Esperanza de vida


Paula permanecía acostada entre las sábanas blancas del hospital, plácidamente dormida. Había pasado largo tiempo en él, acompañada de la valentía de su Ser y del dolor de su enfermedad. También personas la acompañaron, pero sólo de a ratos. Las veinticuatro horas de penurias muchas veces le resultaron eternas. Siempre tuvo esperanza, pero un miedo secreto pretendía atraparla en las noches, cuando su mente volaba por el Universo interrogándose: “¿Por qué a mí? ¿Por qué tanto sufrimiento?”
Sin embargo, Paula nunca lo demostró. Cumplió con oriental paciencia las recomendaciones de sus médicos y se entregó en cuerpo y alma a la ciencia y a las creencias de quienes la ayudaban en la distancia.
Había terminado el último tramo de su rehabilitación y ya comenzaba a alimentarse mejor. Sus familiares lejanos siempre le escribían o le hablaban para decirle que estaban presentes, que estaban a su lado, que no la abandonaban y que no los abandonara.
El día anterior, Paula había sido sometida a distintos estudios y análisis de rigor. Había terminado abrumada por tanta plática de los profesionales y por tantas idas y venidas que había sobrellevado su frágil cuerpo. Las pestañas largas que adornaban sus ojos cerrados parecieron moverse ante la inclinación del Dr. Pacheco sobre su cuerpo.
No se incorporó, pero movió su cabeza de lado a lado como no queriendo despertar.
“Corra la cortina” ordenó el médico a la enfermera de mirada baja, que lo acompañaba.
Cumplida la orden, un manto de luz dorada muy parecida a la celestial entró por la ventana y cubrió el cuerpo de Paula.
“¡Buen día Señorita!” Se ve que ha dormido Ud. muy bien esta noche, ya que remolonea tanto y desaprovecha este sol bendito que cada día está más débil.
Paula se restregó los ojos y con una insinuada sonrisa, contestó:
_ ¡Buen día Doctor, sí, he dormido bien gracias a Dios y a sus cuidados!
   ¿Tiene algún resultado de lo de ayer? Preguntó con zozobra.
_ De eso quiero hablarte Paula, aclaró el médico joven aún, pero con incipiente pelo blanco, dejando en la pausa, introducirse el frío temor de la sospecha.
“Bueno, bueno, no se asuste Señora, los tres principales estudios de ayer, han dado bien. Los otros, ya sabes que demoran. Pero, agregó, después de todo lo que has luchado por tu vida te mereces eso y mucho más, Paula.”
Si todo sigue como hasta ahora, hemos decidido con el Equipo que dejarás el Hospital el 14 de diciembre y recibirás el Nuevo Año con tu familia.
La alegría, antes disimulada, se expresó en el rostro del profesional y la enfermera levantó su vista también con satisfacción, después de tamaño anuncio.
Paula no pudo menos que derramar muchas lágrimas de felicidad y se incorporó en su cama, compañera de tantas noches en vela. 
Faltaba muy poco para que llegase el día catorce y de repente comenzó a hacer planes cuando se quedó sola. El frío no le importaba, la nieve del hemisferio Norte, menos.
Un nuevo Mundo la esperaba afuera, un Mundo creado por ella misma con la energía sutil de su Alma y de su Mente. Una nueva mirada sobre el entorno y las circunstancias la llenaba de motivos para la lucha final.
“¡Me iré el 14 de diciembre, caminado!” se aseguró a si misma.
Una nueva mujer había despertado. Su aura ya no era pálidamente gris, sus destellos casi podían verse con los ojos del afuera. Con los del adentro los verían todos aquéllos que la querían y admiraban.
2010
Versión 2013   


Este cuento fue escrito con la intención de dar ánimo a una mujer que ya no está entre nosotros en presencia física y que dejó un dolor muy hondo en la Blogósfera. Era vecina mía. Era de Uruguay, pero radicaba en España.


Dedicado a una valiente Uruguayita

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