Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, septiembre 27, 2014

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¿Qué podía hacer ella? La vida se le había escurrido como agua entre las manos. ¡Se le había gastado tanto! ¿Estaba loca?
Una intensa carrera por los andariveles del tiempo con aciertos y desengaños, la depositaban en ese Café de la pintoresca Avenida de Mayo, en la capital de su país natal. Los espejos ribeteados en oro que adornaban las paredes devolvían la imagen de una mujer cercana a la sexta década, de ojos empequeñecidos, finamente vestida, envuelto su cuello en una caricia de gasa azul lavanda que daba a su rostro surcado por discretas arrugas, un toque romántico. La melena le llegaba a los hombros en cascada de mentirosos reflejos azabaches, destacando el blanco mate de su tez.
Sobre la mesa redonda de roble y mármol, unos sobres grandes de papel madera, un cuaderno, un libro gordo de tapas rojas y la humeante taza de café, cuyo aroma con sonido a tango se esparcía en el ambiente, confundiéndose con la nostalgia. Sí.
Estaba sentada allí para tomar una determinación. Recordó la historia que apenas contaba con siete días de antigüedad y que por obra del destino la arrastraba hacia un pasado que pugnaba por resucitar:
Había estado en México varias veces desde jovencita, siempre por intereses turísticos, con su familia primero, con amigas después y sola más tarde. Luego, ya profesional,  casi por obligación, impulsada por sus colegas tuvo que viajar nuevamente a un Congreso Internacional de Especialización. En el evento conoció y compartió mucho tiempo con Megan, una norteamericana viviendo en la capital más grande del mundo con quién consolidó una tibia amistad. Escasas semanas atrás, llegaba la invitación con tintes amenazantes de la ahora ciudadana mexicana. ¡Había pasado tanto tiempo! Y casi sonreía mientras recordaba. No lo haría con gusto ya que aquel hermoso país traía a su realidad inmediata, recuerdos de amores y fracasos, preguntas que nunca tuvieron respuestas, halagos que se despegaron de su memoria, lágrimas que guardó en su alto corazón, esperando que no tuviera que reclamarlas nunca. No obstante, consideraba injusto no aceptar la invitación que siempre había rechazado con distintos argumentos. Ni antes, cuando la conoció, menos ahora, habría de confesarle a Megan los verdaderos motivos que la desalentaban a viajar. Nunca sabría que en pleno centro de la gran ciudad, cobijada por una ángel de bronce, alto y luminoso, cuando ya no creía en el amor, después de la desilusión de convivir varios años con un hombre casado sin saberlo, en los finales de sus cuarenta, lo había reencontrado, pero así como llegó sin esperarlo se fue fugazmente sin saber dónde y por qué. Sin embargo, Ella cumplió y viajó. Visitó unos días a Megan.
Pero, el agobio que le causaba el Distrito Federal, la ciudad con mayor población del mundo, la había llevado a reducir su estada en casa de su amiga, ubicada en un barrio céntrico, una colonia como le llaman los mexicanos a sus barrios, llena de estatuas de bronce, grandes árboles, multitud de puestos de frutas frescas o de fruta seca o de comida típica desde “enchiladas” hasta guacamole y tortillas de maíz, cuyo olor le descomponía el estómago. Si bien, la Capital  la atraía y,  en éste como en viajes anteriores había disfrutado de la belleza extraña de “El Zócalo”, de sus paseos, monumentos, museos, ruinas, parques, y sobre todo de “su” majestuoso y brillante Ángel de la Independencia, sabía de antemano que no resistiría mucho tiempo.
Decidió, pues, tomarse un respiro antes de comenzar el año laboral y viajar hacia el mar. Megan, no podía acompañarla.
“Ve a Cancún o a Playa del Carmen o a Tulum que ahora cuenta con hermosos hoteles”, aconsejó la amiga.
Ella, no eligió el mar turquesa que baña las costas de la península de Yucatán, en el Estado de Quintana Roo. Prefirió volver a su país y encontrarse con sus viejas colegas en Mar del Plata, como lo hacía casi todos los años. En la bonita ciudad, tomaría sol en hermosos balnearios, caminaría por la costanera, comería en restaurantes del Puerto aunque el aroma penetrante del pescado invadiera sus ropas, charlaría mucho y sería acompañante, sólo eso, en las noches de Casino de sus compañeras que despilfarrarían sus ahorros en tentativas de apuestas con resultado casi siempre negativo. 
Nada de lo pensado pasó.
En el inmenso y moderno aeropuerto internacional “Benito Juárez”, luego de varios días de trámites ante la Agencia de viajes para cambiar la fecha de su billete de vuelo, la voz de la operadora por el altoparlante, le anunciaba su partida.
Se acomodó en la butaca 131 y en la espera del despegar de la aeronave se adormeció.
Una azafata esbelta y morena, le rozó el brazo intentando explicarle que ese asiento correspondía a un apuesto caballero de pelo blanco, que parado a su lado la miraba fijamente.
Resuelto el incidente con la buena voluntad de otro pasajero que hizo un canje con el hombre de pelo gris, casi blanco, Ella terminó sentada en el mismo lugar y junto al desconocido.
