Sin equipaje

¿Qué podía hacer ella? La vida se le había escurrido como agua entre las manos. ¡Se le había gastado tanto! ¿Estaba loca?
Una intensa carrera por los andariveles del tiempo con aciertos y desengaños, la depositaban en ese Café de la pintoresca Avenida de Mayo, en la capital de su país natal. Los espejos ribeteados en oro que adornaban las paredes devolvían la imagen de una mujer cercana a la sexta década, de ojos empequeñecidos, finamente vestida, envuelto su cuello en una caricia de gasa azul lavanda que daba a su rostro surcado por discretas arrugas, un toque romántico. La melena le llegaba a los hombros en cascada de mentirosos reflejos azabaches, destacando el blanco mate de su tez.
Sobre la mesa redonda de roble y mármol, unos sobres grandes de papel madera, un cuaderno, un libro gordo de tapas rojas y la humeante taza de café, cuyo aroma con sonido a tango se esparcía en el ambiente, confundiéndose con la nostalgia. Sí.
Estaba sentada allí para tomar una determinación. Recordó la historia que apenas contaba con siete días de antigüedad y que por obra del destino la arrastraba hacia un pasado que pugnaba por resucitar:
Había estado en México varias veces desde jovencita, siempre por intereses turísticos, con su familia primero, con amigas después y sola más tarde. Luego, ya profesional,  casi por obligación, impulsada por sus colegas tuvo que viajar nuevamente a un Congreso Internacional de Especialización. En el evento conoció y compartió mucho tiempo con Megan, una norteamericana viviendo en la capital más grande del mundo con quién consolidó una tibia amistad. Escasas semanas atrás, llegaba la invitación con tintes amenazantes de la ahora ciudadana mexicana. ¡Había pasado tanto tiempo! Y casi sonreía mientras recordaba. No lo haría con gusto ya que aquel hermoso país traía a su realidad inmediata, recuerdos de amores y fracasos, preguntas que nunca tuvieron respuestas, halagos que se despegaron de su memoria, lágrimas que guardó en su alto corazón, esperando que no tuviera que reclamarlas nunca. No obstante, consideraba injusto no aceptar la invitación que siempre había rechazado con distintos argumentos. Ni antes, cuando la conoció, menos ahora, habría de confesarle a Megan los verdaderos motivos que la desalentaban a viajar. Nunca sabría que en pleno centro de la gran ciudad, cobijada por una ángel de bronce, alto y luminoso, cuando ya no creía en el amor, después de la desilusión de convivir varios años con un hombre casado sin saberlo, en los finales de sus cuarenta, lo había reencontrado, pero así como llegó sin esperarlo se fue fugazmente sin saber dónde y por qué. Sin embargo, Ella cumplió y viajó. Visitó unos días a Megan.
Pero, el agobio que le causaba el Distrito Federal, la ciudad con mayor población del mundo, la había llevado a reducir su estada en casa de su amiga, ubicada en un barrio céntrico, una colonia como le llaman los mexicanos a sus barrios, llena de estatuas de bronce, grandes árboles, multitud de puestos de frutas frescas o de fruta seca o de comida típica desde “enchiladas” hasta guacamole y tortillas de maíz, cuyo olor le descomponía el estómago. Si bien, la Capital  la atraía y,  en éste como en viajes anteriores había disfrutado de la belleza extraña de “El Zócalo”, de sus paseos, monumentos, museos, ruinas, parques, y sobre todo de “su” majestuoso y brillante Ángel de la Independencia, sabía de antemano que no resistiría mucho tiempo.
Decidió, pues, tomarse un respiro antes de comenzar el año laboral y viajar hacia el mar. Megan, no podía acompañarla.
“Ve a Cancún o a Playa del Carmen o a Tulum que ahora cuenta con hermosos hoteles”, aconsejó la amiga.
Ella, no eligió el mar turquesa que baña las costas de la península de Yucatán, en el Estado de Quintana Roo. Prefirió volver a su país y encontrarse con sus viejas colegas en Mar del Plata, como lo hacía casi todos los años. En la bonita ciudad, tomaría sol en hermosos balnearios, caminaría por la costanera, comería en restaurantes del Puerto aunque el aroma penetrante del pescado invadiera sus ropas, charlaría mucho y sería acompañante, sólo eso, en las noches de Casino de sus compañeras que despilfarrarían sus ahorros en tentativas de apuestas con resultado casi siempre negativo. 
Nada de lo pensado pasó.
En el inmenso y moderno aeropuerto internacional “Benito Juárez”, luego de varios días de trámites ante la Agencia de viajes para cambiar la fecha de su billete de vuelo, la voz de la operadora por el altoparlante, le anunciaba su partida.
Se acomodó en la butaca 131 y en la espera del despegar de la aeronave se adormeció.
Una azafata esbelta y morena, le rozó el brazo intentando explicarle que ese asiento correspondía a un apuesto caballero de pelo blanco, que parado a su lado la miraba fijamente.
Resuelto el incidente con la buena voluntad de otro pasajero que hizo un canje con el hombre de pelo gris, casi blanco, Ella terminó sentada en el mismo lugar y junto al desconocido.
