El Escritor



I
El escritor había dejado caer su cabeza sobre la destartalada mesa, lucía dormido y babeante. A su lado, un escrito arrugado que parecía una carta y junto, una botella de ron vacía. Había bebido del  oscuro envase, del pico nomás, tal vez, para acallar de golpe la pena que le corroía el alma. Esa pena tenía un nombre: Ruth

II
Sin palabras de por medio, la joven vestida de rojo lo había inspirado como ninguna otra musa celestial. Aquella casi amanecida noche – siempre escribía de noche – su pluma alumbró los poemas más bellos, al calor de la leña ardiente, en un crepitar de mil estrellitas rojo-amarillentas, mientras un sol tenue, amenazaba con despuntar en el horizonte.
No tuvo frío, menos ése que congela el alma. Una alegría insospechada ganó sus días, precipitando sus visitas, noche a noche, sólo para contemplarla. Una de ellas, embriagado, más por el entorno que por el alcohol, ya que él era bebedor del buen vino, la vio llegar. En ese fugaz momento la comparó con su vino preferido y sintió su calidez, su aroma, notó su cuerpo resplandeciente de rojos que jamás soñó, encontraría en ese lugar. Su preferido era el tinto, rojo, oscuro, como la sangre. Sus ojos entrecerrados por el humo del antro y lo avanzado de una interminable madrugada se llenaron con el carmesí de su boca y con la apretada falda de satén que delineaba sus redondas caderas. Con movimientos ondulantes pasó a su lado y el corazón pareció explotarle. Esa noche, Ruth le regaló su primera sonrisa.



III
Cansada de verlo dormirse sobre la barra, al arrullo de algún tango dulzón, Ruth, terminó por aceptar una copa del escritor. Fue en una madrugada de invierno, mientras la escarcha se apoderaba de los ventanales del  cafetín.
_ No puedo acompañarte más, lindo, tengo que trabajar, le dijo ella, soberbia, envuelta en una estola roja que cubría sus hombros blancos.
_ Trabaja conmigo, Ruth, te pagaré bien, le mintió el escritor.
Esa mirada oscura y tierna de chico bueno, ese pelo ensortijado que en cascada desprolija avanzaba sobre su rostro y la tibieza de su mano, sosteniendo la suya, conmovieron a Ruth.
Ella no podía comprometerse, pero ese tipo la había hecho vibrar, nada más con mirarla fijamente durante una sucesión de inacabables noches. Terminó por aceptar.
Cruzaron el salón entre el humo espeso y gris que ocupaba los muchos espacios vacíos que dejaban los parroquianos, cuando se marchaban resistentes, al amanecer. Caminando y temblando de frío, llegaron en quejosa marcha hasta la puerta azul que indicaba el hábitat del escritor. Paredes de madera, un sillón celeste y amplio, una mesa pequeña, dos sillas, tres o cuatro botellas de vino en un estante, (en el sótano, había muchas más, enviadas especialmente desde San Rafael) en otro, varios CD de música clásica, ópera y tango y en la simulación de cuarto, una cama y dos pinturas, tristes, que a ella poco le agradaron. Un baño pequeño con lo indispensable para mantenerse limpio y una mesita en su interior sobre la cual un calentador a kerosene hablaba de comidas quemadas y sopas derramadas.
Ruth, cerró los ojos y suspiró. Él tenía la costumbre de llamar al monoambiente separado por un biombo con dibujos de geishas amorosas su “atelier” y en el camino había nombrado así, al lugar hacia donde se dirigían.
_ ¿Por qué llamas a esta pocilga, “atelier”? preguntó Ruth, con tono molesto.
_ ¡Ah! Ruth, hermosa Ruth, porque yo soy un pintor, también. La diferencia, contestó el escritor, es que yo pinto la vida con palabras, no con pinceles y óleos. . . . Mientras, mirándola a los ojos, le acercaba una fina copa conteniendo el buen Malbec que tanto disfrutaba.
El saldo ínfimo de la noche se esfumó en sus jóvenes cuerpos. Se durmieron abrazados, muy juntos. Cuando el escritor despertó, ella ya no estaba a su lado entre las sábanas bordadas, heredadas de su madre. Esa mañana escribió otros versos. No comió ni bebió, sólo escribió. El amor había tocado a su puerta.

