Tormentas

Una tormenta sin igual, propia del verano, se desató en la ciudad. Ignacio se refugió en una Librería y compró un libro para pasar el tiempo. Casualmente, una joven que había entrado empapada después de él adquirió el mismo. Cuando el vendedor lo advirtió, ya fue tarde: Ambos se sonreían ante la coincidencia. Esperaron que la lluvia amainara y Cissa fue la primera en partir presurosa rumbo a la estación del Ferrocarril. Debía tomar el tren de las 7 de la tarde si quería llegar a casa con luz solar y así poder admirar el atardecer desde la costanera que bordeaba el ancho río, a unos quinientos metros de su destino.
El viaje en tren era su forma predilecta de viajar. La lectura de cuentos de amor, también. Las huellas de la tormenta de horas atrás se dibujaban en el campo luminoso. Mirándolas, se durmió. El libro que acababa de comprar se resbaló de su falda. Nunca más lo encontró. 
El ronronear de los truenos y la sorpresa de los relámpagos, junto con la bocina del tren anunciando su próxima parada, la sobresaltó. Descendió presurosa mezclándose con el gentío diario. Cuando ya se disponía a cruzar la gran avenida que la conectaría con la costanera fresca y perfumada, la voz de un hombre la detuvo. Era aquél quien horas antes había comprado igual libro que ella. Extendiendo su mano se lo entregó, explicándole que era ése el que ella había perdido en el tren y saludándola con afecto, se marchó. Perpleja, Cissa continuó su camino. Ya en su casa concluyó su rutina diaria y al disponerse a descansar, el viento, anunciante de una nueva tormenta abrió con fuerza la ventana de su dormitorio haciendo volar las glamorosas cortinas. Tras ellas, el libro rescatado al que no había hojeado todavía y que esperaba sobre la mesa de noche, pero que la fuerza natural arrastró y depositó sobre la alfombra a los pies de la cama. Al recogerlo, la joven descubrió un trozo de papel que rezaba: “Éste es mi libro. No leo cuentos de amor. Lo había comprado para una persona que creí, lo merecía, pero no es así. Ahora es tuyo.”
Cissa se acostó abrazada al libro, apretando muy fuerte en su mano derecha, la esquela que, además contenía un número de teléfono.


2013


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