Sin soñar un Poema. Sin conocer un lugar. Sin admirar una pintura

Del Poema "Alma venturosa"

“Al promediar la tarde de aquel día,

cuando iba mi habitual adiós a darte,

fue una vaga congoja de dejarte

lo que me hizo saber que te quería.”

De Leopoldo Lugones (1874-1938)

Poeta argentino

Aviso de "Un Cambio"

A partir de 2017, los Microrrelatos o Mini cuentos dejarán de ser una expresión en este Blog y, junto con los poemas brevísimos, también hijos de mi pluma, formarán parte de otro proyecto. Espero poder concretarlo.

Como hojas al viento

Las entradas de este Blog se publican en 2017, cada martes a la medianoche, desde la República Argentina.

Coordenadas 31°4000S 64°2600O

sábado, marzo 28, 2015

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¿Sabes quién es el Personaje invitado de hoy?

¡Dímelo en tu comentario!

  
Si los hubiese visto antes, tal vez no estarían  en el estado en  que los descubrí. Una madre sola, poco puede hacer. El señor padre, un ejemplar de alta sociedad, bien distinguido, sin penurias de ningún tipo, recorriendo las calles de Lagoa, orondo, con su traje impecable de color canela. La madre, delgada, de grandes ojos verdes, sencillamente ataviada, hacía lo que podía por criar a sus pequeños hijos, dos de ojos celestes por herencia paterna. Los miré con amor y creo que lo advirtieron. No entendieron mi lengua. Ellos eran brasileños. Pedí permiso a su madre y les tomé una foto. Nada más.


 2012

miércoles, marzo 25, 2015

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Una tormenta sin igual, propia del verano, se desató en la ciudad. Ignacio se refugió en una Librería y compró un libro para pasar el tiempo. Casualmente, una joven que había entrado empapada después de él adquirió el mismo. Cuando el vendedor lo advirtió, ya fue tarde: Ambos se sonreían ante la coincidencia. Esperaron que la lluvia amainara y Cissa fue la primera en partir presurosa rumbo a la estación del Ferrocarril. Debía tomar el tren de las 7 de la tarde si quería llegar a casa con luz solar y así poder admirar el atardecer desde la costanera que bordeaba el ancho río, a unos quinientos metros de su destino.
El viaje en tren era su forma predilecta de viajar. La lectura de cuentos de amor, también. Las huellas de la tormenta de horas atrás se dibujaban en el campo luminoso. Mirándolas, se durmió. El libro que acababa de comprar se resbaló de su falda. Nunca más lo encontró. 
El ronronear de los truenos y la sorpresa de los relámpagos, junto con la bocina del tren anunciando su próxima parada, la sobresaltó. Descendió presurosa mezclándose con el gentío diario. Cuando ya se disponía a cruzar la gran avenida que la conectaría con la costanera fresca y perfumada, la voz de un hombre la detuvo. Era aquél quien horas antes había comprado igual libro que ella. Extendiendo su mano se lo entregó, explicándole que era ése el que ella había perdido en el tren y saludándola con afecto, se marchó. Perpleja, Cissa continuó su camino. Ya en su casa concluyó su rutina diaria y al disponerse a descansar, el viento, anunciante de una nueva tormenta abrió con fuerza la ventana de su dormitorio haciendo volar las glamorosas cortinas. Tras ellas, el libro rescatado al que no había hojeado todavía y que esperaba sobre la mesa de noche, pero que la fuerza natural arrastró y depositó sobre la alfombra a los pies de la cama. Al recogerlo, la joven descubrió un trozo de papel que rezaba: “Éste es mi libro. No leo cuentos de amor. Lo había comprado para una persona que creí, lo merecía, pero no es así. Ahora es tuyo.”
Cissa se acostó abrazada al libro, apretando muy fuerte en su mano derecha, la esquela que, además contenía un número de teléfono.


2013


sábado, marzo 21, 2015

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¿Sabes quién es el Personaje invitado de hoy?
¡Dímelo en tu comentario! 