IV
Noches sin pagos, noches de amor, tal vez sincero, sin destino final, se encadenaron al primer encuentro. Ruth no podía explicarse qué le había pasado con ese mozuelo bohemio, que le recitaba armoniosas poesías dedicadas a ella y que se negaba a vender, entre los intelectuales que frecuentaban los paseos y bares, donde él, orgulloso, las exponía.
Cada vez, el deseo de estar juntos era mayor y el tiempo que Ruth se quedaba en el cafetín era menor. Salían del local, como adolescentes, tomados de la mano, silbando, saltando y riéndose cada cual de cada quien. Una procesión interminable de emociones los embargaba. Los flacos bolsillos de ambos ya se hacían sentir. El vino comenzaba a escasear y los alquileres atrasados se acumulaban como basura arremolinada por la brisa del Riachuelo.  Esta vez, Ruth ya había llegado cuando el escritor entró, con el aura brillante y la sonrisa grabada en su hermoso rostro. Se detuvo y gozó contemplarla. Su perfil se delineaba insinuante entre las medias luces del escenario. Sentada a la barra, se pintaba los labios de rojo carmesí destellante como las luces de los barquitos pesqueros en la noche portuaria. Su boca abierta le recordaba esa otra boca húmeda y profunda como un “cenote”* en la que tantas noches se había hundido la suya. Cuando lo vio parado ahí, guardó en su bolsito de terciopelo negro el rouge, mientras una lágrima que pronto ahogó con su guante de encaje se asomó curiosa a este otro lado de su mundo.
Esa noche,  se amaron como si fuese la última vez. Sus pieles brillaban por la transpiración, las ropas tendidas en el piso de vieja madera, en descuidadas hileras, eran señal de la fogosidad de los tiempos vividos.
Un sol intenso iluminó el trozo de papel retenido por una copa con restos de vino, donde ella le había escrito, simplemente: Esta noche no me busques, no iré. Tuya, Ruth. Sin embargo, el escritor casi enloquecido fue, ella no.

V
_ Pero, vos,  ¿estás loca? Vociferó el hombre robusto, dirigiéndose a Ruth y continuó, ¿Cómo se te ocurre enredarte con el mocoso ese? ¿No te das cuenta que no has rendido nada? ¿Querés que te mate? Tomándola de los cabellos negros y ondulados.
_ Dale, contestó ella, gritándole a la cara, si eso hace que termine todo esto, matame, por favor. . . y rompió en un llanto viejo y contenido, desgarrador, insostenible. . .
_ Bueno, basta Ruth, te vas a ir a trabajar al local que tengo en San Nicolás y decí que lo hago por la educación de nuestra hija. . .comentó, el rufián, luego de dejar  que Ruth llorara un poco, imperceptiblemente sensibilizado por las lágrimas de la mujer.

VI
El escritor divagaba ante la copa oscura y perfumada. No sólo había vendido el óleo firmado por Quinquela Martín*,  en el que el populoso y nostálgico barrio de “La Boca” aparecía más multicolor que en la realidad, sino que había echado mano al “Cerrito”** que tanto quería porque le recordaba, en su acostumbrado paisajismo, el campo de sus vacaciones infantiles, ambos heredados en el testamento de su madre. También hubo de recurrir al remate del accogliente sillón de cuatro cuerpos, tapizado en terciopelo celeste, donde semejando un mar dulce y profundo, su amor por Ruth se había consumado en repetidas noches. Ya no podía comprar el rojo líquido de buena calidad y había jurado no acercarse a esa vieja botella de Ron que su tío Osvaldo le había traído de República Dominicana, más de siete años atrás. Estaba dispuesto a recordarla otra vez y volvería a escribir aunque solo fuera para ganarse el pan del día, vendiendo en el paseo de artesanos sus poemas de amor. Pero nada escribió, se acurrucó en ovillo como un gato y se durmió soñando con la silueta de Ruth, llegando al cafetín, con su roja estola de plumas, sus caderas redondas, su forma de amar y su futuro sin planes.

