Impensado


Ella tenía los ojos muy claros y, su blonda cabellera larga hasta la cintura; un moño rojo impecable, la recogía en la nuca. Era la hora del domingo. Ésa que invitaba al paseo por la plaza del pueblo, sombreada por altos y esbeltos, pinos, cedros, gravileas, coquitos y otras especies. Una bonita plaza misionera*. Los padres la habían llevado a pasear con su único hermano. A sus doce años era toda una señorita. El aire que venía del puerto, sobre el ancho río de aguas marrones, enviaba una frescura agradable y necesaria. No era verano pero la única heladería del lugar, no daba abasto con los pedidos.La tierra roja que circundaba  la populosa manzana  dejaba su huella en los autos modernos, alquilados por turistas en una AVIS  o en los propios de los vecinos. El polvillo bermejo se pegaba en las lunetas traseras sin impedir que circularan hacia la mina de piedras semi-preciosas, distante unos pocos kilómetros de allí. Los muchachones de más de dieciocho años (porque a los menores les estaba prohibido por ley) bebían cerveza bien helada y hacían "rancho aparte", lejos de las jovencitas quinceañeras a quienes,  más entrado el sol, acosarían.
La triple frontera con países hermanos estaba cerca y a esa altura, el río era el límite con uno de ellos.
La algarabía de los juegos, paseos y conversaciones se vio sorprendida por un estruendoso ruido de aceleradas, frenadas y gritos, conmocionando la tarde dominguera en la plaza del lugar.
Era una camioneta NISSAN,  blanca, que rauda se llevó la tierra colorada pegada en sus vidrios y ruedas, junto con aquella niña del moño.
El desconcierto y el silencio se apoderaron de todos. La inmovilidad fijó a los padres a la acera. No salían del asombro, mientras una palidez insana iba cubriendo sus rostros. El primero en reaccionar fue alguien del grupo de muchachos, gritando: "Tenemos que avisar a la policía"
Y así fue. Se cumplieron los trámites de rigor que la situación imponía.
El tiempo no cura este tipo de heridas, sólo las calma de a ratos. Sus padres continuarán esperando que la pequeña regrese a su hogar porque la esperanza es lo último que se pierde. Mientras, habrán de consolarse o no,  con la fotocopia de su fotografía,  pegada en los vidrios de la Delegación de Prefectura Naval  o en  Gendarmería Nacional.
Del destino de la niña, mejor ni pensar.

*Misionera: De la Provincia de Misiones, Argentina
2015


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