Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, junio 28, 2014

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No era cosa fácil que “el Anastacio” viniera para el pueblo, menos que dejara su rancho y campito en manos de otros todo para llegar hasta lo de su prima Clotilde. A su manera,  la quería de verdad y no porque fuera su única pariente. Le molestaba sin embargo, su repetida  insistencia en presentarle alguna de sus amigas porque según ella, pasando los sesenta y cinco le sería cada vez más difícil encontrar compañera. Tanto había hecho la mujer esta vez que no  podría decirle que No.
Le prepararía su comida favorita, seguramente.
El mensaje con la invitación le había llegado a través del Alberto, el chico medio mozo ya, que criara Clotilde a pesar de haber dado vuelta la curva de la vida. “Cosas de mujer soltera”, pensó.
_ A ver che, leé lo que dice tu madrina en este papel ordenó Anastacio, alegando que veía poco.
_ Sí tío, contestó con frescura el joven que no siendo muy ducho en la lectura fue deletreando las palabras.
_ Más rápido muchacho, que no está contando vacunos, apuró el invitado (En la cuenta de vacunos, pensó el hombre, naide se puede equivocar).
_Ansí, que la Clotilde quiere que vaya bien arreglado y “guenmozo”. ¡Ay! Esta prima mía, ve menos que el que habla, dijo en voz alta insistiendo:
_ Y,  ¿qué más, qué más,  muchacho?
_Dice que va a hacer locro y empanadas respondió el ahijado, quien ya no podía seguir leyendo porque la letra de su madrina se tornaba borrosa. Entonces, inventó:
_Dice que Ud. tío, lleve pastelitos pa´ el postre. La aseveración del chico sorprendió a Anastacio.
_Y ¿de ande voy a sacar yo pastelitos? si en este rancho no hay mujeres, pa´ que los preparen. La imaginación del muchacho, pícaramente se encendió y con rapidez, contestó:
_Cómprelos en el almacén de Don Justo. Si quiere, yo se los encargo y me ocupo. La idea le gustó al Anastacio. Le dio una palmada al chico y con una sonrisa de despreocupación, le dijo:
_ Si es ansí, encárguelos m´hijo.
Pero, como buen atolondrado un poco niño, un poco joven, producto de sus 16 años, al muchacho se le voló la responsabilidad del encargo apenas pegó la vuelta para el pueblo.
***
El día de la invitación, Clotilde recibió junto a su primo a su amiga Ignacia, una viuda adinerada que no soportaba vivir sola y en consecuencia hacerse cargo de los menesteres del campo que en vida de su esposo, nunca la preocuparon. Con sus setenta años se veía bien. Casi con seguridad su búsqueda daría resultado algún día. Le hacía falta un compañero para los últimos años de su vida.
Cuando su prima se la presentó, “el Anastacio” quedó nervioso, pero gustoso de esa mujer madura, un poco mayor que él. Lo primero que advirtió de la viuda fueron sus “redondeces” y le gustaron, cosa que ya había afirmado en muchas ocasiones en rueda de paisanos y amigos cuando se tocaba el tema de la mujer: “A mí no me gusta la mujer flaca, a mí me gustan las redonditas, las que tienen  redondeces
***
Comieron para empezar, unas empanaditas calientes, un poco peligrosas para quien no andaba muy bien del hígado ya que eran fritas en grasa pella de vacuno. Continuaron con el riquísimo locro, comida bien del campo y perteneciente al más caro folklore nacional, impecablemente preparado por Clotilde, con maíz blanco, patitas de cerdo, costillas de vaca, porotos, zapallo, chorizos y una especial forma de condimentarlo.
***
Cuando Alberto, se dio cuenta de la “metida de pata”, mientras los invitados conversaban con su madrina, salió desesperado hacia el almacén de Don Justo que, para su suerte, quedaba a sólo una cuadra de la casa. Pero, para su desgracia, los pastelitos se habían agotado. No restaba ni uno.
Mirá, muchacho, lo único que me queda pa´ postre y es de ayer, es esta torta de quince que no me vinieron a buscar, ¡Ah,. . . desgraciados! ¡Me clavaron!
_ ¡No! gritó Alberto, (si les llevo esto me matan, pensó). Sin embargo, los invitados esperaban “el postre” , en otras palabras, una sorpresa para las mujeres y pastelitos para “el Anastacio”.
_ Lo podemos arreglar, contestó el almacenero  y sacó el número 15 en alusión a los frescos años que de seguro ya habría cumplido la jovencita destinataria de la torta no retirada. Luego, quitó las cintas, unas rositas rococó hechas de mazapán para sostener las velitas y por último, acomodó el corazón rojo y la rosa rosa en el centro del gran postre, recalcando:
_Ansí queda bien, ¿ves m´hijo? El ahijado de Clotilde no tuvo más remedio que llevarse la torta con el corazón y la rosa, empujado por el apremio.
Esperá che, dijo Don Justo preguntando, y ¿quién la paga?
_Anótesela al Anastacio, gritó el muchacho desde la mitad de la cuadra y se fue corriendo seguido por la mirada atónita del almacenero que no salía de su asombro. ¡“El Anastacio”! se dijo para su adentro. Nunca hubiese cruzado por su mente que este gaucho solterón pudiera encargar un postre. En todo momento había pensado que los pastelitos que se terminaron eran para Clotilde y sus amigas y además, imaginó que las mujeres se pondrían chochas con la torta.
***
El momento del postre había llegado. Doña Clotilde se presentó con el paquete que le alcanzara Alberto, su ahijado, especialmente traído por su primo. Cuando lo depositó en la mesa para quitarle el envoltorio, todos parecían ansiosos. Al descubrirlo, una oleada de calor coloreó los rostros emocionados de las mujeres y los ojos del Anastacio parecieron salirse de sus órbitas.
_ ¡Gracias primo, parece estar riquísima! Muy fina tu atención, acotó Clotilde, retirando los platitos del viejo bahiut  de nogal norteamericano.
_ ¡Gracias, Anastacio realmente, como dice Clotilde, un detalle muy fino! Agregó la viuda. El paisano apretó los dientes y en su tosquedad, dirigió con furia su mirada al muchacho que lo miraba  de reojo. Los cuatro disfrutaron del postre en silencio.
***
El rumor echado a volar como reguero de pólvora sobre el romance del Anastacio con la viuda rica, gestado en el almacén por un cambio de postres y difundido vertiginosamente por todo el pueblo, ejerció tanta presión sobre el pobre hombre que le hubiese resultado mucho más difícil negarlo que aceptarlo. “El Postre” le cambió la vida al Anastacio: ¡Pronto habría casorio en el pueblo!
2011

