Amor en tiempo de Independencia

En tiempos
 en que corría el año 1816, en las lejanas tierras del sur de la América hispana, el Coronel Bernabé Aráoz, hombre entusiasta de la causa de la independencia y dueño de una importante fortuna personal, gobernaba la Intendencia del Tucumán, vasto territorio que comprendía entonces, varias de las actuales provincias norteñas argentinas.
La sede de gobierno se había asentado en San Miguel del Tucumán.
Precisamente, esta bonita ciudad fue la elegida para que funcionara y deliberara en ella, el  Congreso de diputados representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata con el cometido de declarar la independencia de España y establecer un definitivo régimen de gobierno.
Era menester, pues, encontrar una casa con las comodidades suficientes, por ejemplo, una amplia sala de reuniones donde los congresales cumpliesen el mandato otorgado.
La mayoría de las casas de esa época tenían una sola planta, varios patios, árboles frutales y de sombra, una huerta en el fondo y muchas flores que las perfumaban. La de la familia Bazán Laguna estaba bien ubicada, a sólo tres cuadras de la iglesia y menos de la plaza. Su estilo barroco se destacaba en las columnas torsadas que acompañaban a la maciza puerta principal de entrada. A ambos lados, las ventanas que daban sobre la calle de tierra, con rejas “voladas”, techos altos y tejas rojas, paredes blancas y gruesas: Así la habría pensado y mandado, en consecuencia a construir, más de cien años atrás, el alcalde Diego Bazán y Figueroa, a cuya muerte pasaría  a pertenecer en propiedad a Doña Francisca Bazán, viuda para ese entonces de Miguel Laguna. A principios del año 1816, su casa fue la elegida por el Gobernador Aráoz para servir a las sesiones del Congreso. Con orgullo, Doña Francisca la prestó para ese fin, sin pensar que sesenta años más tarde, en 1874, un tucumano que llegó a gobernar la Nación, Don Nicolás Avellaneda, la compraría, con la recomendación de que se conservara el "antiguo salón de la jura de la Independencia".

En el entorno de los nuevos aires de independencia que soplaban augurosos, en aquella ciudad norteña del Tucumán, el destino fue tejiendo la historia de Francisco y Magdalena.

La casa sufrió una primera transformación para adecuarla a las necesidades del Congreso. Con vista al patio central, se unieron dos habitaciones paralelas ubicadas al frente, para lograr la sala de reuniones.

En el mes de marzo de 1816, los representantes de las Provincias unidas del Río de la Plata comenzarían sus sesiones. Luego de largas tratativas y análisis de las distintas posiciones, el 9 de julio de 1816, aprobaron por aclamación la Independencia de la corona española.  Afuera, y agolpado en patios y pasillos de la señorial casa, el pueblo celebraba. Terminada la sesión, se realizaron diversos festejos públicos y las familias ricas y pobres de San Miguel se mezclaron en gestos de júbilo en toda su adyacencia. Al día siguiente y desde temprano, comenzaron los festejos en el templo de San Francisco para principiar, culminando en el gran baile que dio el gobernador en su casa, al que asistió mucha gente de la sociedad tucumana: militares, comerciantes, abogados, eclesiásticos y políticos.