Parecíamos embelesados, perplejos, atónitos, deslumbrados, cuando nuestras miradas se cruzaron encontrándose, en esa tibia tarde de primavera. Valían la pena esos ojos, azules y seductores como pocos, que me recorrían de arriba abajo, dominándome.  No pude dar un paso.  Como clavada a la acera,  esperaba. Daba la impresión que ninguno de los dos sabría qué hacer cuando recíprocamente dejásemos de mirarnos.
Ya me había dicho Clara que era atento, servicial y cariñoso y además, para rematar, complaciente. Sin embargo, inmediatamente recordé que también me dijo, que solía ser un poco testarudo, algo orgulloso y bastante independiente. No me preocuparon las opiniones. El feed-back entre los dos permaneció indemne en los escasos segundos que duró. Debo haber parecido una pobre tonta al punto que,  no fui capaz de escuchar a la empleada que me decía: “Pase, pase por favor señorita, es un Husky siberiano, no le va a hacer nada. . ."


2011




miércoles, marzo 18, 2015

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¿Te parece? preguntó Rogelio con voz cansada. Es una oportunidad que no vale la pena desaprovechar. El abogado dijo que no me cobra la consulta.
_Cierto, contestó ella, mientras continuaba leyendo el diario de la mañana en aquel bar.
Una conversación lacónica hablaba, valga la redundancia, de un desinterés mutuo aparentemente reconocido por ambos.
_ ¿Me voy, entonces? Preguntó el esposo.
_ Claro,  afirmó la mujer.
Un frío helado, hiriente, corrió por su cuerpo al irse el hombre.
El tiempo transcurría sin medida. La jarra de loza que aún contenía un poco de café, saltó por el aire a causa del respingo que le produjo un fuerte ruido proveniente de la calle que se asemejaba bastante a una explosión.
_ ¡Dios Mío! Se dijo.
Rápidamente tomó el teléfono móvil y marcó un número, secándose el líquido oscuro derramado en su impermeable claro.
El camarero se acercó, comentándole que algo había ocurrido en la calle, pero ella no lo escuchó.
_ Hola, contestaron del otro lado.
_ Hola, soy yo, la Sra. de. . .
_Sí, ya se quién es, Señora, dijo una voz masculina, con insinuante atención.
_ ¿Lo hicieron? ¡Quiero suspenderlo! Expresó desesperada la mujer.
_ ¿Para eso me habla?  Pero, con esto no se juega Señora, replicó del otro lado, el hombre con tono de indignación.
_ ¡Suspéndalo! ¡No lo haga!, repitió la mujer desesperada, aumentando cada vez más el timbre de su voz, logrando que el mozo, desde la barra del Bar, la miraba con extrañeza.
 Bajó los decibeles y agregó:
_Todo queda igual por mi parte ¿Tiene el número? Interrogó  la mujer, mientras veía caer tras el ventanal rectangular del bar, la llovizna persistente.
_Sí Señora, me lo dio ayer, contestó con voz más aplacada su interlocutor, según le pareció.
_Suficiente, ordenó la mujer. Ya no quería saber más nada con lo planeado. Nunca se animaría, eran sueños de mujer que necesita afirmarse en ese momento, cuando su  vida daba vuelta la esquina.
_Bueno, suspendo, pero a su cargo, mire que es la tercera vez, contestó la voz varonil del otro lado, francamente molesta.

La “garúa” suave, humedecía la calle empedrada y un festival de colores irrumpía en las veredas con el abrir de los paraguas. El mozo que no había querido molestar a la mujer y sólo había recogido la taza rota, se acercó, preguntando:
_ ¿Otro café Señora?
_Sí, por favor, gracias, agradeció, la mujer.

En segundos desfilaron ante los invisibles ojos de su acongojada alma, los momentos pasados en su unión con Rogelio, sin hijos, mediante.
Estaba destemplada, temerosa, ¿arrepentida? Ni ella misma podía dar respuesta a su afligente pregunta. Sus ojos claros se nublaron al ver la figura de Rogelio recortada en la puerta del Bar, sacudiendo su paraguas negro.

