Maniquí



III
Silvia Lainez, a pesar de sus temores no revelados, a pesar de la confusión de sus pensamientos, había decidido acompañar una vez más a su esposo en su nuevo viaje de negocios. Ninguno de ambos había hablado acerca de los últimos acontecimientos, pero cada quien, tenía su estrategia planteada y pensaba ponerla en práctica, en cuanto hubieran de separarse. La mujer, no entendía cómo su esposo parecía no advertir su sufrimiento. Se sintió sola. Había pensado en ir a la peluquería más cercana de los comercios que visitaría su esposo y lo más próximo, casualmente, era un shopping. Afortunadamente, Lisandro se proponía visitar a dos clientes allí, así que, contentos ambos, por la coincidencia y el alivio no expresado de sus propios temores, se separaron, frente a un moderno y confortable local de peluquería. Lisandro tenía para un largo rato, ya que las vicisitudes financieras que se vivían, requerían de un mayor esfuerzo en su propósito de convencer y vender. Silvia entró al Salón y pronto supo que debería esperar su turno un largo rato. Decidió recorrer algunas casas de moda, pero se detuvo justo enfrente de la peluquería, ante una amplia vidriera, donde dos jóvenes estaban decorándola para presentar la nueva temporada. Dispersos en su interior, hojitas de otoño de cartulina, alfileteros, ropas y una botella de gaseosa con dos vasos, era lo primero que podía apreciarse. Más allá, en el otro frente un cartel que rezaba: “Vidriera en preparación” y atrás, los maniquíes desnudos, esperando para ser vestidos con los últimos designios de la Moda. Silvia miró absorta ese escenario y regresó al salón. Su baño de crema para el cabello estaba presto junto a una adorable empleada, aprendiz de peluquera, que sonrientemente hizo el tratamiento en la cabeza de Silvia. Luego, le colocó una gorra de plástico, color aluminio y la llevó a un moderno secador de pie, bajo el cual, la sentó.
_ Ahora son quince minutitos Señora, avisó. Si quiere leer algo, me dice, le ofreció.
_ Por ahora está bien, gracias, respondió Silvia.
La mujer quería estar tranquila y observar a las otras mujeres. No aceptó el ofrecimiento y pensó en la compra que realizaría más tarde, si había tiempo.
Al calorcito del secador de pelo, se quedó tranquila, cuando de repente, un ejército de maniquíes desnudos, caminando como robot, invadió el salón, para comenzar a girar alrededor de las mujeres sentadas, en una danza insospechada, tocándolas, tomándolas del cabello, sentándose en sus faldas. A ella no la habían descubierto. Sorpresivamente, el más alto de los maniquíes dio una señal y todos sus subordinados se reunieron junto a él para recibir la orden.
_ ¡Dios mío! ¿Qué harán ahora?, pensó Silvia, mientras, ante sus atónitos ojos, los blancos y pelados seres, tomaron las tijeras que encontraron y comenzaron a cortar, tajeando pelos y ropas de las sometidas señoras que no atinaban a hacer nada de nada. Silvia se preguntaba porqué no pedían auxilio. Prontamente habría de tocarle el turno a ella. Uno de los maniquíes la descubrió y avisó al jefe. Los dos se abalanzaron sobre la mujer y suavemente la retiraron del secador de pie. La llevaron al centro del Salón y le arrancaron su gorra de tela aluminizada. Su pelo ya seco pero empastado por la crema quedó al descubierto como una seca cascada. Silvia cerró sus ojos y rezó. Sentía el dolor en su cabeza, los tijeretazos llegaban, algunos a la raíz de su cabello. Algo se sangre brotaba de su cuero cabelludo.
_ Es ella la que nos perturba, la que nos espía en las vidrieras, comentó el Líder a sus inferiores. Aterrorizada, Silvia no podía hablar y permanecía inmóvil en el lugar en que la habían dejado, mientras los maniquíes danzaban a su alrededor ante la mirada estupefacta de las otras mujeres. Logró mirarse en un espejo cercano y descubrir su desfigurada cabeza con un hilo de sangre corriendo por su frente y bajando como manantial carmesí por su mejilla izquierda. El bailar de los maniquíes armados de tijeras se detuvo ante la orden del jefe que indicó: Hacer en el rostro de Silvia un tajo a la altura de su mandíbula derecha, como gesto de benevolencia.
_Podría cortarte la garganta, le susurró al oído con voz ronca. Pero esta vez te perdono, sentenció el líder y tras esas palabras se marchó con sus vasallos por donde entraron. Silvia quedó tiritando, parada, sola, sin que nadie la auxiliase y sintió el calor de la orina bajando por sus piernas. Rompió en llanto y al instante, una voz joven y dulce la desdibujó del centro de la sala. Se redescubrió en el cómodo sillón bajo el secador de pie.
_Señora ya pasaron más de quince minutos, lo siento, pero tuve que despertarla. Las señoras siempre dormitan en este secador. ¿Lavamos?, preguntó, arrastrando por la cintura a Silvia hasta el lava-cabezas.
La empleada inició su trabajo de lavar el cabello y retirar todo el exceso de crema, cuando notó manchas de sangre en la cabeza de la mujer.
_La dejo cinco minutitos Señora y enjuagamos. ¿Le parece?
_Sí respondió, débilmente Silvia.
La aprendiz, rápidamente se dirigió donde estaba la dueña de la peluquería y le explicó lo que pasaba.
_ No digas nada, aconsejó su Superior, fíjate que no sangre. No creo que haya sido la crema, la verdad, no sé, pero si ella no siente nada, lávale con cuidado.
La empleada cumplió la orden “al dedillo” y completó su trabajo. Cuando Lisandro la vino a buscar, Silvia, estaba pálida y temblorosa.
_ ¿Qué pasa, querida? Preguntó su esposo.
_ Nada, respondió ella, se me debe haber bajado un poco la tensión con el calor del secador de pelo. Eso, nomás.
Esta vez, Silvia no dijo nada a su esposo. Debería pensar. Sí, pensaría en algo. Mientras viajaban de regreso al hogar, luego de una jornada habitual, Silvia puso en marcha el CD del auto y escuchó música celta.
Por su parte, Lisandro con el rabillo del ojo, observaba discretamente cómo su mujer, llevaba las manos a su cabeza, cada tanto. . . 

2010

Comentarios

  1. Entretenido cuento surrealista y muy bien encuadrado en la etiqueta "insomnio" porque es para quitar el sueño. Me ha gustado amiga. Un abrazo.

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