En el laboratorio

Hoy es lunes de luna llena
¡Buenas noches!
En el Laboratorio

La joven mujer nunca pensó que Darío fuera esa persona a quién fue descubriendo en sucesivas noches de tenebrosa sorpresa.
Se había acostumbrado a su trabajo en el laboratorio, alejado de la casa y a sus pruebas y experimentos, sobre los que no dejaba de hablar en horas de la comida, como si ella lograra entenderlos en su totalidad.
La nueva asistente, morena y de ojos verdes, le había durado más de tres meses, cosa que la tenía sorprendida y preocupada. Aquel día, queriendo resolver su intriga, esperaría hasta la media noche y se daría una vuelta en secreto por el laboratorio. Contaba par ello con un tierno reloj cu-cú, colgado en la pared del comedor de la casa, que le avisaría. Se enfundó en una capa negra, y portando una débil linterna, bajó por el camino que en completa oscuridad, habría de llevarla hasta donde él trabajaba. Acurrucada en una esquina del ventanal, en la soledad oscura y fría de la noche, vio lo que tantas otras veces había visto: La asistente sobre la camilla, completamente desnuda, sujetos sus manos y sus pies, pero a diferencia de las otras, gozosa, después de un coito con Darío, actitud que jamás habría supuesto en él. Ésta no clamaba, no lloraba, no tiritaba de miedo como las otras. Por el contrario, parecía feliz, su rostro destilaba un amor pasional que la hizo estremecer en medio de tamaña escena.
La asistente maniatada le exigía:
_ ¡Dime que me amas, repítelo, repítelo!
_ ¡Te amo, te amo, perdón, perdón…! exclamaba Darío, mientras tomando su rostro con una mano, con la otra, estirándose, bajaba de un golpe la tecla del interruptor. La había electrocutado.
La mujer se fue desandando el camino hasta la casa. El llanto y la tristeza la abatían.
No lograba consolarse: ¡Jamás hubiese imaginado que Darío, dejaría de amarla!

2014
¡Dulces sueños!

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