Versión 2013


sábado, junio 21, 2014

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Esa mañana de primavera Silvana estaba sola y un poco nostálgica.
El viento del sur todavía traía fresco en sus oleadas, agitando los durazneros en flor, poblando de pétalos rosados la quinta de su padre. Añoraba su presencia y su compañerismo, pero al mismo tiempo sabía que debería abrirse camino con firmeza por las etapas de la vida que tenía por delante.
No se encontraba muy entusiasmada, menos convencida de aceptar la invitación que su prima Genoveva, quien tal vez para levantarle el ánimo le había hecho. Si bien el mar no le desagradaba hubiese preferido viajar al Norte del país; volver a la Quebrada de Humahuaca en Jujuy, disfrutar de su colorido mineral de las montañas, de a ratos rojas con vetas amarillas o marrones con reflejos azules, dorados y verdes. Un arcoiris en las piedras.
Y, tal vez se animaría a cantar una zamba, acompañada por un buen vino de Cafayate en medio de una Peña Folklórica en donde a nadie conocería. Seguro sería una pieza de su juventud.

Con su “nido vacío” y sin su padre, veía con tranquila dolencia discurrir la vida. Silvana era una mujer hermosa, firme y decidida, luchadora y servicial, siempre tratando de ayudar al prójimo. Sus almendrados ojos marrones iluminaban su rostro y despertaban suspiros aún.
Pensando en la propuesta de su prima Genoveva, imaginando sus gestos y ademanes argumentales, su cotorreo insostenible, se dio por vencida antes de presentar batalla. ¡Iría a la costa!