_Me arrepentí dijo, lo dejamos para otra vez ¿Te parece? La acostumbrada pregunta de su esposo con fines de confirmación, estalló con alegría en sus oídos.
Se le escapó un “Yo también” en voz alta, que sorprendió a su esposo.
_ ¿Te arrepentiste de qué? Preguntó entonces, Rogelio.
_De nada, de nada, querido, lo dije sin pensar y arremetió.
_ ¿Por qué te volviste? Requirió ella tímidamente.
_Y,… empezó a llover y me demoré con el accidente de la esquina ¿Escuchaste algo? Fue más ruido que otra cosa, pero me salvé por un pelo, casi cruzaba la calle. Luego me quedé mirando. La gente se amontonó. Parece que algunos disfrutan si ven un accidente, explicó el hombre.
_ ¿Me acompañás con un café, Rogelio? Le consultó ella, retomando la lectura del diario frente a otra taza humeante. Un silencio habitual,  gris  pero más cálido los unió.  Más tarde, enterados de las noticias del día y, ambos, con una misteriosa y diferente actitud, emprendieron el regreso a casa bajo la calma de un cielo plomizo.
_ ¿Vamos? La invitó él.
_ ¡Vamos! Aceptó ella.
A veces, es suficiente un simple acto que corra el velo que tenemos delante, para comenzar a valorar al otro de distinta manera, pensó Rogelio.
A su vez, ella reflexionó: El temor de la pérdida de alguien a quien creemos no amar nos enfrenta con todo aquello que dejaríamos de tener o disfrutar y remedando la letra del tango, tarareó bajito “Cómo cambia la vida, las cosas. . .”
_ Te noto de mejor humor, comentó el esposo, visiblemente contento y agregó, cuánto hacía que no cantabas. . .

En otro lugar, un hombre elegantemente vestido de pelo gris y aspecto de manejar situaciones, ordenaba a su empleada: Suspenda Emilce,  suspenda la reserva de la Sra. Abregú, creo que aún hay tiempo y rezongó en voz alta:
“¡Ay!  Estas mujeres que quieren viajar solas, sin el marido, y después no se animan. ¿Quién las entiende?”
2011

Corregido 2013


sábado, marzo 14, 2015

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¿Sabes quién es el Personaje invitado de hoy?
¡Dímelo en tu comentario! 

Lo vi desplazarse altivo, me gustó su pelo claro como canela molida, su mirada buena. Elena no permitía que nadie se le acercase, era suyo, injuriosamente suyo. “Nadie puede disponer así”, pensé. Mi amiga, entraba en cólera si me animaba a decir cuánta admiración me causaba. Realmente la soberbia desmedida la dominaba.
Sentadas frente al jugo de naranja fresco, podía percibir su satisfacción en seguir sus acompasados movimientos. “¿Irás a la exposición?” Pregunté débilmente.
“Seguro”, acotó, “para eso estamos listos los dos”, dijo con un exceso de suntuosidad en sus palabras.
Muy probablemente “Lucero” habría de obtener el primer puesto; era un alazán hermoso.


