Sesión de peluquería

Silvia Lainez, a pesar de sus temores no revelados, a pesar de la confusión de sus pensamientos, había decidido acompañar una vez más a su esposo en su nuevo viaje de negocios. Ninguno de ambos había hablado acerca de los últimos acontecimientos, pero cada quien tenía su estrategia planteada y pensaba ponerla en práctica en cuanto hubieren de separarse. La mujer, no entendía cómo su esposo parecía no advertir su sufrimiento. Se sintió sola. Había pensado en ir a la peluquería más cercana de los comercios que visitaría su esposo y lo más próximo, era un mall shopping. Afortunadamente Lisandro se proponía visitar a dos clientes allí, así que contentos ambos por la coincidencia y el alivio no expresado de sus propios temores, se separaron frente a un moderno y confortable local de peluquería. Lisandro tenía para un largo rato ya que las vicisitudes financieras que se vivían requerían de un mayor esfuerzo en su propósito de convencer y vender. Silvia entró al Salón y pronto supo que debería esperar su turno un largo rato. Decidió entonces recorrer las galerías con casas de moda.
Relajada y apenas iniciado su recorrido se detuvo ante una amplia vidriera donde dos jóvenes hacían concienzudamente su trabajo, preparándola para la exposición de la nueva temporada. Dispersas en su interior, hojitas de otoño de cartulina, alfileres, ropas y una botella de gaseosa con dos vasos, era lo primero que podía apreciarse. Más allá, en el otro frente un cartel que rezaba: “Vidriera en preparación” y atrás, los maniquíes desnudos, esperando para ser vestidos con los últimos designios de la Moda. Silvia miró absorta ese escenario y regresó al salón. No quiso continuar.
Su baño de crema para el cabello estaba presto junto a una adorable empleada, quien sonriente y esmerada le hizo el tratamiento en su cabeza. Luego, le colocó una gorra de plástico, color aluminio y la llevó a un moderno secador de pie, bajo el cual, la sentó.
_ Ahora son quince minutitos Señora, avisó. Si quiere leer algo, me dice, le ofreció.
_ Por ahora está bien, gracias, respondió Silvia.
La mujer quería estar tranquila y observar a las otras mujeres. No aceptó el ofrecimiento y pensó en la compra que realizaría más tarde si le restaba tiempo.
Al calorcito del secador de pelo, se quedó tranquila, divagando en pensamientos que se oscurecían cada vez más, tornándose en nebulosa mental.
Un ejército de maniquíes desnudos, caminando con aires militares irrumpió en el salón de la peluquería, para comenzar a girar alrededor de las mujeres sentadas, en una danza insospechada, tocándolas, tomándolas del cabello, refugiándose en sus faldas. A ella no la habían descubierto. Sorpresivamente, el más alto de los maniquíes dio una señal y todos sus subordinados se reunieron junto a él para recibir la orden.
“¡Dios mío! ¿Qué harán ahora?”, pensó Silvia, mientras ante sus atónitos ojos, los blancos y pelados seres tomaron las tijeras que encontraron y comenzaron a cortar, tajeando pelos y ropas de las sometidas señoras que no atinaban a hacer nada. Silvia se preguntaba porqué no pedían auxilio. Prontamente habría de tocarle el turno a ella. Uno de los maniquíes la descubrió y avisó al jefe. Los dos se abalanzaron sobre ella y suavemente la retiraron del secador de pie. La llevaron al centro del Salón y le arrancaron su gorra de tela aluminizada. Su pelo ya seco pero empastado por la crema quedó al descubierto como una seca cascada. Cerró sus ojos y rezó. Sentía el dolor en su cabeza, algunos tijeretazos llegaban a la raíz de su cabello. Algo se sangre brotaba de su cuero cabelludo.
Es ella la que nos perturba, la que nos espía en las vidrieras, comentó el Líder a sus inferiores”.
Aterrorizada, Silvia no podía hablar y permanecía inmóvil en el lugar en que la habían dejado, observando a los maniquíes danzar a su alrededor. Logró mirarse en una pared cercana donde el espejo llegaba hasta el suelo alfombrado y descubrir en él, su desfigurada cabeza con un hilo de sangre corriendo por su frente y bajando como manantial carmesí por su mejilla izquierda.
El bailar de los maniquíes armados de tijeras se detuvo ante la orden del jefe. Acercándose hasta Silvia, le susurró al oído con voz ronca:
Podría cortarte también la garganta, pero esta vez te perdono”, sentenció el líder” y tras tales palabras se marchó con sus vasallos por donde entraron. Silvia quedó tiritando, parada, sola, sin que nadie la auxiliase y sintió el calor de la orina bajando por sus piernas. Rompió en llanto y al instante, una voz joven y dulce la desdibujó del centro de la sala. Se redescubrió en el cómodo sillón bajo el secador de pie.
Señora, ya pasaron más de quince minutos, lo siento, pero tuve que despertarla. Las señoras siempre dormitan en este secador. ¿Lavamos?”, preguntó, arrastrando por la cintura a Silvia hasta el lava-cabezas.
La empleada inició su trabajo de lavar el cabello y retirar todo el exceso de crema, cuando notó manchas de sangre en la cabeza de la mujer.
_La dejo cinco minutitos Señora y enjuagamos. ¿Le parece?
_Sí respondió, débilmente Silvia.
Rápidamente se dirigió hasta la dueña de la peluquería y le explicó lo que pasaba.
No digas nada, aconsejó su superior, fíjate que no sangre. No creo que haya sido la crema, la verdad no sé, pero si ella no siente nada, lávale con cuidado.” indicó
La empleada cumplió la orden “al dedillo” y completó su trabajo. Cuando Lisandro la vino a buscar, Silvia estaba pálida y temblorosa.
_ ¿Qué pasa, querida? Preguntó su esposo.
_ Nada, respondió ella, se me debe haber bajado un poco la tensión con el calor del secador de pelo. Eso, nomás.
Esta vez, Silvia no dijo nada a su esposo. Debería pensar. Sí, pensaría en algo.
Mientras viajaban de regreso al hogar, luego de una jornada habitual, Silvia puso en marcha el CD del auto y escuchó música celta.
Por su parte, Lisandro, con el rabillo del ojo, observaba discretamente cómo su mujer, llevaba las manos a su cabeza, cada tanto. . .
 2010
Versión corregida 2013

Comentarios

  1. Le estoy agarrando el sabor a tus cuentos espeluznantes que hacen que se me paren los pelos de punta je. Que bueno que cuando voy al salón de belleza nunca me ponen el secador je.


    Un abrazo

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