En una cabaña confortable próxima a la playa, ambas se alojaron. El mar en primavera es frío pero los primeros soles de octubre eran tibios para estar en la arena hasta el mediodía, antes que se levantara el viento que la vuela en transparentes remolinos, haciendo incómoda la permanencia.
Con sus sendas reposeras, sus sombreros de sol y sus libros, Silvana y Genoveva partieron hacia la playa. Muy cerca del lugar donde se ubicaron, un anciano leía el diario “La Nación”. El mar, primer protagonista del espectáculo, verdoso-azulado de “La Costa argentina” rompía en olas pequeñas y se levantaba en múltiples picos blancos multiplicados hasta el horizonte, “mare mosso” pensó Silvana en italiano y continuó leyendo la última novela de Ángela Becerra. Arribado el mediodía, la hora trajo consigo al viento, primero suave y luego cada vez más fuerte. Su fuerza invisible se llevó la gorra que cubría la cabeza del anciano que leía el diario.
Silvana reaccionó rápidamente y corrió tras ella. Pronto se agitó y disminuyó la velocidad impresa a la carrera. La gorra jugueteaba con el viento en la extensa playa cayéndose, volando y levantándose por momentos sin detenerse.
De repente, un hombre de pelo casi blanco pero en mejor estado físico que la corredora, en dos zancadas alcanzó el objeto volador. Lo que sucedió después de atrapar la gorra fue una historia impensada.

Alberto, hijo del anciano que leía, era un médico en la última etapa de su carrera, divorciado, con dos hijos grandes y su padre a cargo. Después de quedar solo no se permitiría llevarlo a un asilo de ancianos, pero en la gran metrópolis el viejito, acotaba su vida. Alberto no quería continuar viviendo en medio de tanto trajín y buscaba un lugar para quedarse, no muy lejano, ya que todavía debería viajar dos veces por semana a la Capital.

Don Juan jugaba muy bien a los naipes y a cualquier juego de mesa no muy moderno, por supuesto. Se lo veía muy animado con Silvana y Genoveva frecuentando su cabaña por las tardecitas. Silvana lo atendía como a un padre. Una tarde, él le dijo:
_ Sabes Silvana, siempre quise tener una hija mujer, pero tuvimos un solo hijo, Alberto y la hija prestada que tuve no resultó.
 Su hijo médico no participaba de las tertulias, se quedaba a leer y seguramente a pensar. Sin embargo, la última mañana de playa, los cuatro conversaron mucho. Surgió entonces la pregunta:
_Silvana, ¿Qué tal es tu pueblo para que nos vayamos a vivir con mi padre? ¿A cuántos Km. está de Buenos Aires? Silvana, notablemente sorprendida y a la vez avasallada por una desconocida u olvidada sensación, respondió presurosa:
_ No son muchos, Alberto, sólo 170 Km.
_ Y viven en la gloria, acotó Genoveva que escuchaba intrigada.
_ Es una ciudad del interior de la Provincia, con algunas calles empedradas y las últimas, pavimentadas. Todavía en las afueras quedan algunas de tierra arenosa. El centro comercial está concentrado en dos calles paralelas y es atractivo y barato. La gente es tranquila. La terrible inseguridad todavía no nos ha alcanzado. Fíjate que dejan las motos y bicicletas sin seguro alguno en la calle, concluyó.
_ ¡Listo! Confirmó Alberto. ¿Qué te parece papá si vamos a conocer ese paraíso donde vive Silvana?
_ Ni una palabra más, ¡Nos vamos! sentenció Don Juan.
  
Y se fueron. Pararon en un acogedor hotel recomendado por Genoveva. Luego de alojarse, padre e hijo se dedicaron a recorrer el casco céntrico, caminaron por la plaza tradicional, con farolas antiguas, bancos de hierro y asientos de madera, con un mástil en el centro, desafiando en altura a los ejemplares de lapacho que daban en esa época sus flores rosadas. El hijo, quiso conocer la oferta médica del lugar y visitaron una de las dos clínicas que había y el Hospital con sus años a cuestas, pero bien conservado y recientemente pintado  que denotaba la arquitectura de fines del siglo XIX, al igual que la sucursal del Banco de la Provincia, descollante por su fachada, ocupando una de las esquinas frente a la plaza principal. Les gustó el pueblo: sencillo, limpio, humano.

