Mestizaje



Desde el filo de un cerro, en el cordón de las Sierras Chicas de Córdoba de la Nueva Andalucía, la que fundara en 1573 aquel andaluz nacido en Sevilla, generoso y pacífico llamado Don Jerónimo Luis de Cabrera, un aborigen* moreno, alto y espigado, vistiendo una especie de rústica camiseta larga, la había divisado lavando unas ropas en el estrecho arroyo. Ella no lo advirtió esa vez. La vegetación enmarañada, propia de los valles cordobeses fue testigo de una de tantas historias que comenzaron a repetirse entre los pobladores naturales de estas tierras y los colonizadores, algunos y conquistadores otros, que llegaron desde Europa. Todos los días a la misma hora, él la contemplaba con su ojo avezado sin ser visto y ella canturreaba en español, pero el hombre de barba oscura, rasgo típico de esta etnia, no alcanzaba a escucharla. Ese día él decidió bajar abriéndose paso entre los arbustos como un puma silencioso. Llegó hasta muy cerca sin ser oído ni visto desde la otra orilla del cauce angosto pero cristalino.
Arriba, un cielo azul-celeste límpido donde brillaba el sol.
Abajo, una historia por iniciarse.

Una semana solamente había transcurrido desde el avistaje y cada vez era mayor la osadía del aborigen, basada en la calma de esa mujer distinta, de ojos negros y cabello también negro y ensortijado. Su piel, sus caderas redondeadas y sus pechos blancos apareciendo en el profundo escote, el que admiraba aún más, cuando ella se agachaba a meter y sacar la ropa  varias veces en el agua enardecían su sexo. Estaba decidido, se presentaría arrastrándose como iguana entre las piedras. 

Otra semana tardó el comechingón* en pisar la ansiada orilla más por indecisión que por distancia. Hacía días que rodeaba el cerro y venía por la quebrada, asegurándose estar antes que la mujer blanca. Parado,  al descubierto, seguro, esperó casi todo el día y terminó marchándose al anochecer loco de furia. Ella no llegó.
La vigilancia desde el llano continuó a pesar de la ausencia y al tercer día desde la misma, el guerrero cruzó a la otra orilla del arroyo y se quedó agazapado tras un cúmulo de arbustos bajos que no superaban el metro de altura, una mistura de carquejilla, peperina y algún piquillín joven. 
 Ese día, la mujer blanca volvió con su cesta desbordante de  ropa para lavar y, conocedora del lugar palmo a palmo lo distinguió. Siguió su camino hasta el cauce de agua como si nada pasara y se dispuso a cumplir con su misión. No la había terminado aún, cuando un movimiento brusco que agitó su alrededor la sobresaltó. De repente, se sintió elevada por los aires en brazos de un ágil corredor que la condujo a la orilla de enfrente para internarse en la quebrada hasta una especie de gruta cavada en la sierra. Micaela no podía articular palabra ya que una mano fuerte le tapaba la boca. Bien sabía que los indios* de la zona no cabalgaban aún y que el caballo no era conocido en estas nuevas tierras sino que había sido traído por los españoles con fines de colonización y sólo ellos los usaban.
Sus ojos negros parpadeaban incesantemente viendo traspasar matorrales, espinillos y plantas desconocidas, que parecían esfumarse en la carrera pedestre.
En la cueva, el comechingón agitado y sudoroso la acostó sobre la tierra limpia de piedras y yuyos*, arrodillado a su frente se quedó mirándola. Ella no se resistió,  pero sin embargo se incorporó y valientemente le clavó sus ojos en los de él, los que para su sorpresa no inspiraban miedo. Por el contrario, parecían tiernos en ese momento. Observó su vincha* tejida en lana de colores vivos y sus adornos en brazos y cuello hechos con tiras de cuero de guanaco. Una sensación agradable la recorrió. Él,  le rozó la cara y le tocó el pelo, luego la olió. Micaela siempre había escuchado a su padre defender a los pobladores de estas lejanías australes por lo que había ganado la confianza de muchos aborígenes enseñándole a no temerles, por cuya razón, hizo lo mismo: Deslizó su mano sobre la cara cubierta por la barba negra que le recordaba a su primo Miguel,  quien vivía lejos de Córdoba, en la pampa húmeda, allá en Santa Fe de la Veracruz*, si bien la tez de su raptor era muy  oscura, luego tocó su cabeza. . . y lo olió. Fue suficiente. Él la empujó hacia la tierra oscura y la poseyó sin resistencia.
Aprendieron algunas palabras de sus respectivas lenguas* y poco a poco comenzaron a comunicarse.  La gruta en el cerro, se convirtió en el hogar* que no tenían. Don Ismael Alcántara Sorallo, el padre de Micaela, fue el único que conoció el romance. Una tarde, su hija volvió del cerro vistiendo  una falda larga tejida y una camiseta corta adornada con laminillas de caracol de tierra. Salvador, como habían bautizado en secreto al comechingón, le había regalado el atuendo. Otro día, la joven llegó adornada con pulseras y un medallón de cobre y plata.   Su peinado partía el pelo al medio y se recogía con una trenza. El viejo sevillano meneó su cabeza sin que su hija lo viera y supo que desde ese día la había perdido para siempre. Se consoló pensando que prefería la nobleza de Salvador a la avaricia de Miguel, ese pariente que pretendía a Micaela.
Meses más tarde, nacía Encarnación, mestiza, fruto del amor de dos razas, dos lenguas, dos mundos.
2011