Prontamente ambos advirtieron un hilo conductor que los sujetaba y unía a través de las conversaciones que pasaron por el turismo, la historia, los derechos humanos, la gastronomía, el cine, la ecología y mil temas más.
Nunca un vuelo desde el Distrito Federal Mexicano hasta Buenos Aires le había resultado tan corto.
Él, viajaba por razones comerciales y permanecería una semana en la gran capital casi europea del sur del continente.
Al arribar al aeropuerto internacional de Ezeiza, Ministro Pistarini,  no podían separarse. Primero el café, luego el almuerzo en el Hotel reservado por él. Más tarde la cena romántica en un restaurante elegante de la zona de “La Recoleta”. Y otro día y otro día de amables atenciones, de breves tours por la ciudad, de pedidos inconfesados y pensamientos fervorosos.
Pero llegó el inmemorable cuarto día de encuentros amistosos. La cena, otra vez en el moderno hotel y unas copas de más del Malbec incomparable, hicieron que el postre lo tomaran en la habitación del interesante caballero de pelo gris.
Pero el “desert” no vino solo, por el contrario, llegó acompañado por una helada botella de vino espumante (champaña) de la mejor marca y dos copas de fino cristal con un delicado corazón grabado que sólo el ojo de un joven podría notar.
Degustaron el postre y bebieron en el balcón de un séptimo piso, riéndose por cualquier cosa. Y cuando la botella quedó vacía, Él, la estrechó en sus brazos y la besó con ternura y respeto. Un interrogante destelló en su mente: “¿Qué estoy haciendo? ¿A mi edad?”
Él la llevó a la cama anchísima, pasó el brazo debajo de su cabeza y le contó su vida. Ella, lo escuchó con escasa atención en una confusión mental que burbujeaba en su cabeza y le respondió con algunos pocos  pasajes de su historia personal.
Y de pronto, el momento pensado, deseado, calculado, dudado, en el silencio de su mente. El delicado intento de poseerla la asustó. Pidió dulcemente pasar al baño como dándole un gesto de afirmación y encerrada entre paredes de bellas cerámicas blancas con guardas de arabescos azules, como una chiquilla, lloró.
“Y ahora ¿Qué hago? ¿Qué le digo? Si hace diez años que tuve la última relación, se dijo asimisma.” Y continuó achacándose culpas: ¿Por qué habré dejado de tomar hormonas? ¿Por qué no le hice caso a Liliana y fui a la ginecóloga en este último año?
¡Qué vergüenza! Se repetía a si misma incansablemente, mientras el corazón se desbocaba en su pecho. ¿Qué pasará con mi vagina? Liliana me habló de ese gel que ella siempre lleva en la cartera y que nunca logra usar. ¿Cómo no lo compré? Se preguntó. Y cuando iba a responderse, un golpe suave en la puerta acompañado de    una dulce pregunta:
_ ¿Estás bien querida? la hizo reaccionar y contestó lo más calma que pudo:
_ Sí, Óscar, estoy bien. En un minuto salgo.
La noche de amor, entre finas sábanas blancas, llena de temores recíprocos, se repitió en los tres días subsiguientes.
Después de recordar la noche anterior en la que su vagina había funcionado a las mil maravillas gracias a la respuesta de las últimas hormonas que le quedaban, movidas por la pasión inesperada, sin ningún gel que la ayudase, bebió el café, casi frío. Pidió otro que le aclaró aún más sus reflexiones: Él era viudo, ella soltera. Él pronto dejaría sus negocios y a Ella no le interesaba trabajar más. Su departamento quedaría a cargo de su sobrina mayor recientemente separada.  No vivirían en el Distrito Federal sino en una casa que Óscar había heredado de un tío en Mérida. ¡Una vida nueva! ¡Una vida nueva! ¡Una locura! ¿A esa edad? ¿Y qué?  Si después del desengaño con el otro mexicano había vivido en un mundo gris y solitario. Abandonó el Bar casi corriendo con su decisión a cuestas.
“ A Ezeiza, por favor, lo más rápido que pueda”, imploró al taxista que escuchaba atento la radio.
En el apuro por bajar, poco le faltó para perder su amado pañuelo azul lavanda de gasa que le cubría el cuello y las horribles arrugas que siempre se resistieron al “Botox”. Dejó atrás el Fiat negro y amarillo y se encaminó hacia uno de los Bares del aeropuerto dónde habían quedado en encontrarse.
La desilusión se plasmó en el rostro de Óscar al verla llegar sin equipaje.
_ Pero, ¿qué pasó, querida?
_ Nada, sólo que quiero comenzar una nueva vida, sin nada de esta otra. Con tus maletas, basta. Y lo abrazó tiernamente, pensando en que otra mujer impredecible acababa de expresarse.
El mozo se acercó para servir a la señora recién llegada, pero ya tenían que subir al avión. Se fueron con prisa, tomados de la mano como dos adolescentes. Y ya ubicados en la fila que ordenadamente esperaba para ascender a la aerolínea mexicana, Ella le preguntó:
_ ¿Y en qué ciudad de México naciste Óscar?
_ Pero quién te dijo que soy mexicano, amor. Yo soy colombiano y mi familia se trasladó de Barranquilla a Mérida cuando yo tenía dieciocho años. Después me fui al Distrito Federal a estudiar,  volví a Colombia y. . . ¿Pero no te he contado esto ya?
Ella rebozaba de alegría y con gesto tierno pero aparentemente desinteresado, le contestó:
_ Por nada, Óscar, por nada. ¡Amo a Colombia!