Mientras tanto,  esa mañana del 10 de julio de 1816, Magdalena había acompañado a su tía Encarnación de Gramajo, pariente lejana de la familia Aráoz hasta la Iglesia con el objetivo de escuchar, si la muchedumbre lo permitía, el sermón que daría el sacerdote y político entusiasta partidario de la revolución, Pedro Ignacio Castro Barros.
En la plaza, la gente del pueblo iba y venía engalanada lo mejor posible para la ocasión en medio de una notable algarabía.
Magdalena vivía cerca de la casa de Doña Francisca Bazán de Laguna, “histórica” desde el día anterior. Junto con su tía solían pasar por su frente cuando iban de visitas o a la Iglesia. Precisamente allí, lo había descubierto. Solía estar apoyado sobre la reja de una de sus ventanas, como esperando a alguien, mientras fumaba un cigarro de chala.
Una tarde de agobiante verano norteño, no pudo menos que ruborizarse al encontrarse su mirada con la de ese gaucho alto, de tez bronceada y pelo cortado a machete que le rondaba los hombros. Aquellos ojos azabaches la había penetrado y esa forma de mirar, arrogante y dulce a la vez, la hubo de poseer desde ese momento.
Esa fresca mañana posterior al día de la Declaración de la Independencia, se habían mirado nuevamente, como otras veces en el mismo lugar o en los puestos de venta de maíz, huevos o frutas. Ahora, resguardándose entre la plebe, la música y las salvas, habían rozado sus manos al pasar muy cerca el uno del otro. Más tarde, cuando su tía se entretenía  hablando con una antigua vecina, Francisco apretaría en señal de sentimiento la mano blanca y sedosa de la joven, escondida entre los frunces de sus faldones. Tratando de no ser advertido por Encarnación, se había acercado a la muchacha, susurrándole al oído: “Esta noche, en el baile”
Con el corazón galopante y el rostro enrojecido, Magdalena se aferró al brazo de su tía pidiéndole que siguieran viaje. Sorprendida, y a fin de disimular, la pariente hubo de complacerla.
Conversaron muchas horas, al fin y al cabo Encarnación cuidaba de su sobrina desde muy pequeña en extensas vacaciones veraniegas primero,  y desde seis años atrás ya definitivamente, ante el consenso resignado de sus padres, a quienes no les afectaba entre nueve hijos que les faltase uno, más cuando los que hacían falta eran hombres para luchar por la Patria. La charla fue profunda y amena. La mujer madura habría de enterarse entre sonrojo y sonrojo de los bien guardados secretos de su sobrina.
Esa noche, ambas asistieron al gran baile y rindieron sus saludos al Gobernador Aráoz y a su esposa, dueños de una situación recordada a través de los años.
En la mixtura propia del acontecimiento, desfilaban ante los ojos celestes de Magdalena, elegantes caballeros, lucientes uniformados, imberbes niñas enfundadas en magníficos vestidos que imponía la moda de la época. Todo era luz y color, alegría y triunfo, seducción y dominación.
Ya en plena fiesta, se acercó hasta ella su prima segunda, Juana Rosa Ordóñez para reclamarle que no estuviese con “vejestorios” y que se acercara al salón de baile a divertirse un poco. Prometiendo ir enseguida, la joven se sacó de encima a la prima y, decidida, enfiló hasta donde jovialmente  su encantadora tía departía con un grupo de intelectuales. Magdalena le hizo una señal con su cabeza engalanada de bucles rubios y se perdió en el jardín, junto con la mirada cómplice y emocionada de Encarnación. La oscuridad de la noche apenas atenuada por la luz opaca de los faroles de aceite, fue su testigo. Marchó hacia la puerta de entrada donde apostaban dos soldados pasados en copas que no la reconocerían, tapó su cara con la mantilla de  encaje y se aproximó a la calle.
Una ráfaga oscura  y reluciente se presentó como desmembrando la noche misma, un brazo fuerte la sujetó por la cintura y la elevó por el aire, acomodándola de costado, en la parte delantera del caballo. El jinete y su “prenda”, desaparecieron en la negrura del ambiente. Nadie notó su ausencia hasta pasada la media noche.
El corcel galopó sin cesar hasta la primera posta*, dejando atrás una espesa nube de polvo, propio de los caminos de la época. Gaucho y doncella iban en silencio. A la primera, siguieron varias postas más hasta tocar tierra santiagueña. Cuando acamparon para reponerse ya casi amanecía. Entonces, Magdalena murmuró: “Francisco. . . ¿Qué has hecho?”  Él no le contestó, sólo la abrazó y, retirando un bucle rubio de su rostro, la besó largamente.
Encarnación Gramajo tuvo que enfrentar la situación en el salón de los Aráoz. A su juego la habían llamado. Haciendo gala de una adecuada argumentación, disculpó a su sobrina, alegando que al otro día debería viajar a Buenos Aires.
Nunca más se supo de Magdalena, menos de Francisco. Tal vez, en una tácita complicidad, nadie preguntó nada. Todos estaban muy ocupados en la formación de las milicias, en las noticias de la guerra intestina, en fin, en el crecimiento de la Patria.
Años más tarde, de regreso de unas vacaciones en Córdoba, las últimas para Encarnación Gramajo, quien por su reumatismo creciente no podría hacer tremendo viaje otra vez, apareció colgado en la sala de su casa, un cuadro conteniendo el lienzo al óleo que la mujer había mandado pintar. Se trataba de unos sobrinos nietos cordobeses, según ella decía.
Hermosos niños de tez morena y dulces ojos celestes.

Versión 2015


*La "posta" o lugar de relevo de la caballada en las rutas de tránsito, es una institución antiquísima, oriunda de Oriente e introducida en Europa a través de' Grecia y Roma. La persona que corría con el relevo de la caballada tenía por lo general una posada o una pulpería, sino se trataba de un pobre puestero en medio de la pampa. Era pues el eslabón indispensable para el sistema de comunicación en épocas en que la civilización recién se iba extendiendo en un país escasamente poblado.


Cuento de ficción basado en datos y hechos históricos.


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