Prontamente ambos advirtieron un hilo conductor que los sujetaba y unía a través de las conversaciones que pasaron por el turismo, la historia, los derechos humanos, la gastronomía, el cine, la ecología y mil temas más.
Nunca un vuelo desde el Distrito Federal Mexicano hasta Buenos Aires le había resultado tan corto.
Él, viajaba por razones comerciales y permanecería una semana en la gran capital casi europea del sur del continente.
Al arribar al aeropuerto internacional de Ezeiza, Ministro Pistarini,  no podían separarse. Primero el café, luego el almuerzo en el Hotel reservado por él. Más tarde la cena romántica en un restaurante elegante de la zona de “La Recoleta”. Y otro día y otro día de amables atenciones, de breves tours por la ciudad, de pedidos inconfesados y pensamientos fervorosos.
Pero llegó el inmemorable cuarto día de encuentros amistosos. La cena, otra vez en el moderno hotel y unas copas de más del Malbec incomparable, hicieron que el postre lo tomaran en la habitación del interesante caballero de pelo gris.
Pero el “desert” no vino solo, por el contrario, llegó acompañado por una helada botella de vino espumante (champaña) de la mejor marca y dos copas de fino cristal con un delicado corazón grabado que sólo el ojo de un joven podría notar.
Degustaron el postre y bebieron en el balcón de un séptimo piso, riéndose por cualquier cosa. Y cuando la botella quedó vacía, Él, la estrechó en sus brazos y la besó con ternura y respeto. Un interrogante destelló en su mente: “¿Qué estoy haciendo? ¿A mi edad?”
Él la llevó a la cama anchísima, pasó el brazo debajo de su cabeza y le contó su vida. Ella, lo escuchó con escasa atención en una confusión mental que burbujeaba en su cabeza y le respondió con algunos pocos  pasajes de su historia personal.
Y de pronto, el momento pensado, deseado, calculado, dudado, en el silencio de su mente. El delicado intento de poseerla la asustó. Pidió dulcemente pasar al baño como dándole un gesto de afirmación y encerrada entre paredes de bellas cerámicas blancas con guardas de arabescos azules, como una chiquilla, lloró.
“Y ahora ¿Qué hago? ¿Qué le digo? Si hace diez años que tuve la última relación, se dijo asimisma.” Y continuó achacándose culpas: ¿Por qué habré dejado de tomar hormonas? ¿Por qué no le hice caso a Liliana y fui a la ginecóloga en este último año?
¡Qué vergüenza! Se repetía a si misma incansablemente, mientras el corazón se desbocaba en su pecho. ¿Qué pasará con mi vagina? Liliana me habló de ese gel que ella siempre lleva en la cartera y que nunca logra usar. ¿Cómo no lo compré? Se preguntó. Y cuando iba a responderse, un golpe suave en la puerta acompañado de    una dulce pregunta:
_ ¿Estás bien querida? la hizo reaccionar y contestó lo más calma que pudo:
_ Sí, Óscar, estoy bien. En un minuto salgo.
La noche de amor, entre finas sábanas blancas, llena de temores recíprocos, se repitió en los tres días subsiguientes.
Después de recordar la noche anterior en la que su vagina había funcionado a las mil maravillas gracias a la respuesta de las últimas hormonas que le quedaban, movidas por la pasión inesperada, sin ningún gel que la ayudase, bebió el café, casi frío. Pidió otro que le aclaró aún más sus reflexiones: Él era viudo, ella soltera. Él pronto dejaría sus negocios y a Ella no le interesaba trabajar más. Su departamento quedaría a cargo de su sobrina mayor recientemente separada.  No vivirían en el Distrito Federal sino en una casa que Óscar había heredado de un tío en Mérida. ¡Una vida nueva! ¡Una vida nueva! ¡Una locura! ¿A esa edad? ¿Y qué?  Si después del desengaño con el otro mexicano había vivido en un mundo gris y solitario. Abandonó el Bar casi corriendo con su decisión a cuestas.
“ A Ezeiza, por favor, lo más rápido que pueda”, imploró al taxista que escuchaba atento la radio.
En el apuro por bajar, poco le faltó para perder su amado pañuelo azul lavanda de gasa que le cubría el cuello y las horribles arrugas que siempre se resistieron al “Botox”. Dejó atrás el Fiat negro y amarillo y se encaminó hacia uno de los Bares del aeropuerto dónde habían quedado en encontrarse.
La desilusión se plasmó en el rostro de Óscar al verla llegar sin equipaje.
_ Pero, ¿qué pasó, querida?
_ Nada, sólo que quiero comenzar una nueva vida, sin nada de esta otra. Con tus maletas, basta. Y lo abrazó tiernamente, pensando en que otra mujer impredecible acababa de expresarse.
El mozo se acercó para servir a la señora recién llegada, pero ya tenían que subir al avión. Se fueron con prisa, tomados de la mano como dos adolescentes. Y ya ubicados en la fila que ordenadamente esperaba para ascender a la aerolínea mexicana, Ella le preguntó:
_ ¿Y en qué ciudad de México naciste Óscar?
_ Pero quién te dijo que soy mexicano, amor. Yo soy colombiano y mi familia se trasladó de Barranquilla a Mérida cuando yo tenía dieciocho años. Después me fui al Distrito Federal a estudiar,  volví a Colombia y. . . ¿Pero no te he contado esto ya?
Ella rebozaba de alegría y con gesto tierno pero aparentemente desinteresado, le contestó:
_ Por nada, Óscar, por nada. ¡Amo a Colombia!

2010




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