Cotidiano



Guardo y olvido el blanco delantal, por horas apenas. Cierro el bolso bastante cargado que llevo y traigo conmigo a diario y, con la fatiga propia de la jornada laboral casi terminada me esfuerzo en la última sonrisa del día. Luego, espero en la esquina a Ricardo, él me buscará y llevará a casa. En la espera, no me abaten ni el smog, ni los automóviles atestados en largas filas, ni sus bocinazos, expresiones angustiadas de sus conductores, locos por llegar a destino, como yo. Aprieto mi cartera pequeña contra mi costado izquierdo, me acomodo el bolso pesado en el hombro derecho y desafío en interminables minutos, a este otro atardecer que se parece al de ayer y se repetirá mañana, apostando consumirme entre sus sombras. Mentalmente, trato de prepararme proyectando el día que viene y elaboro listas de preferencias. Pero las listas no se fijan en mi memoria, se desvanecen y, mi mente ladina me recuerda que mañana es día de cobro.
“¡Mañana cobramos!” me auto-anuncio y trago saliva. Niego el disconformismo que se aloja en mi garganta y pinta mi cara, lo oculto, lo aplasto con el pensamiento. Alzo mi pecho, respiro hondo y me zambullo en los ojos tiernos de los pequeños que me esperan. Tras el impecable  parabrisas veo la sonrisa de Ricardo que ha llegado. Suficiente. “Mañana vuelvo” me digo, como todos los días, con esperanza. “Chau, Hospital”.


2013

Las pinturas que acompañan cada cuento pertenecen a Vladimir Volegov, pintor ruso contemporáneo

www.volegov.com

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