En el Jardín circular


María Dolores: Nada más adecuado a su aspecto y personalidad que su nombre.
Vivía sola en el inmenso palacete de marcado estilo neoclásico francés mandado a construir por su abuelo a principios del siglo XX.
Sólo cuando descansaba en el jardín circular del inmenso parque que rodeaba la casona, podía llegar a  soltar una leve y fugaz sonrisa. Ella cambiaba su carácter hosco cuando el sol de la siesta iluminaba su tez transparente y blanca.
No obstante su guardada historia, con amores desencontrados, gustaba de recibir visitas a diario,  lo que le daba sentido a la sexta década de su vida.
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Ese mechón blanco que, desde su cabeza renegrida, caía sobre su rostro generando la forma de antifaz, le daba un aire señorial, muy similar al que portaba su primo texano. Ni qué hablar del mexicano y el uruguayo. Todos llevaban la “marca” familiar. Ellos gozaban de gran capacidad de adaptación al medio, lo llevaban en la sangre, así que se habían diseminado a lo largo y ancho de Sudamérica. Eso sí, construyeron sus casas y formaron sus familias preferentemente en las cercanías del agua.
Este jovenzuelo argentino, inteligente y observador, se había enamorado del Jardín de María Dolores, y tenía sus valederas razones.
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Era un jardín circular con una inmensa fuente de agua, flores por doquier, comedero de aves, bellos bancos de hierro forjado pintados de azul, en los que su dueña solía leer al amparo de la sombra de los nogales que había plantado su abuelo. Más atrás, sobre las altas verjas colindantes, las enredaderas conocidas como “taco de reina” resbalaban por la pared en cascada anaranjada. Hermosos ejemplares de arbustos, alguno que otro  exótico, y los durazneros del fondo, creaban el entorno ideal para disfrutar de tan seductor vergel.
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Ese día, el visitante del jardín lucía su camisa amarilla refulgente, cubriendo su parte de adelante; el negro tupido completaba su atuendo, de la cabeza a los pies. Bien alimentado y de buen porte, un poco bajo tal vez, se lo veía elegante al fin. Sociable y osado, había comenzado a participar de las tertulias de la mujer amante de las flores, plantas de adorno y todo ejemplar relacionado con la botánica. Sin embargo, estaba inquieto, como esperando ver o encontrarse con alguien. Su vista penetrante iba de un lado a otro velozmente. De pronto, la descubrió, justo cuando María Dolores había ido a la cocina por unas masitas de coco hechas por ella  misma.
La femme, ataviada de forma casi similar que su compañero,  desconcertada y discreta, esperaba desde lejos, atenta el flirteo del galán. En el jardín circular había música de trinos, romances que resucitaban el pasado y un incipiente enamoramiento. Él,  se movía de un lugar a otro. No era buen cantor para competir pero, se destacaba por su locuacidad y voz peculiar que, ya  significaba  mucho a su favor.
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Otros individuos, asiduos visitantes y conocidos por María Dolores, también solían establecer algún vínculo en el simpático jardín circular, pero se mantenían ajenos al juego sensual, de miradas y esperas de la pareja que estaba por formarse.
María Dolores, en cambio, se mostraba atenta. Disfrutaba del juego amoroso.
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En un fugaz instante, ella se marchó sigilosamente del lugar. Él se desorientó por un momento,  pero rápidamente inició una amorosa persecución a ojos vista de los demás. Acabaron encontrándose un poco más allá del bonito entorno, bajo  las primeras ramas de un nogal muy alto, frondoso y añoso, a cuya sombra todo terminó o se inició. Él, ya la había elegido como compañera nupcial, poco quedaba  por resolver.
Parado y erguido frente a la dueña de su corazón, hizo su propuesta agitándose en un beso tenue y sentido. Ya no dejarían de encontrarse casi todas las tardes al amparo del jardín circular. Y, si alguno de ambos se demoraba, el primero en llegar lo reclamaba claramente.
Cuando finalmente se encontraban se fundían en un abrazo con los pechos rozándose, las cabezas erguidas, hundiéndose en la humedad y frescura del tronco añoso.
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La vida había cumplido una vez más su cometido. Formarían su hogar. Él, o ambos, saldrían en busca de sustento para sus futuros hijos y es de suponer que compartirían su cuidado.
De cualquier forma la descendencia ya estaba asegurada.
El jardín circular y la fuente de agua los recibiría todas las veces que decidiesen volver, y María Dolores estaría feliz.
Ellos no se alejarían mucho, aunque vivir en las proximidades del río de la Plata los tentaba.
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María Dolores había observado desde hacía años, que otras parejas similares, construían sus casas bastante grandes, con cierto aspecto tosco y desprolijo, si bien con un interior confortable, amplio y tapizado con materiales suaves. Una vez armado el “nido de amor” llegarían los hijos.


