Regreso estelar

Desde el gran ventanal, la joven mujer de manos nerviosas miraba el sol morir en el límite rojo del mar. Algunas luces próximas a la costa, la distraían. Recordaba a Manuel Palomino, ese hombre maduro, tan gentil, tan educado, tan ensimismado con su profesión de práctico en el mar. Ningún buque de carga, menos un crucero turístico, podría amarrar, si Manuel no daba las indicaciones necesarias para entrar al puerto. Compartiendo avistajes apasionados en esa inmensa bahía de aguas turquesas, se había enamorado de él. Sólo las ballenas que venían desde muy lejos para aparearse o a parir sus crías, eran testigos del romance impensado, surgido a pesar de la diferencia de edades entre ambos. Varios meses habían transcurridos desde que el práctico partiera dejando una promesa en oídos de ella. La ausencia le restaba fuerzas para sostenerse en la espera.
La noche avanzaba oscura como tantas otras, cuando de pronto, una luz potente iluminó el cielo. En realidad, eran tres luces hechas una, que proviniendo de la negrura, cruzaron el éter ahogándose en el mar dormido. “Buen anuncio, Magdalena” dijo su madre y le dio la bendición de las buenas noches.
El diario local de la mañana siguiente distribuiría la noticia de un hecho nunca visto en la zona: Tres estrellas fugaces habían caído en medio de la bahía. También, entre las notas importantes del día, daría la bienvenida al práctico del puerto, quien recuperado de una rara enfermedad, regresaba del exterior.

2015


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