Recuerdos de Elena




Sólo de lejos, con el lenguaje de la contemplación, la joven vestida de blanco lo había inspirado como ninguna otra. Su figura celestial le acompañaba en sus sueños, desde aquella noche en que la conociera. Era verano, y las fiestas en la Embajada se sucedían cada vez más a menudo. La exposición de óleos bucólicos de María de las Mercedes lo obligaba a asistir otra vez, pero a último momento desistió. En cambio, apenas hubo de quedarse en completa soledad, decidió expresar en rimas su apasionada admiración por la joven nívea. Se recogió en la bohardilla a la que hacía muchos años no recurría y escribió el poema más bello de su creación.

Cuando lo leyó para sí en voz alta, un frío extraño se apoderó de su alma. Claramente sintió palpitar su corazón como un potrillo retozando en la campiña. Bajó con rapidez la escalera caracol que lo separaba del mundo real, y peinó sus alborotados cabellos con maestría. Calzó su levita y presuroso, enfiló hacia la Embajada. Una alegría insospechada ganó a su retraso. Afortunadamente todavía se servía el cóctel  y como para pasar desapercibido alzó una copa de una bandeja de plata y se quedó mirando tras el ventanal la noche en ciernes. Al advertir su presencia, María de las Mercedes se acercó silenciosamente y tomándolo del brazo le invitó: “Vamos querido, voy a presentarte a mi alumna preferida y a su prometido”  Sin resistencia, el poeta se dejó llevar hasta la joven vestida de blanco que sonreía junto al militar que la acompañaba. Mientras caminaba resignadamente llevado del brazo por su esposa, en un acercamiento indeseado, figurativo  y lento, sólo atinó con su mano derecha, a abollar en el interior de su oscuro bolsillo el poema recién escrito.

2013

Las pinturas que acompañan cada cuento pertenecen a Vladimir Volegov, pintor ruso contemporáneo

www.volegov.com

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