Creciendo


Había prácticamente escapado del departamento tras dar un portazo haciendo temblar la puerta de entrada en señal de desaprobación.

Caminó un poco apurada y pronto llegó a la plaza no tan distante de su hogar. “Este es mi refugio”, pensó entre sollozos contenidos. La humedad fresca brotaba de los canteros recién regados, repletos de coloridas petunias. La sombra del nogal se proyectaba en el sendero de lajas con abundancia. Se sentó en el banco de madera donde siempre acostumbraba a hacerlo y cerró los ojos un poco arrepentida de su actitud. Sin abrirlos percibió una presencia que se sentó a su lado. Supo enseguida que se trataba de su padre quien la tomaba de su mano con ternura. Ella sólo atinó a acurrucarse sobre su pecho. El hombre la abrazó y tuvieron una larga charla, profunda y sin intervenciones. A esa hora la plaza era poco transitada, el sol se ponía. La manzana verde en un atardecer temprano de invierno les sirvió de marco perfecto. Sandra era la mayor de tres hermanas. Después de la inesperada muerte de su madre las responsabilidades le habían caído sobre sus espaldas hasta convertirse en parte irrenunciable de su joven vida. Ahora que su padre le planteaba su necesidad de volver a casarse, el mundo se le derrumbaba. Volvieron a casa tomados de la mano, como cuando ella era una niña. En el rostro del hombre alumbraba una sonrisa.

2015


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