Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, diciembre 29, 2012

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Esas vacaciones habían sido un poco forzadas. Pero, el llamado del mar pudo más que nuestros desencuentros. Volviendo, entre las ciudades chilenas de  San Felipe y Los Andes, los ojos se me llenaron de verdes. El cerro a un costado y los viñedos y flores y árboles a la vera de la carretera ponían un tinte pintoresco y a la vez angustiante al viaje. Faltaba poco para llegar a Los Andes y el contraste del angosto y antiguo camino de dos carriles con las modernas autopistas y autovías que dejamos atrás, me distrajo. De pronto, me identifiqué con un cerro cubierto de cactus erguidos con sus brazos elevados hacia el cielo celeste puro, sin nubes, pidiendo, clamando, tal vez por una lluvia renovadora que no llegaba. Los maizales verdes y las parras a la espera de que sus uvas fueran cortadas para ser llevadas a la mesa familiar y varias casitas de adobe me trajeron recuerdos de mi infancia y volé con mis pensamientos hasta un tiempo, también de verano, de tardecitas que se prestaban para jugar en la vereda o tomar un helado de vainilla y chocolate. Los carteles viales de color también verde que indicaban la proximidad de Los Andes, me trajeron velozmente a este tiempo que transitaba sin transitar. A mi lado, él conducía sereno y callado; oculta su mirada tras sus anteojos oscuros que lo protegían del sol del Este, apenas asomado tras la Cordillera que se anunciaba en sus primeras estribaciones. El estar llegando a la ciudad me llenó de zozobra. Pero ya lo tenía decidido, lo había planificado todo, caminando frente al mar azul marino de un Océano Pacífico que no lo es tanto. Sí, lo había decidido, mirándome los pies hundidos en una arena limpia y gruesa Él, creería que habría entrado en alguna tienda a comprar algún souvenir o baratija y me esperaría en el auto o tomando una “Cristal” mientras leería “El Mercurio”. No le diría nada. ¿Para qué? Tantos diálogos inconclusos, tantos silencios con respuestas poco esclarecedores. No valía la pena. Nunca debió haber valido la pena. Era mejor así. Desparecer. Tomaría el primer ómnibus que me llevara a Santiago y me perdería en la gran ciudad. Sería mejor así, pensaba, para afirmar mi decisión: desaparecer de su vida, desaparecer de mi vida. Crearme otra nueva, con otro nombre y otro entorno. ¿La compañía? ¡Ni se me había ocurrido! Una vida de pies descalzos hundidos en la arena mirando atardeceres en el mar. Viendo como el océano se devora un sol grandote casi rojo sin ninguna pena.
Escuchando el ataque diario de las bombas que escupen las olas. Perdiéndome en la bruma matinal que todo lo invade. Tomando un café, sin horarios, sin aprobaciones, sola, sola como estaría mi alma en ese desconocido lugar que imaginaba. Sí, una vida nueva, sin reclamos, sin reproches, repleta de poesía y literatura tierna y romántica, alejada de aquélla otra literatura, la profesional, la científica que absorbe al hombre su ser, lo niega y lo transforma en un elemento más de su realidad olvidándose su alma en el camino de tanto texto. Una nueva vida. . . No nos habíamos detenido según mi plan en la ciudad de los Andes. Cuando me di cuenta, el camino se hacía cada vez más empinado. Y un río torrentoso a su derecha, bajo el nombre de Río Blanco se desbordaba en aguas marrones. Los cerros ya de altura, sin nieve en sus picos, me alertaron que el Plan “A” no funcionaría. De inmediato hurgué en mi memoria un Plan “B”. No lo encontré. Me desesperé, me sobrevino la taquicardia de la angustia, mientras él me señalaba una estrecha garganta por la que a borbotonadas se escurría el río desmadrado, otrora blanco. No había retorno. Poco más adelante un atemorizante caracol asfáltico me anunciaba que la frontera estaba cerca y con ella la vida nueva se moría. Y la de siempre volvía. El ascenso me mareó, cerré los ojos  y me dormí y soñé, soñé. . .Su voz ronca me despertó: "Ya llegamos a la Aduana, amor, hay que bajarse y hacer el trámite". No respondí, me restregué los ojos para comprender dónde estaba. No era la ciudad de Los Andes, ni Santiago, menos el lugar soñado junto al mar. Él me señaló hacia adelante y enfilamos hacia una ventanilla atendida por una empleada aduanera. Me había quedado sin voz. Pero al contestar el reclamo administrativo de aquella agria mujer, un fuego interior subió desde mi estómago hasta mi garganta, calentó mis cuerdas vocales y estalló en la expresión tonta de mi respuesta. Salí de la fila. Él quedó presentando su documentación. Respiré profundo y el aire fresco de altura llenó mis pulmones. Una fuerza renovadora me impulsó desafiando el apunamiento. Lo tomé del brazo y le dije: "Vamos, querido, tengo apuro por llegar a casa "


