En Junio, un Cuento bien argentino

Cuento inédito

Del pintor argentino, Lino Enea Spilimbergo,
(1896-1964)
Eloísa Ferreyra

Aquella tarde dominguera de fines de 1935, con un cielo encapotado al que le faltaba la decisión de despejarse, el turco Bermúdez acogía con sabiduría aquel comentario burlón de los pibes del Barrio de Retiro en una estival Buenos Aires.
“Chau turco, vamos para el potrero, ¿No querés venir?” Y seguían su paso apurado por calle Pazos.
Una vez más, sonreía con el costado de la boca, en un rictus casi cordial en señal de saludo. Ni estaba en edad para ir al potrero ni le gustaba que lo apodaran así.
Sin embargo, mientras consumía silenciosamente la bronca, la paciencia triunfaba al fin.
En el barrio lo apodaban con una nacionalidad que no tenía. Israelíes, jordanos, sirios-libaneses, o armenios, para los argentinos, todos eran “turcos”.
“No soy turco” refunfuñaba, el aludido. “Soy argentino, mi viejo era gallego, venido de España, cuando era un pibe, y mi vieja armenia, hija de armenios. Ella tenía 18 años y él, 20 cuando se casaron” se ocupaba muy bien de aclarar en distintas y repetidas ocasiones. Pero la gente que suponía conocer y desconocer la explicación, continuaba llamándolo así. Apoyado en el hecho ostensible de ser Buenos Aires uno de los principales destinos del proceso inmigratorio que vivió la Argentina desde finales del siglo XIX, Julio Rouco, su mejor amigo, se defendía acotando que los turcos y los armenios algo tenían que ver porque, “la confusión de algún lado venía”.
“Sí”, vociferaba Jorge Bermúdez Kazezián, “Gracias a ellos, mis abuelos perdieron cuatro de sus seis hijos, mi madre se salvó, porque de lo contrario no estaría yo perdiendo el tiempo con vos. . . ¡Julio! Perdieron sus tierras, su fortuna, perdieron todo, y se tuvieron que venir para acá, huyendo de su propio lugar” replicaba el turco.
Bermúdez era el típico hijo de inmigrantes en suelo rioplatense. Su tozudez le venía de la Galicia, su pelo enrulado y generoso y sus ojos profundamente negros, sin lugar a duda tenían sus ancestros en la Armenia católica, cuya guerra cruel obligó a muchos de sus hijos a refugiarse y recomenzar sus vidas en esta parte tan austral de América, la tierra prometida y prometedora.
***
El comercio se nutría en sus venas y daba sus frutos en ese auspicioso “Almacén de Ramos Generales” que acababa de abrir. Por aquellos días necesitaba un ayudante que le llevara las “cuentas” las que, por supuesto él también llevaría y controlaría y tal vez, para que lo ayudase en el pesaje de alimentos, ya que la demanda era cada vez mayor y los dos empleados que tenía no le resultaban suficientes.
De cuantos se presentaron por el trabajo no le gustó nadie, salvo una joven mujer, pulcra y tímida, huérfana de padre, demasiado delgada para su gusto que su abuela le había recomendado con insistencia porque vaya a saber quién de sus amistades se lo había pedido.
***
La abuela René todavía era una hermosa mujer, casi más activa y luchadora que su propia madre. Por ambas, el turco daba la vida, las amaba y cuidaba con mucha dedicación, particularmente desde que Daniel Kazezián, su abuelo materno, los abandonara hacía ya 10 años, víctima de un atraco en plena Avda. Córdoba, arteria que por aquellos tiempos marcaba un cierto límite, luego del cual comenzaban a perfilarse las viviendas porteñas de clase media y alta. A Agustín Bermúdez, su padre, lo había perdido mucho antes, en aquel húmedo invierno de 1920, cuando el cigarro y la pulmonía hicieron lo suyo.
***
No quería una mujer en el almacén, pero los muchachotes que fueron a ofrecerse estaban lejos de su perfil trabajador. Terminó aceptando a la joven no de buena gana, pero a prueba, “sólo a prueba” le había dicho a su abuela.
“No te vas a arrepentir” le auguraba ésta.
La joven le miraba de reojo cada vez que el turco le enseñaba el arte del negocio. Sus explicaciones le interesaban, pero la atemorizaban al mismo tiempo. Quería hacer las cosas tal cual se las enseñaba y sin embargo, siempre cometía algún error que exasperaba al patrón.
“Mirame a la cara che cuando te hablo”, le ordenaba.
