Tortoni

Muchas miradas zigzagueaban en el Tortoni recorriendo distintos trayectos desde las pinturas y fotografías colgadas sobre la pared hasta las mesas, casi todas ocupadas o, hasta los ojos de algún “mozo” para pedir la cuenta u ordenar alguna de las exquisiteces del lugar. Un murmullo  multinacional no permitía que nadie se sintiera solo, aunque bebiese un solitario café.

El recuerdo del tiempo transcurrido le hizo sentir la reiterada angustia de la espera. Trajo a su memoria la primera cita en el mismo Café. Los ojos grises, las manos cálidas y el reloj en su muñeca, retaceando su presencia.

Las mesas redondas con tapa de un mármol gastado  descollaban por su estilo Siglo XIX, simpáticas, con su típica pata central de madera oscura que se abre en cuatro soportes. Acompañadas por sus sillones de madera y cuero también gastado le daban un aire señorial al salón. Las arañas de cinco luces le recordaban la única que existía en el comedor de la casa de su abuela.

Se preguntaba si había sido acertada su decisión de volver al célebre Tortoni, después de tanta incredulidad y desesperanza cosechadas por más de diez años. El extranjero próximo podía resultar muy lejano si la distancia se acompañaba del silencio. Sus cavilaciones dejaron enfriar el café.



Los cinco  espejos de bordes biselados devolvían la figura del que espía pero no quiere ser visto, aunque no hubiese en esa devolución, el mínimo atisbo de deformidad o de distorsión. Los pisos caminados pero resistentes luciendo orgullosos el paso del tiempo, también captaban las miradas de los visitantes. La vieja caja registradora como narradora principal de mil historias permanecía vigilante en la barra concurrida.

Otra vez, después de muchas otras, las manecillas del reloj le parecían correr una carrera interminable saltando de un número a otro. Sabía que su templanza la abandonaría a la brevedad si su celular no sonaba, anunciando el retraso. Su corazón comenzaba a agitarse, el dolor en la boca de su estómago era incipiente; el aire le parecía más denso.

El techo de vitraux propio de la época de su esplendor, filtraba el sol de las mañanas porteñas dejando ingresar desde muy temprano, la sutil claridad del día. Sus trece columnas gruesas y fuertes, rematadas en firuletes dorados, sosteniendo la estructura del famoso Bar desde finales del 1800, resultaban arquitectónicamente imponentes.

Ninguno de ambos había faltado nunca a la cita en el Café Tortoni, un discreto testigo de palabras bajas y miradas profundas. Los juramentos y solicitudes quedaron guardados en los aromas esfumados del pasado. Y la promesa de superar lo imposible parecía que se agotaba en los pocos minutos que restaban.

La mesa del fondo ocupada por las letras y la música, atrapaba los versos tristes de Alfonsina Storni; recordaba que entre las paredes del recinto, los tangos de Gardel embelesaron  a los parroquianos de principios del siglo XX; y sugería también que Borges, tal vez iniciara algunos de sus textos al compás de los humeantes cafés que los camareros le sirvieron.

La hora se acercaba y la duda sobre la presencia del otro abrasaba su pensamiento. Un desenlace que pondría fin al sufrimiento que provoca la falta de certeza se aproximaba. A veces, resulta difícil cumplir con la palabra empeñada porque hay miles de situaciones que traban la acción. Sin embargo, nada hacía pensar que la cita peligraba.

Desde la mirada del observador, el mundo mágico generado en el espacio del Café Tortoni sólo se desvanece, cuando el retumbar de los bombos de la protesta ciudadana llama a espiar su paso por la Avda. de Mayo rumbo a la Casa Rosada.

En esta ocasión, el particular ambiente del Tortoni se desvaneció sin alboroto alguno, sólo fue suficiente la mirada dulce y penetrante de quien llega sin más argumento que el amor, enfocada en los ojos sorprendidos y emocionados de quien ha esperado sin reclamo.

2016


Las pinturas de este mes que acompañan cada cuento pertenecen a Vladimir Volegov, pintor ruso contemporáneo

www.volegov.com






Comentarios

Entradas populares de este blog

Rosas

Enamorándonos

Rumbo al Sur