Primer beso


Mientras te miro, pienso: ¡Si supieras! . . . Fuiste el dueño de mi amor en aquel  verano de hace tantos años. Acostumbrados a corretear  por el campo de tu abuela, la amistad entre tu madre y la mía, y la consecuente con tu hermana, me habían unido a ti. Recuerdo, y sonrío. Habíamos concluido la primaria y ese año comenzábamos un nuevo ciclo. ¡Por Dios, qué orgullo! Ya nos sentíamos grandes. Ese domingo caluroso de enero fuimos al campo; ya no corríamos tanto, hacíamos juegos de ingenio y tú trajiste el de magia. Eso sí, a lo que no podíamos sustraernos, era a las escondidas,  precisamente, jugando a ellas fue cuando me robaste el primer beso, en el galpón de las herramientas, mientras tu hermana trataba de encontrar nuestros escondites. Para ti no fue nada, para mí, todo. Te amé en secreto hasta el próximo verano, y hasta el otro en el que esperaba verte otra vez. 



Pero, de premio de cumpleaños de quince, mis padres decidieron llevarme al mar. Y allá, querido mío, mi sentimiento cambió como el viento, así de rápido, como cuando llega el viento del sur y despuebla la playa. En ella, conocí a Ricardo, un joven apuesto que veraneaba con sus abuelos. Era de Maldonado, una hermosa ciudad del Uruguay y me enamoré de él. No me sentí mal, porque afortunadamente, tú jamás te enteraste de nada.
Ahora, sentados en la misma sala del Hospital capitalino, alejados de nuestros pueblos de antaño y yo, de tamaños recuerdos, esperamos cada uno el nacimiento de nuestro primer nieto. Tú apostaste siempre que sería un varón, con el pelo ensortijado de su padre como otrora era el de su abuelo. A mí me daba igual, fuera nena o varón, sería el fruto del amor que construyeron mi hija y tu hijo.


2016

Las pinturas que acompañan cada cuento pertenecen a Vladimir Volegov, pintor ruso contemporáneo

www.volegov.com

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