“Sí, turco”, respondía la joven, bajando sus ojos verdes. El turco se enfurecía y la echaba de su lado. Se quedaba hablando solo: “No tengo paciencia”, decía en voz alta, “y menos con mujeres” argumentaba. “La poca que me queda se la guardo para mi vieja y mi abuela porque son viudas”, continuaba diciéndose a sí mismo. Sin embargo, en ciertas ocasiones sentía una especie de culpa cuando regañaba a Eloísa y apenas advertía que se iba “ablandando” con la jovencita, su corazón cercado por la desconfianza, quebrado por la desilusión, abatido por el engaño y abandono de su amada Rita, le recordaba que todas las mujeres eran iguales.
Una tarde de febrero, el hombre estaba nervioso, tomó a Eloísa por los hombros gritándole como de costumbre: “Mírame a la cara che”, mientras le buscaba la mirada, hasta que sus ojos se encontraron. Al turco le corrió una especie de electricidad por todo el cuerpo y la soltó rápidamente, como si hubiese tomado un carbón incandescente con sus manos. Disculpándose en pocas palabras, se fue caminado para adentro, murmurando soto voce, mientras a su paso la cortina de percal que separaba el negocio de la trastienda quedaba flotando en el aire.
Eloísa permaneció unos instantes mirando el suelo y a los tumbos continuó con su trabajo sólo por un rato más. Al cabo de unos minutos de la reprimenda, con asombro para el turco la vio pasar a su lado veloz, erguida, con el ceño surcando su amplia frente en dirección a la calle. No se despidió, tampoco justificó su intempestivo abandono de trabajo. Esa noche, Eloísa Ferreyra no pudo dormir; los ojos negros del hombre la persiguieron hasta la madrugada. En la siguiente jornada laboral no se presentó en el almacén. Ese día el turco no habló con nadie.
***
“¿Cómo te va con mi nieto en el trabajo, querida, es bueno como patrón?” preguntaba la mujer de escaso pelo blanco, mientras se probaba la hechura que Juana, confeccionaba para ella en bello satén importado de Francia.
La joven, ostentando un fuerte tono rosado en sus mejillas asentía con monosílabos y buscaba la primera excusa para marcharse del taller de costura. “Permiso, mamá, voy por el mate” “Vaya, vaya Eloísa” autorizaba Juana.
Gracias a la simpatía que Doña René Kazezián experimentaba por su madre, ella tenía trabajo. Las costuras no alcanzaban para pagar el alquiler de la pieza, comprar la comida y encima pretender estudiar dactilografía. Ni soñar con ir al cine alguna vez.
“¿Te enteraste Juana que piensan abrir una avenida muy importante que cruce de Norte a Sur la ciudad? Dicen que ya están listas las Ordenanzas y que la obra se larga enseguida nomás. Van a tirar muchas casas abajo, y son más de 1500 hombres los contratados, me contó mi nieto que lo escuchó de boca de unos ingenieros que anduvieron por el barrio.”
Juana bajó la cabeza, y mientras tomaba las costuras laterales con alfileres sobre el cuerpecito achicado con los años de Doña René, recordó que entre las manzanas que el gobierno pensaba demoler estaba la de su casa paterna, aquélla que sin ser un palacete era importante. Su padre, Don Abelardo Ferreyra, había encargado el diseño a un arquitecto francés en el año 1900: el estilo barroco, muy de moda en la Buenos Aires de finales del siglo XIX, dominaría la construcción. En sus estancias con reminiscencias palaciegas habría de transcurrir su adolescencia, los mejores años de su vida hasta que descubrió que un pequeñito Ser latía en su vientre a sus dieciocho años fruto de sus secretos amoríos con el hijo de un carnicero armenio. . . Corría el año 1908. Un siglo de glamour comenzaba para la ciudad, no para la pequeña Eloísa Ferreyra, sentenciada de bastarda e ilegítima.
***
Eloísa, pegó un brinco desde su pequeña silla de mimbre donde se refugiaba a tomar mate, hasta que se hiciera la hora de volver a lo del turco. Trató de escuchar lo que para desgracia de muchos se avecinaba, pero reconociendo en la proyectada gran avenida, una obra bienvenida para el desarrollo de la pujante y bella Buenos Aires, de los años 30.
Después de aquel zamarreo injustificado y agotado en el sentido cruce de miradas, el turco cambió. Se mostraba algunas veces amable con Eloísa y un poco más paciente. Ninguno de los dos habló jamás del incidente. Para entonces ya se había iniciado la apertura y construcción de la que, años más tarde, sería la Avenida más ancha del mundo, con sus 140 metros, 70 más que la parisina Champs Elysées.