VII
Pasó el tiempo para bien o para mal. Una dimensión sin parámetros para el escritor. Esa noche, pluma en mano, musas en su entorno, Puccini en el reproductor y una copa de buen Malbec, lo predisponían a ahondar en los profundos misterios del alma humana.
Después de meses o tal vez, años convencionalmente hablando, sentía la misma necesidad de escribir que había experimentado en otras ocasiones, pero, esta vez, su deseo no surgía de una gris melancolía,  su ánimo era otro. Le cantaría al amor. Creía que ese ardor rubí que le quemaba el corazón cuando se acordaba de ella, había sido alcanzado por el fenómeno de la superación, llámese olvido, entierro o indiferencia. Lo creía firmemente. Estaba seguro, por ello, desafiante consigo mismo, en ese momento pensó en Ella, en sus caderas redondas apretadas por el bermellón de la seda. Pensó, y deseó no haberla conocido. Ante tal pensamiento, sus musas se esfumaron en la noche clara como cascada de estrellas. Su pluma se deslizó  de su mano. Se sentó frente a la escuálida mesa y miró el papel en blanco. Bebió la última copa, de la última botella mendocina de Malbec, rojo y espeso, ensimismándose en su aroma a tonel de roble y frutos del bosque. Un sentimiento raro lo invadió y lentamente logró apoderarse de sus pensamientos hasta que afloró al mundo del afuera, en una triste sonrisa, tenuemente dibujada, bajo el bigote casi gris. Las copas del buen vino se repitieron sin ton ni son. Total, era la última botella. Entonces, recordó y con dolor alumbró su nombre: Ruth. Sentado en una vieja y desvencijada poltrona se dispuso a mirar la luna deambulante en la madrugada lenta y a dejarse invadir por la retenida saudade de querer y no querer saber.

VIII
La siesta boquense se derretía en el zinc de los techos. Sólo unos aventureros turistas europeos, caminaban deslumbrados, descubriendo el mundo de colores que “Caminito” les ofrecía. El escritor, un poco encorvado y cargando una pequeña maleta, pasó cerca, con una insinuante sonrisa colgada en su rostro, ya arrugado.  Tomó el bus  que lo llevaría hasta Retiro* la vieja Estación Central de trenes.
El emblemático reloj de los ingleses* marcaría un nuevo tiempo.  San Nicolás no quedaba tan lejos. . .
2010

Información de la autora:

Benito Quinquela Martín (Buenos Aires, 1890 - 1977) Pintor y muralista argentino. Fue uno de los “Pintores de La Boca” (uno de los barrios de su ciudad natal). Con un estilo naturalista, la temática de su obra giró, sobre todo, en torno a los barcos y las labores portuarias en general. Se le consideró el pintor del riachuelo por su tratamiento de los temas portuarios.
*Egidio Cerrito  (1918-1999), conocido como el famoso pintor cordobés, sus obras revelan las bellezas de los paisajes del campo argentino y de Córdoba, ciudad a la que llegó desde su Nápoles natal cuando tenía 3 años.
 *Retiro: es el nombre de tres estaciones de la red ferroviaria argentina, ubicadas en forma contigua, en el barrio porteño de Retiro, Ciudad autónoma de Buenos Aires, a las que se suele hacer referencia como una sola. La que alberga el ramal Mitre llegó a ser en su momento una de las terminales ferroviarias más grandes del mundo. 
*Torre de los ingleses: esta torre, ubicada en Buenos Aires, Argentina, en el barrio porteño de Retiro, fue donada por los residentes ingleses en 1910 con motivo del centenario de la Revolución de Mayo. Fue diseñada por Ambrose Paynter bajo el estilo de renacimiento isabelino. Toda su construcción posee objetos y símbolos ingleses que guardan la armonía con el entorno. Tiene 70 m de altura y está coronada por un típico reloj inglés. Sobre su cara externa se observan distintos símbolos de ornamentación británica: la flor de cardo, la rosa de la casa Tudor, el dragón rojo de Gales y el trébol de Irlanda. Se destacan además los emblemas de Inglaterra y de Escocia como el león rampante y un unicornio.

Comentarios

  1. El Escritor: Hermosa semblanza de los intrincados caminos del alma humana cuando el amor golpea las puertas del corazón. Me encantó tu hisotoria Millz. Me identifico con el Malbec en las noches en que me siento a escribir, aunque no me desvela ninguna figura ausente. Gracias Millz por tu compartir y por estar siempre leyéndome. Mil perdón por no corresponderte de igual modo; pero hete que aquí estoy.

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  2. Es una historia que a uno, que escribe, lo toca en algún punto.
    Me quedé pensando en que en otras épocas escribía para alguien ausente, pero lo que salía era triste y angustioso, cargado de una nostalgia nociva. Lo peor es que me inventaba a mi Ruth, pues en la vida real o existía. Ya no es así, por suerte.
    Me alegra que hayas subido un texto largo, no todos nos animamos a hacerlo en un blog.
    Un beso enorme y gracias por hacerme saber de El Escritor a través de google.
    HD

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  3. ¡Qué suerte que nos reencontramos, Humberto! A este Escritor lo quiero de manera singular. Al fin y al cabo siguió su camino y va hacia "su" reencuentro. Un abrazo, amigo.

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