Nota de la autora:
Esta historia es de ficción, pero los datos históricos son verídicos. Por otra parte, así ocurrió, tal vez no tan románticamente o sólo en algunas uniones. Los comechingones desaparecieron subsumidos en este cruce de razas. Hoy quedan pocas familias puras, descendientes de los originarios que no se mezclaron.  Viven casi en el mismo lugar que Don Jerónimo Luis de Cabrera negociara con el Cacique Comechingón.


* Aborigen: Originario del suelo en que vive. Se dice del primitivo morador de un país, por contraposición a los establecidos posteriormente en él.

*El Comechingón: habitó en el cordón montañoso central de Córdoba, principalmente en los valles de Punilla, Calamuchita, Paravachasca, Río Cuarto y en el valle del Río Primero, lugar de fundación de la ciudad de Córdoba en 1573. Esta etnia formaba pequeños pueblos independientes, liderados por un cacique. Las informaciones que se tienen sobre ellos son sumamente escasas, ya que  nadie se preocupó de estudiarlos, ni de recopilar materiales relativos a sus lenguas. (Todavía viven en Córdoba Capital, algunas familias descendientes de los comechingones que conservan sus mitos y costumbres)

 * Indios: se les llamaba así a los naturales de las Indias Occidentales, es decir de  América, sin mezcla con otra raza.

*Yuyos: hierbas silvestres.

*Vincha: cinta tejida en telar que rodeaba la cabeza a la altura de la ferente, usada por las distintas tribus.

* Santa Fe de la Vera Cruz, llamada actualmente en forma abreviada Santa Fe, es la capital de la Provincia argentina del mismo nombre, fue fundada por Juan de Garay el 15 de noviembre de 1573.

* Hablaban lenguas distintas, de las que no quedan sino unas pocas palabras sueltas. El nombre de comechingones, con que se les conoce, no es el que ellos se daban, sino con  el que los nombraban los sanavirones, (otra tribu que habitaba al Norte de la Provincia) y al parecer se refiere al hecho de que vivían con frecuencia en cuevas.

*Vivieron en casas semi-subterráneas. Eran grutas y abrigos naturales de la región serrana: "cavaban las casas en tierra hasta que ahondando en ella quedaban dos paredes naturales, las armaban con madera y las cubrían con paja". Luego  las completaban con pircas. Practicaban la alfarería y la cestería. Trabajaban la piedra, aunque no los metales, y realizaban hermosas pinturas rupestres.


Eran agricultores, cultivaban: maíz, poroto, zapallo y recolectaban algarroba, chañar y otros frutos. Complementaban su dieta con la caza de guanaco, ciervo, liebre y vizcacha. Para la guerra utilizaban arco y flecha, boleadoras y lanza. También para la caza. Eran cazadores y criaban llamas. De estas últimas obtenían la lana con la que confeccionaban sus vestimentas, que consistían básicamente en un delantal largo, una camiseta y un manto.


* A la llegada de los españoles, los sanavirones, otra tribu que habitaba el Norte de la provincia, amenazaba con invadir el territorio ocupado por los Comechingones, lo que produjo enfrentamientos entre ambos pueblos. En la primera etapa de la conquista española,  la región de las Sierras centrales fue un lugar de luchas.
*Hablaban en su mayoría la lengua sanavirona, aunque también coexistían otros dialectos particulares como el henia y camiare. El primero era el hablado por los comechingones que habitaron especialmente en las sierras próximas a Córdoba de la Nueva Andalucía.

*Vestían camisetas largas, y algunos rasgos poco habituales en la población indígena, y que llamó poderosamente la atención de los españoles, fueron la barba completa que ostentaban y la figura alta y espigada de sus integrantes.


Fuentes: conocimiento personal y consulta en estos sitios entre otros.
http://marcasdelpasado.blogspot.com/ (fuente de la fotografía)



Comentarios

  1. Precioso el relato, muy conmovedor! Y una entrada completísima, digna de ser enseñada en las aulas. Te felicito, amiga. Si fuera profe de Historia, lo tomaría prestado para leerlo entre los alumnos.
    Un beso.

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  2. Estimada Zuni, preciosa y cultural historia, Me ha gustado mucho; es un reflejo de la historia que se repite muchas veces sobre la unión de dos culturas, en donde lamentablemente una de ellas tiende a desaparecer. Aquí en América Latina y también en otras partes del mundo ha sido un acto sobre el cual hemos nacido muchos países. Lindo blog.

    Abrazos.

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  3. Gracias Chogui, por tu alentador comentario y por compartir ideas. Un abrazo.

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