De eso no se habla

“Pensar que yo lo veía venir. . .”  murmuró Don Prudencio Bustos en el Bar del pueblo. No era cosa de suponer así como así, por cualquiera, claro. Se requería conocimiento, ilustración y una chispa de ingenio para avizorarlo. “Tanto va el cántaro a la fuente. . .”, repetía.
Su reflexión, era de hecho, sorprendente, ya que nadie fue capaz de pensar en aquello que él mismo sugería.
El revuelo que había causado esa última inspección y después, la muerte del hijo del Intendente, reducida a un “De eso no se habla”, amordazaron las dudas sobre aquella enfermedad que se llevó con ella al futuro abogado del pueblo.
El arribo del Ingeniero de mejillas rosadas y ensortijado pelo rubio venido de la gran ciudad, con su camioneta roja, reestableció los comentarios.  Mientras buscaba peones para la obra, el mismo pensaba: “Estos viejos bichos del campo tienen un sexto sentido, no sé porqué me miran y murmuran. . .”
Pululaban los chismes y comentarios sobre lo que había descubierto Don Prudencio en aquél pueblo chico, de polvorientas calles y casas antiguas, olvidadas de progreso y detenidas en ese tiempo glorioso, allá, en la época en que  el ferrocarril fue todo un acontecimiento. Sin embargo, regía en el lugar el Secreto de Estado y nunca (el Ingeniero) pudo enterarse, ni siquiera cuando lo visitó el viejo médico a raíz de esa fiebre altísima que lo volteó a la cama  y lo desmayó en la obra. Menos, cuando una especie de gripe casi lo mata a no ser por las curas santas y el reposo que se vio obligado a hacer por orden de Celia, la mujer del almacenero.
Después de seis meses, delgado y pálido, casi al fin de su contrato, le quedaba poco tiempo al foráneo para terminar la obra y marcharse del lugar. En las ocasiones en las que, con su trípode al hombro y su teodolito en la mano, preguntaba por la comidilla murmurante, sus peones, achicaban los ojos negros desconfiadamente y se le escapaban del tema.
Llegó el día en que el Ingeniero cobró coraje y con una valentía desconocida, arrinconó al Capataz, el más lúcido, entre sus peones y le requirió: 
- Che, Darío, ¿vos sabés qué murmuran en el pueblo sobre mí?
- No Don Ingeniero, la pura verdad, no lo sé. . ., respondió el hombre.
- No sé, pero algo hablan, porque cuando me acerco, se callan, agregó.
Ese día, el “gringo” como lo llamaban, se marchó  cansado, ojeroso y angustiado.
Sería la última noche que pasaría en el pueblo. Sería la última noche que dormiría en el Lupanar de Madame Lavapeur, casi sin clientes desde la última clausura.

2012



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Comentarios

  1. Muy bonito tu blog. Ya estoy a seguirte. Sigame también. Besos
    http://varanopoesiabrasileiracontemporanea.blogspot.com.br/

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  2. Buen desarrollo del tema ZM. Presiento que duele más el aguijón de la intriga que el de una propia enfermedad. Felicitaciones amiga y un abrazo afectuoso.

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