En Navidad

Guillermina
Diciembre, último mes del año. Navidad. Año Nuevo. Llegan las fiestas, los compromisos, los deseos por satisfacer y las expectativas por cubrir. Sin embargo, Guillermina, aquella niña huérfana, criada por su tía Margarita con escasos recursos, siempre esperaba poco o nada. “Este año no habría de ser distinto”, era el pensamiento de ella y su tía. Vivían a la vera del camino secundario que comunicaba la villa con la ciudad, más allá de las afueras, en una casita de piedra con un gran parque bien cuidado, herencia de su padre. Su tía le había anunciado que no recibiría nada, que eran pobres y no habría regalos esta Navidad. Pero, la huerfanita no perdía la esperanza. Su deseo era, tener un oso de peluche grande como si fuera de verdad y dormir abrazada a él. Acababa de cumplir siete añitos y a pesar del ambiente rígido y austero en el que había crecido, era generosa, alegre y servicial. De vez en cuando su tía la halagaba con un mínimo cumplido. “Sigue así, Guillermina que algún día el cielo te recompensará”.   La niña sonreía y no le contestaba.

Luz
Mientras tanto, en la gran ciudad Marta no daba abasto con el ajetreo que la fecha le ocasionaba. “No se debe dejar todo para el último día” pensaba, mientras trataba de estacionar el auto en la acostumbrada cochera, ese día,  repleta. “Parece mentira que la gente deje todo para último momento” reprochaba. A pesar de haber ido sólo en busca de un regalo extra para Luz y dos o tres para parientes que la sorprendieron con su participación en estas fiestas, no le agradaba la situación. Ella no era así. Pero hacía eso, aún con la disconformidad de Sergio, su esposo, quien le advirtiera días atrás sobre esa especial fecha, tan conmocionada.
El arribo de un diciembre caluroso y muy convencional, le patentizaba otro fin de año convulsionado, como era de esperar. Esa tarde, Luz  había quedado al cuidado de su abuela paterna y ella podría hacer la última compra de Navidad con cierta tranquilidad. Sin embargo, el centro comercial era un infierno. Restaban pocas horas para la fiesta. Marta iba decidida a conseguir el peluche del Oso Yogui, del que Luz disfrutaba en los dibujitos animados. Antes, esperaría a su esposo para compartir con él los detalles.
Ya en la juguetería, afortunadamente, dio con Yogui. Era el tercero en una larga hilera acomodada sobre el estante de la góndola.
Al salir, ambos padres discutieron la manera en que llegarían a casa en menor tiempo, esquivando el tráfico de la congestionada ruta principal, viajando en la camioneta utilitaria del esposo, cargada de herramientas propias de su trabajo que, ciertamente ocupaban bastante lugar.
Tomarían por una ruta colectora y luego la secundaria.
En definitiva,  emprendieron el regreso  hacia la Villa, distante unos cincuenta kilómetros de la gran ciudad, con el grandote de Yogui atado sobre el montículo de hierro que llenaba la caja del vehículo. 

Cuando arribaron a la casa enorme que pensaban llenar de hijos, la abuela distrajo a Luz y anunció que todo estaba listo para recibir a los invitados.
Grande fue la sorpresa, cuando al ir ambos a buscar el osote, sólo encontraron sobre las maquinarias restos de papel, cintas de regalo y un colgajo de soga con la que Sergio lo había sujetado. Sin palabras se miraron. Marta, a punto de llorar se abrazó a su marido, reclamándole: “Lo hemos perdido por el camino, quién sabe dónde”. “No te preocupes, de cualquier manera, Luz tendrá otros regalos” la consoló.


Guillermina
Después de la cena, esta vez más contundente que de costumbre, Margarita y sus primas invitadas, pobres y maduras como ella, se fueron a rezar en la ermita del amplio terreno que circundaba la casa. Guillermina se sentó en el umbral de la puerta de entrada para esperar los fuegos artificiales que explotarían en el cielo oscuro de la nochebuena, en un ratito más, cuando llegasen las doce.
Su tía y sus tías-primas regresaron de sus plegarias y Margarita llamó a la niña para que estuviera en la mesa presente cuando brindaran. Las campanas de la vieja capilla próxima, comenzaron a sonar llamando a los fieles a la misa de gallo, caída casi en desuso.
“Son las doce” pensó Guillermina. “Vamos” dijo la tía, pero antes de salir, la niña se quedó mirando el cielo. Fue en ese momento cuando llamó su atención, un bulto sobre la ruta, que por la oscuridad de la hora no alcanzaba a distinguir. Guillermina corrió los sesenta metros que la separaban de la “cosa”  y con inmensa alegría volvió abrazada a un oso casi tan grande como ella. Su tía y sus primas no salían del asombro. . .

2012


Comentarios

  1. ¡Felicidades!!!!que pases bien junto a las tuyos.
    abrazo

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  2. ¡Precioso! amiga.
    FELIZ NAVIDAD, para ti y seres queridos.
    Besos

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  3. Gracias por el cuento, ya me puedo ir a dormir.

    Un abrazote

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