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Mostrando entradas de enero, 2013

Alejandra Dumont

Estaba parada en la esquina, con su traje gris y su cartera apretada bajo del brazo. Su otra mano sujetaba un portafolio reluciente. El trolebús se detuvo a pocos metros y la muchedumbre de adolescentes la envolvió. Sonó un estrepitoso timbre desatando en ella una taquicardia repentina. El día había llegado.

_ ¿No entra? Srta. Dumont. La sugerencia, más que la pregunta emitida por aquél hombre mayor de gruesas gafas oscuras, la volvió a la realidad. _ Sí,  Profesor, contestó Alejandra con tono de disculpa.  Resignó su título habilitante, mientras el susurro de su necesidad la acompañó hasta el aula. 

2011


Realidad. . .

Ella tenía los ojos muy claros y, su blonda cabellera larga hasta la cintura, la llevaba recogida en la nuca con un moño rojo impecable. Era la hora del domingo, la que llamaba al paseo por la plaza del pueblo, sombreada por altos y esbeltos, pinos, cedros,gravileas, coquitosy otras especies. Los padres la habían llevado a pasear con su único hermano. A sus  nueve años era toda una señorita. El aire que venía del puerto, sobre el ancho río de aguas marrones, enviaba un fresco agradable y necesario. No era verano pero la única heladería del lugar, no daba a basto con los pedidos. La tierra roja que circundaba  la populosa manzana  dejaba su huella en los autos modernos, alquilados por turistas en unaAVIS o propios, que circulaban hacia la mina de piedras semi-preciosas. Losmuchachonesde más de dieciocho años bebían cerveza bien helada y hacían "rancho aparte", lejos de las jovencitas quinceañeras a quienes,  más tarde acosarían. Un ruido de aceleradas, frenadas y gritos turbó …

Un viaje distinto

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Recuerdo el traqueteo cadencioso de aquel tren de mi adolescencia, surcando campos verdes, desafiando celestes horizontes. Era el primer  viaje que hacía sola para visitar a mis parientes “del campo”. Antes, de pequeña y cada verano, lo había hecho con mi madre. pero, en aquel tiempo me sentía grande, casi independiente, podía pensar con libertad y sentarme como quisiera, hablar como me placiera y comer si lo deseaba, aunque fuera por pocas horas. Mientras, disfrutaba del paisaje fresco, que la ventanilla de limpios vidrios me devolvía. El silencio y el movimiento ronroneante del tren, me adormecía entre tiernas imágenes de infancia.
La jovencita de blonda cabellera, sentada frente de mí, miraba con el rabillo del ojo a su acompañante: Una señora regordeta con aspecto gruñón. Apenas la mujer se dormitó sobre su hombro, la joven se dirigió donde se unen los vagones. Pensé entonces, que marchaba al toilette. Demoró unos minutos y volvió a su lugar. Tomó un pequeño libro de su bolsa de ma…

En el bosque

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Atardecía. Los verdes del bosque no se distinguían tan claramente como cuando los iluminaba de pleno el sol. Una soledad abrumadora de silencios vespertinos, dominaba el paisaje. Harriet no podía avanzar, estaba quieta y comenzando a entumecerse en aquella fresca tarde de septiembre. Acurrucada contra el tronco esbelto de una lenga, esperaba el auxilio milagroso y humano. Esa delgada raíz saliente, probablemente de una enredadera trepadora la había tumbado, retorciendo su tobillo al punto de no poder incorporarse. Arrastrándose, casi reptando había logrado un apoyo. La inflamación y el dolor de un esguince ostensible, la postraron junto a las lengas; sin embargo pudo elegir la más añosa y, en ella se quedó. El guardaparque pasaría más tarde, en su cuadriciclo desvencijado y ruidoso, cumpliendo la última ronda, para entonces, nocturna. El miedo, al que la joven se resistía, fue ganado terreno poco a poco a medida que el tiempo transcurría. Comenzó a sentir sus manos húmedas y un dolor…

Noche de enero

Aquella noche de pleno verano, entre el calor agobiante de enero y la ansiedad que generaba lo secreto y esperado, un ruido sobre el techo de chapa de la casa de mi abuela,  me sobresaltó. Acabé  despertándome y no pude volver a dormirme. Di vueltas y vueltas en aquella cama, de bello bronce reluciente. Con un ojo cerrado y otro semi-abierto para poder espiar, divisé a través del vidrio de la puerta de la habitación, la que daba a la larga galería perfumada con "jazmín del país", unas sombras moviéndose. ¡Son ellos! me dije, ¡Ya llegan! Y con los nueve primorosos años a cuestas, vi camellos, en espaldas humanas cargadas con bolsas de juguetes, no advertí el cántaro que aún guardaba el agua que los animales no bebieron, menos los yuyitos cortados por la tarde, con ayuda de un tío bueno, ya mustios. Sólo vi paquetes y bolsas y unas sombras que se alejaban. La inocencia de la niñez me hizo ver lo que esperaba ver. Volví a la cama y con una sonrisa amplia que poco a poco fue des…