María Dolores gentilmente los aguardaría para atenderlos a la misma hora de costumbre, llevándoles su alimento preferido. Sin ellos, el jardín de las tertulias cantarinas no tendría sentido. Tampoco su vida.

2012



No dejes de clickar más abajo dónde encontrarás, más información y algunas fotografías de los Personajes invitados. Los textos en negrita han sido inspiradores y, adaptados a este Cuento.


Tan llamativo por su grito como por las características de su plumaje o por sus hábitos, el benteveo ha sido a través del tiempo una presencia familiar para los habitantes de América.

En las notas de su canto los diferentes pueblos han creído descubrir las palabras y frases más vareadas: nei-nei oían los tupís, y pitaguá los guaraníes. “Bicho Feo”, “Bien te veo” y hasta “Montevideo” al oído de los uruguayos, son sólo algunas de las traducciones de ese grito que los seres humanos hemos determinado, en un acto donde confluyen el humor y tal vez la velada ilusión de comprender el lenguaje de los pájaros.

Los Benteveos gozan de una gran capacidad de adaptación al medio, de modo que habitan tanto en regiones cercanas a las selvas tropicales como en sabanas, praderas y estepas o sierras. Aunque a veces se los halla en lugares secos, prefieren generalmente la cercanía del agua y también frecuentan lagunas, bañados y ríos o sus inmediaciones.

Aunque no es un buen cantor, el Benteveo se destaca por su locuacidad y sus voces tan peculiares, que los distinguen de otras aves y lo vuelven fácilmente identificable para el hombre común que comparte su hábitat.

 Cuando llega la época de formar pareja, una vez elegida la compañera, es el macho el que lleva adelante el despliegue nupcial. Se para rápidamente erguido frente a la hembra, con el cuello en posición vertical. Lleva hacia abajo la punta del pico elevando las negras plumas de su cabeza y dejando expuesta su corona dorada usualmente oculta, mientras sacude rápidamente las alas y produce un fuerte chasquido con el pico.

Cuando uno de los dos llega a los árboles donde suelen reunirse y el compañero se demora, el primero lo reclama con un llamado largo y claro. El buscado contesta con otro poderoso grito desde el punto a veces bastante alejado donde se encuentra.

Cuando finalmente macho y hembra se encuentran se posan juntos, con los pechos casi rozándose, las cabezas erguidas, aleteando contra las ramas y lanzando fuertes gritos.

Es bastante probable que las parejas antiguas vuelvan cada año al mismo lugar para nidificar, mientras que las jóvenes deben buscar otro sitio para construir su nido, lo que les demanda entre cinco y seis semanas de trabajo.

Generalmente ubican el nido a una altura de dos a ocho metros, adherido a ramas de árboles o arbustos aislados. También pueden encontrarse nidos instalados en postes, y en ocasiones, tal vez, cuando la zona no ofrece lugares especialmente aptos, los benteveo se conforman con duraznillos y arbustos cercanos al agua e incluso con suelos inundados. El aspecto general que ofrece el nido es más bien tosco y desprolijo. Sin embargo el interior es confortable, ya que es amplio y está tapizado con materiales suaves como plumas, lanas, crines y pelos. Una vez construido el hogar, la hembra pone 4 o 5 huevos al parecer dos  o tres veces al año. Los huevos son de color crema y poco satinados, con manchas marrones, rojizas y lilas en uno de sus polos, generalmente formando corona, la tarea de empollar los huevos está a cargo de la hembra.
Los dos miembros de la pareja comparten el cuidado de los pichones.

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Comentarios

  1. Hola amiga Zunilda.Siempre un placer visitarte.
    Buena semana y un abrazo :)

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  2. Hermoso y tierno relato! Qué bellos los invitados!

    ;o)

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