Crisis

La crisis mundial, local, en fin, la temible crisis, lo había alcanzado también a él, confundiendo su pensamiento, su proyecto de vida, deshaciendo ilusiones, deshilvanando su historia.
Daniel Larroqué volvía de su trabajo envuelto en el silencio de su voz, ausente de sus canciones silbadas,  ensimismado en sus ideas, mientas la humedad y el frío del anochecer de agosto en la gran ciudad, lo hacía estremecer.
Había pensado e imaginado durante todo el día la situación. Llegaría, saludaría a Rita y después de cenar, hablaría. Sí, hablaría. Así lo había programado.
¿Y Rita? ¿Cómo actuaría ella? ¿Cómo reaccionaría, después de tanto tiempo? Mientras bajaba las escaleras, albergadas por muros cubiertos de “graffitis” que habrían de llevarlo hasta el Metro, un sudor frío le sacudió el cuerpo.
¿Estaba realmente preparado? No podía responderse. Siempre le pasaba lo mismo. El tren subterráneo estaba por salir y la gente se agolpaba en sus puertas para no perderlo.
¿Qué mejor palabra que lo liberara de culpa tendría que escoger?
Eran seis años y un mes y tres días. Siempre tuvo la comida lista cuando llegaba,  de noche, luego de la jornada laboral.
Sus camisas siempre relucieron impecablemente planchadas.
Sus pantalones llevaban la raya perfecta, siempre.
Siempre. . . ¡Cuántas cosas, siempre! ¡Pero ya no podía. . .!
¡¿Cómo no la fui preparando?! Se planteaba, mientras, la contorsión del “subte” en una pronunciada curva lo bamboleaba de un lado para otro.
De nuevo en su casa, cumplió con el ritual acostumbrado: se quitó los zapatos de cuero negro, se puso las chinelas de franela gris que lo esperaban en el mismo sitio de siempre, desanudó su moderna corbata, colgó el saco en el perchero desteñido y saludando de lejos, pasó al cuarto de baño.
Cenaron, como siempre, casi en silencio. Ella servía y Daniel Larroqué, revisaba los distintos canales de Noticias en el LCD. Luego, Rita retiraba los platos y traía el postre. A Daniel el corazón se le agitaba esperando el acostumbrado trozo de dulce de batata con crema de los días de semana.
Terminada la cena, Él la alertó:
_ Un momento Rita, tengo que hablar. . .
_ Sí ya sé, respondió la mujer con resignación y firmeza.
_ ¿Cómo que lo sabes? ¿Cómo puedes saber lo que te voy a decir? Increpó al pensarse descubierto en su plan
_ Sí, ya lo sé, “Señor”. Ya sé que me tengo que ir. . .

2010

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