2015


miércoles, marzo 11, 2015

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La joven de pelo negro y corto estaba parada a la orilla del camino junto con otros compañeros. Esperaban a alguien, un retrasado. Ellos iban en automóvil y el retrasado en moto. Todos estaban alegres comentando sobre los días que pasarían en el campamento. Llevaban dos carpas inmensas donde dormirían muy cerca de un río caudaloso que corría entre cerros verdes y húmedos. La atmósfera, se impregnaba de murmullos juveniles, de risas y planes. Un integrante se apartó del grupo y desde el medio de la carretera de ripio, gritó: “Ya llega, lo veo.”
El que arribaba era una pieza clave para el grupo ya que sería quien habría de indicar el lugar justo donde acamparían.
Cuando detuvo su moto y quitó su casco, un mechón de pelo casi rubio flotó en el viento de enero. Erguido sobre su alta estatura, alejó sus antiparras de sus ojos y el verde intenso se reflejó en ellos. La jovencita de pelo corto experimentó una emoción desconocida, un fuerte calor le subió desde su estómago y se alojó en su garganta presionando sus mejillas.
El recién llegado saludó a chicas y chicos con un beso. Cuando ella lo recibió, se incomodó y mirando su entorno, todo le dio vueltas y contestó con indiferencia.
El que parecía el jefe del grupo, compró unas gaseosas en un almacén de campo cercano que hacía las veces de parador del caminante y convidándolos a todos, dijo: “Bueno, ya debemos irnos porque si no, nos va a ganar la noche”.
Dirigiéndose al joven de la moto, le consultó:
_ ¿Podrás llevar a alguien, así vamos más cómodos en el auto?
_ Por supuesto, que venga cualquiera, contestó.
El líder miró a la joven de pelo corto y negro, señalándola para que fuese ella la acompañante, pero entre su intención y los hechos se cruzó más rápidamente una exclamación desaforada de una de las mujeres del grupo.
“Voy yo”, gritó una exuberante rubia, que no caía muy bien a varios, especialmente a la joven elegida.
El muchacho de la moto aceptó a la compañera y cargó con la rubia que se apretó fuerte a su espalda, iniciando su rol de guía.
Ella se quedó mirando cómo la moto casi se esfumaba en el camino.
Subidos y apretujados en el auto, el resto marchó detrás a toda velocidad.
Él no la había elegido esta vez.
Ella, en cambio, sí, y para siempre.

