Efraín


Ese verano Efraín había decidido pasarlo en la posada de su abuelo. Estaba harto de la ciudad y vacacionar en el mar otra vez, no lo entusiasmaba. En cambio, mirar las sierras, cubiertas de verdes oscuros, escuchar el sonido cantarino de un arroyito saltarín, distraerse con los turistas que van y vienen por el hotelito, eso sí lo reconfortaba. Por otra parte lo había hecho muchas veces en su niñez y parte de su adolescencia, siempre al amparo de su abuela Alicia que lo llenaba de mimos y complacía su gusto con las riquísimas empanaditas de queso.
Llevaría, por supuesto, su Notebook para divagar entre números y cálculos. Para proyectarse y entretenerse en la Red con sus amigos cibernautas a quienes dedicaba parte de su tiempo, luego del regreso a casa, pasada la jornada laboral.


Se adaptó rápido al movimiento diario de la Posada. Había elegido, para desayunar, una mesa junto al gran ventanal para ver la gente pasar y disfrutar de los hermosos ejemplares autóctonos y exóticos de la tradicional plaza que se ubicaba justamente enfrente.


La camarera tenía todo listo para cuando él llegaba. Cumplía un ritual: Primero desayunaba tranquilo mirando hacia fuera ensimismado en sus pensamientos, entrecortados por algún, ¡Buen día! y luego de saborear el rico café con leche con tostadas calentitas, humeantes, manteca y dulce de algarroba, miel o arrope de chañar, abría su equipo y permanecía horas, trabajando en lo personal y compartiendo con personas, quienes virtualmente, solían arrancarle alguna sonrisa o gesto de preocupación.


Una mañana de la primera semana de estadía, en su última mirada hacia la plaza, antes de conectarse, la descubrió caminado apurada por la avenida embaldosada que desembocaba, casi justo enfrentada con el Hotelito. Allí cruzaba ella todos los días en un repetitivo trayecto diurno. Un día, de tanto mirarla, los ojos de Efraín se encontraron con los de la mujer. A través del vidrio y la distancia, él sintió cómo, una especie de estremecimiento se apoderaba de la joven.


Poco a poco fue observando su cabello ensortijado, casi rubio, su cuerpo gentil, sus ojos que no desviaban la mirada.


Ella, todas las mañanas, cruzaba a la misma altura, la ancha calle que separaba la plaza de la Posada y giraba en ángulo recto hacia el sur. Efraín la contemplaba absorto a través del ventanal de vidrio fijo, con una estrecha banderola en su parte superior, que su abuelo abría todas las noches, para que entrara “el fresco”. Cada desayuno traía una emoción contenida para Efraín que no compartía con nadie. Se apuraba a beber el café, para esperar a la mujer y mirarse en sus ojos claros.


Siempre se miraban, cada vez comenzaban desde más lejos hasta casi enfrentarse rostro con rostro ante la vidriera inmóvil. Una mañana diáfana, Efraín levantó su mano en señal de saludo y ella le contestó con un aleteo de la suya. Más tarde, se saludarían con un desapercibido movimiento de cabeza y una franca sonrisa.


Pasaban los días y el visitante iba sintiendo una necesidad cada vez mayor de divisar a la muchacha, apenas se sentaba a la mesa del desayuno. Como todas sus cuestiones personales, esta extraña relación con la joven que cruzaba todos los días por el mismo lugar, le pertenecía y la callaba, cerrándose al saber.


Cada noche Efraín, contaba los días que le restaban en la Posada familiar y soñaba con el nuevo encuentro por la mañana.


¿Qué magia imperceptible y recíproca se apoderaría de estos dos seres que, sin hablarse, con solo mirarse se conectaban? ¿Qué hilos invisibles los acabarían uniendo, sin tocarse, sin olerse, sin juntarse cuerpo con cuerpo? ¿Qué razones escoge el alma humana para elegir el momento y el lugar, la persona y el entorno destinados?


Esa mañana, la joven se acercó como nunca al ventanal y apoyó su mano sobre el vidrio, sumergiéndose en los asombrados ojos marrones de Efraín. Él le contestó el gesto y apoyó su mano sobre la de ella, como si ningún elemento los separara. Y pudo sentir la vibración de su amada y ella advirtió, dando un respingo hacia atrás, casi asustada, el palpitar del hombre. Se fue presurosa rumbo al sur.


Dos días negros consecutivos llenaron de angustia el corazón de Efraín, cuando al ritual cotidiano le faltó la presencia de la mujer.


Su abuelo, preocupado, le preguntó si se sentía mal, porque lo veía callado y pálido como si no hubiese dormido bien, a lo que Efraín respondió desviando la atención del anciano, alegando un malestar estomacal. El abuelo sonrió y ordenó: "Entonces, hijo, no tome café, hoy tomará té de hierbas serranas que lo van a componer rápido."


Las hierbas, por más sanas y acertadas, no tuvieron efecto. No ver a la joven de pelo rubio a la cual se había unido y comunicado a través del inimaginable poder de su mente, era suficiente para no permanecer en el lugar un solo día más. Llegó el último desayuno. Había mirado reiteradas veces hacia la plaza, pero no la detectaba, sin embargo la presentía.


Vuelto a su café con leche de la despedida, con la Notebook cerrada, se había quedado quieto, pensando en razones infundadas, en respuestas insuficientes, en la trama imperceptible que ocupa los espacios de la vida.


No miraba hacia la plaza, menos al ventanal. Había fijado su vista en un punto blanco que sólo él distinguía.


De repente, el prana que todo lo ocupa se agitó, sus sentidos se agudizaron y sus labios se abrieron para beber todo el sentimiento de esa boca húmeda que le acababa de estampar el más cálido de los besos que hubiese recibido nunca.


El tiempo que duró el contacto le pareció infinito e insignificante a la vez. Ella le tomo el rostro entre sus manos blancas y, lo miró tan dulcemente que sintió como si se le partiese el corazón.


No hubo palabras. La joven de pelo casi rubio ensortijado, salió rápidamente del salón comedor del hotelito y apurada siguió su rutinaria caminata calle abajo.


Efraín no intentó alcanzarla, en realidad no la alcanzaría. Manejar con velocidad su silla de ruedas, aunque moderna, no se lo permitiría.


El abuelo, presente detrás de la barra, fingía repasar con una limpísima servilleta las copas lavadas de la noche anterior.


El huésped preguntó:


_Abuelo, ¿quién es esa chica?


El anciano contestó:


_Es la joven con la que te has estado mirando todo este tiempo, hijo. Va todas las mañanas a aprender lengua de señas en la escuela Municipal, porque es sordomuda, la pobrecita. . .


2010

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