2010




sábado, septiembre 20, 2014

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La bandeja redonda, repleta de tazas de té y pocillos de café y en medio, un jarro con asa de vidrio transparentando firuletes de chocolate en el que se había servido el capuccino ocupaba el primer plano. En armonioso equilibrio, Félix la portaba hacia la mesa del grupo de turistas aparentemente norteamericanos. Atrás, Flavio el camarero más joven, recién incorporado al staf del café del Parque hacía lo suyo. Servía las copitas con soda helada y acomodaba las porciones de croissant y tortas de crema. Todo, era luego trasladado a su bandeja, también redonda, con el mismo destino que la de Félix. Sólo un largo delantal negro sobre los pantalones,  sujeto a la gruesa cintura de Félix, los diferenciaba. A Vivian le encantó el chocolate y quedó prendada de la piel oscura y de los ojos marrones del joven camarero. La atracción la ejercía el color de la piel de Flavio. Oscura amarronada, casi como el chocolate bebido, si se la comparaba con la nívea de la observadora. Su pelo, rabiosamente lacio, recogido en su nuca con un lazo de cuero,  y su esbelta estatura, sumada a una ancha musculatura, aseguraban su origen tehuelche con muy poca mezcla de sangre europea, más, sabiendo que había arribado a la ciudad capital desde un perdido pueblito de la austral Provincia de Santa Cruz. Indudablemente, se trataba de un descendiente aborigen. Las turistas conversaban sin aliento y sin medir el tiempo libre del que notoriamente disponían. Vivian se levantó y se ausentó por unos minutos, seguramente con dirección a la toilette. En su camino hacia el lugar pasó muy próxima a Flavio y con desenvoltura americana le acurrucó un trozo de servilleta en la mano. El joven y apuesto camarero lo estiró a solas y leyó el texto: Hotel Hamilton, 22 horas, Vivian.
Los ventanales abiertos de la habitación dejaban ondular las finas cortinas de voile blanco. El cuerpo de símil porcelana de la californiana se refugiaba ansioso en el oscuro y fuerte del joven de pelo lacio. Mientras, ella recordaba las palabras que una vez leyera de Dumont d'Urville  a quien le impactó: “. . . 'su enorme ancho de las espaldas, su cabeza ancha y gruesa y sus miembros macizos y vigorosos' destacando que 'constituye una bella raza de hombre, plenos de fuerza y vigor. . .” en sus referencias a los tehuelches o patagones, primitivos habitantes de la Patagonia argentina.
La luna de abril pasó silenciosa por la ventana llevándose el secreto de la noche pasional.