2010

Con correcciones en 2013


miércoles, marzo 04, 2015

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Sobre el escenario, tenuemente iluminado de aquel club nocturno, un hombre alto, pelirrojo y de encantador porte se contorneaba al compás de los acordes de jazz arrancados a su saxofón. Era un artista del instrumento, además de compositor. Desde hacía algunos años llevaba una vida bohemia. Un pequeño apartamento en el último piso de un edificio de seis, antiguo, propio de la arquitectura romántica de comienzos del siglo XX era su accogliente refugio. Los primeros veinticinco años de su vida los había pasado en Italia, cerca de Firenze, trabajando junto a su padre en el cultivo de olivares El artista era fruto de una unión casi inexplicable entre una inglesa de Newcastle, acostumbrada a deleitarse por las tardes con la bruma azul-grisácea del Canal de la Mancha y un alto, moreno y fuerte italiano de la región de Toscana, propietario de una fértil campiña donde los olivos crecían con placidez. Un deseo propio de la edad habría de trasladar a Robert Rossetti hasta un mundo ignoto para él.
Lá, donde vivía un primo que reclamaba su compañía, en medio de tan cosmopolita ciudad, una de las más densamente pobladas del mundo: San Pablo, en Brasil, el gigante verde, habría de recalar el joven. El contraste de ambientes fue casi brutal para Robert, pero se adaptó. Aprendió un portugués brasilero rudimentario y al poco tiempo de su llegada se casó con una uruguaya de Tacuarembó quien le enseño el español. Sus expresiones verbales eran prácticamente desconcertantes ya que fluían musicalmente en  una agradable nueva lengua, mixtura de tres, provenientes del mismo tronco latino. Con su esposa no pudieron darse el lujo de tener hijos, ya que vivían en casa de Luca, el primo, quien les pagaba unos pocos reales por la ayuda de ambos en la fábrica de pastas que regenteaba y que a gatas rendía para sobrevivir. Sin embargo Robert y la uruguaya, algo ahorraban contra viento y marea. La primera y última discusión que mantuvo el matrimonio fue a los siete años de la unión, cuando una tarde, Robert, rebosante de alegría llegó a casa con un saxofón dorado y brillante en el que acababa de invertir todos los ahorros de la pareja. Con un drástico “Le has quitado el techo a tus hijos” la mujer se marchó acompañada de sus pocos bártulos, sintiéndose estafada e incomprendida. Robert no pudo detenerla. “Tal vez no debió salir nunca de Tacuarembó”, pensó, sintiéndose también incomprendido y abandonado. Ese día Robert Rossetti le dijo adiós al amor formal con proyección de futuro. Después de tomar clases con un norteamericano de raza negra que vivía en Vila Leopoldina, bastante lejos del barrio Santa Cecilia, donde lo hacía el anglo-italiano, éste logró descubrir y explorar su veta musical artística. Terminados sus primeros estudios, comenzó a dar sus primeros pasos con el instrumento, pero debería continuar aprendiendo si quería progresar. Así, en el poco tiempo que restaba de su trabajo, lenta y concienzudamente fue avanzando: aprendió escalas mayores y menores, las doce, arpegios, paterns,  escalas de blues, temas y estándar de jazz, adquiriendo de esta forma el estilo que prefería. Años con el maestro de saxo, quien decía haber conocido personalmente a B.B King, le infundieron el gusto por el Blues, aunque él prefería el jazz. “El aprendizaje será veloz y dinámico si sigues los consejos de tu profesor de saxo. Tienes que dedicarle al menos una hora diaria a la práctica de los ejercicios. . .”  eran las palabras del anciano que quedaban flotando en su cabeza, cuando terminaba la clase.
Comenzó a tocar jazz y blues en la pizzería que Luca terminaba de inaugurar, pero luego tuvo que ejecutar alguna balada y algo de bossa nova hasta llegaron a pedirle un mambo y corrió hasta su maestro para obtener la partitura.
Más tarde el pelirrojo saxofonista de la nariz perfecta, como alguna admiradora lo había definido, comenzó a viajar a distintos puntos del país, especialmente por las playas, en verano. El lugar que lo hubo de atrapar fue Florianópolis, una inmensa isla al sur de Brasil, próxima a Uruguay y a Argentina.
Por entonces “Floripa” como la  llaman los brasileros, era el boom del turismo extranjero. El Club  nocturno donde tocaba Robert siempre contaba con visitantes de distintas partes del mundo. En los meses estivales pululaban los argentinos.Terminada la demanda fuerte de la temporada, Robert regresaba a Sao Paulo para darle un respiro a su primo que, de esta forma podía tomarse unos días de vacaciones con su familia. Como buen “tano” desconfiado, no le dejaba el negocio a nadie que no fuera Robert. Uno que otro sábado tocaba el saxo en la Pizzería hasta que regresara Luca.

Robert Rossetti había sobrepasado en siete años la barrera de los cuarenta, sin mujer ni descendencia, pero con varios amoríos en su haber.
Su cansado corazón palpitaba y sus apasionados sentimientos asomaban al mundo exterior, sólo cuando su saxo se hacía escuchar.

Ese verano de 2002 tocaba todas las noches en un elegante Pub floripense. Era parte de su presentación, alternar con los asistentes en sus mesas durante el tiempo del intermedio. Una joven del lugar, sensualmente ataviada repartía papelitos y bolígrafos para que cada quien, si lo deseaba, escribiese el tema que el artista interpretaría en la segunda parte del espectáculo, aclarando el número de mesa. De la cantidad total de papelitos, Robert extraía solamente tres y complacía al público con su pedido, ejecutandándolos como broche de oro de la función. Cuando iba a interpretar el último tema escogido, el saxofonista miraba siempre hacia la mesa que lo solicitara y en ademán de dedicatoria, lo iniciaba.

Esta vez, fue distinta. Fue un momento crucial en la vida de Robert Rossetti. A pesar de la penumbra del salón, la tenue luz que iluminaba la mesa 38, le permitió divisar los ojos más hermosos y más tristes que jamás hubiese visto y con una sensibilidad especial tocó aquella noche “Con su blanca palidez” Terminado el espectáculo, el saxofonista se dirigió hacia la mesa, donde dos mujeres bebían el último sorbo de sus copas.