2010

miércoles, diciembre 26, 2012

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Muy cerca del cielo deambulaba como nutriéndose de las corrientes de aire y del sol. Era lugareño y conocía a la perfección el entorno que lo rodeaba. Podía reconocer cada recoveco del río y las sendas de las cabras perdidas en la montaña. Sabía perfectamente cuando había extraños y entonces se volvía loco. La tarde avanzaba sobre los cerros reverdecidos con la lluvia. Las formaciones geológicas propias del terciario parecían vigías de altura, sobresaliendo en la extensa pampa serrana a cientos de metros de altitud. El automóvil de los desconocidos se detuvo, prácticamente en medio de la ruta de ripio poco transitada. El lugareño revisó la escena con su aguda mirada. Se quedó tranquilo y partió raudo hacia su morada cuando ya todo entraba en penumbras y el sol apenas se veía, recortando con sus tenues rayos el perfil de las Sierras Grandes. En el quieto silencio del atardecer, uno de los pasajeros que acababa de descender para estirar sus cansadas piernas, gritó: ¡Un cóndor!


2012

lunes, diciembre 24, 2012

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Guillermina
Diciembre, último mes del año. Navidad. Año Nuevo. Llegan las fiestas, los compromisos, los deseos por satisfacer y las expectativas por cubrir. Sin embargo, Guillermina, aquella niña huérfana, criada por su tía Margarita con escasos recursos, siempre esperaba poco o nada. “Este año no habría de ser distinto”, era el pensamiento de ella y su tía. Vivían a la vera del camino secundario que comunicaba la villa con la ciudad, más allá de las afueras, en una casita de piedra con un gran parque bien cuidado, herencia de su padre. Su tía le había anunciado que no recibiría nada, que eran pobres y no habría regalos esta Navidad. Pero, la huerfanita no perdía la esperanza. Su deseo era, tener un oso de peluche grande como si fuera de verdad y dormir abrazada a él. Acababa de cumplir siete añitos y a pesar del ambiente rígido y austero en el que había crecido, era generosa, alegre y servicial. De vez en cuando su tía la halagaba con un mínimo cumplido. “Sigue así, Guillermina que algún día el cielo te recompensará”.   La niña sonreía y no le contestaba.

Luz
Mientras tanto, en la gran ciudad Marta no daba abasto con el ajetreo que la fecha le ocasionaba. “No se debe dejar todo para el último día” pensaba, mientras trataba de estacionar el auto en la acostumbrada cochera, ese día,  repleta. “Parece mentira que la gente deje todo para último momento” reprochaba. A pesar de haber ido sólo en busca de un regalo extra para Luz y dos o tres para parientes que la sorprendieron con su participación en estas fiestas, no le agradaba la situación. Ella no era así. Pero hacía eso, aún con la disconformidad de Sergio, su esposo, quien le advirtiera días atrás sobre esa especial fecha, tan conmocionada.
El arribo de un diciembre caluroso y muy convencional, le patentizaba otro fin de año convulsionado, como era de esperar. Esa tarde, Luz  había quedado al cuidado de su abuela paterna y ella podría hacer la última compra de Navidad con cierta tranquilidad. Sin embargo, el centro comercial era un infierno. Restaban pocas horas para la fiesta. Marta iba decidida a conseguir el peluche del Oso Yogui, del que Luz disfrutaba en los dibujitos animados. Antes, esperaría a su esposo para compartir con él los detalles.
Ya en la juguetería, afortunadamente, dio con Yogui. Era el tercero en una larga hilera acomodada sobre el estante de la góndola.
Al salir, ambos padres discutieron la manera en que llegarían a casa en menor tiempo, esquivando el tráfico de la congestionada ruta principal, viajando en la camioneta utilitaria del esposo, cargada de herramientas propias de su trabajo que, ciertamente ocupaban bastante lugar.
Tomarían por una ruta colectora y luego la secundaria.
En definitiva,  emprendieron el regreso  hacia la Villa, distante unos cincuenta kilómetros de la gran ciudad, con el grandote de Yogui atado sobre el montículo de hierro que llenaba la caja del vehículo. 