Justamente, las obras se iniciaron en abril de 1936 y se fueron llevando a cabo por etapas, conforme la demolición avanzaba sobre la traza proyectada.
Juana y Eloísa fueron testigos silenciosas, en aquellos días de protesta, de un verdadero desfile de carros de tracción a sangre encolumnados que hacían la mudanza de los desalojados, acarreando las pertenencias de los habitantes de 138 viviendas. El 20 de abril de 1936, se dio el puntapié inicial de la obra.
Grandes cambios estructurales cambiaron la ciudad y alborotaron a los porteños. A poco más de un mes del inicio de las demoliciones y en conmemoración a los 400 años de la primera fundación de Buenos Aires, llamada Santa María del Buen Ayre, por Pedro de Mendoza en el año 1536, se levantaría el primer ícono de la gran avenida cuya apertura ya había comenzado: El obelisco.
“¡Ay, mamá!, lo que más me duele es la demolición de la iglesia de San Nicolás, eso sí que no lo entiendo” se quejó Eloísa.
“Aunque yo tampoco lo entienda hija, todo tiene una razón y ¿sabe cuál es?” argumentó Juana, cuya herencia latía en sus venas cansadas. “Yo sé hija, y lo he escuchado en el atrio de la iglesia que la ubicación del monumento fue elegida en el sitio exacto donde flameó por primera vez la bandera nacional el 23 de agosto de 1812, es decir Eloísa, en la torre de la Iglesia de San Nicolás de Bari.” 
***
A casi un año del inicio de las obras, frente a una jarra enlozada rebosante de vino tinto, Julio Rouco le comentaba a su amigo:
“Dicen que ya llevan 150 días de tirar abajo las casas. Cinco manzanas se borraron del mapa, turco”
Mientras revolvía la caja de madera donde guardaba el dinero que su abuela le regalara en su cumpleaños número 8, el turco rezongó: “Estuvieron 12 años, los señores del Congreso de la Nación para sacar la Ley y declarar de utilidad pública la apertura de esta avenida que será orgullo nuestro y menos de un año para echar a la gente, comprarle las casas y demolerlas, viste Julio, cuando quieren hacer las cosas, las hacen. . .”
“Tenés razón, amigo y ¿De dónde habrán sacado el dinero para pagar los edificios y terrenos que había en las 33 manzanas demolidas? Dicen que la suma es millonaria y que parte la prestó el Banco de la Nación.”
 “No, tanto no sé, che”, respondió el turco y se marchó rumbo al negocio.
***
Una tarde, la sudestada trajo la lluvia hasta dentro mismo del almacén del turco, revolvió las aguas del Riachuelo y sentenció a los porteños a quedarse en sus casas a buen resguardo.
“¿Quiere que le cebe unos mates, turco?” Le propuso la joven, esperando que la tormenta amainara. Aprovechó la circunstancia para pedirle que le contase sobre sus abuelos armenios. “Me gustaría saber de ellos porque su abuela ha sido muy buena conmigo”.  El turco asintió, mientras tomaba el mate amargo que Eloísa le cebaba con gusto y, entusiasmado repitió lo que sabía por boca de su abuelo oriundo de Adana:
“Mis abuelos y sus familias de origen fueron perseguidos de muerte por el ejército del Sultán Abdul Hamid II, llamado el sultán rojo, entre los años 1894 y 1896. Para ese entonces mi madre que tendría unos 16 años y una hermana menor eran la única descendencia que les quedaba a mis abuelos.”
Ante los ojos deslumbrados y la postura atenta de Eloísa Ferreyra, Bermúdez continuó con la narración. “Ellos llegaron a Buenos Aires en 1898, escapando de la muerte. Otros familiares quedaron en Cilicia y fueron víctimas de la masacre que costó la vida de más de 30.000 víctimas. Mi abuelo refería que el genocidio de 1915 fue obra de los “Jóvenes Turcos", quienes había llegado al poder en 1908 derrocando a Hamid II. Años más tarde, llegaron muchos armenios más, como consecuencia de la evacuación de Cilicia donde los Aliados vencedores de la primera guerra mundial (Inglaterra, Francia e Italia) habían formado un hogar armenio para reunir a los sobrevivientes del Gran Genocidio perpetrado por el gobierno turco entre 1915 y 1918, durante el cual se exterminó a más de un millón y medio de armenios. Los paisanos se morían como moscas y acá se inauguraba el subte, relataba mi abuelo, orgulloso con la llegada del subterráneo como medio de transporte porque éramos los primeros en Sud-América que lo teníamos. Mi abuelo hablaba como hijo de esta tierra, más orgulloso que los porteños mismos”, enfatizaba el turco con voz entrecortada.
