Secreto de Turista

La bandeja redonda, repleta de tazas de té y pocillos de café y en medio, un jarro con asa de vidrio transparentando firuletes de chocolate en el que se había servido el capuccino ocupaba el primer plano. En armonioso equilibrio, Félix la portaba hacia la mesa del grupo de turistas aparentemente norteamericanos. Atrás, Flavio el camarero más joven, recién incorporado al staf del café del Parque hacía lo suyo. Servía las copitas con soda helada y acomodaba las porciones de croissant y tortas de crema. Todo, era luego trasladado a su bandeja, también redonda, con el mismo destino que la de Félix. Sólo un largo delantal negro sobre los pantalones,  sujeto a la gruesa cintura de Félix, los diferenciaba. A Vivian le encantó el chocolate y quedó prendada de la piel oscura y de los ojos marrones del joven camarero. La atracción la ejercía el color de la piel de Flavio. Oscura amarronada, casi como el chocolate bebido, si se la comparaba con la nívea de la observadora. Su pelo, rabiosamente lacio, recogido en su nuca con un lazo de cuero,  y su esbelta estatura, sumada a una ancha musculatura, aseguraban su origen tehuelche con muy poca mezcla de sangre europea, más, sabiendo que había arribado a la ciudad capital desde un perdido pueblito de la austral Provincia de Santa Cruz. Indudablemente, se trataba de un descendiente aborigen. Las turistas conversaban sin aliento y sin medir el tiempo libre del que notoriamente disponían. Vivian se levantó y se ausentó por unos minutos, seguramente con dirección a la toilette. En su camino hacia el lugar pasó muy próxima a Flavio y con desenvoltura americana le acurrucó un trozo de servilleta en la mano. El joven y apuesto camarero lo estiró a solas y leyó el texto: Hotel Hamilton, 22 horas, Vivian.
Los ventanales abiertos de la habitación dejaban ondular las finas cortinas de voile blanco. El cuerpo de símil porcelana de la californiana se refugiaba ansioso en el oscuro y fuerte del joven de pelo lacio. Mientras, ella recordaba las palabras que una vez leyera de Dumont d'Urville  a quien le impactó: “. . . 'su enorme ancho de las espaldas, su cabeza ancha y gruesa y sus miembros macizos y vigorosos' destacando que 'constituye una bella raza de hombre, plenos de fuerza y vigor. . .” en sus referencias a los tehuelches o patagones, primitivos habitantes de la Patagonia argentina.
La luna de abril pasó silenciosa por la ventana llevándose el secreto de la noche pasional.


2012

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