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Mostrando entradas de febrero, 2014

Terapia

Cerré los ojos y te vi una vez más en medio de un entorno desdibujado, entre resplandor y bruma. Los apreté fuerte para retenerte, pero tu figura se desvanecía y la rosa amarilla que sostenías en tu mano derecha, como si estuvieras ofreciéndomela quedaba flotando en el aire. Las rosas me gustaban desde niña, sería porque mi abuela las cultivaba con mucho amor. Cuando entreabría los párpados, la mirada se me escapaba lentamente, recorriendo por tramos mi entorno. Tenía entonces, la impresión que te había descubierto en la realidad. Había escuchado que no se puede pensar ni imaginar nada que no se haya conocido por alguno de los sentidos. Y me consolaba diciéndome en voz baja: “Son sueños nunca lo voy a encontrar”. Ahora me he despertado y me he quedado absorta viéndote recostado en el marco de la puerta  de la habitación, con tu blanco guardapolvo de doctor, preguntándome cómo me sentía hoy. En la mesa de noche junto a la cama de hierro, una rosa amarilla cercada por el florero de loza …

Novedad

Llovía y él estaba solo, estudiando para una de sus últimas materias. Un suave golpe en la puerta lo alarmó. Al abrirla, comprobó que era ella quien regresaba a hora inesperada. En su mano temblorosa traía un papel. Se lo entregó casi llorando. Después de leerlo, el joven preparó dos copas de buen Merlot (era el varietal preferido de ambos). Brindaron y se abrazaron. Nacería en marzo. La felicidad los embargó.

2011

Luciana

Luciana escuchaba el silencio, vivía en un mundo especial, tenía 16 años cuando la conoció. Ella regaba unas margaritas de  su jardín  y rápidamente lo percibió cuando entraron con su tía, de visitas. Los ojos de ambos se encontraron y el hilo conductor brilló sin luz real. “Éste es mi sobrino, que hacía mucho que no venía por aquí. Ya está en la Universidad, Zulema”, dijo oronda la tía a la madre de Luciana “. . . y va a ser médico. . .”, remató para disgusto del joven. “¡Qué bueno! Qué no daría yo para que Luciana pudiese estudiar algo”, respondió la mujer, acostumbrada a acongojarse. En ese instante entró su hija, bella, con sus bucles rubios recogidos en su nuca perfecta y una sonrisa de ángel, buena y dulce, dirigida a al futuro profesional. Desde ese momento supo cuál sería su destino. Más allá de lo concreto y de lo abstracto, ella era poseedora de una calidez humana inigualable y un reprimido deseo de participar en la realidad que co-creaba a través de su mirada y de sus asonante…

El invisible

Golpearon mi espalda las primeras brisas del sur. Anunciaban la probabilidad de un cambio en el clima que le hiciera frente al brumoso polvo marrón, que la sequía se había obstinado en depositar en el ambiente. Busqué refugio en un pañuelo que colgaba del picaporte de la puerta y que el quehacer del jardín me obligara a quitarme y proseguí mi tarea. Amanecer y atardecer pintaban el mismo panorama. Eran los últimos  días de un invierno tenue, más parecido a un otoño invernal. De esos Mundos invisibles que nos rodean, que comparten nuestro entorno, llegó. Se instaló en algún lugar muy próximo a mí. No le percibí hasta más tarde. Hacía tiempo que los canteros de caléndulas requerían la presencia humana, así fue que continué hasta el anochecer. Transpirada y cansada me dí una ducha y sólo tomé un té, ya que raramente no tenía apetito. Me fui derechito a la cama. Un pijama limpio y de color rosa me esperaba. Las sábanas níveas me recibieron como para que durmiera toda la noche, sin embargo…