Cuando arribaron a la casa enorme que pensaban llenar de hijos, la abuela distrajo a Luz y anunció que todo estaba listo para recibir a los invitados.
Grande fue la sorpresa, cuando al ir ambos a buscar el osote, sólo encontraron sobre las maquinarias restos de papel, cintas de regalo y un colgajo de soga con la que Sergio lo había sujetado. Sin palabras se miraron. Marta, a punto de llorar se abrazó a su marido, reclamándole: “Lo hemos perdido por el camino, quién sabe dónde”. “No te preocupes, de cualquier manera, Luz tendrá otros regalos” la consoló.


Guillermina
Después de la cena, esta vez más contundente que de costumbre, Margarita y sus primas invitadas, pobres y maduras como ella, se fueron a rezar en la ermita del amplio terreno que circundaba la casa. Guillermina se sentó en el umbral de la puerta de entrada para esperar los fuegos artificiales que explotarían en el cielo oscuro de la nochebuena, en un ratito más, cuando llegasen las doce.
Su tía y sus tías-primas regresaron de sus plegarias y Margarita llamó a la niña para que estuviera en la mesa presente cuando brindaran. Las campanas de la vieja capilla próxima, comenzaron a sonar llamando a los fieles a la misa de gallo, caída casi en desuso.
“Son las doce” pensó Guillermina. “Vamos” dijo la tía, pero antes de salir, la niña se quedó mirando el cielo. Fue en ese momento cuando llamó su atención, un bulto sobre la ruta, que por la oscuridad de la hora no alcanzaba a distinguir. Guillermina corrió los sesenta metros que la separaban de la “cosa”  y con inmensa alegría volvió abrazada a un oso casi tan grande como ella. Su tía y sus primas no salían del asombro. . .

2012


miércoles, diciembre 19, 2012

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La apretó muy cerca de él, como el tango dulzón y nostálgico lo indicaba. En el pasional encuentro de sus piernas y brazos, las palabras se esfumaron y la cadencia del dos por cuatro, encendió la llama del percal arremolinado en una cama de Lugano. La radio de la mañana sonaba y sonaba, alardeando noticias de toda índole. La botella rodando en el suelo entablonado del sucio cuarto, lo trajo a la realidad. La noche anterior se había llevado su último tango.

2012

sábado, diciembre 15, 2012

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A los ocho meses de un embarazo feliz recibió la noticia del accidente de Héctor. Sin el padre de su hija, tuvo que encontrar las fuerzas que le faltaban, en cualquier lugar: su hogar,  la oficina, la casa de la abuela, el departamento de mamá viuda, el consultorio de su psiquiatra y luego el más reconfortante, el de su psicóloga. Todo era menester para criar a la niña.
Afortunadamente, si bien no había superado aún la tamaña pérdida, poco a poco, pensando siempre en su hija, se había ido recuperando. Era diciembre y los cinco años que se habían diluido en el tiempo convencional no habían quitado el luto de su corazón. Esa tarde, Anabel quedaría con su abuela y podría salir de compras para Navidad. El centro comercial era un infierno y todavía restaban cinco días para la fiesta.  Marcela iba  decidida a conseguir un peluche enorme que remedaba al Oso Barney, el de los dibujitos animados, que su pequeña veía sin entender sus historias.

