Otra mirada

¿Te parece? preguntó Rogelio con voz cansada. Es una oportunidad que no vale la pena desaprovechar. El abogado dijo que no me cobra la consulta.
_Cierto, contestó ella, mientras continuaba leyendo el diario de la mañana en aquel bar.
Una conversación lacónica hablaba, valga la redundancia, de un desinterés mutuo aparentemente reconocido por ambos.
_ ¿Me voy, entonces? Preguntó el esposo.
_ Claro,  afirmó la mujer.
Un frío helado, hiriente, corrió por su cuerpo al irse el hombre.
El tiempo transcurría sin medida. La jarra de loza que aún contenía un poco de café, saltó por el aire a causa del respingo que le produjo un fuerte ruido proveniente de la calle que se asemejaba bastante a una explosión.
_ ¡Dios Mío! Se dijo.
Rápidamente tomó el teléfono móvil y marcó un número, secándose el líquido oscuro derramado en su impermeable claro.
El camarero se acercó, comentándole que algo había ocurrido en la calle, pero ella no lo escuchó.
_ Hola, contestaron del otro lado.
_ Hola, soy yo, la Sra. de. . .
_Sí, ya se quién es, Señora, dijo una voz masculina, con insinuante atención.
_ ¿Lo hicieron? ¡Quiero suspenderlo! Expresó desesperada la mujer.
_ ¿Para eso me habla?  Pero, con esto no se juega Señora, replicó del otro lado, el hombre con tono de indignación.
_ ¡Suspéndalo! ¡No lo haga!, repitió la mujer desesperada, aumentando cada vez más el timbre de su voz, logrando que el mozo, desde la barra del Bar, la miraba con extrañeza.
 Bajó los decibeles y agregó:
_Todo queda igual por mi parte ¿Tiene el número? Interrogó  la mujer, mientras veía caer tras el ventanal rectangular del bar, la llovizna persistente.
_Sí Señora, me lo dio ayer, contestó con voz más aplacada su interlocutor, según le pareció.
_Suficiente, ordenó la mujer. Ya no quería saber más nada con lo planeado. Nunca se animaría, eran sueños de mujer que necesita afirmarse en ese momento, cuando su  vida daba vuelta la esquina.
_Bueno, suspendo, pero a su cargo, mire que es la tercera vez, contestó la voz varonil del otro lado, francamente molesta.

La “garúa” suave, humedecía la calle empedrada y un festival de colores irrumpía en las veredas con el abrir de los paraguas. El mozo que no había querido molestar a la mujer y sólo había recogido la taza rota, se acercó, preguntando:
_ ¿Otro café Señora?
_Sí, por favor, gracias, agradeció, la mujer.

En segundos desfilaron ante los invisibles ojos de su acongojada alma, los momentos pasados en su unión con Rogelio, sin hijos, mediante.
Estaba destemplada, temerosa, ¿arrepentida? Ni ella misma podía dar respuesta a su afligente pregunta. Sus ojos claros se nublaron al ver la figura de Rogelio recortada en la puerta del Bar, sacudiendo su paraguas negro.

_Me arrepentí dijo, lo dejamos para otra vez ¿Te parece? La acostumbrada pregunta de su esposo con fines de confirmación, estalló con alegría en sus oídos.
Se le escapó un “Yo también” en voz alta, que sorprendió a su esposo.
_ ¿Te arrepentiste de qué? Preguntó entonces, Rogelio.
_De nada, de nada, querido, lo dije sin pensar y arremetió.
_ ¿Por qué te volviste? Requirió ella tímidamente.
_Y,… empezó a llover y me demoré con el accidente de la esquina ¿Escuchaste algo? Fue más ruido que otra cosa, pero me salvé por un pelo, casi cruzaba la calle. Luego me quedé mirando. La gente se amontonó. Parece que algunos disfrutan si ven un accidente, explicó el hombre.
_ ¿Me acompañás con un café, Rogelio? Le consultó ella, retomando la lectura del diario frente a otra taza humeante. Un silencio habitual,  gris  pero más cálido los unió.  Más tarde, enterados de las noticias del día y, ambos, con una misteriosa y diferente actitud, emprendieron el regreso a casa bajo la calma de un cielo plomizo.
_ ¿Vamos? La invitó él.
_ ¡Vamos! Aceptó ella.
A veces, es suficiente un simple acto que corra el velo que tenemos delante, para comenzar a valorar al otro de distinta manera, pensó Rogelio.
A su vez, ella reflexionó: El temor de la pérdida de alguien a quien creemos no amar nos enfrenta con todo aquello que dejaríamos de tener o disfrutar y remedando la letra del tango, tarareó bajito “Cómo cambia la vida, las cosas. . .”
_ Te noto de mejor humor, comentó el esposo, visiblemente contento y agregó, cuánto hacía que no cantabas. . .

En otro lugar, un hombre elegantemente vestido de pelo gris y aspecto de manejar situaciones, ordenaba a su empleada: Suspenda Emilce,  suspenda la reserva de la Sra. Abregú, creo que aún hay tiempo y rezongó en voz alta:
“¡Ay!  Estas mujeres que quieren viajar solas, sin el marido, y después no se animan. ¿Quién las entiende?”
2011

Corregido 2013


Comentarios

  1. Me gustó tu cuento Zuni, real como la vida misma...

    Un abrazo desde Caracas

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  2. Gracias amiga!!!! Otro abrazo fuerte para ti

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Mi agradecimiento por tu conexión.

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