2012

sábado, septiembre 13, 2014

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Cuando “Los Iracundos”, ese conjunto uruguayo de música pop de los años sesenta, cantaba su tema, Puerto Montt, yo me propuse conocer ese lugar. Primero tuve que aprender que se trataba de una ciudad chilena, ubicada en el extremo continental de Chile. Luego, de muchos andares, llegué hasta ese lugar: Hermosa y colorida ciudad con su movido puerto en aguas del Océano Pacífico, sus casitas de madera, pintadas de distintos colores y sin muchos edificios modernos. Recostada sobre la bahía azul del mar  chileno y ostensiblemente semejante con algunos sectores de Valparaíso, por sus cerros edificados y sus calles en ascenso tras cerradas curvas o, el  interminable descenso de las mismas hacia el mar; pero con una “magia” diferente, se me presentaba la ciudad de mis anhelos juveniles. A la vuelta de los años, pensé que en ella podría encontrarme con algunos ojos seductores y quién sabe, hasta lograr un romance. Al fin de cuentas, no había ligazones en mi vida y no perdía la esperanza de encontrar un amor maduro y tranquilo para compartir los últimos años de mi vida. Sin embargo, Puerto Montt no había reservado a nadie para mí. Eso sí, disfruté de su costanera, de su exquisita repostería con antecedentes alemanes,  y saturé mi apetito de salmón rosado, ése que vive en las costas de la isla de Chiloé, cuya carne es casi roja y muy sabrosa.
No me animé al curanto de mariscos y longanizas, y casi pruebo la cazuela de luche, luego de haberme entregado, sin arrepentimiento alguno, al cancato de pescado. También, disfruté de sus magníficas vistas panorámicas desde sus miradores en lo alto de los cerros. Caminé por sus calles con nombre de Almirantes y Capitanes y leí una novela de la escritora chilena Isabel Allende en mis descansos en el hotelito donde me alojé, irremediablemente sola.  Sin embargo, cuando me marchaba de ese acogedor lugar para emprender mi regreso, con mis maletas a cuestas, tropecé con un hombrecito, más bajo que yo, pero apuesto, con un agradable aspecto y unos bonitos ojos claros indefinidos, que asomaron con asombro tras sus gafas. La embestida provocó la caída y consecuente desparramo de las carpetas de archivo que llevaba bajo su brazo, más todo aquello que uno puede suponer se lleva en la cartera o bolsa mal cerrada de una mujer. Apurada, recogiendo todo de prisa, terminé pidiéndole mil disculpas y ascendí al taxi que habría de llevarme al aeropuerto.  El hombre se me quedó mirando con una sonrisa afable dibujada en su rostro y hasta alzó su mano en señal de saludo. Avergonzada, le respondí de igual forma.
Ya de regreso, refugiada en mi confortable departamento, comencé la tarea de acomodar todo el contenido de las maletas y cartera. Junto con los cosméticos apareció una tarjeta minúscula con el nombre, cargo y profesión de una persona. Llevaba doble apellido. “Deber ser chileno”, pensé, porque ellos usan los dos apellidos, el paterno y el materno. En la tarea organizativa de pequeños objetos, descubrí que me faltaba una ovejita blanca, la que a manera de suvenir, me había regalado el conserje del hotel, en mi despedida.