Se vieron con Silvana casi todas las tardes. Genoveva se quedaría sólo unos pocos días en casa de su prima y luego regresaría a su ciudad.
Había llegado el momento de la pregunta final:
“Silvana, ¿Me recomendarías un lugar para alquilar y a alguien, una señora o enfermera que pudiese cuidar a mi padre aquí? No quiere volver a la Capital. Está empecinado en quedarse” rezongó Alberto.
La respuesta de Silvana fue sorprendente y emotiva. Los ojos de Juan y los de su hijo se humedecieron y el anciano se abrazó a la mujer. Alberto le tomó la mano con afecto y la cubrió con una mirada tierna de agradecimiento que al detenerse en sus ojos, la estremeció. “¡Gracias!” atinó a responder el médico. No hizo falta decir más.
Un día después, Alberto se marchaba a la gran metrópolis, mientras Don Juan y Silvana después de haber cenado, veían juntos la TV.

2010
Modificado 2014

sábado, junio 14, 2014

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Era joven aún, su figura esbelta, su ropa sencilla y ese pelo tremendamente rubio y vaporoso, mezclado con hilos blancos brillantes que anunciaban el paso del tiempo y al que llevaba sujeto en la nuca, a manera de una “cola de caballo” (como se le llama a ese peinado), ciertamente la rejuvenecía. Sólo la vi de atrás, me quedé con las ganas de mirarme en sus ojos supuestamente claros.
Apenas se marchó del Supermercado, le pregunté a la cajera que la había atendido si conocía a esa mujer que acababa de retirarse y su respuesta fue lacónicamente negativa.
Dejé el comercio y comencé a caminar sin rumbo mientras pensaba que seguramente al otro día me presentaría ante Rebeca Rothschild, simplemente para que supiera quien era yo.

Llovía en Eldorado, llovía en esa inmensa y joven ciudad de la Provincia de Misiones, fundada en la segunda década del siglo XX con puerto sobre el alto Paraná, por un alemán*, cuya fecha de nacimiento se impuso como aniversario de la colonia primero y ciudad después. Mientras veía caer la lluvia, pensaba: “Sólo si se conoce su historia puede entenderse la mía.”

Selva pura, habitada desde los tiempos de los tiempos por sus pobladores nativos: Tres importantes pueblos aborígenes que formaban la etnia guaraní. Aquéllos que se sorprendieron al ver llegar gentes raras que hablaban una lengua desconocida cuatrocientos años antes y que volvieron a hacerlo cuando navegando río arriba se detuvieron en un puerto natural sobre el río marrón que les pertenecía, y vieron a esos otros humanos de cabellos muy rubios provenientes de la Europa en guerra, buscando la tierra que los habría de proteger: alemanes, suizos, holandeses, ucranianos, daneses y polacos, quienes se quedaron a cultivar la tierra, a disfrutar de los naranjales, el Tung y los bosques, cuya madera les sirvió de abrigo en su vida y en la de sus generaciones posteriores.

Tierra colorada, con historias de furia y dolor en las embestidas contra los sacerdotes de la Compañía de Jesús, los jesuitas, a quienes su éxito en estos lares, terminó por condenar al destierro.

Tierra de yerba-mate y  de grandes saltos cantarinos, en caudalosos ríos y grandes arroyos, donde la espesura propia del clima subtropical acoge a venados, tapires y jabalíes. En esta belleza natural, creció mi padre. En la chacra, mi madre.

El agua, corría roja por las calles. Era de esperar semejante lluvia luego del abrumador calor de días  anteriores. Esperaría que parara y la visitaría como tenía planeado, total, yo sabía su dirección por mis tías de Frankfurt con quienes me había contactado por Internet.

Recorriendo la interminable calle principal convertida en ruta, la  que llega hasta la frontera misma con Brasil, pensé en cómo sería esa actual y pujante ciudad misionera cincuenta años atrás, cómo sería su gente, en su mayoría descendientes de sus colonizadores, principalmente alemanes, llegados tras el espanto de la guerra.

