Mujercita


Desde mi ventana podía ver el cúmulo de nubes grises que avanzaban desde el sur. No soplaba ninguna brisa, menos viento. Una tranquilidad pasmosa me ponía nerviosa. La cama era un nido acogedor en medio de una habitación de paredes altas, pintadas de rosa. Él tal vez no vendría, menos pasaría a mi habitación, pero yo siempre le imaginaba en el marco de la puerta. Sumida en mis cavilaciones tempraneras, me sobresalté cuando Rosa abrió bruscamente la puerta de mi habitación para alertarme que el médico acababa de llegar. El Dr. Quesada ya estaba viejito y casi no podía conducir. Su pierna lo mortificaba y tenía que pedirle a su único hijo varón que condujeran el viejo Ford por las rutas arenosas del campo. A solas, el médico me revisó de pies a cabeza, sin encontrar rastros de ninguna enfermedad. Para colmo, en ese momento no tenía síntoma alguno. Luego, llamó a mamá y,  habló largo rato con ella en la salita en la que terminaba el pasillo de distribución de las habitaciones.  Al cabo de unos pocos minutos, eternos para mí, ambos entraron nuevamente en mi cuarto. El Doctor, se despidió amable, me recetó un tónico y aconsejó que me levantara al otro día para seguir con mi vida normal. A mamá le preocupaba que en los últimos tres meses yo no me sintiera bien y tuviésemos que llamar al médico. Prometió llevarme a un especialista de la ciudad, pero sus quehaceres, seguramente frenaban su decisión. Apenas ce cerró la puerta tras el doctor Quesada, salté de la cama y fui hasta la ventana. A través del voile color blanco lo vi: Alto, erguido, parado como un soldado al lado del automóvil, esperando a su padre. Desde que lo conocí en aquella kermese en beneficio de la biblioteca pública, a la que habíamos asistido con mis padres, no podía olvidarlo. Moví mi mano en señal de saludo. Él llevó la suya a su boca y la estiró mucho, hacia lo alto, como para que el beso que me enviaba en el gesto llegara hasta el ventanal. Mi corazón se desbocó y volví a la cama, justo a tiempo para que mi madre me encontrara ovillada en ella.
_ ¿Qué te dijo el Dr. Quesada, mamá?, pregunté ansiosa.
_ No tienes nada, hijita, como siempre, te pasan cosas. . . de la edad. . .
Con un resoplido contenido respondí, resaltando mi preocupación:
_ Mientras no sea nada malo, mamá, a lo que ella me consoló besando mi frente.
_ No te preocupes, Elisita, no es nada grave. . .sólo que te estás haciendo señorita.
Recuerdo que ese día dormí mucho, mientras escuchaba el retumbar de la lluvia sobre el techo de zinc y atrapaba con mi mente aquel beso al aire, lanzado por quien sería mi primer amor.

2012

Comentarios

  1. Muy bueno Millz. Una historia sencilla llena de vida. El crecimiento de los hijos es una etapa que también hace crecer a los padres. Los primeros en lo físico los segundos en lo emocional. Besos

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  2. Así es, Eduardo, lo sabemos bien porque somos padres. Un abrazo poeta.

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