Pasó algún tiempo y, cuando el recuerdo de Puerto Montt aún me arrancaba una débil sonrisa, grande fue mi estupor al recibir una desacostumbrada llamada de larga distancia. Era de un señor con doble apellido que ofrecía devolverme una ovejita de lana.


2014



sábado, septiembre 06, 2014

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Horacio había aceptado  el puesto vacante de médico generalista en el moderno Hospital Regional de Concepción del Uruguay, importante e histórica ciudad entrerriana, cuna del Gral. Justo José de Urquiza, uno de los próceres más destacados de la Historia argentina, descollante en los años anteriores a la Constitución Nacional. Él, como buen nativo de la provincia siempre había tenido una simpatía singular por el prócer y para mejor, su lugar de trabajo llevaba su nombre. No lo olvidaría. Sabía que en su destino entraría en contacto con parte de esa historia en sus ratos libres. Antes de viajar, había releído algunos pasajes de aquélla, los que fueran objeto de estudio en sus años adolescentes, por ejemplo el nombre de la ciudad que había conjugado la palabra Uruguay proveniente de la lengua guaraní, cuyo significado más aceptado, pero no consensuado, es el que la traduce como río de los pájaros, con la segunda parte del nombre, que hace referencia al dogma católico de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
Pero, “todo cambio exige adaptación”, pensaba. Sin embargo no iba hacia el fin del mundo y comprendía que, en unos quince días recorrería nuevamente la ruta para volver a Nogoyá. Se acomodó más rápido de lo que imaginaba en la ciudad, en las proximidades de la Plaza Ramírez, hermosa por sus tipas*blancas y negras, altas y frondosas. Todo le quedaba cerca, los museos, el primer colegio secundario del país de carácter laico y gratuito, creado en 1849 por Urquiza, la casa de éste, la imponente Basílica de Nuestra Señora de la Concepción, menos su lugar de trabajo. Pero eso no importaba. No tendría compromisos que cumplir, más que consigo mismo. Cuando arribó a la ciudad, era domingo y durante el trayecto lluvioso, tentado estuvo de entrar al Palacio San José, el que años atrás visitara con su esposa, no por los recuerdos precisamente, sino por su interés histórico, ya que pendientes, quedaron muchos, en aquella visita guiada, rodeado de turistas extranjeros que poco entendían de la muerte cruel que tuvo el General Urquiza. Prometió volver, ahora más que nunca. Seguramente tendría más tiempo libre. Ésa fue una de las razones por las que hubo de aceptar el ofrecimiento laboral, en la otra orilla, en Concepción, recostada sobre el majestuoso río Uruguay, mucho más transparente que su amado, revuelto y marrón río Paraná, al occidente.
Después de su impensada separación, quedó solo. Menos mal que de esa unión no habían quedado hijos. Era como ser soltero nuevamente, pero con una daga incrustada en el corazón. En Nogoyá estaban sus padres, hermanos y sus irremediables recuerdos.
La radio del auto bajaba y aumentaba su volumen según el punto cardinal que tomara la ruta. Ya casi anochecía y el alerta meteorológico anunciaba una importante tormenta eléctrica con posibilidad de fuerte granizo. Horacio decidió ganarle al meteoro y apuró el velocímetro aprovechando que la lluvia no llegaba y  pensando en sobrepasar el peligro. Desafortunadamente, al cabo de unos cuarenta kilómetros recorridos, las descargas eléctricas que iluminaba el cielo gris desplomándose sobre el campo ya oscuro y el retumbar de los truenos, lo llamaron a la prevención. Así fue que decidió detenerse en una vieja estación de servicios YPF en un pueblo no muy iluminado, ubicado sobre la ruta. Las descargas eléctricas habían afectado un transformador en la línea de media tensión que alimentaba a la población y por esa razón había sólo un sector con energía, le comentó un parroquiano que salía del bar. La mujer que lo atendía estaba presta a cerrarlo concluyendo su jornada laboral, adelantada por la tormenta que ya se desataba. Horacio le imploró que lo atendiera y dejara guarecerse en el lugar. La empleada se negó alegando que no le estaba permitido extender el horario, pero, como aliciente le indicó: “Mire, acaba de llegar la hija del dueño, pídale a ella, tal vez lo atienda”.