Sin  darme cuenta, me había detenido frente al mismo Supermercado 17, donde  estuve el día anterior. Dirigí mi mirada en ángulo de 180°, y me pareció reconocerla entre los clientes. Lo confirmé. “Por lo visto - me dije - suele efectuar sus compras diarias en el mismo lugar”. Tal vez el fuerte deseo de saber, de defender, de definir, me empujó de nuevo a tomar un carrito y deambular por los pasillos que dejaban entre sí a las góndolas repletas de mercaderías. Siempre  tras de ella. De repente, la tuve a mi lado. Denotaba apuro mientras elegía unos tomates arrebolados de tanto sol. Un temblor interno me perturbaba. “¡Qué rara sensación!”, pensé, creí que me iba a desmayar. Salí de la realidad, cuando un pequeñín la reclamó, llamándola “abuela”. Toda la fuerza acumulada en los últimos años, todo el plan detalladamente armado se derrumbó ante una sola palabra. Me sentí desamparada en aquella ciudad calurosa y roja del NE argentino. Salí casi corriendo del Supermercado y ya en la cabaña que había alquilado, me cambié la ropa y me arrojé a la piscina de agua transparente y con olor a cloro. Estuve un largo rato. Más tarde fui al comedor pero no tomé la cena. Abrí mi Netbook de tapa blanca y bebí un agua saborizada.
“¿Cómo podría traerle un dolor a estas alturas?” me pregunté, y acto seguido reflexioné: “Rebeca tenía su vida hecha, su familia y hasta nietos. ¿Y si no me recibía bien y si no tenía interés alguno en conocerme?” Al fin y al cabo, mi padre era un guaraní de pura cepa al que echaron de la chacra cuando se supo de mí. Yo no tenía la certeza que Ella lo hubiese amado y en consecuencia tampoco la tenía sobre si yo hube sido el producto de un amor imposible o de un desliz, aunque mis recuperadas tías alemanas decían que realmente se quisieron mucho.
Me quedé con esas palabras en el recuerdo. No podía tomar la decisión. Los años me pesaban cada día más cuando pensaba en ello. Al fin de cuentas mi tía del corazón, Eugenia Achával, me había aconsejado muy bien cuando, orientándome en mi problema,  me indicó buscar apoyo en la terapia psicológica.
Antes de morir mi madre adoptiva, la verdad sobre mi origen me fue develada. Mejor hubiese sido no saberlo, menos a esta edad.
Mi Netbook blanca seguía abierta y yo perdida en mis cavilaciones. Un portazo en el comedor con ventanas abiertas, originado en el viento nocturno que llegó sin avisar, me sobresaltó. Esa noche también llovería. Antes que se cortara la conexión wi-fi, me apresuré a escribirle a mi tía de Buenos Aires un e-mail, avisándole que emprendería mi regreso al día siguiente, mucho antes de lo previsto.
Cuando ascendí al bus que me llevaría a la gran ciudad, me prometí no volver a Eldorado. Y esa promesa me punzó el corazón. Casi trastabillé en la escalerilla cuando subía lentamente los escalones. Ese llamado de atención del entorno me hizo advertir lo que estaba pensando. No me resignaba, pero igualmente me estaba despidiendo de mi pasado por lo menos hasta que aprendiera a enfrentarlo.
Atrás, quedó la ciudad con más de noventa aserraderos, con su aceite de Tung*, con sus deliciosos cítricos, con su popular yerba mate*, ésa que los ancestros de mi padre llevaban en sus guayacas y que convidaron a Don Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias)  allá por el año 1600 y,  junto a todo ello, mi historia.

2011- Mejorado y ampliado 2013




*Su nombre fue tomado de la leyenda común entre los conquistadores de América, sobre la existencia de una comarca en estas latitudes, llena de tesoros y riquezas.

*En el año 1876 el presidente Nicolás Avellaneda promulgó la Ley de Inmigración y
No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

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Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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Mujeres de Volegov

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Capturando la vida

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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