Un cuento de Navidad

Guillermina
Diciembre, último mes del año. Navidad. Año Nuevo. Llegan las fiestas, los compromisos, los deseos por satisfacer y las expectativas por cubrir. Sin embargo, Guillermina, aquella niña huérfana criada por su tía Margarita con escasos recursos siempre esperaba poco o nada. “Este año no habrá de ser distinto”, era el pensamiento de ella y su tía. Vivían a la vera del camino secundario que comunicaba la villa con la ciudad, más allá de las afueras, en una casita de piedra con un gran parque bien cuidado herencia de su padre. Su tía le había anunciado que no recibiría nada en estas “fiestas”, que eran pobres y no habría regalos esta Navidad. Pero, la huerfanita no perdía la esperanza. Su deseo, esta vez, era tener un oso de peluche grande como si fuera de verdad y dormir abrazada a él. Acababa de cumplir nueve años y a pesar del ambiente rígido y austero en el que había crecido era generosa, alegre y servicial. De vez en cuando su tía la halagaba con un mínimo cumplido. “Sigue así, Guillermina que algún día el cielo te recompensará”.   La niña sonreía y no le contestaba.


Luz
En la gran ciudad, Marta no daba a basto con el ajetreo que la fecha le ocasionaba. “No se debe dejar todo para el último día” pensaba, mientras trataba de estacionar el auto en la acostumbrada cochera comercial, en esa oportunidad  repleta. “Parece mentira que la gente deje todo para último momento” reprochaba. A pesar de haber ido sólo en busca de un regalo para Luz y dos o tres, para parientes que fueron invitados tardíamente, no le agradaba la situación. Ella no era así. Por el contrario era organizada y puntual, pero había querido satisfacer el último pedido de su pequeña hija.
El discurrir de un diciembre caluroso y muy convencional, le patentizaba otro fin de año convulsionado como era de esperar. Esa tarde, Luz  había quedado al cuidado de su abuela paterna y Marta podría hacer la última compra para Navidad. Restaban pocas horas para la fiesta y ella iba decidida a conseguir el peluche del Oso Yogui, intérprete del dibujo animado con el que se deleitaba su hija.
Ya en la juguetería, afortunadamente dio con Yogui. Era el tercero en una larga hilera acomodada sobre el estante de la góndola.
Al salir, ambos padres discutieron la manera en que llegarían a casa en menor tiempo, esquivando el tráfico de la congestionada ciudad para recoger el auto de Marta, decidieron viajar en la camioneta utilitaria del esposo, cargada de herramientas propias de su trabajo que, ciertamente ocupaban bastante lugar.  Para evitar la ruta principal, tomarían por una colectora secundaria.
En definitiva,  emprendieron el regreso  hacia la Villa distante unos cincuenta kilómetros de la gran ciudad con el grandote de Yogui atado sobre el montículo de hierro que llenaba la caja del vehículo. 

Cuando arribaron a la casa enorme que pensaban llenar de hijos, la abuela distrajo a Luz y anunció que todo estaba listo para recibir a los invitados.
Grande fue la sorpresa, cuando al ir ambos a buscar el osote, sólo encontraron sobre las maquinarias restos de papel, cintas de regalo y un colgajo de soga con la que Sergio lo había sujetado. Sin palabras se miraron y Marta, a punto de llorar se abrazó a su marido, reclamándole: “Lo hemos perdido por el camino, quién sabe dónde”. “No te preocupes querida,  de cualquier manera Luz tendrá otros regalos” 

Guillermina
Después de la cena, esta vez más contundente que de costumbre, Margarita y sus primas invitadas, pobres como ella, partieron a rezar a la ermita cercana. Guillermina se sentó en el umbral de la puerta de entrada para esperar los fuegos artificiales que explotarían en el cielo oscuro de la nochebuena, en un ratito más, cuando llegaran las doce.
Su tía y sus tías-primas regresaron de sus plegarias y Margarita llamó a la niña para que estuviera en la mesa presente cuando brindaran. Las campanas de la vieja capilla ubicada frente a la plaza antigua pero primorosa, comenzaron a sonar llamando a los fieles a la misa de gallo, caída casi en desuso.
“Son las doce” pensó Guillermina. “Vamos” dijo la tía, pero antes de salir, la niña se quedó mirando el cielo. Fue en ese momento cuando una de las primas de Margarita, llamó la atención sobre algo con forma de bulto al costado de la ruta que por la oscuridad de la hora no se alcanzaba a divisar. Guillermina corrió los sesenta metros que la separaban del bulto  y con inmensa alegría volvió abrazada a un oso casi tan grande como ella.
Su tía y sus primas no salían del asombro, seguramente pensaron en un milagro.
2012

Corregido en 2013

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