La joven, agitaba un manojo de llaves entre sus dedos y con cara de pocos amigos se acercó hasta donde estaba el médico. El chasquido de un rayo cercano y el retumbar del cielo a los siete segundos justos, la hizo sobresaltar. Horacio también se sobresaltó. Una sonrisa fue inevitable y suficiente. El pueblo se llamaba Basavilbaso. Blanca Stolerman escribía en una revista local sobre la historia de su ciudad.
Con esos temas, siempre muy cerca del pasado de la provincia en que vivía, Horacio  había iniciado  su conversación, estimulando a su interlocutora, frente a una humeante taza de café Express, mientras esperaban  que la tormenta amainase.
_ Mi padre me ha comentado haber leído que  Basavilbaso fue durante el siglo XIX un importante punto de  vigilancia y observación, de las milicias entrerrianas, por encontrarse en la cima de la cuchilla Grande, a unos 70msnm. ¿Es así, Blanca? Preguntó.
_ Efectivamente, así es, confirmó Blanca, y animada agregó otra información: Sabes, Horacio, a comienzos del siglo XX, se constituyó aquí, casi donde hoy se emplaza el ejido urbano de Basavilbaso, uno de los asentamientos de inmigrantes judíos  más importantes del país, de hecho nosotros somos descendientes de un pionero, pero para entonces ya existían pequeños grupos poblacionales dispersos, algunos eran italianos que vinieron a fines del siglo XIX, 1880 por ahí, a construir el ferrocarril y se quedaron. Luego llegaron alemanes del Volga y rusos, formando distintas colonias. También estaba, en lo que hoy es el casco céntrico de la ciudad, la Estancia de Don Manuel Basavilbaso.
_ Ah, respondió Horacio y re-preguntó con el último sorbo de café a la luz de un tenue relámpago: ¿y la ciudad lleva el nombre por Manuel Basavilbaso?
_ No precisamente, se apuró a decir Blanca, subiéndose el cierre de su chaqueta hasta el cuello, Manuel fue un bravo militar entrerriano nacido en Gualeguay y acérrimo seguidor y amigo del Gral. Urquiza. Él murió en 1866. Cuando se crea el nudo ferroviario (1887) del que saldrían ramales hacia los cuatro puntos cardinales: Paraná, Villaguay, Concordia y Rosario del Tala, Concepción y Gualeguaychú, a la altura de,  no recuerdo ahora el kilómetro, aclaró Blanca, ante la mirada expectante de Horacio, allí surge la Estación Gobernador Basavilbaso, en honor a quien se desempeñaba por entonces como gobernador de Entre Ríos (1887-1891), Clemente Basavilbaso, hijo de Manuel.
“Gracias” respondió Horacio, mirando a su interlocutora profundamente a los ojos en agradecimiento a su hospitalidad. Ella presurosa y algo incómoda al salirse de su contexto histórico, que a todas luces le apasionaba, puso fin a la conversación y prometió contarle al viajero algo más de la historia de Basavilbaso en otra oportunidad. La comunidad de intereses los había acercado, más que la ruidosa tormenta, la que para entonces marchaba para el NE y la noche resplandeciente de estrellas asomadas entre algunos nubarrones, invitaba a continuar el viaje hacia Concepción del Uruguay.
Luego de esa parada impuesta por el clima y trazada por el destino, siguieron otras, con días claros y tardecitas luminosas.
A los requerimientos telefónicos que muy temprano lo despertaban, todos los lunes, Horacio respondía con el mismo mensaje “Estoy demorado en Basavilbaso”
2012



No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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Mujeres de Volegov

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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