Recorrió galerías y el Shopping de la ciudad, pero entendió que el mejor lugar para buscar calidad y buen precio lo obtendría en el comercio de una amiga sirio-libanesa, compañera en los cercanos años de la Universidad.
Cuando entre anaqueles y góndolas, dio con Barney,  comprobó que era el único de su especie que quedada. Apretujada por los adquirentes de los juguetes más modernos, intentó llegar al fondo del salón donde había divisado al oso. Poca fortuna tuvo la ansiosa madre, en ese contorneo entre personas, pretendiendo llegar a su destino ya que cuando estaba por lograrlo, la mano de un hombre lo aprisionó de una de sus patas, dejando perpleja a la joven.
La discusión subió tenuemente de tono en una réplica recíproca de argumentos y razones que apoyaban el derecho de cada uno sobre Barney. Ambos, estaban firmes en que cada quien lo había visto primero, pero fue inútil. Después de unos segundos de una educada confrontación, Marcela perdió la batalla. Se quedó desilusionada, sin comprender la actitud de su contrincante, mirándolo avanzar con Barney a cuestas, rumbo a la Caja para pagar su precio. De pronto, el joven,  intempestivamente giró hacia la  mujer y volviéndose sobre sus pasos llegó hasta ella y le abandonó el oso entre sus brazos con cierto reproche en la mirada triste. Marcela permaneció atónita y él abandonó el local comercial con apuro. Furiosa, con tal actitud que le había generado un sentimiento confuso, mezcla de pena y culpa, al resultar al fin triunfante, se acercó hasta su amiga quien había presenciado la escena desde detrás del mostrador y vertió su versión. Salma, le contó entonces  que conocía accidentalmente a quien le disputara a Barney puesto que, hacía unos meses, se había mudado al mismo edificio donde ella vivía. El portero, le confesaría con mucha pena que aquel muchacho vivía desde comienzos de año en esa zona de la ciudad porque acababa de perder a su esposa y a su pequeño hijo de tres años en un descarrilamiento de trenes. Desesperado, alquiló un departamento después de haber permanecido  internado dos meses en un centro de recuperación psicológica.
Cuando Benjamín regresó al mostrador para recoger su olvidado porta-tarjeta, Marcela todavía se encontraba esperando que empaquetaran su compra en una enorme caja de color rosa con moños al tono. Al verlo llegar, su corazón se encogió y acercándose al joven le ofreció sus disculpas por el histérico empeño en quedarse con Barney. Más tranquilos, entrelazaron miradas con calma y ternura recíproca. Decidieron pues, a sugerencia de Salma tomar una bebida en la Confitería de la esquina, para aclarar y conocer el origen de los impulsos dominantes en la puja por Barney. Cinco días más tarde, el hilo conductor de la vida acabaría acercándolos en una particular, discreta, familiar y nueva cena de Navidad.
2012


miércoles, diciembre 12, 2012

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Parecía perplejo, atónito, deslumbrado, cuando nuestras miradas se cruzaron encontrándose, en esa tibia tarde de primavera. Valían la pena esos ojos, azules y seductores como pocos, que me recorrían de arriba abajo, dominándome.  No podía  avanzar.  Como momificada, esperaba. Daba la impresión que ninguno de los dos sabría qué hacer cuando la recíproca y envolvente mirada terminase. Ya me había dicho Clara, que era atento, servicial y cariñoso y además, para rematar, complaciente. Sin embargo, inmediatamente recordé que también me dijo, que solía ser un poco testarudo, algo orgulloso y bastante independiente. No me preocuparon las opiniones. El feed-back entre los dos permaneció indemne, en los escasos segundos que duró. Debo haber parecido una pobre tonta enamorada, al punto que,  no fui capaz de escuchar a la empleada que me decía:" Pase, pase por favor señorita, es un Husky siberiano, no le va a hacer nada, es bueno. . ."

2011

martes, diciembre 04, 2012

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En el fin del mundo hace frío, aunque con el cambio climático y estando en otoño se soporta maravillosamente. Una bahía celeste, un cielo casi siempre gris, un canal dónde por suerte se reproducen las centollas, bellas, rosadas, exquisitas. Más allá, los hielos eternos de la Antártida. Todo blanco. En Ushuaia,  una mixtura de gentes que por momentos te trasladan al bullanguero Río do Janeiro, o a la populosa Buenos Aires,  y por otros, ni que estuvieras en un tour por Europa. El chocolate es bueno, la merluza negra, única y el cordero patagónico, un deleite. En el Bar Ideal  se escriben historias de amor al conjuro de una cerveza. ¡Cómo iba a adivinar Yo, que dónde el planeta dice basta, te encontraría!


