería dar explicaciones acerca de su intempestiva salida y a su mente no le llegaba ninguna justificación sensata.
2012

miércoles, octubre 17, 2012

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Llovía y él estaba solo, estudiando. Un suave golpe en la puerta lo alarmó. Era ella que regresaba a hora inesperada. En su mano traía un papel. Se lo entregó casi llorando. Después de leerlo, el joven preparó dos copas de buen Merlot (era el varietal preferido de ambos). Brindaron y se abrazaron. Nacería en marzo. La felicidad los embargó.

Este micro participó en el “IV Concurso de Micro-relatos y Reflexiones Felices Martín Berdugo” (mayo de 2011)


sábado, octubre 13, 2012

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“Sol errabundo, que te asomas en un lugar y te pierdes por otro, dónde estás. . .” se preguntaba la pasajera que acababa de alojarse en uno de los hoteles más recomendados de la ciudad. Había abandonado sobre la cama, su cartera y sus bolsos de equipaje.  Luego de tomar un baño reconfortante, se acomodó en el casi balcón orientado al SO  desde, con congoja por tantos años de ausencia, contempló sus orígenes.
“¿Dónde están Sol, los que te adoraron en el Cuzco* y más allá aún, centinelas de la Cordillera?, insistió con sus mudas preguntas.
“¿Dónde están, los que recorrieron el camino derramando su sangre en la montaña, para construir fuertes y regadíos?”, continuó, con nostalgia.
“¿Y la voz de la Madre Tierra clamando en las piedras que se llevó el viento, dónde se habrá refugiado?
En su viaje había reconocido los montículos en forma de pila piramidal hechos con piedras, generalmente cantos rodados de los ríos y arroyos que bajan de la Sierra de Ancasti,* mirando al cielo, por doquier, pidiendo a la Pachamama*, igual que en un ayer histórico.
La envergadura de las alas del cóndor que en defensa de su territorio, sobrevolaba el lugar, invadido por el autobús con turistas, no la sorprendió. La conocía bien, desde pequeña. Su abuela que había llegado atravesando los Valles Calchaquíes* para conocer su primera nieta, se quedó para cuidarla y cuidándola, le contó historias de sus antepasados, entre ellas la de un cóndor que se animó a comer en la mano de su abuelo.
Abandonó sus recuerdos y su mirada perdida en el tiempo se depositó en la Sierra de Ambato, para preguntarse una vez más: “¿Dónde están, aquéllos, los que tallaron la virgen morena que encontró un español, dicen, en 1618, tan cerca de aquí, en Choya* para convertirse en la Patrona de esta querida Provincia, la morena Virgen del Valle? ¿Quiénes habrían de tallarla en madera, con piel oscura pero con su cabello, nariz y ojos remedando a una hermosa española? Las respuestas no acudieron en su ayuda. Se ponía fresco y tuvo temor de pescar un resfrío. Se cubrió con una manta, tejida por mujeres artesanas, que adornaba un sillón de estilo barroco y volvió a la ventana. Ya atardecía.
Desde allí, como en un ritual extraño, continuó parada, observando la oscura muralla, cuyo filo tocaba el cielo. Las nubes grises y blancas de textura algodonal, descendían por los faldeos de la Sierra de Ambato. Amenazaba  lluvia en el valle, pero sólo la brisa del atardecer se hizo más fresca y no llovió. Las promesas transparentes de las nubes se evaporaron antes de tocar la tierra rasgada por la esperanza. El recuerdo del diaguita azotado por el encomendero de otras latitudes y el grito de la sangre convocando a sus antepasados, desbordaron sus ojos negros en dos gotas saladas que rodando por sus mejillas, cayeron y fueron absorbidas por el cactus de aquella maceta que adornaba el balcón. Cerró la ventana. Cerró una página de su vida. 
2011

Aclaración sobre algunas palabras:

miércoles, octubre 10, 2012

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sábado, octubre 06, 2012

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Amelita estaba compungida. No era propio de ella no hablar y menos dejar comida en el plato.  Los sábados siempre contaba con el permiso para ir a jugar con sus amigas, o salir a tomar un helado o para dar unas vueltas en la calesita instalada desde décadas en la plaza de la ciudad. A la pregunta con tono de preocupación de su madre, la niña le contestó que “no pasaba nada”.
_Hum. . .,expresó la madre, insistiendo ¿Tal vez estás enojada con tus amiguitas?
_ No, mami, no. Lo pasamos muy lindo en la calesita, repuso la niña y se marchó a dormir para madrugar al día siguiente y llegar temprano a la misa de 9. Así le habían enseñado sus padres. La madre, esperó un rato mientras acomodaba con sigilo, tratando de no hacer ruido, la cocina y con la excusa de las “Buenas Noches” pasó por el cuarto de Amelita, portando un vaso de leche caliente con canela y miel, augurando que si lo bebía, tendría dulces sueños. La niña estaba aún despierta y sentada en la cama con su largo camisón de franela y las piernitas cruzadas en posición de yogui. Bebió un poco de leche y mirando muy seria a su madre, quien había desistido de indagar la causa del mal ánimo de su hija, le preguntó:
_ ¿No dices tú, mamá que, lo que enseñan los mayores, está bien? Sorprendida, la mujer no sabía hacia dónde apuntaba la pregunta.


_ Sí, mi amorcito, respondió agregando ¿Por qué lo preguntas, hija?
_ Pues porque hoy he pasado una gran vergüenza a causa de tus enseñanzas.
_ ¿Así? Contestó interesada la madre alentando a la pequeña para que desembuchase todo aquello que la había puesto tan mal.
_ Bueno, escucha mami: Estaba yo en la calesita tratando de montar un caballito blanco desde hacía rato, pero no lo lograba porque un niño rubio que he visto en la Escuela pero que no es mi amigo, lo tenía todo el tiempo. Entonces cuando él se descuidó y fue a la Boletería para comprar otro boleto, yo me subí al caballito.
_ Y ¿qué pasó?, apuró la madre ansiosa.
_ Pues bien, a su regreso, ese chico me pidió el caballito y yo le respondí que ya lo había tenido mucho y que me tocaba a mí, pero él insistió, insistió tanto, que para terminarla, le dije eso que tú me enseñaste que te enseñó, la abuela. . .
_ ¿Qué hija? Dime, exigió la mujer.
_ Pues, eso de: “El que se fue a Sevilla, perdió su silla”
_ Y sí, está bien, Amelita, está bien, si le dijiste eso, afirmó la mujer.
_ No mami, porque el chico ése, me tironeó de las piernas y me recitó: “Y el dueño cuando volvió, de las orejas lo sacó” y me tuve que bajar del caballito, roja de vergüenza. El lunes lo va a contar en la escuela y todos se van a reír de mí.
_Pero, mi amor, no te preocupes, trató de consolarla la madre, mientras secaba unas lagrimitas a su pequeña. La tranquilizó y se tranquilizó, ya que por su mente habían pasado todo tipo de razonamientos. La arrulló como cuando era más pequeñita y sólo se marchó cuando la niña se hubo dormido. La leche saborizada, haría lo demás
Fue a la cocina a dejar el vaso vacío que apretaba junto a su pecho, mientras, la sonrisa y la ternura se dibujaba en su rostro.
Pensaba,  ya calma y sonriente, que en un episodio muy parecido, unos cuantos años atrás había conocido al padre de Amelita y que ese fastidio de niños, luego terminó en amor. Su hija estaba creciendo. . .

2011

martes, octubre 02, 2012

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Ilusionada con visitar a su tía Manuela, en Pontejos,  debería llegar antes del 27 de julio, porque en esa fecha se celebra el día de San Pantaleón, patrono de la ciudad y de quien, su única pariente, era devota. Hizo todos los arreglos posibles, organizando trabajo, esposo e hijos, y partió sola, rumbo a la Cantabria. En San Sebastián, última escala del bus, el corazón le recordó su obsesión juvenil por aprender el euskera, y la “sardinada” pública, gratuita y deliciosa que se celebraba en aquel pueblito pescador cuyo nombre no recordaba, pero al cual, de niña, su padre la había llevado. Ahora, el destino la ponía a prueba. El pasajero que subió allí,  se sentó en el asiento vacío a su lado y luego de intercambiar un saludo cordial, inexplicablemente, se generó entre ellos un feed-back abrumador. La charla fue amena y el viaje, corto. Quedaron en encontrarse. El compañero de asiento resultó ser un apasionado de la fotografía, con la misión de tomar muestras de los famosos Jardines Secretos de la Picota. Él la esperaría en vano, en el jardín azul poblado de lavandas y recordaría los inolvidables ojos de esa mujer a quien, nunca volvería a encontrar.


2011

No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

Este pintor nos acompañará durante el año 2016.

Mujeres de Volegov

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Candela por la Paz

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Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

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Capturando la vida

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Juan Ramón Jiménez,

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Rosas, rosas

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Este Blog trae al lector también poemas y, como un árbol en flor, supone la siembra y anuncia la cosecha, mientras se deshoja la vida.

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Recogiendo los frutos

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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