La lluvia del Este tornaba la tarde oscura y melancólica y se constituía en la escenografía perfecta para los recuerdos que hicieron flaquear el relato del hombre, y arrancaron una disimulada lágrima a los ojos claros de la joven.
***
La visita inusual de Jorge en horas tempranas de una mañana iluminada y brillante después de la lluvia había sorprendido a la abuela René. Luego de informarle que su madre había salido a hacer las compras del día sin dejar de pasar antes por la Iglesia a rezar sus plegarias, lo invitó con una taza de café bien oscuro.
“Qué te trae por aquí, Jorge”, preguntó la anciana disimulando en su sonrisa de dientes muy blancos su extrañeza. “Quiero que me cuente una historia que de seguro Ud. conoce y la tiene muy bien guardada”. Sorprendida nuevamente por las pretensiones de su nieto mayor, cuyas desilusiones le agriaban el carácter y la vida, la abuela respondió.
“Si no es un secreto que debo guardar, te contestaré, pregunta entonces”.
“¿Por qué me mandó a la Eloísa para que me ayude en el almacén, abuela? ¿Qué sabe Ud. de ella? ¿Cómo es su familia? ¿De dónde y desde cuando la conoce?”
Con una sonrisa instalada en su rostro maduro pero vital, la abuela se sintió contenta de responder al interrogatorio y sólo porque su nieto había vuelto a interesarse en una mujer después de años de soledad, después de Rita, aquélla que tanto daño le había proporcionado al muchacho jovial, romántico y lleno de proyectos que en un tiempo pasado fue su nieto.
La plática con Doña René Kazezián, fue agradable como siempre. Un suspiro de alivio había llenado el espacio de la habitación de paredes altas y pisos entablonados. No se apuraría, iría despacio, pensó el turco.
***
Después del trabajo, Eloísa llegó apresurada a su casa y buscó la calidez del regazo materno. Refugiada en él, comentó a su madre: “Parece que el turco ha aflojado algo mamá, ya no me trata tan seco y hasta me contó parte de su historia familiar, eso de los armenios inmigrantes, sabe. . .”
El día se había presentado brillante. Después de la lluvia de la tarde anterior todos los jardines del barrio parecían renovados. Eloísa fue sorteando los charcos que como testigos de la sudestada quedaron en la calle empedrada.
Cuando llegó al almacén, el turco estaba de buen humor. Con entusiasmo hizo su trabajo como siempre y cuando terminó la jornada, mientras se alistaba para irse, el patrón la mandó a llamar. Enfrascado en su escritorio repleto de cuadernos con anotaciones de fiado, precios, y papeletas diversas, Jorge parecía otra persona. Sumisa y temerosa Eloísa Ferreyra se paró a su frente. El turco levantó la mirada y la detuvo en los ojos buenos de la muchacha. “Mirá, Eloísa”, dijo, mientras de adentro de un cuaderno sacaba dos especies de tarjetas. . .
A la joven se le salía el corazón del pecho por la emoción contenida y sus ojos verdes se agrandaban como dos lagunas pampeanas. Con las manos tomadas a su espalda, jugueteaba con los lazos del delantal que cubría su falda recta, esperando entender qué le mostraba él.
“Compré dos entradas para ir al cine, dicen que Fuera de la ley * es una película muy buena y actual ¿Me querés acompañar, se estrena el domingo?”
La joven, perpleja, le respondió con un débil “Sí” y salió corriendo. Ese mes de julio de 1937 frío y húmedo, era ideal para conocer el Cine del centro recientemente inaugurado, disfrutar de un excelente filme y por qué no, incursionar en el romance. Era el pensamiento de Jorge Bermúdez Kazezián, el turco.
***
Meses más tarde, el entonces presidente Agustín Justo, inauguró el primer tramo de 500 metros de la imponente Avenida 9 de julio, el 12 de octubre de 1937. Al acto inaugural fue todo el mundo, hasta el turco y sus empleados, incluida Eloísa Ferreyra, su novia.

2015
* “Fuera de la ley” es una película argentina, filmada en blanco y negro dirigida por Manuel Romero sobre un guión propio, cuyos principales protagonistas fueron Luis Arata, José Gola e Irma Córdoba que se estrenó el 14 de julio de 1937. Es un drama policial que fue considerado uno de los mejores filmes del director y que influyó en las películas argentinas posteriores del mismo género.

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Este cuento: "Eloísa Ferreyra", resultó seleccionado con mención, en I Certamen Internacional de Relatos Cortos y Cuentos. "Primavera Cultural Arbo 2013" España.



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