2012


sábado, diciembre 01, 2012

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Elena Torralba no era mujer de ocultar ningún sentimiento a pesar de sus escasos años. Había creído en el amor y construido sueños, pero la vida con aquel hombre le resultó una cachetada: humillada con palabras, torturada con hechos, asediada con miradas y pensamientos, así, pasaba sus días. En suma, una mujer maltratada sin el porqué resuelto. La violencia la había acompañado desde pequeña, pero la soportada con Él, ya no tenía límites. Todas sus vecinas lo sabían y le aconsejaban que hiciera las denuncias correspondientes. Ella siempre aseguraba que las formularía pero nunca se animaba. Sin embargo, una mañana acudió a un Centro de asistencia, en el barrio mismo, que se ocupaba de la mujer víctima del delito y siguió algunos consejos recibidos de la Psicóloga y de la Trabajadora social. 
Volvió varias veces y más tarde decayó otra vez. Una de sus vecinas, se preocupó realmente, ya que sus facciones, su carácter y expresión denotaban un gran sufrimiento. A duras penas, presa del terror a la represalia, fue al Departamento de Policía y contó al sumariante, todo lo que le sucedía. El empleado policial trató de disuadirla, diciéndole que en la vida privada siempre ocurrían discusiones entre los esposos, que volviera a su casa y hablara con su marido. Desilusionada, de regreso a su casa, Elena tomó una decisión: Le escribiría a sus hermanos.
Entre la espera y los consejos profesionales dados en grupo, el mes que tardarían sus parientes en llegar, le resultó eterno, pero el día al fin llegó.  Esa noche, su esposo, como de costumbre, estaba malhumorado y borracho. Exigió la comida a gritos, golpeando la mesa. De pronto, desde la penumbra de la precaria casa iluminada por la luz de la lamparita de bajo consumo, dos figuras corpulentas, forjadas a puro hachar quebracho, emergieron y se acercaron al hombre que continuaba gritando, insultando a su mujer.
"Hola, Juan", dijo uno de ellos.
A la mañana siguiente, Elena Torralba y sus hermanos partían hacia el Chaco. La vecina que más la quería, se acercó a convidarlos con un pan casero hecho con grasa, recién horneado y allí se enteró de todo. Juan, tras la conversación con sus cuñados se había marchado del barrio y había prometido nunca más volver, asegurando que Elena lo tenía harto. Ella se quedaría un buen tiempo con su familia en el Norte del país.
"Todo terminó resolviéndose de la mejor manera", pensó la vecina, "si no, la pobre chica iba a terminar muerta por los golpes. ¡Qué suerte que el desgraciado se fue!"
Los hermanos lo deben haber asustado, redondeó la mujer, mientras saludaba a los Torralba que subidos a un taxi emprendían el regreso con su hermana.
La humilde vivienda no se alquiló más. Su propietario decidió venderla y a un precio bien razonable, al punto que el yerno de aquella vecina de Elena Torralba, se entusiasmó para comprarla y refaccionarla. Ni más ni menos, así ocurrió. Una tarde de verano, ya casi estaba lista, cuando el yerno estaba picando la tierra seca del patio con una azada, sintió algo duro. Cavó más y desenterró un hacha.
_ ¡Suegra!, llamó. Venga, mire esto. 
_ ¡Un hacha! Dijo la mujer, balbuceando. ¡Ah, sí!, recuerdo,  a Elena la asustaba y con el loco del marido que tenía, seguro la debe haber enterrado por miedo, agregó la mujer, lo más convincente posible.
_ Sí, claro contestó el hombre y continuó picando la tierra.
_Pero, yerno, no trabaje más. Esa tierra es muy seca, no le crecerá nada. Mejor hágase un patio de cemento y póngale algunas macetas, total es bastante chico.
_ Sabe que tiene razón. ¿Y si le pongo baldosas?, contestó el yerno entusiasmado con la idea.
_ Claro, buena idea, repuso la vecina compasiva y se marchó rápido hacia su casa con el corazón estrujado, presa de un nerviosismo reprimido.
2010

Aclaración: Este cuento refleja una realidad  que la mujer no debe aceptar, y que el Estado tiene que desarticular.

No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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Todas las pinturas que acompañan las entradas de "No te duermas sin un cuento" pertenecen a uno de los artistas rusos contemporáneos más admirado: Vladimir Volegov.

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Mujeres de Volegov

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Las fotografías que ilustran este Blog, son de mi cámara.

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Recogiendo los frutos

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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