Auxilio

La mujer estaba realmente sorprendida cuando vio llegar a su esposo portando cuatro livianos maniquíes bajo sus brazos. En ese momento no quiso revelarle los temores que le producían esos extraños seres que cobraban vida ante ella. Era una sensación de pánico que la ahogaba, la misma que sentía cuando Lisandro le planteaba un cambio de vida, más tiempo separados en virtud de viajes comerciales más largos. Él, nunca los había llevado a su casa, si bien eran parte de su trabajo.


_ Los dejo sólo por hoy en el altillo, querida, mañana los cargo en el auto y los llevo. Tengo prisa en entregarlos.


_ Sí, claro Lisandro, atinó a decir amablemente Silvia casi sin poder respirar. No iba a plantearle ninguna cuestión a su esposo debido a esa confusión de su mente que  la hacía padecer en ocasiones. Pero, irremediablemente, sabía que la guerra entre los maniquíes  y ella se había anticipado, pues ahora ya no se trataría de una batalla fuera de su casa. Ahora, habían tomado posición en su propio terreno. Un cruel presentimiento la abrasó. Enseguida, bebió un poco de agua fresca y logró calmarse momentáneamente.


Cenaron en silencio y, casi dormidos, marcharon a su dormitorio luego de haberse abrumado con noticieros y burdos programas televisivos. La noche se presentó tranquila. 


El amanecer entre brumas pugnaba por llegar, y en ese preciso momento del descanso, un sacudón despertó a Silvia. “Es un movimiento de Lisandro” pensó. Sin embargo, al abrir lentamente sus ojos apesadumbrados por el sueño, dramáticamente vio la realidad que se le presentaba. Los cuatro maniquíes rodeaban la cama mirándola fijamente. Su esposo no estaba en ella. Lo llamó con un hilo de voz pero nadie respondió, sólo resonaba la risa de los seres de plástico que la escrutaban con sorna. Sorpresivamente, uno de ellos hizo el intento de acercarse a ella. Silvia saltó de la cama y corrió a la cocina, tomo el cuchillo de la carne que era el más afilado y descargó cuchillazos a diestra y siniestra. En esta ocasión, la mujer estaba enloquecida, una fuerza inusual la dominaba haciendo imposible que sus contrincantes la sujetaran. Poco a poco fueron cayendo, uno a uno, hasta el último. Casi arrastrándose, Silvia alcanzó la cama. Se quedó quieta mirando fijamente el cielorraso de la habitación al compás acelerado de su corazón. El sol ya despuntaba y se filtraba por las rendijas de la ventana.




Pronto la oscuridad cubrió su rostro. Los brazos de Silvia se agitaron como alas luchando por su vida hasta que despaciosamente se aquietaron. El pedido de auxilio se ahogó en el poliéster de una almohada.




Esta vez, no pudo escapar de la tragedia, no estaba Lisandro para que la despertase. . .


Cuando el hombre, enfundado en su bata de baño contempló el cuadro, rápidamente se comunicó con su médico amigo.


Hora más tarde, éste acabaría constatando la muerte de Silvia Lainez producida como habitualmente rezan los certificados de defunción, por un paro cardio-respiratorio.


_ No te quedes solo en la casa Lisandro, puede hacerte mal, recomendó el profesional amigo. Si quieres, ven a mi departamento después del velatorio, agregó.


_ Gracias, lo pensaré. Ahora he de  acomodar un desorden que hay en la cocina y luego voy para la casa mortuoria.


_ Allí te espero, respondió el médico.



Lisandro, acuclillado,  juntó los restos de sus maniquíes y dejando fluir su congoja, murmuró: “Pobrecitos, pobrecitos. . .”

2012
versión 2013

Comentarios

  1. Sigues en ascenso con éstos relatos que contienen la magia de poder ser contemplados bajo diversas perspectivas.
    Lo que a Silvia le acontece al verse cercada por lo que ella ve como una amenaza, lo pudo haber visto como un pedido de auxilio.
    Lisandro al ignorar lo que Silvia percibió puede verlo como una agresión de odio hacia los maniquíes. Y por tanto se compadece de ellos.
    Y a la vez contiene el elemento de posesión a través del cual espíritus que buscan encarnar en un cuerpo humano, carecen de la captación de que son muñecos en los que cobran una forma de sub-vida.

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  2. Gracias por tus siempre acertadas reflexiones. Sigo tu crítica con lealtad. Un abrazo, amigo.

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Mi agradecimiento por tu conexión.

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