La llamada

Silvia Lainez había viajado nuevamente con su esposo, esta vez y a su pedido, con un plan bien acordado: Lisandro haría las entrevistas a sus clientes más temprano y no regresarían de noche. Bajo esas condiciones propuestas por la esposa iniciaron el recorrido. Ya casi estaba cumplido el trabajo de la jornada y el mediodía sugería un descanso reparador, para lo cual nada mejor que un fresco y liviano almuerzo en un restaurante vegetariano.  Sólo restaba un cliente y Lisandro habría de visitarlo a la siesta, ya que a esa hora la actividad menguaba. Llegaron al lugar y el ruido atronador de una tormenta de verano acuciaba sobre los árboles. El desplome de un rayo a lo lejos y luego la lluvia refrescante, motivó a Silvia a apoltronarse en el asiento del acompañante, contemplando la lluvia que corría por el parabrisas desde abajo hacia arriba mientras las ramas cubiertas de hojas se bamboleaban con el viento. Con este escenario, aguardaría a su esposo. El cielo se oscureció aún más. Gruesas nubes grises lo cubrieron.
Cuando giró su cabeza hacia la vereda de enfrente descubrió una casa de modas con una inmensa vidriera que hacía gala de prendas femeninas de fin de temporada, lucidas por maniquíes sin brazos.
“¡Qué mal gusto!”, pensó Silvia Lainez. Su marido había prometido regresar pronto, pero la mujer sabía de antemano que ésa sería una promesa incumplida. Contaba con tiempo a su favor y, decidió entonces disfrutar del momento bajo la lluvia. Sus ojos se fueron cerrando lentamente en un revoleo hacia las gotas que golpeaban las ventanillas, cada vez más frecuentes. Duró poco su letargo: Un ruido estruendoso, parecido a una explosión la hizo sobresaltar.
“¿Y eso qué fue?” se preguntó. Agazapada en el asiento, se incorporó despacito. Vio todo, calle y lluvia de por medio. Aquel hombre de apariencia joven se retorcía en el suelo. Una mujer vestida con impermeable negro, de espaldas parecía observarlo con indiferencia sin prestarle ayuda alguna. Silvia hubiese jurado que su aspecto se parecía mucho al de los maniquíes. No pudo ver sus brazos, sin embargo, junto a los pies de la observadora alcanzó a distinguir aún humeante, un pequeño revólver. La vereda estaba desierta, no había movimiento ni de personas ni de automóviles, sólo los maniquíes sin brazos miraban horrorizados el charco que se iba agrandando con el fluir de la sangre debajo de la cabeza del hombre. La mujer de paraguas azul se retiró, se fue caminando perdiéndose en la cortina gris de la lluvia de verano. Silvia, desolada, pensó en pedir ayuda. Sigilosa, se bajó del coche. Corrió hasta dónde estaba el hombre, lo tomó con cautela por sus hombros manchándose las manos con sangre y lo habló. El joven no respondió, le cerró los ojos claros desorbitados y gritó:
“¡Ayuda, ayuda, por favor!”. Sollozando y con el corazón acelerado, golpeó varias veces la vidriera en señal de auxilio.
“¡Qué alguien me escuche, por favor, que alguien me escuche, han matado a un hombre!”
 Los maniquíes sin brazos la miraban inmutables, si bien Silvia descubrió en sus rostros una mueca burlona. Desesperada, continuaba golpeando la vidriera de la tienda cerrada.
 “Silvia, Silvia ¿No quieres bajarte y tomar un refresco? ¡Hace tanto calor!” La voz de su marido le llegó como un susurro. Fue el momento en que la mujer abriendo de golpe los ojos se abrazó a él.
_ ¿Escuchaste, Lisandro? ¿Escucharon? Preguntó aferrada y temerosa.
_ ¿Qué cosa? contestó el hombre.
_ Mi pedido de auxilio, una explosión. . .
_ No querida, no escuchamos nada es hora de siesta y lluvia, habrá sido un rayo a lo lejos, completó Lisandro sin darle mucha importancia.
_ ¡No, No!, mataron a un hombre hace un momento, yo lo vi, una mujer de impermeable negro lo hizo y se murió, pobrecito, nadie vino a ayudarlo, enfrente, enfrente. . . ya casi sin voz explicaba Silvia, ante la mirada indolente de su esposo.
_ Querida has soñado, no hay nada en la vereda.
_ Pero yo lo vi, me había dormido y me desperté, estaba ahí en medio de un charco de sangre ¡Por Dios! Son esos malditos maniquíes.
El hombre con gesto de resignación le propuso:
_Vamos  Silvia, vamos a ver, repitió.
Se pararon en la acera todavía mojada por el agua de lluvia, limpia a pesar del revuelo de hojas y ramas caídas.
Desde la vidriera los maniquíes parecían sonreír. Era su gesto habitual.
“¿Ves, querida? no hay nada, tuviste una pesadilla, seguro el calor en el auto y la tormenta son los responsables. . .”
Silvia observó sobre una esquina de la vidriera restos de sangre. No dijo nada y volvieron al automóvil. Apenas Lisandro había colocado la llave para encender el motor, escapando del intenso calor que sobrevino a la lluvia de la siesta, cuando a su lado se estacionó un patrullero. Un agente policial se bajó y preguntó:
_ Recibimos una llamada anónima de auxilio, denunciando a un hombre ensangrentado en la acera, justo frente de un negocio de modas. . . ¿Saben algo Uds.?
_ No, nada agente,  estamos aquí por razones de trabajo visitando a un cliente y ya nos marchábamos...

Lisandro condujo en silencio. Silvia lo acompañó con los ojos bien abiertos mientras miraba y restregaba sus manos, una y otra vez.
2010
Versión 2013


Comentarios

  1. ¡Que miedo! Me habría muerto del susto si fuera Silvia.


    Muy bueno.


    Un abrazo

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  2. Respuestas
    1. Uyyy, se nota que eres mi amiga. Gracias Marilyn. Un beso.

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  3. Hola amiga Zunilda.Me ha encantado.Un abrazo.

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  4. Hola amiga
    no se si ando perdida
    pero recien escribi en un blog que habla del cantante Sanz ...es tuyo ese blog?

    decia que me retire por un tiempo de google+ asi que ando desenchufada de mis amigos que alli tenia...
    como se amis saludo cordial y espero seguir leyendo tus trabajos...por cierto también he publicado bastante
    un abrazo cordial!

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