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Mostrando entradas de noviembre, 2015

Dudas

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Dudas


Sara tenía plena confianza en su perro, guardián y compañero. Sabía que la defendería a cualquier precio, ya que si algo lo caracterizaba era su valentía y fiereza. Convencida estaba en que jamás la abandonaría. Antes de irse a la cama, Sara  gustaba de dar una vuelta a la casa para aspirar el ambiente perfumado del campo.  No era miedosa, sin embargo nunca se aventuraba en irse lejos. Los cuentos de la luz mala, propios de la época de tormentas, que había escuchado de boca de los mayores en  reuniones familiares de antaño, venían desagradablemente a su memoria en ocasiones como las de esa noche. Esta vez, su perro, inquieto daba vueltas a su alrededor olfateando el aire. Asombrada, lo vio salir de su lado corriendo, ladrando como un loco. En el horizonte se perfilaban nubes amenazadoras cargadas de viboritas mutantes, azules, plateadas, algunas rojas, todas destellantes.  Su fiel amigo no respondía a sus órdenes ni requerimientos, cada vez se alejaba más de la casa en una inusual…

Ángela

Orgullosa, la cabeza en alto, la mirada firme, el torso esbelto desafiante en su andar, caminaba apurada por la acera repleta de gente que se desplazaba en uno y otro sentido, apretando bajo su brazo varios folios que contenían escritos judiciales. El intento de bajar el cordón de la vereda para cruzar la calle  se frustró con el encontronazo de los hombros de ambos. Un revuelo de papeles la sorprendió y,  rápida sin comprender mucho la situación atinó a recogerlos de inmediato. El causante del choque humano hizo lo mismo y entre ambos juntaron presurosos los escritos que escaparon de su contenedor. Sin palabras, un simple cruce de miradas a pocos centímetros del suelo con la complicidad de la muchedumbre desplazante, bastó para que esos ojos dulces y tristes a la vez, negros o color café, daba igual,  no se borraran de sus recuerdos juveniles jamás. Un punzón latente se incrustó en su pecho, en el alto corazón dónde aquellas emociones imborrables se guardan y se duermen. Por esas cosas…

Peregrino

Pasaba de paso casi todos los días, por ese lugar distinto, único, donde los aromas embriagaban y los sutiles sonidos adormecían. Nunca se había detenido a contemplar la belleza de las pinturas colgadas al descuido en la pared ni los colores de los tapetes púrpuras y malvas, ni menos los tapices reproduciendo sagradas figuras. Nunca había imaginado la presencia celestial del Maestro que todo justificaba. Ese día se detuvo en el doyo y escuchó su palabra. Entró en el salón y se sentó sobre la alfombra tupida. Aprendió a escuchar y a observar el Mundo. Se enamoró de la vida.
2013

Observadora

Los veía moverse constantemente. Algunos saltaban, otros gritaban, todos festejaban algo. No advertí motivo especial. Me convencí: festejaban la vida. Mis ojos no lograban distraerse de la escena. Sus actitudes podían pertenecer al aquí y ahora o representar ritos del pasado. Gesticulaban exacerbadamente. Se comunicaban a través del lenguaje oral, pero a tal volumen que las palabras vibraban en el ambiente de modo no inteligible. Sus atuendos, muy coloridos, sugerían una especie de arcoiris en ostensible combinación con el entorno vital. Casi todos tenían las mismas dimensiones. De pronto, se incorporó al grupo, un integrante que llegaba retrasado. Por mi parte, intentaba concentrarme en la lectura del último libro de Haruki Murakami que acababa de comprar y que me había propuesto revisar, mientras bebía un juvenil vaso de café mocha. El resultado: “Negativo”. El recién arribado fue recibido con sonidos eufóricos. Brincaban, se abrazaban, uno se subía sobre la espalda del otro, dejand…