Imposibles


Pasó a mi lado y me saludó con un triste semblante, bajando la cabeza y rozando apenas, el ala de su sombrero. Pronto, subió al carruaje que lentamente comenzó a desplazarse por  la calle anegada de tanta lluvia, salpicando con barro oscuro mi vestido de raso celeste. Dejó caer una violeta, disimuladamente, desde la ventanilla del coche y yo corrí a tomarla, justo cuando la voz áspera de mi esposo me detuvo en el intento. Acababa de terminar el horario de su función como Notario Público, y tomándome del brazo me dirigió, posesivo, hacia el tablón de madera de barco hundido, por el que ascendimos a la calesa. El cochero jaló las riendas y acompañados por el relincho jadeante de los caballos en su esfuerzo, marchamos rumbo a la casa del campo o lo que era lo mismo, mi cárcel. Atrás, quedaba él  y un sueño.

2012



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