Consuelo y María Luisa habían iniciado, veinte días atrás, un tour por el sur de Brasil y les restaban tres días en la isla, aún. María Luisa era una dulce mujer, soltera, amiga de verdad y buena compañera de viaje, con una historia de amores contrariados a su espaldas, por lo que su soltería terminaba protegiéndola.
Acompañaba a Consuelo en sus primeras vacaciones después de tres años de separación.
Nadie hubiese dicho que su matrimonio no era feliz. Ciertamente lo fue en sus comienzos, pero después de siete años de abordar distintos tratamientos para poder quedar embarazada, la convivencia comenzó a deteriorarse a pasos agigantados, especialmente después de su negativa a la propuesta de su esposo: alquilar un vientre en EE.UU. El divorcio sobrevino casi naturalmente, porque si por algo se habían casado Consuelo y Eugenio,  era para fundar una familia y según él, para tener muchos hijos los que  ya llevaban siete años de retraso.
En el tiempo de separación, Eugenio tuvo la dicha de tener dos hermosos varones con su nueva mujer.
La depresión cundió en la vida de Consuelo, pero afortunadamente logró deshacerse de ella al cabo de cierto tiempo de tratamiento psiquiátrico y psicológico. Ahora quería vivir, sin apuro, disfrutando cada momento en el afán de compensar todo lo que había sufrido en su frustrado matrimonio y qué mejor que la compañía de una incondicional amiga como  María Luisa.

Consuelo siempre se había sentido atraída por el saxofón. Amaba a Fausto Papetti. De adolescente planteó aprender a tocarlo por lo cual fue tildada de extraña por sus padres, quienes consideraban que dicho instrumento no era propio de señoritas. Estudiaría, piano, pues.

“Buenas noches”, dijo el saxofonista pelirrojo, vestido de negro y las mujeres contestaron al unísono. Consuelo había bajado la mirada cuando se encontró con los ojos color de miel de Robert. Se sintió incómoda, temerosa, como una jovencita inexperta. La garganta se le secó y no pudo articular palabra. Ese hombre peculiar y su actitud, la había perturbado. María Luisa, que bien la conocía, tomó la delantera e inició una amigable charla con el artista, sin embargo éste sólo tenía ojos para su amiga.

Después de una agradable conversación, en la que Consuelo hizo algunos escasos aportes, al despedirse, Robert, las invitó a una excursión marítima para ver  os golfinhos  (delfines) y luego almorzar en el moderno Restaurante emplazado en un viejo fuerte portugués.
María Luisa tenía planes personales los que, anteriormente, hubo de comunicar a su amiga, por lo que gentilmente declinó la invitación e insistió para que Consuelo aceptara.

Como el destino lo había diseñado, hicieron la excursión, conversaron, tomaron fotografías e intentaron conocerse. En algunas facetas de sus personalidades se sintieron el uno para el otro. Los encastres de sus vidas coincidieron y lograron ensamblarse en apenas horas del tiempo convencional. Para cuando llegó la tarde ya se había establecido entre ellos una unidad de pensamiento. Las emociones que nacieron en ambos fueron pasionales y la sorpresa de Consuelo la abrasaba como el sol del mediodía de un cálido Janeiro. No lograba reconocerse en ese cúmulo de sentimientos al que había ingresado  a través de los ojos del saxofonista.
Una fuerte atracción se apoderó de ellos y los acompañó.

La capelina que llevaba Consuelo casi resulta arrebatada por el viento del mar, de no ser por el gesto rápido de Robert que la alcanzó con su mano, forzando un acercamiento impensado que lo arrastró hasta el pecho palpitante de  la mujer. La tentación de unir sus bocas fue más fuerte que sus normas y se besaron largamente.  Continuaron el paseo en silencio y con la mirada hundida en el mar azul de la bahía.

