En el bosque


Atardecía. Los verdes del bosque no se distinguían tan claramente como cuando los iluminaba de pleno el sol. Una soledad abrumadora de silencios vespertinos, dominaba el paisaje. Harriet no podía avanzar, estaba quieta y comenzando a entumecerse en aquella fresca tarde de septiembre. Acurrucada contra el tronco esbelto de una lenga, esperaba el auxilio milagroso y humano. Esa delgada raíz saliente, probablemente de una enredadera trepadora la había tumbado, retorciendo su tobillo al punto de no poder incorporarse. Arrastrándose, casi reptando había logrado un apoyo. La inflamación y el dolor de un esguince ostensible, la postraron junto a las lengas; sin embargo pudo elegir la más añosa y, en ella se quedó. El guardaparque pasaría más tarde, en su cuadriciclo desvencijado y ruidoso, cumpliendo la última ronda, para entonces, nocturna. El miedo, al que la joven se resistía, fue ganado terreno poco a poco a medida que el tiempo transcurría. Comenzó a sentir sus manos húmedas y un dolor opresor en centro del pecho, que por momentos le cortaba la respiración. Pensaba en su corazón queriendo aquietarlo, pero la carrera ya se había largado. Recordó que en alguna clase de meditación, a la que había asistido con su amiga Rebeca, la respiración abdominal pausada y profunda podría controlar su ascendiente espiral de pánico. Sola, luchaba contra la crisis que pronto se desencadenaría. Estaba en eso de respirar en tres pasos y retener el aire, cuando lo vio llegar, ostentando su salvación en el trote elegante por el sendero agreste. Caían las últimas luces de la tarde. Recordó cuando lo había visto por primera vez, algunos años atrás, en casa de su abuelo. Había quedado prendada de él, de su mirada dulce y expresiva. ¡Esos ojos grandes, de color y forma de avellana, se le metieron en el corazón! Su pelo, fino y sedoso, brillante, ondulado pero nunca rizado y su cuello erguido, largo y musculoso, le daban un majestuoso aspecto. El abuelo le había dicho al oído: “Éste sí que es el caballero, de los caballeros”, mientras imprudentemente, coqueteaba con la mujer que lo presentara. Desde aquella vez, Harriet, le vería cada verano, en algunos días de sus vacaciones en el sur del país. Sabía que su amigo era de buen talante y que a pesar de los meses que distaban entre cada visita, él seguiría siendo el mismo de siempre: amistoso, tranquilo, fiel, aunque en algunas ocasiones haya sido testarudo y le reclamase que no le gustaba que lo dejasen solo. Un gran compañero en sus caminatas por el bosque y también en las nochecitas, cuando ella esperaba la cena leyendo, y él se apoltronaba a su lado en el sillón de mimbre de la galería. Harriet continuó con la respiración en esos instantes eternos que mediaron hasta que ambos se fundieron en el abrazo de la salvación. Al fondo del sendero ocupado, ya, por las sombras irremediablemente sospechosas de la noche, las luces de dos faros amarillos y una linterna, anunciaron al guardaparque que habría de llegar en el tiempo preciso para recogerla, cargarla en el vehículo descubierto y llevarla hasta la casa de su abuelo, acompañados por el hermoso Setter inglés que los escoltaba.

2012

Este Microrrelato, junto con el titulado Un viaje distinto, recibió la 1era. Mención Especial de Narrativa, en el Certamen Internacional "Elegidos 2012" organizado por el Instituto Cultural Latinoamericano, Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.



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Setter Inglés. Gentileza del administrador del Blog Listado de razas de perros y gatos

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