¡Pobre!



Caminaba por la calle apesadumbrado, mirando de aquí para allá, con un cadencioso andar que inspiraba pena. Daba la impresión que había perdido algo. “¡Pobre!” me dije, pero mi solidaridad se contuvo. En un momento nos enfrentamos y sus grandes ojos marrones me consumieron. Me corrió frío por las venas y sólo atiné a quedarme quieta frente a él. Una voz de hombre a mis espaldas me desentumeció y con sorpresa vi cómo ambos, el recién llegado y el otro, se fundían en un abrazo. El de los ojos marrones se marchó con el hombre, meneando alegremente su cola.


2012

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