Esa noche mientras tocaba sus saxo no dejó de mirarla. Consuelo se sonrojaba con un rubor maduro rescatado de un mundo hasta entonces perdido.
Después de su actuación, Robert la invitó a bailar. Bailaron muy juntos, pegados.
María Luisa, bendecida celestina, avisó a Consuelo que debería quedarse dos días más sola, ya que visitaría a unos parientes lejanos que vivían en Sao Francisco do Sul.
No podía desaprovechar esa oportunidad de repetir los momentos vividos con el pelirrojo saxofonista, pensó.  En pocos días más cumpliría sus cuarenta y dos años, edad mágica en la mujer, según leyó en algún texto alguna vez. También pensaba que esta aventura sería pasajera, no tendría futuro, por lo que siguiendo los consejos de su amiga debería vivirla en toda su intensidad. Después “¿Quién le quitaría lo bailado?”

La noche siguiente igualmente que la anterior, estaría sola y las miradas del saxofonista la seguirían ruborizando. También volverían a bailar apretados.
A Robert le subyugaba la música suave de la bossa nova y alguna española romántica que seguían a su actuación, casi en los albores del otro día.

Suavemente la fue guiando en medio de otras parejas hasta el fondo del salón en un inteligente desplazamiento. Trasponiendo el cortinado bordeaux había un pasillo corto que terminaba en una especie de camerino al que entraron sin separarse. Sobre una mesa pequeña descansaba el saxofón, ya enfundado. Al tiempo que la besaba, tiernamente, la apoyó contra la pared de madera y en un certero movimiento levantó su falda. Una mixtura de emociones, olores, palabras entrecortadas,  y mil sensaciones más, los envolvió. Fue suficiente.

No habían dejado de comunicarse en los cuatro meses que sucedieron a aquella noche. Cada cual debería organizar su vida para volver a  estar juntos.

El llamado telefónico que precedió a la noticia lo puso nervioso. María Luisa no había llamado nunca. Tomó el tubo del viejo teléfono instalado años atrás en su departamento y escuchó las novedades. Se quedó con las últimas palabras de la amiga: “Te necesita”.

Dejó el teléfono descolgado, con la cabeza gacha y sus pensamientos girando a su alrededor, se desplomó en la poltrona roja y lloró.

Fue el momento más impactante de su vida. Hubiese querido tenerla cerca, abrazarla, besarla. La necesitaba. Lo necesitaban. Presto, se dirigió al aeropuerto y buscó el primer vuelo hacia Argentina.

Luego de cumplir con los trámites aeroportuarios de rigor, entró en el free-shop
y compró el más bonito peluche  y el perfume preferido de Consuelo.
Sumergido  en las nubes sonrosadas del atardecer que rodeaban la aeronave, con una sonrisa en los labios, se durmió.

Una villa serena y austera, próxima al Océano Atlántico, con extensas playas que recordaban las de Saint Exupéry, sería el lugar elegido para que vivieran los tres.

2011


No te duermas sin un cuento. . .by Zuni Moreno. Con la tecnología de Blogger.

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La vida nos reúne en cualquier lugar y nos cuenta historias cotidianas.

Yo las he interpretado a través de los cuentos breves y los microrrelatos.

Y, a los sentimientos que fluyen de aquéllas, los he expresado en simples poemas.

Aquí, mi trabajo, para ustedes.

Zuni Moreno

Reconocimiento II


Todas las pinturas que acompañarán las entradas de "No te duermas sin un cuento", durante 2017 pertenecen a uno de los pintores argentinos más reconocido a nivel nacional e internacional, no sólo por la calidad de sus obras sino además por su particular temática: Benito Quinquela Martín (1890-1977)

Barcos de Quinquela Martín

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Mujeres de Volegov

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Tres de mis poemas y un cuento obtuvieron el 17-11-2012, el 3er. Premio en el Concurso Internacional,"Elegidos 2012" organizado por El Instituto Cultural Latinoamericano, de Junín, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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